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La buena memoria
La música en Cuba de Alejo Carpentier, otra vez a capítulo
  • Roberto Méndez Martínez
Carpentier, un autor erudito, apasionado Carpentier, un autor erudito, apasionado Archivo IPS
Una edición esperada y necesaria.

Las ediciones Museo de la Música acaban de dar a la luz un volumen monumental, preparado por el musicólogo Radamés Giro, que contiene La música en Cuba de Alejo Carpentier y una selección de sus ensayos y artículos sobre el tema, agrupados bajo el epígrafe “Temas de la lira y el bongó”. Se trata de una importantísima contribución a la divulgación de la bibliografía carpenteriana, porque tanto el estudioso como el simple lector interesado pueden contemplar agrupadas las principales páginas que el escritor dedicó al arte sonoro insular, a lo largo de su existencia.

Hacia 1939, las ediciones Fondo de Cultura Económica pidieron a Alejo un pequeño volumen de carácter panorámico y divulgativo sobre la historia de la música en Cuba. Salvo ciertas obras, inexactas y parciales, de Serafín Ramírez y Laureano Fuentes, apenas había datos dispersos sobre algunas obras y compositores. Pero el escritor tomó en serio el empeño.

No le bastó con revisar los archivos de la Biblioteca Nacional y la Sociedad Económica de Amigos del País, sino que hurgó en las sacristías de los templos de la época colonial, en busca de partituras. Su empeño se vio recompensado en la Catedral de Santiago de Cuba, donde pudo hallar una importante cantidad de obras manuscritas de un autor que hasta el momento solo se conocía por unas pocas referencias: Esteban Salas.

Alejo, con la ayuda del compositor camagüeyano Natalio Galán, pudo reconstruir algunas de las obras de Salas y esa fue la base del tercero y más notable de los capítulos de La música en Cuba. Sus análisis han sido completados, años después, primero por la acuciosa labor catalogadora y divulgativa de Pablo Hernández Balaguer y en nuestros días por las detalladas investigaciones de Miriam Escudero, quien ha dado a la luz varios volúmenes con la vida y obra del maestro de capilla más notable de la sede episcopal santiaguera.

Alejo concluyó la redacción del libro en Caracas, donde se estableció en 1945 y este vio la luz, por fin, al año siguiente, en México. Por primera vez era posible consultar un texto donde no sólo se evaluara la labor de ciertos compositores notables, desde Estaban Salas hasta Harold Gramatges, sino donde se ofreciera un enfoque historicista y bastante desprejuiciado de las sucesivas síntesis de la cultura cubana, en la que el componente africano evidenciaba un peso bastante soslayado hasta entonces.

Con su talante barroco, Carpentier, que por entonces comenzaba a trabajar en El reino de este mundo, mostraba los múltiples acarreos sonoros que se aclimataban en el archipiélago cubano: la contradanza que trajeron los colonos franceses prófugos de Haití, la tonadilla escénica española, la ópera italiana. A pesar de no disponer de demasiadas partituras sus juicios sobre Manuel Saumell, Nicolás Ruiz Espadero, Ignacio Cervantes, han resistido en buena medida la verificación de los estudiosos actuales.

Sin embargo, lo mismo no sucedía en los últimos capítulos de la obra, destinados a valorar lo ocurrido en el orbe sonoro cubano en la primera mitad del siglo XX. Precisamente por haber estado profundamente implicado en el ambiente musical desde los años 1920, el autor no pudo dejar de lado sus preferencias y aversiones. Si bien los capítulos XVI y XVII resultan imprescindibles, en tanto el primero –apoyado en las investigaciones de Fernando Ortiz y en algunos trabajos de campo realizados por él mismo junto a músicos amigos- explica la riqueza, variedad y alcance de la música de raíz africana, mientras que el segundo destaca cómo Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, a partir de tal estímulo dieron a la luz las primeras partituras de vanguardia y cambiaron el panorama sonoro del país, en medio de obstáculos sin número, el creador de Viaje a la semilla silenciaba demasiadas cosas.

Basta con hojear este libro para descubrir, por ejemplo, que un compositor tan importante como Eduardo Sánchez de Fuentes es tratado con no disimulado desdén, por su rechazo a aceptar la influencia africana en la música cubana, sin tener en cuenta sus aportes al desarrollo de la cancionística, mucho más importantes que esas óperas que Alejo se empeña en enumerar para demostrar que era un creador desfasado estéticamente.

Más grave aún es el modo en que silencia el quehacer de un grupo de autores de su tiempo: en primer lugar Ernesto Lecuona –al que apenas se dedican unas pocas líneas, más bien denigrantes, en el epígrafe final- pero también Gonzalo Roig, Rodrigo Prat, no sólo creadores de canciones y obras instrumentales apreciables sino de una significativa renovación en el teatro lírico con obras como María la O, Cecilia Valdés, Amalia Batista, mucho más relevantes para nuestra cultura que ciertas obras a las que dedica apreciable extensión en el volumen.

Así mismo, es sorprendente que abandone el método que ha seguido para historiar la etapa colonial y se encierre en el panorama de la música “de conciertos” mientras quedan fuera de sus observaciones zonas riquísimas como la evolución del danzón, la llegada del son oriental a la capital de la isla y de allí su desbordamiento en una moda sin precedentes que llegó a conquistar París, como él mismo declaró en muchos de sus artículos desde la capital gala.

Si bien sus juicios sobre el maestro José Ardévol y el grupo Renovación Musical son justos y los elogios tributados a autores como Julián Orbón, Gisela Hernández y Carlo Borbolla son incitaciones notables para acercarse a las obras de estos creadores, todavía mal estudiadas, hay ausencias apreciables que Carpentier nunca enmendó, por ejemplo la de Aurelio de la Vega, discípulo de Schonberg y Bloch, que desde mediados de los años 40 y en la década siguiente dio a conocer una música esencialmente novedosa y de gran rigor compositivo.

Alejo nunca hizo una revisión a fondo de sus juicios en este libro, a pesar de que este tuvo nuevas ediciones, primero en La Habana de 1961, luego en 1972, de nuevo a cargo de Fondo de Cultura Económica y por fin en 1979, otra vez en La Habana. En este último caso, procediendo de manera más o menos salomónica, el autor prefirió eliminar el polémico capítulo final, en vez de corregirlo y ampliarlo.

Es evidente que el investigador de 1945 no podía dejar atrás al animador cultural que en su juventud apostó por la Orquesta Filarmónica de Roldán y San Juan y en contra de la Sinfónica de Roig y Lecuona y que seguía viendo a Sánchez de Fuentes como una especie de esperpento, pero también, que, aproximándose ya a la madurez, apostaba más por la música derivada del espíritu de conservatorio deudora del neoclasicismo que él criticaría a los autores europeos en varios artículos y en su novela Concierto barroco, que por la música heredera de los bufos del siglo XIX, convertida en zarzuela cubana y por otros géneros asociados a la llamada “música popular”.

No se puede culpar al escritor por cada ausencia en su pequeño libro panorámico. Hoy, más de medio siglo después, sabemos que el panorama musical cubano era mucho más complejo y que en él importaban tanto las ceremonias abakuá como la labor de un Ignacio Piñeiro, un Miguel Matamoros o un Sindo Garay. Que no hay que tener vergüenza en descubrir los aportes de un José White y hasta de un Hubert de Blanck a la música de conciertos, sin dejar de lado la evolución de la canción trovadoresca desde Pepe Sánchez hasta María Teresa Vera.

De todos modos, lo significativo del volumen preparado por Giro es que hace dialogar La música en Cuba con la voluminosa labor periodística de Carpentier donde está mucho de lo que se le quedó en el tintero al preparar su panorama: los triunfos de la orquesta de Don Aspizu y de Moisés Simons en París, los alternativos conciertos en La Habana de la Filarmónica y la Sinfónica, la figura excepcional de Rita Montaner, sin olvidar los enfoques ensayísticos más novedosos, entre los que resultan ejemplares: “América Latina en la confluencia de coordenadas históricas y su repercusión en la música” y el concentrado y sugestivo “El ángel de las maracas”.

Completan la edición textos de María Teresa Linares, Argeliers León, José Ardévol, Harold Gramatges, Leonardo Acosta, con disímiles apreciaciones sobre el Carpentier musicólogo e historiador.

Este importante volumen vuelve a poner en el tapete el lado musicológico de la creación carpenteriana, ese que nutrió buena parte de su narrativa desde Oficio de tinieblas hasta La consagración de la primavera. Se trata de un autor erudito, apasionado, incapaz de librarse en sus juicios de sus ficciones, ni de ciertos prejuicios y rencores…


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