IPS Inter Press Service en Cuba

Martes, 23 de Septiembre de 2014
Yo blogueo
Reinaldo Cedeño Reinaldo Cedeño Tomado de Ecured
Entrevista exclusiva de IPS Cuba a Reinaldo Cedeño, autor del blog "La isla y la espina".

Desde Santiago de Cuba, Reinaldo Cedeño mantiene un blog capital. Alejado físicamente de los principales circuitos, este periodista all around y multipremiado ha hecho de La isla y la espina un espacio tan vital como heterogéneo. Con lugar para autores ajenos, para el reposo de sus crónicas y también, en ocasiones, para las más enconadas discusiones. Con espacios para el deporte, el cine y la poesía. La isla y la espina, además, hace lo que pocos hacen y es, sin embargo, uno de los mandamientos del periodismo. Cedeño amplifica en su blog imágenes un tanto olvidadas y pulsa las resonancias internas de un país que, por momentos, parece circunscribirse a La Habana, pero no.

Se cree que mantener un blog desde provincia, o sea, fuera de la urbe, es más trabajoso ¿Lo es?

Nunca me he planteado las dificultades de las cosas, sino sus posibilidades. Suelo ser terco cuando quiero algo, que por mi esfuerzo no quede. A mi modo de ver, en el ciberespacio importa más lo que escribes que desde donde. Lo digital ha creado una especie de universo paralelo con sus códigos propios. Sea en la capital, sea en la provincia, en Cuba se presenta como necesario disponer de un equipamiento técnico más moderno y de un mayor tiempo de conexión, factores que están sometidos a diversos avatares. Esa es la realidad en la que me muevo. Entretanto, hay que ser práctico y sacarle el máximo de partido a lo que se tiene a mano.

Vivir en provincia siempre es un reto, nadie lo dude. Vivir en provincia es una especie de cimarronaje, porque existe una distancia física de personalidades, encuentros, acontecimientos… de los que uno podría nutrirse. Eso quiere decir que a tu alrededor no haya otros. Quizás sean menos conocidos, menos mediáticos; pero son igual de importantes. También suelen encontrarse personajes de un alto contenido humano, historias menos exploradas, que están ahí, aguardándote.

Por mi parte, siempre me afilié al concepto de que más allá de ser provincias de un país, somos provincias del universo. Tal vez, nunca mejor dicho que en estos tiempos de la Internet.

La isla y la espina acumula, en apenas tres años, más de medio millón de visitas. ¿Alguna estrategia específica? ¿Algún truco?

Los números siempre asoman ciertas cualidades de las cosas; pero no me los tomo demasiado en serio. La isla y la espina es un grano en medio de un océano y por eso siempre me ha parecido maravilloso que alguna persona se detenga en algo que escribo, teniendo en cuenta las millonarias opciones que existen en la red y que tal decisión es absolutamente libre y personal.

No suelo replicar textos que puedan encontrase en otros sitios, más oficiales o más alternativos; prefiero contar acerca de mis historias personales, de los más cercanos a mis afectos o creencias, de lo que me impactó en el camino. Nunca pierdo de vista aquello que le dijo Dulce María Loynaz a una amiga: “Escribe de ti misma; el individuo es siempre más interesante que la humanidad”.

Te has visto envuelto en varias polémicas por artículos del blog, como aquella en la que decías, refiriéndote a los presentadores de la televisión, que un micrófono no es una pasarela. Cuéntanos al respecto. ¿Concibes el blog como un arma de denuncia?

Siempre he creído en la polémica y en el derecho al criterio, es la posibilidad de mover el pensamiento alrededor de un tema. Desearía verla con mayor frecuencia entre nosotros, con el mismo ardor con que se discute de béisbol. Concibo la polémica, eso sí, como un intercambio de saberes, un toma y daca de ideas, y no como un duelo a sablazos.

Creer que desde un blog se pueden levantar ídolos o descabezar estatuas, es pretencioso y absurdo. Lo mismo adjudicarse ser el portavoz de la realidad, cuando esta resulta un mosaico inabarcable que se resiste, que no cabe en unos cuantas entradas, por recia que sea la pluma y hondo el empeño.

En el blog brindo la posibilidad de dejar comentarios colgados a las entradas, bien con el nombre, bien de manera anónima. Esa interactividad te enriquece y educa en la pluralidad. Una opinión puede estar en el ecuador y la otra en el polo, pero debe partir del respeto. Discrepar de la idea, sin atacar al que la emite. En eso me formaron y así lo practico.

“Un micrófono no es una pasarela” se publica en un momento en que el acceso a la conducción en la pantalla cubana se había relajado. El arte de la locución, tener un micrófono en la mano, es algo muy serio y entendí que debía levantar mi voz. Por suerte, profesionales de prestigio y lectores en general sumaron sus criterios y de ahí su circulación.

También se han movido otras polémicas alrededor del deporte cubano, especialmente de sus modalidades colectivas; los disparates de las entrevistas y los entrevistadores, el arquetipo entronizado por la pequeña pantalla acerca de aquellos que vivimos en la zona oriental del país, el abordaje de la diversidad sexual y el lenguaje, entre otros. Eso sí, como norma, no me gustan las generalidades; toco las cosas con sus nombres y sus apellidos.

Concebí el blog como una vía para expresar mis ideas, para compartirlas. Cuando me decido a tratar un tema es porque, además de juicios, tengo argumentos. Por supuesto, cuando uno hace público un mensaje, este empieza a ser patrimonio de los demás. Se ha dicho que cada lectura es una reescritura, y lleva razón. No es posible predecir el criterio de los demás.

La isla y la espina te ha traído varios reconocimientos, incluso cierto renombre. ¿Es ese su fin? O mejor, reformulemos la pregunta: ¿cómo pensaste el blog antes de abrirlo y cómo lo piensas hoy, cuando ya ha cobrado vida y ha reportado dividendos?

He tenido la suerte, por ejemplo, de que el Concurso Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre que acoge Cienfuegos, con la calidez de sus organizadores, me haya distinguido en dos ocasiones con el premio en la categoría digital, a partir de trabajos publicados en el blog. Algún que otro artículo estrenado en La isla y la espina ha alcanzado difusión nacional por otros medios o desde él mismo. Todo empezó como una prueba, una aventura, y hoy encuentro a personas que me hablan del blog en casi todos los lugares a donde voy. No seré hipócrita, son resultados. Cada distinción es una alegría; pero es sobre todo algo hermoso que compartir con los amigos y los colegas. No comulgo con las egolatrías. Nunca olvido un tema del argentino Alberto Cortés que le escuché cantar en un concierto: “Al fin, al cabo la fama es espuma / tan pronto la tienes, tan pronto se esfuma”.

Escribo asumiendo cada palabra que digo, con mi nombre claro y explícito. Es un blog modesto, sin alardes, que insiste en la temática cultural porque en ella trabajo hace años, porque me es más cercana. Es un blog personal que no representa a institución alguna, pero nunca he esquivado mi condición de periodista y de cubano.

En cuanto a dividendos, todos son espirituales, no existe ningún otro. Trabajo en el sitio de manera voluntaria y soy mi propio editor. Es un reto y lo llevo con orgullo. Lo actualizo cada vez que puedo, sin imponerme metas. Escribir por placer y compartir ese resultado potencialmente con todo el mundo es algo insuperable.

Hay una especie de bella inconsciencia en tu escritura, algo que parece no trabajado por las lecturas, ni siquiera por la experiencia. Algo que parece un talento dado, natural, como si no dependiera de ti. ¿Para quién escribes? ¿Cómo lo haces? ¿Te impones métodos o te impones pureza?

Nadie me había planteado mi escritura de esa manera, ni yo me había detenido en ello. Mi madre era maestra y desde que abrí los ojos vi a mi lado libros y cuadernos, vi a mi madre con un lápiz en la mano. Seguramente eso influyó, pero ¿puede nacer algo de una semilla si no tiene el árbol dentro?

Escribo para quien me quiera leer o escuchar, esté donde esté. En el universo digital no es dable escoger un público específico; solo esperar que te escojan, con mucha suerte. Escribo para todos aquellos que no se han rendido, que no se han conformado, que todavía creen en la palabra. Confío en que detrás de las máquinas hay seres humanos. Me han llegado mensajes lo mismo de la esquina más próxima que desde Islandia o Nueva Zelanda.

No tengo método alguno para escribir, pero tengo mis marcas y preferencias. Por ejemplo, soy un apasionado de los títulos: ellos son el latido, la sustancia, el grito y la vitrina de lo que escribes. Casi soy manierista: debo lograr el título primero, y luego, esa concreción me indica el camino. Prefiero lo que alguien describió como “escribir en imágenes”. Tiene más efectividad comunicativa decir que “el hombre descubrió su torso en el parque”, que escribir que “hacía un calor insoportable en aquel parque”. La última construcción es ciega, no puede verse.

Creo en la emoción como vía efectiva para llevar el mensaje. Creo en el laboreo infinito de la forma y en el cierre del texto: debe ser como una pedrada, pero que parezca un abrazo. Las imágenes son importantes, sería necio negarlo; pero aquí navegaré a contracorriente: una palabra bien dicha es capaz de evocar mil imágenes. Como ves, no estoy descubriendo nada; son apuntes, más bien obsesiones.

Escribir es responsabilidad y, a la vez, un acto profundamente subjetivo. Como toda creación es un proceso inasible, inextricable.

En la crónica donde hablas de aquella emblemática profesora de primaria, el final que se lee parece una divisa: “Cuando la vida me coloca entre la conveniencia de callar y el civismo de romper el silencio, sé que la señorita Alina me está mirando.” ¿Cómo resuelves esta disyuntiva en el periodismo, donde tan recurrentemente se te debe plantear?

Tuve la suerte de tener desde temprano algunos profesores auténticos, indomables, inolvidables. José Martí, el gran maestro de los cubanos, escribió: “Dígase la verdad que se siente con el mayor arte con que se pueda decirla”. Sabiduría concentrada en quince palabras, mandato dual que relaciona dos asuntos difíciles: verdad y arte, uno el río; el otro, el cauce. Los argumentos y la gente, por sobre los lemas y las cifras. En el 2000 decidí dejar el periódico Sierra Maestra y pasé a Radio Siboney, emisora especializada en música e información cultural. En mi criterio, el dilema entre opinión pública y opinión publicada, solo tiende puentes cuando se busca la efectiva interrelación con los destinatarios; cuando el espíritu crítico es asumido como elemento natural e insustituible; como algo permanente y no de campaña.

Un periodista es un artista de la palabra, de la opinión. Tanto actores como decisores tienen que asumir que la opinión es piedra de toque del periodismo. Esa opinión puede llevar a otras, congruentes o discrepantes; pero ejercerla es materia inexcusable.

Repito algo que dije en las primeras páginas de mi libro El hueso en el papel: “ser periodista es tocar al otro. No hay nobleza que salga de las manos o la mente que pueda ser pequeña (…) Podrás verte solo frente a los molinos, pero ser periodista es ser Quijote. Es ser niño, los ojos del asombro siempre abiertos; tener voz sin ser vocero. Ser periodista es serlo con las vísceras (…) es dejar el hueso en el papel”.

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