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Jueves, 17 de Abril de 2014
Miradas cubanas
No sabemos hasta qué punto los hablantes están conscientes del uso indiscriminado de las muletillas No sabemos hasta qué punto los hablantes están conscientes del uso indiscriminado de las muletillas Ángel Baldrich
Ruidos y más ruidos en la comunicación.

La muletilla más socorrida, diríase que omnipresente, en el lenguaje oral de los cubanos, hoy por hoy, es “¿entiendes?”. Su uso recorre todos los estratos sociales, pero lo paradójico es que su repetición constante no es una invitación al entendimiento, más bien parece lo contrario.

No sabemos hasta qué punto los hablantes están conscientes del uso indiscriminado de esta muletilla, que puede ser expresada por la palabra mencionada o formada por una frase: “¿Tú me entiendes”?, “no sé si tú me entiendes”, “no sé si me hago entender”. Algunas personas llegan al colmo de deslizarla en cada oración de sus parlamentos.

El vicio por esta muletilla, lejos de implicar una mayor voluntad comunicativa funciona, en la práctica, como una barrera en el discurso oral, porque, en no pocas ocasiones, el hablante hace todo menos favorecer el entendimiento.

El efecto sicológico causado en el receptor, después de haber escuchado la misma cantinela una y otra vez para el mismo enunciado, es decir, para tratar de comunicarle una o dos ideas, es que lo suponen retrasado, con minusvalía mental.

Mas, si el vicio señalado recorre la sociedad, otro peor, suele acompañarlo: la falta de atención al otro, la carencia de esa virtud comunicativa que es saber escuchar. Casi nadie está interesado en conocer las razones del otro, los argumentos del otro, al cual, ni lo atienden, ni le permiten expresarse más allá de respuestas monosilábicas. El monologante emisor piensa que solo su discurso es lo importante, que su información es la única válida.

Ese acto de intolerancia es conveniente contrastarlo con esta cita de Paulo Freire: “… si decir la palabra verdadera, que es trabajo, que es praxis, es transformar el mundo, decirla no es privilegio de algunos hombres, sino derecho de todos los hombres. Precisamente por esto, nadie puede decir la palabra verdadera solo, o decirla para los otros, en un acto de prescripción con el cual quita a los demás el derecho de decirla. Decir la palabra referida al mundo que se ha de transformar, implica un encuentro de los hombres para esta transformación.”

No escuchar al interlocutor, interrumpirlo, repetirle una y otra vez la misma cantaleta hasta el cansancio y el aburrimiento levantan un muro ante la comunicación, al entendimiento. Las palabras, entonces, no van hacia ninguna parte, solo viajan hacia el silencio. El arrogante no escucha, pero tampoco es escuchado. Su falta de humildad lo condenan, lo encierran, porque, según Freire, “No hay diálogo si no hay humildad. La pronunciación del mundo, con el cual los hombres lo recrean permanentemente, no puede ser un acto arrogante. El diálogo, como encuentro de los hombres para la tarea común de saber y actuar, se rompe si sus polos (o uno de ellos) pierde la humildad. ¿Cómo puedo dialogar, si alieno la ignorancia, esto es, si la veo siempre en el otro, nunca en mí?”

Las observaciones en la lengua hablada permiten establecer analogías con otros fenómenos del comportamiento social porque la lengua coloquial es un registro de hechos y eventos de la vida diaria. Y si la reiteración de una palabra crea un efecto contrario en la comunicación, como hemos comentado, hay muchos otras brechas comunicativas, perceptibles en el habla, que son igualmente paradójicas.

El desarrollo tecnológico en la informática y las comunicaciones ha creado nuevas paradojas. Internet ha hecho posible tener “amigos” a lo largo y ancho de toda la aldea global, pero esas relaciones virtuales han debilitado los lazos de calor humano. Como las visitas son virtuales, el rostro del amigo –y de nuestros familiares dispersos por el mundo– solo son imágenes desde la webcam.

En tanto el correo electrónico y el chat han ido desplazando la charla cara a cara y hasta las conversaciones telefónicas, ambos modos de comunicación crearon nuevos lenguajes, una neolengua que comprime al máximo el léxico y las estructuras morfosintácticas.

Los estudios del discurso que exploren esas otras formas de comunicación arrojarán, seguramente, contrastes sorprendentes con las formas orales. Acaso, quienes no escuchan, quienes no atienden, puedan aprender a ceder el turno; se vean obligados a leer el texto ajeno para responder con coherencia; o, tal vez, se escriban a sí mismos interminables panfletos, porque, como el coronel de Gabriel García Márquez, no tienen quien les escriba y, por tanto, tampoco a quien escribir.

Pero Internet en Cuba sigue siendo una herramienta minoritaria. Mucho más común es el uso de los teléfonos celulares, el cual también genera su propio lenguaje, tanto para los mensajes de texto como para el habla. Y aquí sí los cubanos marcan una diferencia porque hablar desde un móvil acá es un lujo, un exceso. Devolver la llamada “desde un fijo” es el procedimiento, la frase que siempre está presente. Y no es una muletilla.

No obstante –otra paradoja–, la gente, en ocasiones, atiende llamadas desde las guaguas, generando gastos que no se corresponden con sus economías. ¿Tú entiendes?, yo tampoco.

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2 comentarios

  • Enlace comentario Viernes, 02 de Noviembre de 2012 17:00 Publicado por Misuangelo

    Muy buen texto. Me gustó.

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  • Enlace comentario Jueves, 01 de Noviembre de 2012 18:52 Publicado por Madeline Camara

    Creo que se trata de un articulo bien escrito, bien pensado y necesario pues nos invita a reflexionar sobre lo que pasa a nuestro alrededor. No importa cual sea el contexto, la comunicacion humana es un bien preciado que tenemos que cultivar.

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