IPS Inter Press Service en Cuba

Lunes, 24 de Noviembre de 2014
La buena memoria
Puerto Príncipe, la Avellaneda y el aura blanca
Un villa al borde de su medio milenio.

El próximo año, la otrora villa Santa María de Puerto Príncipe, hoy Camagüey, celebrará el medio milenio de su legendaria fundación, pero tal suceso quedará unido a otro no menos apreciable, el bicentenario del nacimiento, en una casona de la céntrica calle San Juan, de Gertrudis Gómez de Avellaneda y Arteaga, una de las figuras más notables del romanticismo hispanoamericano. A esto podría unirse otro bicentenario que será menos recordado: el del establecimiento en aquella población del fraile franciscano José de la Cruz Espí, más conocido como el Padre Valencia, benefactor de los leprosos, cuya beatificación ha sido reclamada varias veces por un notable número de sus devotos. Los tres: la añeja ciudad, la escritora y el religioso, están unidos en la memoria popular por una leyenda, la del Aura blanca, una de las más singulares consejas que ha alentado esa región, muy rica en ellas, por demás.

Hacia 1813 llegó por primera vez a Puerto Príncipe un fraile de la Orden de San Francisco. Venía por sólo unos días, como misionero. Su nombre era José de la Cruz Espí, pero los camagüeyanos iban a recordarlo con el apelativo más familiar de Padre Valencia, por haber nacido en aquella región española, en 1763.

No sólo impresionó a los habitantes de la ciudad el encendido verbo de sus prédicas, ni la austeridad de su vida cotidiana, sino que el religioso venía ya precedido por toda una leyenda. Se decía que en su época de misionero en México, había desembarcado solo en la isla de Nutka, en las costas de California, a pesar de que le habían advertido que allí los aborígenes se dedicaban al canibalismo y había convivido con ellos por el espacio de dos años; que se había aventurado en otros parajes donde los indígenas no querían saber de los colonos blancos y les había ayudado a construir represas, telares, viviendas, fortificaciones.

A inicios del siglo XIX, transferido a Cuba y destinado a Trinidad, revolucionó la vida de aquel lugar, hasta tal punto que, por celos o  envidia, alguna vez le suspendieron la licencia para predicar. A base de limosnas y con el trabajo voluntario de ricos y pobres, levantó el Convento de San Francisco, uno de los más hermosos del país.

Tal fue la fascinación de los principeños que hicieron que el Cabildo intercediera ante la autoridad eclesiástica, para lograr que el religioso se estableciera en la ciudad. Los trámites fueron complicados, pero un año después, el 7 de noviembre de 1814, salía el Padre Valencia hacia Puerto Príncipe, lugar donde residiría hasta su muerte.

Uno de los primeros detalles que llamó la atención al Padre Valencia en su nuevo destino fue la situación de los leprosos: unos se hacinaban en las afueras de la población, junto al río Tínima, en unas miserables edificaciones adjuntas a la ermita de San Lázaro, con muy escaso apoyo del Ayuntamiento, otros se veían obligados a mendigar por las calles para obtener el sustento.

Por entonces nadie creía que pudieran allegarse medios para construir un edificio que albergara dignamente a los enfermos, pero el Padre Valencia no sólo se encargó de pedir limosnas, casa por casa, para sostener la institución, sino que inició con el producto de ellas las obras de reconstrucción, el día 11 de agosto de 1815. El fraile, quien había sido nombrado Capellán el 6 de mayo de 1816, pudo inaugurar el edificio, denominado ya Hospital de San Lázaro, en 1819, que un contemporáneo describió como “compuesto de numerosas habitaciones separadas, y espaciosas galerías en extenso cuadro con una bella iglesia en el centro, rodeada de jardines y un parque al frente”.

El edificio contaba con una huerta anexa, en la que se cultivaban árboles frutales y plantas medicinales destinadas a hacer cocimientos, ungüentos y otros preparados para los enfermos. Esta fue la época de mayor prosperidad para el lugar. Sin embargo el logro mayor era su propia presencia allí, su trato afable, sus labores como enfermero y a la vez capellán, confortaron a los asilados, quienes por primera vez se sintieron tratados como seres humanos.

Con su espíritu emprendedor, aquel varón se dio cuenta que la institución no debía depender exclusivamente de los fondos del Cabildo, sino que procuró allegar recursos por otras vías, entre las que estuvieron la fundación de un tejar o la creación de un gran corral para recoger los ganados que se trasladaban de un sitio a otro del territorio y obtener alquileres de ello. Asimismo creó una estancia de labor y potreros anexos al asilo. De los productos de la estancia no sólo mantenía a los hospitalizados sino que enviaba los excedentes a otras instituciones benéficas y a la cárcel, además de remitir regalos a los benefactores.

Es tradición que todo ello se logró no sólo a través de contribuciones de vecinos influyentes sino de limosnas recogidas por el sacerdote, quien no tocaba el dinero, sino que este debía depositarse en una jaba de guano que al efecto traía, o era entregado a caballeros relevantes de la ciudad que para ciertas colectas le servían de escolta. Se dice que algunas personas, dudosas de que el fraile jamás tocara el dinero, llegaron a esconderse en las malezas de la orilla del Tínima y desde allí lanzarle monedas a los pies a ver si se detenía a recogerlas, lo que este nunca hizo.

Los principeños guardaron en la memoria, de generación en generación, la austeridad de vida de este sacerdote, que dormía unas escasas tres horas en la noche, sobre una tabla estrecha y sin cepillar, sin cobertor alguno y para apoyar su cabeza tenía un ladrillo, mientras el resto de las horas las pasaba en oración en la capilla de San Lázaro.

También a su iniciativa se debieron la hospedería de San Roque, anexa al asilo, para acoger a las personas de escasos recursos que peregrinaban al santuario del Cobre, el puente sobre el arroyo Las Jatas y el conjunto monumental formado por la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, el Hospital de las Mujeres y el Convento de las Madres Ursulinas.

El religioso, minada ya su salud por tantos esfuerzos, falleció a los 75 años de edad, el 2 de mayo de 1838. Su deceso fue motivo de duelo para toda la ciudad. Miles de personas inundaron San Lázaro para venerar su cadáver y hubo que vigilar para que no arrancaran trozos de su hábito, aunque se dice que arrasaron el jardín, para tocar con hojas de sus plantas el cadáver y llevarlas como reliquias. Su sepulcro, levantado en la misma capilla de San Lázaro, recibió desde entonces muchas muestras de veneración.

Unas décadas después, el leprosorio se encontraba en una crítica situación económica y sus asilados vivían en estado de abandono, algunos de los más viejos añoraban los tiempos en que el fraile proveía lo necesario para ellos y los consolaba con sus palabras.

Una mañana de junio de 1860, los enfermos vieron descender en terrenos del hospital una bandada de auras tiñosas. Nada de peculiar habría en aquello, pues abundaban tales aves en la ciudad y merodeaban por dondequiera que hubiera basureros para nutrirse de las carroñas, si no fuera porque entre ellas, como curioso contraste, había una enteramente blanca. Impresionó el hecho sus embotadas sensibilidades y procuraron capturarla, lo que se logró con la ayuda del por entonces Director Honorario de la institución el Dr. José Ramón Simoni, padre de Amalia Simoni y futuro suegro de Ignacio Agramonte.

Encerrado el raro ejemplar albino en una jaula, fue ofrecido a la curiosidad pública, con el fin de recaudar algunas limosnas para el asilo. La imaginación popular quiso entonces suponer que esa ave era una encarnación del alma del Padre Valencia que había venido a socorrer a los suyos en su abandono.

Gertrudis Gómez de Avellaneda, quien por entonces residía en Cuba y había viajado a Puerto Príncipe para ser homenajeada por la Sociedad Filarmónica, conoció de primera mano los sucesos y a partir de ellos compuso una breve narración. El aura blanca sería, a partir de entonces y hasta hoy, uno de sus textos más difundidos, al menos en aquella región de la isla.

Poco después la escritora salió del sitio que la había visto nacer y en 1864 retornó a España donde fallecería nueve años después. Su relato fue recogido en las Obras literarias que ella preparó para su edición en Madrid entre 1869 y 1871, con el subtítulo “Suceso extraño ocurrido en nuestros días”, aunque hoy todo el mundo prefiere llamarle simplemente leyenda.

En 1899, por decisión del Gobierno interventor norteamericano se decidió extinguir la institución y los enfermos que allí quedaban fueron remitidos al Hospital de San Lázaro, en El Rincón, Santiago de las Vegas, próximo a La Habana. En su antiguo local se creó el Asilo “Nuestra Señora del Carmen”, para ancianos de ambos sexos, que en 1902 tomó el nombre de Asilo “Padre Valencia”. En la actualidad, la ermita es uno de los más importantes sitios de peregrinación de los devotos de San Lázaro en el país y en las edificaciones del hospicio se aloja la Academia de Música “José White”.

¿Y el aura? Después de ser exhibida por todo el país, con lo que pudo recaudarse una suma considerable para sufragar las necesidades del hospital, fue sometida a sorteo a beneficio de la institución. Pasó por varias manos, hasta llegar a las del acaudalado naturalista Don Francisco Ximeno, quien vendió el ejemplar disecado al Instituto de Matanzas en 1884. Su último paradero ha sido el Museo Provincial Palacio del Junco en la Ciudad de los puentes, del que ninguna sustanciosa oferta ha podido arrancarla. Después de todo Ximeno tuvo la generosidad de la que carecieron muchos acaudalados camagüeyanos, fuese por simple egoísmo o porque temieran la burla de sus conciudadanos al adquirir a elevado precio y exhibir en sus salones un aura.  (2013)

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