IPS Inter Press Service en Cuba

Sábado, 20 de Septiembre de 2014
La buena memoria
El centro cultural Félix Varela, nueva institución cultural
El mejor destino para un edificio emblemático.

El antiguo edificio del Seminario de San Carlos y San Ambrosio, que conforma un conjunto monumental con la catedral habanera, se ha convertido en sede del Centro Cultural Félix Varela, la primera institución católica de su tipo, con un proyecto abarcador y áreas especializadas, que abre sus puertas después de 1959. Por su importancia puede equipararse con instituciones surgidas en La Habana en la primera mitad del siglo XX con finalidad parecida, como La Anunciata, animada por la Compañía de Jesús, y la Casa Cultural de Católicas, sino también con otras semejantes que ofrecen sus servicios en ciudades de América y Europa.

Hacia 1752 lograron los jesuitas concluir este edificio que albergaría al colegio San José, donde se enseñaba filosofía, gramática y teología y que se mantuvo en actividad hasta 1767, cuandola Compañía fue expulsada de la isla, a tenor de un Decreto Real, que se extendió hasta los confines del imperio español.

Pasó entonces el inmueble a propiedad del Arzobispo y se determinó refundar allí el seminario San Ambrosio que años antes había creado el prelado Diego Evelino de Compostela.

Una Real Orden de Carlos III del 14 de agosto de 1768, dio lugar al nacimiento del Real y Conciliar Colegio Seminario de San Carlos y San Ambrosio, aunque en realidad parece que su erección no tuvo lugar hasta 1773.

El centro tuvo su época de oro en el período en que la sede habanera fue ocupada por el vasco Juan José Díaz de Espada y Landa. Por entonces no solo se educaban allí los aspirantes al sacerdocio, sino los hijos de familias pudientes del país que aspiraban a carreras seculares. La institución tuvo un papel importantísimo en la renovación de la enseñanza en Cuba, así como en el debate sobre urgentes problemas sociales. Allí el Presbítero Félix Varela enseñó Teología, Física Experimental, Psicología, pero también tuvo una cátedra de Constitución para educar a los habaneros en los principios liberales, por el corto período en que las Cortes españolas lograron desplazar al régimen absolutista de Fernando VII. Allí estudiaron algunos de los intelectuales más notables del siglo XIX cubano: José Antonio Saco, José de la Luz y Caballero y el narrador Cirilo Villaverde, quien en su novela Cecilia Valdés, hace una importante descripción de la edificación y del ambiente del instituto.
Tras el fallecimiento del obispo Espada, la vigilancia que la Corona obligó a ejercer sobre el pensamiento liberal y el conservadurismo de los obispos que le sucedieron, obligaron a la institución a limitarse a la formación del clero secular y mantenerse al margen de los más candentes problemas políticos del país.

Tras el cese de la dominación española en Cuba, el Seminario, a diferencia de otras instituciones, logró sobrevivir y fue reorganizado por obispos habaneros como Pedro González Estrada – quien había estudiado allí- y Manuel Ruiz. Por su aulas pasó un alumno destacadísimo, el navarro Ángel Gaztelu, muy ducho en Latín y Retórica, aunque despertó las suspicacias de los profesores porque leía a poetas contemporáneos como Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez y tenía amistad con el extraño José Lezama Lima, con quien se paseaba a la sombra de la Catedral conversando de los asuntos más heteróclitos.

Poco después de acceder a la silla episcopal de La Habana, Monseñor Manuel Arteaga y Betancourt consideró que el edificio del seminario era ya harto insuficiente para las necesidades de una institución moderna. Por ello, decidió la construcción de una nueva sede, alejada del centro de la Ciudad, en terrenos de la finca “La Hormiga”, propiedad de la Iglesia, sita en Arroyo Arenas. Considerando que se trataba de una institución totalmente nueva, cambió su nombre por el de Seminario “El Buen Pastor”. El primer Rector designado fue el Padre Escárzaga, sacerdote vasco refugiado en Cuba a raíz de la Guerra Civil española. La relación con el antiguo Colegio parecía borrarse definitivamente, pues su sede original fue remodelada poco después para ser convertida en Palacio Cardenalicio, cuando  Monseñor Arteaga recibió el capelo en 1946.

El vetusto caserón sufrió modificaciones que hoy parecen arbitrarias desde el punto de vista patrimonial, como la construcción de una fachada neocolonial por el lado de la Avenida del Puerto –que relegaba a segundo término la original del edificio en la calle San Ignacio- y la construcción de una escalera de mármol vistosa y anacrónica. Allí radicaron por casi dos décadas varias oficinas de la curia diocesana y en la planta alta las habitaciones privadas del Cardenal.

El nuevo Seminario, apartado del bullicio citadino y consagrado únicamente a la formación del clero diocesano no siguió la suerte del resto de los colegios religiosos, intervenidos en mayo de 1961, aunque las tensas relaciones entre la Iglesia y el Estado por esos años y sucesos derivados de ellas (como la expulsión de un crecido número de sacerdotes y religiosos en el buque “Covadonga” en ese mismo año), constriñeron dramáticamente el número de sus alumnos y profesores. Muchos seminaristas fueron enviados a concluir sus estudios en el extranjero o simplemente salieron definitivamente del país. Sin embargo un número mínimo de estudiantes se mantuvo allí en aquellos años difíciles.

En mayo de 1966 las autoridades informaron abruptamente a la dirección de “El Buen Pastor” que tenían quince días para abandonar su sede, pues el edificio era necesario para fines militares y la defensa estratégica de esa zona. Como el Cardenal Arteaga había fallecido en 1963, el Palacio Cardenalicio estaba parcialmente deshabitado y por decisión de su sucesor en el Arzobispado, Evelio Díaz, las oficinas de la curia retornaron al edificio episcopal de la calle Habana y el Seminario volvió a instalarse allí. De hecho, el regresar al lugar pareció una recuperación de la historia, pues comenzaron a emplear de nuevo su antigua denominación de “San Carlos y San Ambrosio”.

Allí permanecerían hasta 2010, cuando otro cardenal, Jaime Ortega Alamino, logró la apertura de una edificación moderna y amplia, más adecuada para una institución educativa de esas características. La misma está enclavada al este de la capital, en la zona conocida como Peñalver, próxima a la vía Monumental. La vieja sede decía adiós por segunda vez al Seminario pero no a sus funciones culturales.

Precisamente en este lugar nació casi inmediatamente el Centro Cultural Padre Félix Varela, regido por la Arquidiócesis habanera, como un sitio que promueve la actividad cultural y el debate entre los católicos y el resto de la sociedad. En apenas un par de años se han ofrecido allí conferencias, paneles sobre temas literarios, artísticos, históricos, sociales y políticos, así como exhibiciones de artes plásticas y veladas musicales.

El edificio, con más de dos siglos y medio de existencia, a lo largo de los cuales tuvo apreciables transformaciones, está sometido en la actualidad a un fuerte proceso de restauración y a la refuncionalización de algunas áreas. Cuando esté listo, además de su Aula Magna y la Sala Teatro, ya en funciones, dispondrá de biblioteca, librería, galería de arte y tendrá un espacio para albergar al Museo Arquidiocesano. Además, estarán allí las redacciones de las revistas Espacio laical, Palabra Nueva y las ediciones Vivarium.
Asimismo, en fecha reciente ha sido anunciada la próxima apertura en sus aulas de un Instituto de Estudios Religiosos, con la aprobación de la Santa Sede, para ofrecer formación a los laicos en materia de teología y humanidades.

El creciente diálogo entre la jerarquía eclesiástica católica y las autoridades, ha favorecido el nacimiento de una institución como esta, que no pretende relegar el trabajo cultural al interior de los templos, sino desplegarlo en el espacio público, en franco intercambio con intelectuales de cualquier orientación. Es este, quizá, el más útil de los homenajes que en los últimos años se han rendido al Siervo de Dios Félix Varela, uno de los intelectuales más lúcidos de nuestra historia. (2013)

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