IPS Inter Press Service en Cuba

Lunes, 20 de Octubre de 2014
Miradas cubanas
Cambiar o…
  • Leonardo Padura Fuentes
¿Cuba está cambiando o no? Si la respuesta es afirmativa, pues en la afirmación está la solución ¿Cuba está cambiando o no? Si la respuesta es afirmativa, pues en la afirmación está la solución Archivo IPS
No es un equipo, se trata de un sistema.

El III Clásico de Beisbol 2013, la competencia más promocionada e importante del deporte de las bolas y los strikes, volvió a terminar rápida y decepcionantemente para el plantel cubano. Su eliminación en la segunda ronda, con una derrota decisiva contra el verdugo holandés, dejó un mal sabor de boca a todo un país al que federativos, directivos, jugadores y la prensa le inculcaron sueños de grandeza: la meta era llegar a San Francisco, sede de la ronda final, y allí quedar entre los cuatro grandes de la pelota mundial. Es decir, el lugar que Cuba debería merecerse.

Antes de emprender cualquier análisis de la actuación de la escuadra cubana y de los problemas estructurales y conceptuales que han estado detrás de la derrota, valdría la pena advertir que la calidad general del torneo no fue, ni remotamente, la más alta que podía alcanzarse. La mayoría de las novenas que cuentan con gran cantidad de jugadores de primera calidad en el circuito de Grandes Ligas –Estados Unidos, Venezuela, Japón, Corea, incluso el campeón República Dominicana- no presentaron sus mejores selecciones ni a sus jugadores en plenitud de capacidades, por la misma razón de siempre. Y es que la organización de Grandes Ligas, por cierto promotor del evento, no alienta con la fuerza necesaria la participación de las estrellas, que deben “cuidarse” ante la vecina temporada en la que se juegan su suerte y salarios como deportistas profesionales.

Esta realidad debía implicar que el plantel cubano, que disponía de todos los mejores jugadores activos en el país, dispuestos a dar lo mejor de sí, partiría de una aparente ventaja deportiva y sistémica... Pero tal ventaja volvió a demostrar que es solo aparente. Porque el hecho conocido y real es que tampoco Cuba contaba con todos sus mejores jugadores, pues una parte de ellos militan en ligas profesionales foráneas, incluidas las mismas Grandes Ligas. Como se sabe, por una serie de trabas que van de lo deportivo a lo político (pero sobre todo a lo político, pues envuelve incluso las relaciones entre Cuba y Estados Unidos), ninguno de ellos puede vestir el uniforme cubano... aunque sean cubanos y, en algunos casos, los mejores jugares posibles para varias posiciones y pudieran estar (alguno hasta lo expresó) en disposición de integrar el equipo nacional. En resumen: nadie, o casi nadie, jugó con sus mejores representantes, lo que de alguna forma –alguna forma, repito- equilibraba las balanzas, al menos en ese sentido.

Otro problema, más circunstancial que esencial, fue los modos en que se armó la selección criolla y, una vez conformada, la manera en que se le dirigió. Muchos esperaban que en el torneo, Víctor Mesa, el director cubano, con sus métodos heterodoxos, sus decisiones controvertidas y su presión constante sobre los jugadores, pudiera obrar el milagro de darle la alegría beisbolera que en los últimos años (diez, digamos) tan esquiva le ha sido a los criollos. Pero, ya se sabe, los milagros son excepcionales. Lo normal para triunfar en cualquier deporte es la disciplina táctica y estratégica en cada una de las situaciones (más en un juego tan complicado y veleidoso como el beisbol), el dominio muy profesional de los rudimentos técnicos y la aplicación consecuente de las normativas más usuales del beisbol moderno (como, por ejemplo, la utilización del bull pen).

Desde el mismo anuncio de la lista de representantes cubanos en el Clásico (lista alterada dos o tres veces), el polémico “estilo Víctor Mesa” se fue imponiendo y terminó reinando durante el campeonato. En las trasmisiones televisas que pude seguir a través de internet, se me hizo evidente que para los productores de las imágenes era más atractivo del show del vociferante y gesticulante mánager cubano que el desempeño de sus atletas. Y dar pie a esa reacción es un error fatal, sobre todo para los que deben ser los verdaderos protagonistas, o sea, los atletas.

No obstante, desde la misma designación de Mesa al frente del team, confiados en que se produjera el milagro que no podía producirse, la culpa de la derrota –otra derrota- cubana no debe achacarse solo ni esencialmente, al mánager de turno. Entre otras razones porque los descalabros ya han tenido, entre otros, los rostros de Higinio Vélez, Antonio Pacheco, Rey Anglada, Eduardo Martín, Alfonso Urquiola… solo porque les ha tocado ser los rostros visibles de un sistema que, definitivamente, es el que ha dejado de funcionar.

El mundo, querámoslo o no, es más grande que la isla. Y ha cambiado. Cuba, deseémoslo o no, está cambiando, y debe cambiar mucho más si quiere conseguir algunas cosas. Por ejemplo: eficiencia económica, desarrollo tecnológico, disciplina social y laboral… o algo tan entrañable como triunfar otra vez en el beisbol, si somos capaces de lograrlo.

Más que evidente, a estas alturas resulta dramático (en realidad trágico) observar cómo el techo de calidad de los jugadores cubanos que permanecen en el país les impide alcanzar su mayor y mejor estatura. Mientras, la lista de los que han salido a probar suerte en ligas profesionales del mundo (últimamente, por cierto, ya no son calificados de “desertores”, al menos por la prensa deportiva) es cada vez más nutrida. Al mismo tiempo, se ha comprobado que solo con las confrontaciones en torneos nacionales no se puede desarrollar a plenitud el talento y que los propios torneos nacionales no siempre ayudan a conseguirlo (véase lo que ocurre con las categorías escolares y juveniles, con sus raquíticos calendarios). Y debería ser más que evidente que los jugadores de un equipo como Holanda, integrado por nativos de las diminutas Aruba y Curazao y algún neerlandés despistado, no puede, no podría ser mejor que Cuba ni en sueños… pero en la realidad del terreno le gana una y otra vez a Cuba.

La respuesta a las derrotas no puede seguirse achacando a formas de escoger jugadores o decisiones de directores, por mucho que estas influyan. Porque sería engañarnos. ¿Cuba está cambiando o no? Si la respuesta es afirmativa, pues en la afirmación está la solución: o cambiamos o no ganamos. Y cambios, en la práctica del beisbol, significa cambios no solo deportivos (muy necesarios, por cierto), sino también políticos, transformaciones que permitan, de una u otra forma, el acercamiento real de los jugadores cubanos a torneos y circuitos de mayor calidad, donde se desarrollen, aprendan, jueguen y… el día de la convocatoria vistan el uniforme de la selección nacional. Como hace Lionel Messi cuando juega Argentina o ha hecho Robison Canó, uno de los mejores peloteros del mundo, con el team de Quisqueya, campeón del III Clásico Mundial.

Añadir comentario

Normas para comentar
  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.



1 comentario

  • Enlace comentario Viernes, 05 de Abril de 2013 13:12 Publicado por Hector

    Muy de acuerdo con el escrito, en nuestro país la pelota es un tema político, y como tal se ven los resultados, por lo que hasta que no tengamos apertura política tampoco la tendremos en el deporte.Pero para lograr esto necesitamos apertura de mente de todos los implicados en la toma de decisiones tanto política como deportiva. Deberían crear una escuela cuyo único propósito fuera liberar mentalidades.
    saludos

    Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla