IPS Inter Press Service en Cuba

Lunes, 24 de Noviembre de 2014
Miradas cubanas
Mirar los árboles para ver más allá del bosque
García Portela ha debido ejecutar diversas renuncias y asumido todos los riesgos, incluso físicos García Portela ha debido ejecutar diversas renuncias y asumido todos los riesgos, incluso físicos Tomado de AIN
Mario García Portela expone en la Biblioteca Nacional.

¿Por qué estamos aquí? ¿Es una visión, un sueño o una dolorosa realidad? ¿Nos hallamos perdidos en un laberinto o solo hacemos un alto en un recorrido que siempre, siempre, ha sido así de tenebroso, desolado, fantasmal? ¿Y estamos aquí, en esta Tierra Oscura porque lo deseamos o porque hemos sido arrastrados por una fuerza mayor que nos supera y se nos impone como un destino fatal? Pero, sobre todo, ¿hay una salida, un alivio, una luz diáfana más allá de este corazón de las tinieblas que nos obliga a tantos desasosiegos y preguntas de imprevisibles respuestas?

A la edad y en el punto del recorrido creador en que los artistas suelen acusar sus cansancios estéticos, refugiarse en la comodidad de sus retóricas, Mario García Portela (Pinar del Río, 1942) ha emprendido un viaje alucinante y arriesgado. Un salto revivificador. Desde la atalaya en la que, por años, se colocó para observar el paisaje cubano con vista de águila y eternizarlo con mano de empecinada delicadeza, con la maestría y singularidad que lo convierten en un imprescindible del género, García Portela, con ínfulas de explorador juvenil, ha comenzado a caminar hacia el bosque para meterse en sus entrañas y, desde una perspectiva diferente y reveladora, invertir el viejo adagio: hay que ver los árboles para poder entender el drama de una selva que no sabemos a ciencia cierta si se encuentra dentro de nosotros mismos o más allá de nuestras conciencias, en un mundo al cual nos ha llevado el viaje colectivo.

El desafío que se ha planteado el paisajista es, en todos los sentidos artísticos y conceptuales, un reto mayor. Para cumplirlo, García Portela ha debido ejecutar diversas renuncias y asumido todos los riesgos, incluso físicos. Si a lo largo de su carrera el pintor había emprendido una búsqueda gracias a la cual consiguió ofrecer una visión para nada idílica y a la vez provocadora del espacio natural del paisaje cubano –empecinadamente pinareño, como lo es el maestro García Portela en cada una de sus actitudes-, sus nuevas obsesiones concretan un salto hacia lo interior del paisaje que constituye, al mismo tiempo, una búsqueda de su universalización polisémica, con la cual se aleja de todos los localismos y facilismos para pretender tocar lo esencial y más dramático de lo representado: el alma del paisaje, del bosque, o sea, la vida y la muerte de sus habitantes esenciales y, como reflejo imprescindible, el destino de los que penetramos en él.

Con las piezas que integran Tierra Oscura el artista ha entrado en un bosque tan interior que, a primera vista, más parece de fábulas o de sueños que de la realidad. Lo ha hecho valiéndose de muy arriesgados puntos de vista: el de mirar el entorno desde la altura humana, el de pintar la noche, el de mostrar la soledad más sobrecogedora, el de la utilización de una paleta drásticamente reducida a los ocres y los tierras, el de asumir una pincelada más gruesa, libre y visible incluso (entre rembrandtiana e impresionista), y concebir la obra con una proyección de lo representado en la cual emplea una escala física que emula los volúmenes reales.

El efecto conseguido con tan raigales y diversas pretensiones resulta revelador y sorprendente. Para empezar, la realidad del bosque creado por Mario García Portela no es un bosque que pretenda representar la estricta verdad de las cosas físicas, sino un paisaje que ha brotado del deseo y las visiones de un artista, ciertamente rejuvenecido, pero que se expresa desde las duras experiencias de una larga vida en la que ha debido luchar con el dolor, el desarraigo, el desencanto, e incluso con la muerte. Por eso, a “segunda vista” lo representado no es solo lo que se nos permite ver, sino lo que se nos sugiere ver: la densidad de un tiempo detenido en un camino hacia la oscuridad y la nada.

Las cortezas rugosas, trabajadas por el paso del tiempo (la vida), remiten a una supervivencia junto a la cual, como una advertencia, se yerguen tocones aserrados por mano humana, se interponen troncos trucidados y carcomidos por los efectos de la podredumbre de la muerte como circunstancia universal e inalienable. Entre los árboles erguidos se marcan senderos que conducen a unas sombras de resonancias dantescas o al peligroso misterio de lo incógnito de Conrad: son caminos perdidos, como los de tantas vidas, ilusiones, ideas (personales y colectivas) ya extraviadas. Mientras, las luces -tan precisas en sus más conocidos paisajes y forestas-, ahora viene de ninguna parte, apenas iluminan y contribuyen al dramatismo que se desprende de cada una de sus incursiones al bosque encantado –o desencantado, para ser más exactos.

Pero a “tercera vista”, el Maestro hace otro giro y nos advierte que, por sugerente o verosímil que resulte, la realidad del arte solo existe como su propia e imitativa realidad: las composiciones creadas, formadas por dos o tres y hasta cuatro momentos consecutivos, rompen los formatos rectangulares y clásicos para provocar la sensación de extrañamiento que nos obliga a enfocar esa tercera mirada, totalmente consciente y crítica, con la que se rompe la emoción con el propósito de abrir el espacio necesario y buscado de la reflexión y el juicio.

Una de las cualidades del gran arte –con independencia de su modo de manifestarse y de los medios de los que se valga- radica en su capacidad de sugerencia, su vocación de inquietar, su intención provocadora, su voluntad de violar convenciones. En suma: su posibilidad de hablarnos y marcarnos. El bosque tenebroso –la selva oscura, coincido con Arturo Montoto-, al que nos ha conducido la búsqueda interior y pictórica del maestro García Portela, a través de árboles vivos y muertos, troncos y cortezas singulares pero a la vez desprovistos de identidad definida, individualidades que a su pesar o a su placer integran un bosque, consigue inquietarnos, sugerirnos, provocarnos… y mientras buscamos la imprevisible salida, sin saber si la hallaremos, preguntarnos: ¿Por qué estamos aquí? ¿Hemos entrado en un bosque fantasmal o en nuestras propias vidas? ¿Ese laberinto cavernoso es solo un bosque de sueños o una metáfora alarmante y prodigiosa de este aquí donde estamos, esta Tierra Oscura hasta la que hemos sido arrastrados?

El gran arte provoca esas preguntas. A nosotros, frente a estos bosques, anclados en su tierra oscura, nos queda la ínfima libertad de encontrar una respuesta. (2012)

Añadir comentario

Normas para comentar
  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.