IPS Inter Press Service en Cuba

Viernes, 31 de Octubre de 2014
Miradas cubanas
¿Cómo y cuándo se podrá asegurar a cualquier trabajador (cuentapropista o no), un sueldo o una jubilación que le permita vivir en un país cada vez más encarecido? ¿Cómo y cuándo se podrá asegurar a cualquier trabajador (cuentapropista o no), un sueldo o una jubilación que le permita vivir en un país cada vez más encarecido? Jorge Luis Baños - IPS
Del sueño a la realidad.

Allá por la década de los años sesenta y setenta del pasado siglo, cuando se hablaba de cómo sería el futuro en Cuba, se describía una sociedad donde todos seríamos iguales. En aquel mundo soñado -para llegar al cual sería necesario realizar grandes sacrificios-, prácticamente habría desaparecido el dinero, un elemento propio de las relaciones económicas capitalistas que resultaría obsoleto en la nueva sociedad que se pretendía construir, donde el obrero más humilde o el científico más destacado tendrían una existencia digna y sus necesidades básicas aseguradas. A cada cual según su capacidad, de cada cual según su trabajo, más o menos era la formulación.

Más guiados por los buenas intenciones que por la lógica económica, de un día para otro se establecieron gratuidades como la entrada a los museos y a los eventos deportivos, con la intención de hacerlos más asequibles a toda la población. Sin embargo la medida resultó insostenible y en algunos casos -como en el sector de la telefonía pública-, tuvo un efecto negativo, por lo que empezó a cobrarse nuevamente.

En esa misma línea, se prohibió que los trabajadores de los servicios aceptaran propinas y en los centros de trabajo se puso en práctica la emulación socialista que premiaba a los mejores trabajadores con “estímulos morales”. Tiempo después se introdujo una variante mucho más atractiva, ya que además recompensaba a los más destacados con “estímulos materiales”, previa consulta con el colectivo. Por esta vía se adquiría el derecho a comprar artículos utilitarios que habían desaparecido del mercado, -como refrigeradores y televisores-, y por mucho tiempo casi fue también la única posibilidad de acceder a una modesta vivienda de microbrigada o, en casos más excepcionales, a la compra de un auto.

Pero a la larga la efectividad de esta política de estímulos se fue relegando y perdiendo efectividad. Quizá porque no sólo se tenían en cuenta los resultados productivos de los aspirantes, sino también su “integralidad”, entendida esta como la plena identificación con los principios considerados revolucionarios. Podía ocurrir incluso que un trabajador excelente incumpliera este último requisito según los parámetros exigidos, por lo que tenía escasas posibilidades de obtener alguno de esos estímulos. Entonces no resulta extraño que asomaran la cabeza los favoritismos, la doble moral o la simulación para acceder a tales beneficios. De esta manera el sistema ideado para alentar una sana y provechosa competencia entre los trabajadores, en muchos casos incitó rivalidades, generó privilegios y sacó a la luz las bajas pasiones, con todo lo cual quedaba desvirtuado uno de los objetivos principales de la emulación socialista. Y lo peor del caso es que tampoco demostró ser la vía mejor para elevar la productividad y la eficiencia.

El punto de quiebre que significó la caída del campo socialista a inicio de los años 1990 y las funestas consecuencias que ello supuso para la isla, desestabilizó todas las relaciones creadas en la sociedad cubana hasta ese momento. Los salarios eran insuficientes para comprar los encarecidos productos debido a la escasez y la mayor preocupación de las personas pasó a ser –precisamente-, cómo obtener, conseguir, resolver el dinero suficiente para el sustento. A nivel individual el dinero fue más necesario que nunca, pues ni siquiera los productos racionados y subsidiados por el estado podían cubrir las necesidades básicas de la población.

Se replantearon entonces algunos mecanismos económicos vigentes y se tomaron ciertas medidas de emergencia para estabilizar el país y ayudar a remontar la crisis, entre las que se destacaron por su impacto a corto y mediano plazo la legalización del dólar y la apertura de las llamadas tiendas recaudadoras de divisas, como una alternativa necesaria para aliviar la escasez de alimentos y otros bienes de consumo.

Veinte años después, cuando se consideran superados los peores momentos de la crisis, la carestía de la vida en Cuba continúa demandando una disponibilidad de dinero que hace totalmente impracticable aquella idea que pretendía desterrarlo de las relaciones económicas. Muy lejos de eso, cada vez se hace más imprescindible para garantizar un nivel de vida aceptable de cualquier familia.

A la circulación de dos monedas que continúa vigente hasta hoy y a la persistencia de una red comercial paralela en pesos convertibles, donde los precios de los productos de primera necesidad (como la leche o el aceite) perdieron cualquier relación con el sueldo (en pesos) que recibe como promedio cualquier empleado del estado, obrero o profesional, se suma la transformación del sector agropecuario, antes controlado por el Estado y hoy abierto a la producción privada, que ha demostrado ser más eficiente pero también más onerosa para los consumidores.

Con la llamada (y sin dudas necesaria) actualización del modelo económico, las cosas se han complicado un poco más. El estado reniega hoy de su anterior política paternalista y de pleno empleo, por lo cual más de un millón de personas serán removidas de sus actuales puestos y deberán encontrar por sí mismos nuevas opciones de trabajo. Esta inédita situación tendrá también consecuencias “monetarias”. Mientras unos buscan reinsertarse en el sector estatal, otros se mueven hacia el privado, con la esperanza de recibir mayores beneficios económicos. Al mismo tiempo los servicios antes subsidiados por el Estado van disminuyendo y aumentan los ofertas privadas, que en general suelen ser más eficientes aunque más caras.

Como responsable y líder de todos esos cambios, el Estado se ha manifestado a favor de que desaparezcan los antiguos prejuicios con respecto al trabajador por cuenta propia, que de hecho se ha convertido en un contribuyente cuyo aporte se hace cada vez más importante para la sociedad. A pesar de ello algunas instituciones aún ven con reticencia a este sector cuentapropista que no sólo aspira, sino que necesita elevar sus ingresos para sostener su “negocio”, tributar a la sociedad, pagar la seguridad social y además, obtener beneficios.

Al operar básicamente a partir de la oferta y la demanda (en un país donde la oferta siempre es menor que la demanda), este sector emergente tiene en muchos casos la posibilidad de establecer precios y encarecer productos, del mismo modo que lo hace su único competidor posible –el Estado-, a través de la red de tiendas recaudadoras de divisas. Y justo al medio, en una situación cada vez más parecida a la de mortadella del sandwich, se sitúa el resto de la población que tiene que hacer cualquier tipo de “magia” (blanca o negra), para llegar a fin de mes.

Cada vez más, muchos de los que entregan su aporte a la sociedad a través del Estado –ya sea un médico o un chófer de ómnibus-, se enfrentan a la realidad de un salario insuficiente para cubrir sus necesidades, como ha reconocido el propio presidente Raúl Castro. Pero la solución de ese problema no se encuentra ni culpabilizando a los cuentapropistas –cuyo trabajo también es necesario-, ni cuestionándose cuánto dinero es capaz de ganar este a partir de su actividad (sin incurrir en algún delito), en tanto ya existen los mecanismos tributarios para que parte de esas ganancias también contribuyan a sostener determinados beneficios sociales.

¿Cómo y cuándo se podrá asegurar a cualquier trabajador (cuentapropista o no), un sueldo o una jubilación que le permita vivir en un país cada vez más encarecido? Salvar esa contradicción es una premisa que se mantiene entre los principales objetivos del sistema, aunque de momento parece bastante difícil de alcanzar. Para una sociedad que se propuso generosamente eliminar el dinero y las diferencias sociales, el renacer de las desigualdades económicas tendrá un impacto profundo y traumático, tras comprobar que, al igual que en cualquier otro lugar del mundo, tener o no tener dinero sí puede marcar la diferencia.

Añadir comentario

Normas para comentar
  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.



1 comentario

  • Enlace comentario Sábado, 22 de Diciembre de 2012 13:13 Publicado por Mestodio Bárzaga

    Este es un análisis muy objetivo de la historia de los años de la Revolución, un artículo que refleja las vivencias diarias de la población y las consecuencias de concepciones desacertadas durante mucho tiempo, en el cual valor tenía exclusivamente lo que venía de arriba, y valor tenía el que aprobara esos lineamientos sin manifestar la menor duda al respecto. No sólo el derrumbe del socialismo (era económicamente insostenible) tiene que ver en lo que está pasando en los últimos veinte años. El bloqueo interno a los cambios, la ceguera ideológica, el infantilismo y extremismo de la izquierda, la verticalidad de las estructuras sociales, la ausencia casi absoluta de crítica (vigilada hasta en las escaleras de los edificios) hacia el Estado, nuestros aplausos prolongados a todo lo que nos decían... nos han llevado a la situación actual. El artículo de Lucía me ha gustado mucho. Le estoy agradecido.

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla