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Jueves, 24 de Abril de 2014
Economía y desarrollo
Empleo, eficiencia laboral y desarrollo humano
Al cierre de 2008 Cuba reportó una tasa de desempleo de 1,6  por ciento. Al cierre de 2008 Cuba reportó una tasa de desempleo de 1,6 por ciento. Baldrich - IPS
Los términos de empleo, eficiencia y desarrollo humano deben utilizarse de modo que se comprenda su íntima relación en la economía.

Este artículo podría titularse también: “Empleo, eficiencia y equidad”, “Empleo, eficiencia y productividad” o “Empleo, eficiencia y distribución del ingreso”, entre otros títulos usuales hoy día al escribir sobre la temática, o mejor, que reflejan la preocupación y los problemas que afectan al mundo. Cada uno enfoca y persigue objetivos diferentes; sin embargo, salta a la vista que dos elementos se repiten: empleo y eficiencia, aunque no se deben desatender, de ninguna manera, la distribución del ingreso y la equidad.

Es preciso subrayar la importancia de vincular el empleo con el trabajo y estos dos asuntos con el desarrollo humano, social y personal. Es así que a la eficiencia se le agrega, en este caso, un apellido, lo laboral, que le otorga algo así como un significado. Tampoco estaría de más hablar de efectividad laboral porque, a nivel de empresa, cada organización se plantea sus metas de acuerdo con el grado en que es capaz de alcanzarlo. Sin embargo, se pone énfasis en la eficiencia porque es imprescindible, dadas las condiciones no solo económicas y macroeconómicas, sino también demográficas y organizativas de producir más con menos recursos.

El desarrollo humano está presente en el sentido del mejoramiento de las capacidades del ser humano para ampliar sus opciones, pues es consustancial al empleo y a la equidad. Al primero, porque el acceso a un empleo con ingresos dignos es condición indispensable para el avance de la equidad social y desde el punto de vista económico permite vincular la fuerza de trabajo a los medios de producción y estimular, o desestimular, la productividad del trabajo y la eficiencia. En lo social, contribuye a la realización profesional del individuo, al sustento de la familia y al desarrollo social de las personas.

Todo ello, bajo una perspectiva de equidad, que implica un mejoramiento de la calidad de vida. Pero no se trata solamente de un problema vinculado a la distribución del ingreso, sino que alcanza también la del consumo, la igualdad de oportunidades y al capital humano que, desde la perspectiva del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), abarca, principalmente, las inversiones en salud y educación.

No es difícil entender que, en una sociedad socialista, la equidad es extremadamente importante para evaluar la dimensión del desarrollo social, económico, político, ambiental y cultural. Está vinculado estrechamente a los conceptos de vulnerabilidad e integración.

En consecuencia, la igualdad de oportunidades para todos y los esfuerzos personales se complementan con los esfuerzos y políticas del Estado para garantizar que cada integrante de la sociedad pueda ser, efectivamente, un sujeto activo participativo en el proyecto de desarrollo. Por lo tanto, las políticas estatales —no es de dudar— son condiciones imprescindibles de la equidad y del desarrollo humano. En este sentido, el empleo y las políticas de empleo son fundamentales.

Pero, a la altura de haber alcanzado el pleno empleo con las cifras estadísticas más bajas en la historia, es necesario que los esfuerzos de transformación y cambios vinculen el empleo al trabajo efectivo y eficiente, al aprovechamiento óptimo del recurso humano y a la eficiencia laboral.

El debate sobre equidad y eficiencia económica es de larga historia y resulta de cómo se define la eficiencia; si es a partir de preceptos y conceptos neoclásicos, en que se concebía la mejora de algunos sin que se empeorara la situación de otros. En este enfoque no se garantizaba justicia en la distribución, esta quedaba como en el terreno de nadie.

Luego, otros plantearon que primero hace falta crecer para luego progresar en términos de equidad. Otros experimentos han demostrado que no es necesario esperar por el crecimiento en la economía para aumentar el desarrollo humano y la equidad, desde luego, a partir de políticas de gastos sociales. Por otra parte, el desarrollo social  es el principal contribuyente al crecimiento económico. El llamado capital humano, desde la salud y la educación, puede ser solo parte de los elementos coadyuvantes para el crecimiento económico.

La acumulación de capital humano no necesariamente conduce al crecimiento económico esperado, de modo que no es posible menospreciar elementos como el capital físico y los recursos financieros.

Por otra parte, el empleo ha sido y es política privilegiada del país. A partir de 1959, su propósito ha sido reducir al mínimo posible, primero el desempleo y, luego, la tasa de desocupados. Esta cifra está a su nivel histórico más bajo e, incluso, se han superado las previsiones. Al cierre de 2008 se reportó una tasa de 1,6  por ciento.

Para calcular los recursos humanos se parte del concepto y cifra de población total, a la que se le restan los menores y mayores de la edad laboral, lo que da como resultado la Población en Edad Laboral (PEL). Finalmente, si a esta se le suman los menores y mayores de la edad laboral que trabajan, se obtienen los recursos laborales.

De los recursos laborales disponibles hay que distinguir la Población Económicamente Activa (PEA), que abarca los ocupados en la economía, estatal y no estatal (cooperativas, privados), y los desocupados; y la Población No Económicamente Activa (PNEA), que abarca estudiantes, amas de casa, jubilados e incapacitados, entre  otros.

El problema actual radica en que la cifra de estudiantes ha ido creciendo relativamente en los últimos años, así como la de jubilados y los otros, es decir, la Población No Económicamente Activa. Además, en los últimos 20 años, el empleo no estatal ha ido creciendo casi cinco veces.

Con la situación demográfica actual y la tasa de desocupados en el nivel mínimo posible, la tasa de actividad, es decir la Población Económicamente Activa contra la Población en Edad Laboral, puede seguir disminuyendo. La tarea del momento es identificar quiénes y cuántas personas de la Población No Económicamente Activa se pueden incorporar efectivamente al trabajo y, con ello, cuidar las tasas de actividad y de ocupación.

Más allá de las estadísticas, el objetivo de este análisis es reflexionar acerca de los problemas del empleo, la efectividad del factor trabajo, el aprovechamiento del recurso humano, fundamentalmente de la Población Económicamente Activa y, básicamente, los ocupados en la economía estatal. La vinculación de quienes trabajan con la eficiencia laboral y la productividad es esencial, a la vez que constituye un reto para la sociedad y cada entidad y empresa.

No se trata de obligar a trabajar a los que no están activos económicamente, aunque ciertamente estos pueden representar una carga pesada; pero tampoco se trata de arengar a la conciencia, porque es el trabajo el que crea la riqueza y se llega a este mediante el empleo. Sin embargo, aun cuando se está empleado, se puede no trabajar. Retener a alguien en una labor en contra de su voluntad, no solo crea problemas personales, sino también organizativos y de relaciones, tanto en el colectivo como sociales. Esa situación es un multiplicador de desmotivaciones, sobre todo si el trabajo no cumple con las expectativas del individuo.

Entonces, de lo que se trata es de llegar a la equidad y justicia a través de la capacidad de generar riquezas, a partir del empleo que lleve a un trabajo eficiente y efectivo, pero sobre todo creando condiciones para llevar a cabo la labor de que se trate. Esto no es nada abstracto, mucho menos lo es el hecho de que el trabajo debe llevar a un pago en correspondencia, reconocido socialmente, que le permita al individuo hacer planes y realizarlos, tener expectativas y aspiraciones.

Esto sí crea conciencia, basada en hechos reales. El valor social del trabajo no es una expresión abstracta. Tiene una dimensión económica, social y psicológica, que no acaba de entenderse o no se le presta suficiente atención. Todo ello depende de la posición que el individuo ocupa en el sistema socio-económico, que varía de un sector a otro, de una actividad a otra.

Por lo tanto, uno de los aspectos a reflexionar es, sin dudas, el salarial. Más allá de la retribución, es necesario buscar y desarrollar nuevas formas relacionadas con la distribución. A la distancia del tiempo, ya Karl Marx decía, en uno de sus primeros documentos fundamentales, que en el capitalismo el obrero tiene la desgracia de ser un “capital viviente”, un capital con necesidades. En el socialismo, sigue siendo “persona con necesidades”.

La efectividad del empleo significa mayores resultados económicos, mayor producción y más productos excedentes para la sociedad. Por lo tanto, significa también mayores salarios, tanto para los trabajos de mayor complejidad como para los de menor complejidad.

Aunque los escenarios han variado varias veces en los últimos 20 años, no ha cambiado la categoría trabajo. En algún momento se adoptaron medidas que posibilitaron una articulación mejor de la política y las capacidades para llevarlo a cabo en la práctica, como sucedió en la década del noventa, cuando se concibió la reubicación de la fuerza de trabajo como respuesta a la necesidad de adecuar las plantillas a las posibilidades reales de gestión y condiciones económicas.

Hoy día, y desde hace tiempo, a la luz de la recuperación económica, es imprescindible plantear una reorganización y reestructuración de la fuerza de trabajo, ya no en dependencia de las limitadas posibilidades económicas y de gestión, sino que responda a la necesidad de una gestión y desempeño superior, tanto a nivel global como empresarial.
 
El pleno empleo implica muy altos niveles de ocupación. El pleno empleo implica muy altos niveles de ocupación. No hay razón para seguir ofreciendo informes estadísticos sobre empleo, como si esta fuera una categoría abstracta y no guardara relación con un resultado, un producto, un fondo de tiempo y la efectividad de utilización de ese tiempo, con una eficiencia laboral y empresarial, con un nivel de productividad dado.

Se imponen medidas diferenciadoras a nivel empresarial. Los mayores resultados económicos con los menores gastos de trabajo social tienen su expresión bien concreta en la práctica.

Hipotéticamente, si en un centro de trabajo, productivo o no, hay 10 trabajadores, y en otro, 15, en igualdad de condiciones, y los dos producen la misma cantidad del único producto, no es difícil entender que en el primer caso se emplea con mayor efectividad y eficiencia la fuerza de trabajo; hay mayor efectividad del factor trabajo.

Y la productividad, ese concepto del que tanto se habla, es la efectividad de los gastos de trabajo en la utilización de la fuerza de trabajo. La productividad del trabajo es, al decir de Marx, “la relación entre el valor añadido y la fuerza de trabajo”.

Supuestamente, si en una empresa se han hecho todos los estudios correspondientes, incluidos, por supuesto, los organizativos, es con el objetivo de aplicarlos. Si se llega a la conclusión de que en la empresa, de 10 trabajadores aprobados se necesitan realmente siete, y que solo cinco reúnen las condiciones de acuerdo con los requisitos y exigencias del trabajo —para no hablar de competencias—, y que uno más puede alcanzarlo con una preparación adecuada, y cuatro no las reúnen y no están en condiciones de alcanzarlas, ni siquiera con una preparación, el problema está planteado. Realmente son dos problemas en uno; primero, que los resultados anteriores recayeron prácticamente en seis de las 10 personas y, segundo, qué hacer con los cuatro que no reúnen las condiciones y no pueden alcanzarlas.

La solución es la reestructuración y reorganización de la fuerza de trabajo. Desde luego, una medida como esa no puede ser solo responsabilidad de la empresa o entidad objeto de estudio; es también de la rama, del país. El problema es la reubicación de los cuatro trabajadores y la búsqueda y selección del que falta para completar los siete necesarios.

De no hacer nada, se sigue arrastrando ineficiencia, desorganización y el gasto de trabajo de unos pocos es mayor, y a veces mucho mayor, que el de otros. En resumen, lo logrado por 10 realmente podía haber sido alcanzado por seis-siete. Visto de otra manera, el resultado de los 10 debió ser muy superior al obtenido.

Es la situación que muchas veces se describe popularmente como: “aquí no están todos los que son, ni son todos los que están”. El pleno empleo implica muy altos niveles de ocupación. El problema radica en que sea también trabajo efectivo.

La recuperación de la categoría trabajo no es posible analizarla ni alcanzarla a espaldas de, al menos, los siguientes elementos: las atribuciones, funciones y facultades de las entidades y empresas; las formas y mecanismos de dirección, y funciones inherentes al Estado, a los colectivos laborales y los individuos en la apropiación y distribución del excedente económico; las necesidades, intereses y expectativas de los trabajadores, entre ellos, la satisfacción con el salario.

Los elementos más importantes que se tienen en cuenta para evaluar la calidad del empleo son: horas efectivas de trabajo y niveles de productividad y de ingresos, entre otros. Cuando la ocupación respecto a determinadas normativas es inadecuada, ya sea de duración de trabajo, productividad, calificación o condiciones generales en las que se lleva a cabo la actividad laboral, se considera que existe subempleo.

Queda fuera de esta definición de subempleo, generalmente aceptada, cuando el concepto de utilización inadecuada o insuficiente de la fuerza de trabajo se debe, en lugar de a las capacidades y preferencias de los trabajadores en relación con su situación de trabajo, a causas de las deficiencias del sistema económico, o problemas estructurales. Pero la línea que separa a ambos conceptos para referir que existe o no subempleo, es muy fina. Aun cuando existen normativas y también problemas más visibles —como la duración del trabajo y las horas efectivas—, o invisibles —la productividad, de manera permanente y sistemática—, es razonable pensar que también hay problemas estructurales y deficiencias del sistema económico empresa-entorno.

La necesaria reorganización y racionalidad imprescindible de la fuerza de trabajo, que deberían llevar a la efectividad y calidad, no implican ir en contra del principio del pleno empleo. Se trata de buscar que este sea racional, tenga resultados económico-productivos adecuados y que cada persona ocupe el lugar que le corresponde.

Entonces, hay que superar, por todos los medios posibles, los problemas crónicos y la desatención sistemática de la organización del trabajo y de la producción, que no pueden conducir, de ninguna manera, a un mejoramiento continuo. También deben eliminarse la indisciplina laboral y tecnológica, que inciden directamente en las horas efectivas de trabajo; así como el descontrol y la baja explotación de las capacidades instaladas, con repercusiones económicas, financieras y de empleo.

Deben atenderse, igualmente, el estado técnico de equipos y maquinarias, su reposición y la demanda de programas de mantenimiento; su modernización, incluidas partes y líneas; las condiciones de trabajo y su deterioro; el estudio de las plantillas y la aplicación de medidas cuando, sin tener en cuenta las cargas y capacidades, estas crezcan irracionalmente, en la misma medida en que se desatienden los estudios organizativos.

Se impone atender los problemas relativos más a la logística que al desabastecimiento y la falta de insumos y materias primas; además de la desmotivación e insatisfacción laboral que inciden directamente en la disposición, actitud hacia el trabajo y, en consecuencia, conllevan una alta fluctuación real y potencial.

El problema del empleo y del trabajo no es, en modo alguno, unifactorial. De ninguna manera puede solucionarse satisfactoriamente viendo las partes de forma fragmentada; pues son problemas multifactoriales y multidimensionales, que requieren de medidas integradas e integradoras, a nivel micro, meso y macroeconómico. Cuando se posee una visión de tal amplitud, más allá de las estadísticas, se pueden llevar a cabo transformaciones que conduzcan a una mayor y mejor utilización de los recursos de todo tipo, y a una ocupación más efectiva y eficiente. Un empleo con el componente laboral eficiente posee un alto contenido económico, social y psicológico, y tiene que ver tanto con las capacidades del trabajador como con sus expectativas, intereses y necesidades, y con las condiciones que crea, o no, el centro de trabajo.

Información

  • Publicación: Economics Press Service
  • Número: 3
  • Año: 2009
  • Mes: Febrero

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