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Lunes, 1 de Septiembre de 2014
Entre dos siglos
El Caribe es el Mediterráneo americano El Caribe es el Mediterráneo americano Zadie Neufville - IPS
El Caribe: el Mediterráneo americano.

Ahora, cuando estamos justo al borde de un nuevo siglo y de un nuevo milenio --ya celebrado en otras latitudes con un año de anticipación-- me sigue pareciendo que uno de los eventos más dramáticos de la historia es el hecho de que Cristóbal Colón nunca haya sabido que había descubierto un nuevo mundo, ese que luego llamarían América. Su tozuda y atrevida convicción de que navegando hacia el occidente se llegaba al extremo oriente, rico en especias y oro, le impidió concebir que entre uno y otro punto existía todo un continente a cuyas primeras islas arribó, precisamente, cuando el motín y la soga de sus marinos casi le tocaban el cuello.

Para su suerte de mortal y para su inmortalidad histórica, el genovés que navegaba bajo bandera española, llegó a la tierra inesperada que le salvaría la vida y durante los próximos diez años la exploraría una y otra vez, empecinado en hallar las trazas de los reinos remotos de Catay y Cipango que había prometido a sus patrones y que tanto necesitaba encontrar, para validar el sustento económico y geográfico de su empresa.

Lo significativo del hallazgo geográfico --con razón considerado por Alejo Carpentier como el acontecimiento más importante de la historia-- es, sin embargo, que Colón no "descubrió" la América, sino apenas el Caribe. Navegando por sus islas y costas, sin imaginar las extensiones de tierra, las montañas, las culturas que estaban más allá de su mirada, Colón, genovés y hombre del Mediterráneo, inició con su presencia y la de sus hombres --cristianos, judíos, moros conversos-- una historia que, muy pronto, sería una réplica moderna de la gran aventura humana y cultural que, desde la antigüedad, cientos de hombres, razas y modos de vida, habían ensayado en el marco geográfico más importante de la cultura occidental: el Mediterráneo.

No pretendo decir nada nuevo al afirmar que el Caribe es el Mediterráneo americano. Pero sí valdría la pena recordar qué razones han hecho de esta zona de América la más vital y convulsa en la historia y la cultura del Nuevo Mundo, y por tanto el entorno propicio en donde hoy se gestan algunos de los procesos étnicos y culturales más trascendentes de la humanidad.

Motivos históricos bien conocidos sobrarían para llenar páginas y libros, pero, como antes en el Mediterráneo, una peculiar condición parece estar en el fondo y en la superficie de todo: la mezcla. Zona de confluencia de casi todas las culturas del mundo contemporáneo, en el Caribe se produjo, a lo largo de estos últimos cinco siglos, la conjunción de las más diversas nacionalidades y lenguas europeas --desde los españoles (¿no eran andaluces, catalanes, castellanos, aragoneses, extremeños) a los portugueses, de los holandeses a los ingleses, de los alemanes a los franceses--, en necesaria convivencia con las ya de por sí diversas tribus originarias de la zona -caribes, arahuacos, mayas, seminolas- y, de inmediato, con numerosas culturas africanas -yorubas, bantúes, mandingas, angolas-, a las que se sumarían, en los próximos siglos, contingentes de hindúes, japoneses y chinos, capaces de armar en su convivencia un impresionante caleidoscopio de costumbres, religiones, lenguas, modos de vivir, de amar y hasta de morir nunca antes enfrentados en toda la larga historia de la humanidad, y prestos a mezclarse para dar origen a esa combinación ebullente que es la vida y el hombre del Caribe.

De más estaría decir que como hijo del Caribe, nacido en una ciudad cosmopolita y esencialmente mulata como lo es La Habana -punto de encuentro de tantas idiosincrasias e historias- soy un defensor a ultranza de la mezcla cultural y humana como génesis de una cultura y una humanidad mejor. No es casual, por tanto, que cuando he visitado Europa mis predilecciones afectivas se encuentren en países como Italia y España, esencialmente mediterráneos, y, en ellos, en ciudades tan bastardas, híbridas y por tanto vitales como Barcelona, Marsella, Nápoles o Génova, siempre de cara al mar Mediterráneo del que les ha llegado todo su carácter, sus venturas y desventuras, a través de los largos siglos de la historia del mundo occidental.

Esa convivencia con lo diverso, esa capacidad de asimilar todo lo que llega por tierra y por mar, que hizo y hace diferente al hombre del Mediterráneo de los habitantes de otras regiones más frías y "puras" de Europa, se reprodujo también en estas islas y tierras bañadas por el Mar Caribe. Por eso, gracias a la mixtura profunda y esencial a la que se han visto lanzados sus habitantes, el mundo disfruta hoy de algunos de los aportes culturales más estimados a nivel universal, y que cada vez con mayor fuerza expanden sus influencias hasta confines inimaginados.

Sin duda el caso más conocido es el de la música llamada "afroantillana" o "afrocaribeña", que de Nueva Orleans a Bahía de San Salvador, de Veracruz a Cartagena de Indias, pasando por Cuba, Santo Domingo, Jamaica, Puerto Rico e infinidad de islas, ha rebosado el mundo con ritmos tan trascendentes como el jazz, el son cubano, el calipso, el regaee y el bosa nova brasileño, además de modalidades tan extendidas como el bolero, la habanera, el danzón o el merengue --entre muchos otros-- y, como culminación, ese híbrido de todo lo tocable y bailable que es la mezcla musical y cultural que hoy hace bailar al mundo bajo el significativo nombre de salsa.

Por eso, con razón, se dice que tres músicas mueven hoy al mundo entero: la cubana, la brasileña y la norteamericana. Pero, más allá de esas pertenencias nacionales, cada uno de estos fenómenos culturales son de origen y esencia caribeñas, y sus raíces, llenas de colores al parecer incluso antagónicos, traen la savia de muchas músicas europeas y africanas, mezcladas por la vida y la historia caribeñas.

Más recientemente el mundo occidental ha comenzado a descubrir, con novedad y asombro, otros aportes culturales no menos trascendentes, hijos de esa mixtura propia del Mediterráneo americano. Y una - bien acogida en estos tiempos de crisis de valores morales y espirituales - ha sido el rico complejo religioso afrocaribeño, que en países como Cuba y Brasil ha alcanzado su más alta elaboración. Fruto de una compleja simbiosis de la más extendida religión occidental, el cristianismo, y de diversos cultos religiosos africanos traídos a esta parte del mundo por los negros esclavos que durante más tres siglos laboraron en campos y minas, los cultos llamados "sincréticos" ofrecen una atractiva perspectiva al hombre de hoy: una combinación profunda de tradición e, incluso, de primitivismo, con una dosis importante de un pragmatismo desconocido por otras religiones, que convierten a la llamada "santería" en una alternativa que, además de conectarnos con el más allá, también nos resuelve los problemas del "más acá", pues en ella el creyente encuentra soluciones a sus problemas amorosos, económicos, éticos, con una capacidad de hablar de lo humano y lo divino que nos conecta directamente con aquellas viejas religiones grecolatinas que, en su día, dominaron el ámbito del Mediterráneo.

¿Es necesario recordar más ejemplos? Porque si así fuera, dos más me vienen de inmediato a la mente por su prestigio y cotización en todo el mundo: el tabaco y el ron, signos por demás de una voluptuosidad y un disfrute de los placeres de la vida que tan caribeños nos resultan.

Es quizás por esa profundísima mezcolanza, en la que nada ya es puro o incontaminado --ni el buen habano ni el buen ron son puros, sino magníficas y sabias combinaciones--, capaz incluso de dar origen a nuevas lenguas, como el "papiamento" de las Antillas Holandesas o el "creole" de los haitianos, que el hombre del Caribe siente, muchas veces, que sus diálogos culturales más fructíferos se producen con otros hombres y culturas del viejo Mediterráneo europeo. No es para nada casual que, por tales condiciones ya casi que genéticas, los caribeños se sienten más cerca de un italiano que de un indígena andino, más próximos a un español que a un flemático inglés, más en consonancia con un hombre del sur de Francia que con un africano, pues más que con los indígenas, los europeos y los africanos "puros", su vida espiritual y su modo de concebir la vida lo aproximan a esos otros "mulatos" históricos, hijos del efervescente Mediterráneo.

Los que hoy defienden la pureza racial y cultural, los que se esconden tras los bastiones de la incontaminación, los que alzan las banderas del nacionalismo frente a los "emigrantes" del sur, quizás no entiendan el significado y el valor espiritual de la mezcla. Pero yo, hombre del Caribe, como aquel otro hombre del Mediterráneo, no puedo más que alabar esa capacidad de mezcla que hace de unos spaguetti -inventados en China- con salsa de tomate -americano-, el mismo ritual imprescindible que una taza de café -árabe- endulzado con azúcar -hindú- bebido en la mañana: es una fiesta de las papilas y los sentidos, una fiesta de la identidad como resumen de lo mejor que, por largos siglos, el hombre ha traído y llevado por el mundo: su capacidad de conocer al otro y, llegado el momento, de mezclarse con el otro, para que nazca lo nuevo, que casi siempre es mejor.

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