IPS Inter Press Service en Cuba

Viernes, 24 de Octubre de 2014
Miradas cubanas
Resulta interesante que mientras la gente del país oye reguetón, lo disfrutan, lo gozan, las autoridades culturales inician una cruzada contra algunas de sus figuras más seguidas Resulta interesante que mientras la gente del país oye reguetón, lo disfrutan, lo gozan, las autoridades culturales inician una cruzada contra algunas de sus figuras más seguidas Jorge Luis Baños - IPS
Segunda temporada.

El fin de año 2012 no solo nos trajo –como estaba anunciado, previsto, cantado y hasta escrito- mucho reguetón reproducido en casas, lugares públicos, autos en marcha. Incluso por la televisión nacional. Por el día, por la noche y hasta por la madrugada. El reguetón fue el protagonista de las fiestas, la pieza esencial, el modo exultante de expresar una alegría y espíritu divertido que, se supone, acompañaba a mucha gente del país en su despedida de un año 2012 bastante complicado (pues incluía hasta el fin del mundo anunciando) y la entrada en un 2013 que, aun con la entrada en vigor de la esperada reforma migratoria, nadie sabe a ciencia cierta cómo será… Pero, por si acaso, se imponía celebrar, ¿no?

Al mismo tiempo, se hacía pública la decisión de la máxima dirección del Instituto Cubano de Radio y Televisión –expresada durante las sesiones plenarias de la Asamblea Nacional- de no programar en sus canales de difusión más obras musicales que, de algún modo, denigraran la imagen de la mujer y expresaran actitudes discriminatorias, vulgares, agresivas, banales. Y aunque no se hablaba específicamente del reguetón, como bien se dice: verde y con punticas: ¡guanábana!... Casi de inmediato se supo que el Ministerio de Cultura tomaba la decisión de no volver a ofrecer espacios públicos al reguetonero Chacal pues, argumentaba dicho Ministerio, la obra y las actuaciones de este reguetonero ofenden la moral que se pretende fomentar en nuestra sociedad.

Resulta interesante que mientras la gente del país oye reguetón, lo disfrutan, lo gozan, las autoridades culturales inician una cruzada contra algunas de sus figuras más seguidas, y limitan o suspenden sus espacios de difusión y presentación. ¿Cómo casan una y otra actitud? ¿O no casan en absoluto?

A todas luces las decisiones institucionales vienen a ser la clásica solución de botar el sofá… para no ver el verdadero problema. Y no es que resulte desatinado tomar alguna medida con un mal que se ha extendido como un tsunami en el gusto y la preferencia de muchísimos cubanos, pues es de interés estatal y gubernamental vigilar por la preservación de los valores morales, culturales, espirituales del país. En tal sentido, el propio Ministerio de Cultura advirtió que era preciso hacer un trabajo por la “promoción del buen gusto”, sin que este empeño se convirtiera en un “decálogo de prohibiciones”.

En unos territorios tan complicados y donde lo subjetivo suele establecer los parámetros (con todas las tristes evocaciones que trae consigo esta palabra para la sociedad y la cultura cubanas) de lo admisible o no, el hecho de que se hable de prohibiciones siempre tiende a provocarme temor, pues hemos vivido en un país donde -como ha quedado demostrado con los cambios políticos y hasta con los discursos oficiales de los últimos cinco años-, se ha abusado de ellas, en todos los aspectos. Tanto que, para ilustrar poéticamente la situación, la sabiduría popular ha llegado a afirmar que, en Cuba, lo que no es ilegal, está prohibido.

Por supuesto que es un derecho de las instituciones culturales y mediáticas del país decidir qué se promueve y hasta qué no se permite en sus espacios y medios. Pero la vida misma ha demostrado como muchas veces las prohibiciones no son la solución mejor para los problemas y que, tras unas prohibiciones, suelen venir otras, a veces muy desatinadas. ¿O no estuvo prohibida en Cuba (entre otras censuras sufridas) la promoción de la música pop, con los Beatles a la cabeza? Por supuesto, sería absurdo comparar épocas diferentes y productos tan alejados como un reguetón lascivo y la perniciosa penetración ideológica enmascarada en “Penny Lane”, pero lo curioso es que el resultado puede ser el mismo: a pesar de las dificultades, toda una generación de cubanos, del modo que fuese, se identificó con la música de los jóvenes de Liverpool, porque ellos encarnaban el espíritu de los jóvenes de su tiempo; y, del modo que ahora mismo es, hoy en Cuba miles de jóvenes se identifican con el reguetón, su lascivia, grosería, banalidad y espíritu denigrantes, porque, de cierta o de muchas formas, ese reguetón está en el espíritu de muchos jóvenes de estos tiempos… y le da al género musical su carácter y expresión.

Aunque algunos no me crean (por mis opiniones recientes e históricas respecto al reguetón), pienso que la solución nunca será la que se aspira a obtener por la vía de la prohibición, la satanización, el rechazo institucional. Y menos en un país y en una época tan diferentes: un país cuyo entramado social ha perdido la pretendida homogeneidad, en el que ciertos valores han perdido su peso social y familiar y, sobre todo, en un mundo donde la trasmisión de la información ha abierto tantos cauces que resulta imposible sellarlos todos.

Pero encontrar el hilo que con más certeza conduzca al corazón de la madeja no bastan las prohibiciones (cuyos efectos pueden ser los contrarios de los perseguidos), sino, como ya he dicho, la búsqueda de los orígenes, la semilla y el abono gracias al cual germinó y creció, como el marabú, el dichoso reguetón y todo lo que entraña y lo acompaña. Y ojalá que prohibir ciertos “reguetones” no se convierta en el mejor alimento para su prosperidad. Tienen que existir métodos más eficaces para vencerlo, pero eso implica, como bien se sabe, bajar a las raíces del problema.

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