IPS Inter Press Service en Cuba

Domingo, 21 de Diciembre de 2014
Miradas cubanas
Del surrealismo al pop, de la modernidad a lo posmoderno.

Hace exactamente diez años, durante un mes de junio que sumió a Madrid en una impresionante ola de calor, entré al Museo Reina Sofía cuyas salas albergaban una enorme muestra retrospectiva dedicada al centenario de Salvador Dalí (1904-1989). Una muchedumbre atontada por las altas temperaturas se agolpaba lo mismo ante los paisajes de Cadaqués poblados de cuerpos mutilados que ante el sofá que reproducía los labios de la vampiresa Mae West.

Si bien no estaba todo Dalí, lo exhibido demostraba perfectamente que aquel artista excéntrico era algo más que un surrealista. Había desbordado las boutades del vanguardismo para descubrir anticipadamente los vericuetos de la estética posmoderna, desde los juegos intertextuales hasta la manipulación de la propia figura del artista, convertida voluntariamente en fenómeno mediático. El creador catalán lo mismo hacía arte al diseñar los escenarios de un ballet que al concebir un parque de diversiones, una pasarela de modas o la vitrina de una importante tienda neoyorkina. Siempre ávido de dinero y notoriedad llegó a diseñar el logotipo de los caramelos Chupa Chups en 1969. Mientras un artista más joven, pero no menos provocador, Andy Wharhol, lo proclamaba su verdadero maestro, otros muchos lo condenaban por su egotismo, su complicidad con el franquismo y su traición al movimiento surrealista.

Salvador Dalí nunca estuvo en La Habana. Quizá la isla no le resultara demasiado atractiva o se enterara de que en ella habitaban admiradores y discípulos de su rival Pablo Picasso. De hecho, mientras Amelia Peláez, René Portocarrero, Mariano Rodríguez, tomaban ciertos hallazgos del malagueño para nutrir su renovación de la plástica insular y Alejo Carpentier exaltaba una y otra vez los aportes de ese creador total al siglo XX, de Dalí apenas circulaban anécdotas, referencias superficiales. Tal cosa se hizo más grave hacia los años 1960 cuando ciertos teóricos de manual marxista bajo la axila encontraron en la figura del autor de La persistencia de la memoria la bestia negra perfecta: un hombre al servicio de la reacción, de los grandes capitales, un traidor al pensamiento de izquierdas, un cultivador del arte irracionalista y enajenante, en fin, lo que ningún “hombre nuevo” debería ser. Aquel rostro con bigotes a lo Velázquez desapareció por mucho tiempo de nuestras pantallas, grandes y chicas.

Pero aquel que pudo lograrlo todo, desde escandalizar a la sociedad neoyorkina hasta ser nombrado por el Rey Juan Carlos Marqués de Púbol, ha llegado, por fin, a La Habana un cuarto de siglo después de su muerte y nada menos que al espacio privilegiado del Museo Nacional de Bellas Artes, que exhibe desde el mes de julio ejemplares de algunas de las series más notables de sus grabados.

Acompañados por un calor no muy diferente al madrileño de 2004, llegan los espectadores ante esas piezas que son hitos de la evolución del artista. Muy significativo resulta el conjunto más antiguo: las ilustraciones para los Cantos de Maldoror de 1934. Aquí estamos ante el Dalí netamente surrealista que procura no ilustrar el texto alucinado de Ducasse, sino emular con él en imaginación y agresividad. Los grabados se pueblan de esas figuraciones que se volverán persistentes en su quehacer: cuerpos mutilados o francamente en descomposición, sostenidos por horquetas, relojes blandos, pianos de la misma consistencia, árboles muertos, insectos amenazantes. A fines de ese mismo año, el pintor sería sometido a un “juicio surrealista” por su supuesta complicidad con el nazismo y expulsado del Movimiento. El respondería con su célebre frase: “El surrealismo soy yo”.

Confieso mi especial interés en otra serie, las litografías destinadas a ilustrar La Divina Comedia. Aquí el procedimiento de trabajo del creador es más sofisticado. Resulta evidente que Dalí leyó el texto de Dante en una de esas ediciones españolas de principios del siglo XX, que estaban inevitablemente acompañadas por las ilustraciones de Gustave Doré y, de hecho, mucha de las láminas de Salvador son versiones extremadamente libres, pero no tanto que no se advierta la referencia, el homenaje al artista decimonónico. En estas piezas descubrimos al creador de excelente formación académica, hábil dibujante, que puede dotar sus visiones de un empaque clásico, sin que por ello carezcan de fuerza, expresividad y novedad. Las visiones de Doré pierden casi siempre el rostro, pero ganan en detalles inquietantes, en sombras, en movimiento y el propio color de que las dota tiene una elocuencia particular. El conjunto nos revela una lectura a la vez respetuosa y actualizada de esa obra canónica.

En Las doce tribus de Israel  hay un Dalí diferente, muy marcado por la estética del cartel norteamericano y hasta la del dibujo animado. Son aguafuertes coloreados con stencil en los que el creador busca identificar el nombre de cada una de las tribus: Dan, Isacar, Zabulón, Leví…con atributos particulares, algunos de estirpe bíblica como los leones de Judá, otros tomados del mundo referencial de las culturas clásicas, del Medioevo o de la contemporaneidad, de modo que lo mismo puede identificarse un jinete que recuerda demasiado el San Jorge de Uccello que descubrir un unicornio cuya faz humana es una autocaricatura del artista. El resultado es un conjunto que en colorido y en la capacidad de apropiación de materiales heteróclitos se acerca al ámbito de la historieta ilustrada, tal y como lo hicieran por la misma época Roy Lichtenstein y otros creadores del pop art.

La muestra nos ofrece aún aportes de los años 70 del autor: un conjunto que evoca los fastos de la gran época del surrealismo. Son piezas fuertemente autorreferenciales, concebidas como una especie de resaca de la memoria, que exhiben figuras, fragmentos, jirones de imágenes provenientes de la pintura, la fotografía, el cartel, en los años dorados de las cohortes de Breton, en su centro, claro está, campea siempre la imagen o un motivo de la obra del ególatra Salvador.

No hay que olvidar la pequeña serie de obras derivadas de viejas litografías norteamericanas. Dalí acude a un método que hasta entonces parecía privativo de los pintores aficionados: tomar una imagen conocida y procurar ampliarla y enriquecerla como una creación personal. En este caso  hace que el espectador contemple en la parte inferior del cuadro la propia litografía original, mientras que en la superior está su personal versión. La tensión que se produce entre una y otra obra, al aproximarlas y más aún, al obligarlas a formar una sola pieza, producen un extrañamiento y a la vez un peculiar placer estético. De ese modo, la visión de los paseantes en el Parque Central neoyorkino en el siglo XIX, o el edificio incendiado que intentan rescatar los bomberos, se convierten en una materia plástica llena de implicaciones.

Un siglo y una década nos separan del nacimiento de Salvador Dalí, figura a la vez exaltada y denigrada por los historiadores del arte. Esta muestra de sus grabados exhibida en La Habana viene a romper ciertos tabúes entre nosotros y a demostrarnos que tras el protagonista de los escándalos cuidadosamente publicitados había un auténtico innovador del arte y sus implicaciones en el difícil tránsito de la modernidad a lo posmoderno.

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