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IPS Inter Press Service en Cuba

Lunes, 22 de Octubre de 2012
A Debate
Preguntas y Respuestas
Intelectuales en Cuba: con los pies sobre la tierra
Lunes, 22 de Octubre de 2012

1.Ante el auge del profesional, ¿qué podemos entender por intelectual?


Esther Suárez: Esta es una interrogante que ha contado y cuenta con numerosas respuestas. Desde mi prisma, a estas alturas, algunas de ellas están plenas de idealismo y con una intencionalidad manifiesta. Prefiero, entonces, la definición que propuso (el teórico italiano Umberto) Eco, quien reconoce como tal a aquel que “realiza trabajos creativos, bien sea en las artes o en las ciencias, y propone ideas innovadoras”.

2.¿Cómo se relacionan en la actualidad los roles del profesional y el intelectual?


Juan Antonio García Borrero:

Esa relación ha evolucionado (y no siempre para bien), en la misma medida en que las sociedades modernas siguen consolidando su prestigio en el dominio técnico y los saberes adquiridos en las academias. Estos saberes tienen como función principal garantizar, por encima de todo, tal poderío técnico, antes que impulsar un pensamiento crítico que sometería a debate y fiscalización esa finalidad colectiva, haciendo ver las sombras y las luces del proceder.


En una sociedad donde ser profesional deviene símbolo de estatus elevado, este sujeto fácilmente pasa a convertirse en el experto que puede aconsejar cómo lograr el éxito en las más diversas zonas de la vida. La parte negativa de ese saber meramente tecnológico (cuando se absolutiza) es que olvida someter a crítica las motivaciones humanas que se esconden detrás de esas lógicas del progreso. Allí es donde el intelectual tendría que jugar su papel de aguafiestas, desmitificando toda esa narrativa pródiga en binarismos y simplificaciones.

3.¿Cuáles serían las capacidades imprescindibles que debe tener el intelectual del siglo XXI y en la construcción de un proyecto social inclusivo en Cuba?


Lázaro Israel Rodríguez: Creo que hay dos competencias que debe tener un sujeto creativo en Cuba hoy: por un lado, la capacidad crítica, entendida como la actitud para problematizar y formar un criterio frente a las problemáticas sociales y frente a la práctica intelectual en sí misma; por otro lado, el compromiso con las transformaciones sociales.

No me refiero a cualquier tipo de transformación social –que de hecho pudiera ser regresiva en términos emancipatorios-; sino a aquellas transformaciones sociales que apuntan a generar relaciones sociales que rompen tensiones históricas de exclusión social por razones de raza, etnia, género, preferencia sexual; filiación política, credo, clase, origen o residencia.

Cuando asociamos entonces lo intelectual con lo profesional en estos términos, vemos que la comprensión, por tanto, del campo intelectual como “profesionalizable”, tiene mucho que ver con la necesidad de acreditar esta función, haciéndola aún más exclusiva de aquellos que tienen la oportunidad y los medios de acceso a la universidad, como instancia de formación del profesional.

Esta profesionalización del intelectual deja fuera toda una oportunidad de socializar la función intelectual de los ciudadanos, que a mi juicio debe ser inherente tanto al proyecto como a la práctica del socialismo y un eje de sostenibilidad de su propia política cultural.
Si piensa que este es un exceso mío, tómese unos minutos y defina 10 nombres de intelectuales cubanos y haga su traza formativa y profesional. La mayoría estoy seguro que encaja en un molde de escritor, artista o científico social (politólogo, sociólogo, psicólogo, etc.).

Considero que la construcción de un proyecto social inclusivo tendría que pasar por la socialización del propio modo de ejercicio de lo intelectual y, con esto, avanzar hacia la superación del paradigma de los intelectuales solo como aquellos que están “capacitados” por los aparatos formativos tradicionales para el ejercicio de la reflexión y la crítica en la esfera pública.

Este es otro concepto imprescindible para pensar al intelectual y su papel social: la cuestión de lo público no confundido con lo estatal. Lo público debe verse como un espacio generador de participación, donde están incluidos todos los actores sociales desde sus diversas competencias para ejercer su estilo reflexivo y/o crítico sobre la sociedad.

La capacidad crítica y autocrítica, reflexiva permanente, debe formar parte de la identidad de cualquier ciudadano que se identifique –y no necesariamente clasifique- como intelectual, así como su compromiso con un proyecto social que dignifique al ser humano, apostando por su desarrollo y la garantía de sus derechos fundamentales, dentro de los cuales está, por supuesto, la participación en la definición de las decisiones que los afecten.

4.¿Cuál debe ser el encargo social de los intelectuales en la Cuba actual?


Mario Coyula: Los intelectuales tienen que construir un cuerpo de pensamiento, que no puede ser homogéneo. Tiene que ser dispar y, a veces, hasta opuesto. De la oposición nace el movimiento y el avance que el país necesita.

Cuando se mata la oposición y la confrontación --no hablo de la antagónica, sino de la oposición positiva--, se frena el desarrollo.

Hoy la intelectualidad está abocada al trabajo en equipo. Muchas veces se tiene la visión del genio solitario y elitista, al que no le gusta compartir con nadie para asumir toda la gloria. En realidad a veces no hay gloria y siempre existe una responsabilidad compartida con respecto a una idea o proyecto. Lograr equipos de trabajo pequeños, donde reinen afinidades sobre determinados conceptos básicos, hará que las soluciones salgan incluso sin proponérselas. De la discusión y construcción colectiva del conocimiento nace siempre una mejor idea.
Cuando nadie recuerda de quién fue la idea que se materializó en el proyecto y todos la asumen como suya, significa que se arribó a una buena propuesta.

5.A su juicio, ¿qué modelos históricos o contemporáneos de personalidades se podrían retomar o re-significar ante los nuevos escenarios cubanos?


Tamara Roselló Reina: Los más jóvenes a veces sienten envidia de otras épocas en las que los roles de la juventud fueron centrales para los giros de la historia. Los años sesenta (del siglo XX) cubanos fueron esenciales en muchos sentidos. Las polémicas en el ámbito intelectual y en la práctica revolucionaria dan ganas de adentrarse en las controversias, en las fundaciones y  rupturas inevitables que ocurrieron… Recuperaría los aciertos y errores de entonces, pero sobre todo el espíritu de ese momento que hizo posible lo que parecía utopía. Ojalá cuando pasen los años alguien sienta deseos de revivir nuestra época. Ese desafío es nuestro.