IPS Inter Press Service en Cuba

Miércoles, 22 de Octubre de 2014
La buena memoria
Las canciones de nuestros días felices
  • José Antonio Michelena
Las letras del compositor Cesar Portillo de la Luz median entre muchas parejas cubanas. Las letras del compositor Cesar Portillo de la Luz median entre muchas parejas cubanas. Foto tomada del portal Cubahora
Lo que nos dejó el filin.

Ahora que César Portillo de la Luz entró definitivamente en la distancia y nos dejó en el delirio por sus canciones, el mundo parece distinto, pero siempre nos queda el consuelo de saber que él y los demás “muchachos” del filin se nos convirtieron en parte del alma, que contribuyeron en nuestra formación sentimental, porque nada nos conforma más que una buena canción.

     La mayoría de los que nacimos y crecimos entre los años donde irrumpe y se desarrolla el grupo de creadores que lleva a la canción un nuevo estilo desde el punto de vista armónico, melódico y literario, al que llamaron filin, es decir, a finales de la década de 1940 y las dos siguientes, apenas fuimos conscientes de cuánto y cómo nos beneficiamos de esas canciones.

       Porque el filin coincidió con la explosión sonora de la época: de adentro, el cha cha chá, el mambo, las distintas formas del bolero (sobre el que actúa y al que modifica el filin); de afuera, la ranchera, el tango, el bosa nova, el jazz y ese huracán de fuerza 5 llamado rock and roll que nos lanzó al aire, nos mantuvo prisioneros y por un tiempo barrió con todo.

       Cuando en plena tormenta nos dejan al pairo porque el rock “es música del enemigo, es diversionismo ideológico” y tratan de calmarnos la fiebre con  quenas y lamentos andinos, comenzamos las audiciones y bailes underground, pero también, mientras duran las victrolas, alternamos a Pérez Prado con Vicentico Valdés, quien nos decía: “Hasta mañana vida mía/ que tristeza tenerte que dejar/ hasta mañana que mis labios/ te puedan con un beso saludar”, un bolero distinto a las tragedias y los dramas llorones de Orlando Contreras que ya nos cansaban, aunque años después volvimos a ellos con nostalgia.

      Mientras escuchábamos ese bolero cantado por Vicentico (en las victrolas o en la radio, porque él nunca estuvo prohibido), no atendíamos apenas a la firma autoral, que rezaba: letra y música de Rosendo Ruiz Quevedo, uno de los jóvenes que “descargaba” en casa de Ángel Díaz, en el Callejón de Hammel, el sitio donde fraguó el filin.
      Porque las canciones de esos compositores llegaban en las voces de los más diversos intérpretes, algunos de los cuales las hicieron suyas, las marcaron, como Elena Burque, “la señora sentimiento”, la que mejor se introdujo en el estado de ánimo y la emoción desde donde surgían aquellas piezas musicales.

Ya que, según Frank Domínguez, “el filin es la expresión de un estado de ánimo o sentimiento que a su vez no es más que un reflejo de las condiciones objetivas… Decir una canción así sencillamente con la emoción inicial con que fue escrita, sin pretensiones vocales”.
       Claro que escuchar las canciones del filin en la voz y la presencia de sus creadores era otra cosa. Por eso, quienes acudieron al “Pico Blanco” del hotel Saint John, o al club Sherezada, para disfrutar de José Antonio Méndez y César Portillo de la Luz, si realmente atendieron a la magia que se desprendía en aquellos espacios cuando ellos cantaban, tuvieron una experiencia inefable.

       Pero cuánta gente habrá estado en aquellos lugares, sumergidas en los avatares del ron y el romance, sin apreciar que muy cerca de ellos ocurría algo único, cuando uno de los mulatos, con su voz ronca decía, “si me comprendieras, si me conocieras,/ que feliz serías”, o cuando el otro, entonaba, “si pudiera expresarte/ como es de inmenso/ en el fondo de mi corazón/ mi amor por ti”.
      Quizás aun sin atenderlas bien, acaso sin prestarles la debida atención, aquellas canciones penetraban, se introducían en el sub consciente y te ofrecían otra perspectiva de la vida, porque, en lugar de regodearse en el remordimiento, en vez de hablar de traiciones y desengaños, miraban hacia el lado bueno de una relación que terminaba: “Quiero recordar las horas/ de los días felices/ que vivimos ayer/ y volver a caminar las calles,/ que un día paseamos/ y volver a sentarme en los parques/ donde te besé”.

      Desde aquella filosofía y manera de entender la vida, con la influencia y el espíritu de aquellos creadores, surgieron otras canciones, de autores más jóvenes, que expresaban: “si me faltaras no voy a morirme/ si he de morir quiero que sea contigo”.
      Según Helio Orovio –uno de los más reconocidos estudiosos de la música popular cubana– el autor de ese fragmento de canción, Pablo Milanés, “fue el puente entre el filin y lo que años después se llamó Movimiento de la Nueva Trova”.

Estamos todavía en la década de 1960, empeñados en oír a Los Beatles como sea posible, andamos locos con Paul Anka, y de repente se aparece un tipo flaco, de espejuelitos, con una guitarra (como la gente del filin) que le canta al amor, pero de manera diferente a los boleristas llorones y a los del filin, porque introduce complicadas metáforas y trata la guitarra de forma distinta, y dice cosas rarísimas, como “El que tenga una canción tendrá tormenta,/ el que tenga compañía, soledad./ El que siga un buen camino tendrá sillas/ peligrosas que lo inviten a parar”.

Y mucha gente no entiende lo que el tipo quiere decir y él les hace una canción, porque compone una canción por hora, pero a muchos jóvenes les gusta y aprenden sus letras; entonces él y otros amigos dan conciertos en Bellas Artes y en la Casa de las Américas y fundan un Movimiento que bebe en las fuentes de la trova tradicional, donde también se nutrió la gente del filin, y enriquecen la canción cubana, la entroncan con la Nueva Canción más allá de las fronteras.

Pero la creación de los trovadores (los primeros, los del filin y los que le siguieron), quienes han hecho las mejores canciones de la música cubana, siempre respondieron a las necesidades y las coyunturas de los procesos culturales en una relación dialéctica con la sociedad.

Esas coyunturas sociales provocaron que luego, en algún punto del camino, en la década de 1990, muchos jóvenes cerraron sus oídos a la belleza de una canción y comenzaron a prestar atención a los ruidos provenientes del Caribe y, tal como Odiseo se tapó los oídos para no oír el canto de las sirenas, así tenemos que andar ahora para no enloquecer con los aullidos, maldiciones, insultos, obscenidades, de esa gente que salta, gesticula, apunta con el índice, acusa de no se sabe qué y hasta no se sabe cuándo.

Mientras tanto, los que tuvimos una educación sentimental al amparo de la trova y sus seguidores, podemos recordar las horas de los días felices que vivimos ayer, y volver a escuchar las canciones que un día escuchamos, y recordar, y recordar, y recordar. (2013)

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