IPS Inter Press Service en Cuba

Martes, 30 de Septiembre de 2014
Miradas cubanas
Fotograma de La película de Ana Fotograma de La película de Ana Tomada de Juventud Rebelde
Una comedia a la medida del público cubano.

A los cubanos y cubanas nos encanta vernos retratados en el cine. Quizá porque nos gusta reconocer en la gran pantalla nuestra propia imagen, corregida y aumentada. O porque, desde hace mucho tiempo, los cineastas criollos han sido capaces de establecer un fluido diálogo con un espectador necesitado de indagar, reflexionar y hasta confrontar su realidad, recreada a través de la ficción.

 

Ya sea desde el drama, como fue el caso de Los dioses rotos, o desde la comedia como en Juan de los muertos o La película de Ana, de reciente estreno, lo cierto es que el actual cine cubano ha tenido su principal fuente de inspiración en algunas de las situaciones y conflictos que se viven en la isla día a día, razón por la cual es recibido con avidez por el público insular, deseoso de encontrar y compartir esa mirada inquisitiva sobre la sociedad cubana contemporánea, presente también en otras manifestaciones artísticas como las artes plásticas, el teatro y la literatura.

Sobre La película de Ana, elegida como el mejor largometraje de ficción en 2012 por la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica, vale decir además que desde aquella ya lejana y aún controvertida Alicia en el pueblo de maravillas, su realizador Daniel Díaz Torres no había dirigido una película tan vital y cercana a la sensibilidad de los espectadores cubanos.

Con guión del escritor y cineasta Eduardo del Llano, todo un veterano en los medios audiovisuales y el difícil género humorístico, La película de Ana tiene como protagonista a una actriz del montón que, como cualquier hijo de vecino, debe hacer frente a muchos de esos problemas que sufre una buena parte de las familias cubanas de hoy, que van desde la convivencia forzada de varias generaciones hasta la imposibilidad de enfrentar el costo de la vida con los actuales salarios y la urgencia de encontrar alternativas para dar respuesta a las necesidades cotidianas. Y aunque esta es la película de Ana, asimismo lo será de otras mujeres que asoman el rostro a lo largo de la cinta: su resentida hermana, que se dedica a arreglar uñas; de su madre, que también exige su derecho a quejarse; o de Flavia, la joven jinetera (demasiado cercana al esquema de prostituta buena), pero también auténtica en su manera de afrontar la realidad.

Para complicar las cosas un poco más, Ana es una mujer con otras inquietudes, sobre todo artísticas. A su manera, y sin mucho éxito, ha intentado sobreponerse a la mediocridad del medio televisivo por lo que se ha ganado cierta reputación de conflictiva, aunque hasta el momento en que comienza la película nunca ha traspasado esos límites que, al menos en el orden individual, le permitan encontrar alternativas para reencauzar una vida de escasas satisfacciones personales y al parecer condenada también al fracaso profesional.

Con un horizonte tan limitado y falto de perspectivas, Ana conserva todavía cierta dignidad en nombre de la cual se rehúsa a recibir la ayuda monetaria que le brinda su ex cuñado instalado en el extranjero, y cuya solvencia económica la coloca ante la embarazosa evidencia de sus carencias y la urgencia de encontrar por sí misma las soluciones a sus necesidades. Pero esa orgullosa negativa de Ana la compromete a buscar por otras vías el dinero que le permita comprar el refrigerador que tanto reclama su familia, siempre agobiada por las carestías cotidianas y dispuesta a pasar por alto remilgos considerados inútiles a la hora de resolver los problemas prácticos.

Entonces tiene noticias de un documental sobre la prostitución en Cuba que planea producir un equipo de realización austríaco. A espaldas incluso de su pareja, Ana asumirá la personalidad de una supuesta jinetera que cuenta la terrible historia de su vida, un “papel” que le permitirá ganar ese dinero, pero también la arrastrará a una aventura de consecuencias indeseadas y descubrimientos inesperados.

De este modo, intentando salvar su maltrecho amor propio y buscando una salida a sus problemas económicos, Ana se involucra en un fraude que la obliga una y otra vez a violentar su propio código ético, a mentir y a utilizar a su propia familia para salvar situaciones cada vez más comprometidas.

Durante el proceso, Ana no sólo es capaz de entregar el mejor papel de toda su carrera como actriz, sino también de establecer una relación humana con Flavia, la joven que sí ejerce la prostitución como medio de subsistencia, y de entrever apenas otras facetas de la realidad mucho más duras y desgarradoras que la harán madurar y fortalecerse como persona.

Lo más interesante es que, pretendiendo ser esa persona que no es, Ana mostrará su cara más real y patética ante la cámara de los cineastas que filman su falso testimonio. Quizá empieza a tomar conciencia de su propia fuerza cuando empieza a confrontar algunos de los hechos más amargos de su propia vida, al recordar las experiencias vividas durante la crisis de la década de 1990 en los años más duros del llamado Período Especial, y cuando finalmente se ve impulsada a luchar para salir a flote en un mundo que no es (quizá nunca lo fue), el mejor de los mundos posibles.

Es inevitable mencionar aquí algunos deslices que empañan el desarrollo dramático de la película, y en algunos casos les resta verosimilitud a la historia que por momentos se alarga injustificadamente y parece perder el rumbo. Es el caso, por ejemplo, de la ambigua relación de Ana con su ex cuñado, sobre la cual no resulta claro si fue también su antiguo pretendiente. Tampoco se entienden muy bien las razones que llevan al personaje de Flavia, la jinetera real, a ceder su lugar y posibles ganancias a una extraña que usurpa sus experiencias vitales. Al mismo tiempo la película exhibe verdaderos aciertos, como son las respectivas interpretaciones de Yuliet Cruz en el papel de Flavia, y de Laura de la Uz en la piel de Ana, justamente reconocida con el Coral de actuación en el pasado Festival Internacional de Cine de La Habana.

Con La película de Ana el público cubano disfrutó nuevamente de una (otra) comedia que, siguiendo la ya rica tradición criolla, aprovecha las bondades del género para hablarle de sus tragedias cotidianas y de otros temas de interés social que, a falta de otros espacios de reflexión, son aireados en la discreta complicidad de la sala oscura.

FIN

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