IPS Inter Press Service en Cuba

Lunes, 1 de Septiembre de 2014
La buena memoria
El Museo Imposible de Emilio Heredia
  • Roberto Méndez Martínez
El hombre de los proyectos de papel

El Museo Nacional de Cuba cumple un siglo de fundado. Quizá sea la ocasión adecuada para recordar a una singular figura de la intelectualidad insular, casi siempre ausente de los panoramas artísticos redactados en los últimos años: el arquitecto Emilio Heredia y Mora (La Habana, 1872-1917).

Descendiente del primero de los grandes poetas cubanos del siglo XIX, José María Heredia y Heredia, Emilio tuvo la posibilidad de recibir una formación adecuada a su sensibilidad artística. Si bien sus estudios iniciales de arte los realizó en San Alejandro, pudo perfeccionar estos en Madrid, en la Real Academia de San Fernando. Pero la mayoría de los artistas sabían que, hacia 1890, los meridianos artísticos pasaban exactamente por París y hacia allí se dirigió el joven cubano, para estudiar arquitectura en la Academia de Bellas Artes y dibujo en la institución Colarossi, mientras ganaba su sustento como ilustrador de varios periódicos, entre ellos el New York Herald, y de la prestigiosa casa editorial Garnier.
Justo en el año 1900, Heredia regresó a Cuba. Estaba lleno de esperanzas, en tanto el anunciado nacimiento de la República parecía asegurar un gran impulso a las obras públicas. Una década le bastó para comprender su error. Quizá la obra más importante que le comisionaron fue la remodelación de un edificio colonial grande y rústico, la Comandancia de Marina, para adecuarla a su nueva función de Cámara de Representantes. A pesar de sus mármoles y luminarias, esta resultó una sede incómoda, ahogada por las construcciones aledañas y muy criticada por políticos y periodistas.
Sin embargo, el entusiasmo del joven creador parecía a prueba de decepciones. En 1910 se decidió a conformar una muestra de sus creaciones en el terreno del dibujo, los proyectos constructivos y las artes decorativas y la expuso en los Salones del Ateneo. El sensible y escéptico escritor Jesús Castellanos publicó en El Fígaro una reseña de esta exposición en la que destacaba su sensibilidad forjada en el ámbito parisino y sus sueños como arquitecto:
Cubren las paredes del salón hasta treinta proyectos de parcos y suntuosos monumentos, en cuanto puso imaginarse que diera de sí la piedra. Muchos de nuestros caducos edificios, allí aparecen metamorfoseados por unos cuantos toques de buen gusto. (Dios le haga en breve plazo Secretario de Obras Públicas.) Otros son condensaciones de necesidades de antiguo sentidas. Aún en punto a arquitectura de jardines sobresalen particularmente varios túmulos funerarios, simples dólmenes etruscos llenos de severa elocuencia, y una linda pérgola que hace soñar en gratas siestas con un rumor cercano de agua.
El 31 de octubre de 1910, Emilio fue electo Miembro de Número de la Academia Nacional de Artes y Letras, y consideró que debía retribuir tal dignidad oficial con una obra útil: fundar un Museo Nacional. El 10 de noviembre publicó una carta abierta en el diario La Discusión en el que solicitaba el apoyo del público para tal labor.
El gobierno de José Miguel Gómez, tan pródigo en negocios descabellados, no pareció encontrar unos pocos pesos para apoyar tal iniciativa. Simplemente nombraron al arquitecto Comisionado oficial para dicho empeño, sin asignarle salario o presupuesto alguno. Únicamente el 1 de marzo de 1913, cuando era indudable que el soñado Museo existía, se le asignó un sueldo de 158 pesos, que el fundador solo pudo cobrar durante tres meses.
Gracias a la memoria que Heredia publicó el 15 de julio de aquel año, para justificar su labor ante la opinión pública, apenas una quincena después de haber sido cesanteado por el Secretario de Instrucción Pública Ezequiel García Enseñat, del recién estrenado gobierno de Mario García Menocal, podemos conocer su singular concepción del Museo.
Aquella era una institución polivalente, donde los exponentes históricos se daban la mano con otros que representaban las artes plásticas, las decorativas, los proyectos arquitectónicos, sin olvidar un archivo documental y una pequeña biblioteca.
Si bien la colección de Bellas Artes, que medio siglo después llegaría a convertirse en el centro absoluto de sus fondos, era en aquel primer montaje reducidísima y consistente casi únicamente en algunos óleos de Cisneros, Peoli, Arburu, Melero, Romañach, la concepción misma de la institución resultaba asombrosa: en tiempos en que el cartel era apenas un objeto de función utilitaria, el Museo atesoraba varios creados por Mucha, Grasset, Pal y otros cultivadores europeos; todavía discutían los críticos si el cine era un arte, pero ya el catálogo anunciaba que tenía un área dedicada a las producciones del pionero del género en Cuba, Enrique Díaz Quesada; por otra parte, aunque la cultura oficial se encargaba de soslayar todo vestigio de presencia africana, Heredia buscó y colocó en vitrinas bien visibles, como parte de una colección de Etnografía, piezas que iban desde un traje de diablito ñáñigo, hasta elementos de santería como unos Mellizos (Ibeyes) tallados en madera y varios objetos empleados en altares, sin olvidar varios tambores que por primera vez eran expuestos a los profanos con un sentido cultural.
Contando con que tales fondos debieron ser reunidos por el fundador a base de donaciones o préstamos, en tanto no poseía dinero alguno para compras, es asombroso lo que pudo reunir en tan poco tiempo. El Plan General de la institución abarcaba los rubros: Historia Patria, Historia Natural, Bellas Artes, algo que llamó Potencialidad Nacional – que debía contener desde muestras de la precaria industria cubana hasta “estadística gráfica nacional” en modelos corpóreos, sin olvidar la Biblioteca.
Teniendo en cuenta que el arquitecto tenía como referente esencial las instituciones parisinas, su museo parecía reunir en un solo local lo que allá correspondía al Museo del Hombre, el Louvre, Artes de Decorativas y el de la Industria. Hoy tal cosa nos resulta un tanto delirante, pero el intelectual tenía la rara lucidez de comprender que su Museo debía acoger la compleja vida del país naciente, desde sus nexos con Europa, hasta los cultos y costumbres de los pobres y marginados que a otros se les antojaban bárbaros.
El gobierno destinó como local para exhibir las colecciones una casona de la calle Concordia, totalmente inadecuada para tal fin. Los objetos, más que clasificados, quedaron amontonados hasta resultar casi imposible apreciarlos.
Emilio Heredia apenas sobrevivió al ultraje oficial. No pudo asistir a la existencia precaria de la institución que había fundado, peregrina por varios locales provisionales, hasta que pudo abrir sus puertas el Palacio de Bellas Artes en 1954 y la frustración de su proyecto, que solo ha podido alentar en años recientes, disuelto en la red de museos cubanos.
Falleció en La Habana el 29 de julio de 1917, cuando aún el aire olía a pólvora por el frustrado alzamiento de los liberales conocido como La Chambelona, contra la reelección del general Menocal. La mayor parte de sus proyectos quedaron en el papel, pero aquel Museo lo justifica para la historia.(2013)

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