IPS Inter Press Service en Cuba

Miércoles, 17 de Diciembre de 2014
Entre dos siglos
Tropicana Tropicana Archivo IPS Cuba
El cabaret Tropicana reconquista su glamour de la mano del puro cubano.

La noche del 31 de enero de 1939, mientras la culta y vieja Europa vivía días de guerra, miseria e incertidumbre, desconsolada con la amenaza de ser aplastada por la hegemonía nazi, en una aristocrática y arbolada quinta de la barriada de Marianao, en las afueras de La Habana, 300 personas despedían el año disfrutando despreocupada y alegremente, arrobadas por la mejor música de los trópicos, las bebidas más exquisitas, las más bellas mujeres y los más cotizados puros de humo azul, cultivados en las vegas de Vuelta Abajo. Esa noche memorable, aquellos adelantados asistían a la inauguración de un osado cabaret al aire libre que pretendía, desde entonces, alcanzar la supremacía de los lugares de diversión nocturna de la capital de la Perla de las Antillas.

Tropicana, que nacía como un sueño imposible brotado en medio de la tupida vegetación de una antigua y aristocrática casa de recreo conocida como Villa Mina, pronto rebasaría su apuesta inicial para convertirse no ya en el más cotizado de los cabarets habaneros, sino en "el night club más atractivo y suntuoso del mundo", rival de los Molinos Rojos parisinos y de las revistas musicales de Broadway. Sus primeros promotores lanzaron su apuesta y lograron el rápido encumbramiento del atractivo local gracias a la conjunción mágica de varios elementos imprescindibles: desde el clima y la música de la isla, hasta la belleza imponderable de sus famosas y bien hechas coristas mulatas, pasando por la exquisita oferta gastronómica y licorera, pero, sobre todo, por el ingenio de directores artísticos y coreógrafos que convirtieron su escenario en punto de referencia en cuanto a la calidad artística del espectáculo de cabaret de todos los tiempos.

Tal fue el éxito de Tropicana a lo largo de la belicosa década del 40, que sus propietarios decidieron ampliar su capacidad y, mientras triplicaban el número de mesas en el ya famoso salón "Bajo las Estrellas", decidían anexar un local bajo techo, dispuesto para noches de lluvia. Conocido desde entonces como "Arcos de Cristal", el nuevo escenario tenía tan atrevido y elegante diseño que mereció los premios del Colegio de Arquitectos de Cuba y cautivó a sus visitantes con sus juegos de luces, formas y la integración al conjunto de la naturaleza del lugar. Además, para aquella época, la instalación contaba también con casinos de juego y restaurantes que diversificaban opciones y entretenimientos a los miles de turistas que cada año pasaban por la instalación habanera, en la que más de una noche se dieron cita personajes tan emblemáticos de La Habana de la época como sin duda lo fueron Meyer Lansky, Santos Trafficante y otros "capos" del juego y el placer, ataviados con finos trajes de hilo, y exhibiendo un espléndido y humeante habano en los labios.

Tropicana, más que estar bajo las estrellas, se había lanzado hacia ellas, y desde entonces pasaron por su escenario las más grandes luminarias de la música cubana - la inigualable Rita Montaner, el extraordinario percusionista Chano Pozo, el incomparable chansonier Bola de Nieve, los reyes de la música campesina Celina y Reutilio - y algunas de las más célebres personalidades del arte mundial - Nat King Cole, Carmen Miranda, Josephine Baker, Xavier Cugat y su orquesta, y tantos otros que hicieron memorables las noches de placer y delirio habanero.

Ni la violencia política que se apodera de Cuba en los años 50, ni los cambios económicos y sociales que vive el país desde la llegada al poder de Fidel Castro y sus tropas rebeldes, pudieron devastar el glamoroso brillo de Tropicana, que en sus más de 60 años de vida ha logrado mantener, incluso en medio de las más duras condiciones económicas y sin algunos de sus viejos atractivos --las salas de juego, por ejemplo--, su sentido de cabaret espectacular fiel a una tradición, un estilo y una atmósfera definitivamente patentada en sus gloriosos años 50, cuando merecidamente conquistó el título de "paraíso bajo las estrellas".

Sin embargo, la dura crisis económica cubana de los años 90 y cierta moralidad retrógrada estuvieron a punto de liquidar una tradición que ya parecía inamovible. En años de carencias múltiples, las miles de luces del cabaret podían parecer un derroche, los elegantes diseños de los espectáculos un gasto innecesario y la escasa vestimenta de las coristas en algunos números una afrenta a la mujer cubana y socialista, a pesar de que luces, espectáculos y mujeres exuberantes garantizaban las jugosas ganancias de cada noche. Pero mientras el país se poblaba de bicicletas chinas, se oscurecía en noches de largos apagones y la comida se convertía en un drama diario, Cuba decidía ofrecerse al mundo como nuevo destino turístico y comercial y, por esta vía, llegó la salvación de Tropicana.

Quizás el giro decisivo en la revitalización del viejo cabaret que se negaba a envejecer, llegó la noche del 28 de febrero de 1996, y lo provocó uno de los personajes más importantes en la historia de Cuba: el tabaco.

Aquella fue, al decir de los testigos, la noche de más glamour vivida en Cuba desde 1959: 700 personas, muchos de ellos norteamericanos, atraviados con tuxedos y largos trajes de noche, asediados por fotógrafos y periodistas como en una entrega de premios Oscar, abarrotaron Tropicana convocados por la cena con que se clausuraban las festividades por el 30 aniversario de la marca insignia de los puros cubanos, la reconocida Cohiba. Algo inusual en un país que había vivido más de tres décadas de socialismo real sucedió en el otrora "night club más atractivo y suntuoso del mundo", cuando aquellos amantes del buen fumar pujaron por varios lotes de puros cubanos hasta pagar la cifra de 342 mil dólares, 130 mil de los cuales fueron destinados a la adquisición de una caja de 90 habanos, firmada por el presidente cubano Fidel Castro e ilustrada por el pintor ecuatoriano Oswaldo Guayasamín…

Tropicana y el habano se encontraban aquella noche para iniciar una espectacular y cálida historia de amor - no podía ser de otro modo - entre dos emblemas de la vida y la cultura cubanas.

Desde entonces, cada mes de febrero el "paraíso bajo las estrellas" efectúa la cena final y la gran subasta de lo que ha sido bautizado como el Festival del Habano.

Cita obligada para los más exigentes fumadores y los más encumbrados hombres de negocios relacionados con la producción y la venta de los puros cubanos en el mundo, el Festival del Habano es el gran encuentro dedicado al arte y el placer de fumar. Las múltiples marcas y los 700 formatos de tabacos cultivados y torcidos en Cuba viven en Tropicana su gran día de gloria, y de año en año las cifras de las subastas suben hasta niveles tan extraordinarias como los 607 mil dólares recaudados en la fiesta del 2001 por la subasta de ocho lotes de puros y… el sombrero del mítico músico y fumador cubano Compay Segundo, que fue adquirido por 17 mil quinientos billetes verdes… como el tabaco.

Si fumar es un placer, como advierte un tango, hacerlo en Tropicana debe de resultar doblemente placentero: belleza física, arquitectónica y vegetal, música y baile, bebidas y manjares suelen ser inmejorables compañeros de ese puro, pálido y sin venas, fiel y perfumado, que salido de las vegas de Vuelta Abajo y torcidos por expertas manos cubanas, llena la boca de humo y el espíritu de voluptuosidad, como lo merece una tibia noche tropical, bajo las estrellas que adornan el reino de este mundo.

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