IPS Inter Press Service en Cuba

Martes, 2 de Septiembre de 2014
Rostros
Monseñor Céspedes, un sacerdocio excepcional
Monseñor Céspedes, un sacerdocio excepcional IPS Cuba
Un hombre que tendió puentes.

Monseñor Carlos Manuel de Céspedes apenas pudo saludar al más bien cálido mes de enero del año naciente. Aunque asediado durante años por el cáncer, nunca se sentó a esperar la muerte. Celebró la Navidad y no descuidó empeño pastoral alguno en su Parroquia de San Agustín y hasta encontró tiempo para felicitar personalmente o por correo electrónico a sus numerosos amigos. Su deceso, súbito y en paz, enlutó a muchísimos cubanos. En torno a su féretro no sólo se agolparon escritores, artistas, académicos, gente del periodismo y de la política, sino también muchísimos jóvenes para los que fue maestro y padre. Su tránsito no sólo ha sido una pérdida para la iglesia cubana sino para la cultura insular que tanto disfrutó y ayudó a nutrir.

Nacido en La Habana en 1936, aquel joven que comenzó a estudiar Derecho en la Universidad, sin haber establecido todavía el rumbo decisivo de su existencia, sentía ya el peso de una tradición, reflejada en los apellidos que llevaba. Como declaró en una entrevista realizada en 1998: “uno carga sobre sus hombros no sólo el honor propio, sino también la honra de los que lo antecedieron si son gente conocida y eso fue algo que yo me acostumbré a pensar desde que era niño, que yo era Céspedes y García Menocal, y que eso, gustárame o no, debía ser algo a tener siempre en cuenta.” Su familia, fuertemente entrelazada en la historia cubana, no sólo incluye al prócer Carlos Manuel de Céspedes, iniciador de la Guerra de los Diez Años, sino también al controvertido caudillo conservador Mario García Menocal, así como otros presidentes, ministros, diplomáticos e intelectuales.

Quizá la clave de esta inquieta personalidad fuera el nadar continuamente contra la corriente. A pesar de haber recibido su formación teológica en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma y haberse vinculado a las estructuras de la curia vaticana, el novel clérigo decidió retornar a la isla en los años en los que se producía un éxodo masivo del clero y donde la confrontación Iglesia-Estado había alcanzado niveles preocupantes. La Habana a la que retornaba Carlos Manuel ya no tenía colegios religiosos y habían sido intervenidos también los espacios radiales, los periódicos religiosos y muchas asociaciones laicales se disolvían o desaparecían al salir del país o retraerse sus miembros.

Resulta significativo que comenzara a escribir en el último periódico que conservaba una página religiosa en Cuba: El Mundo, dirigido en esos años por el veterano publicista Luis Gómez Wangüemert. Y mientras muchos callaban sus opiniones, por temor a alguna represalia, él sostuvo una polémica desde su columna con otro joven de amplios intereses intelectuales, el filósofo marxista Aurelio Alonso. El intercambio de fintas, en vez convertirse en una agria batalla personal, se prolongó en una perdurable amistad.

Primero Vicerrector y luego Rector del Seminario “El Buen Pastor” en años precarios, donde las vocaciones habían descendido en una proporción tan brusca como el profesorado de la institución, el sacerdote se convirtió en un centinela de la tradición humanista del centro que venía desde José Agustín Caballero y Félix Varela y varias generaciones de sacerdotes lo recuerdan como el más ingenioso y culto de sus profesores. Aunque le tocó asistir al momento amargo en que el edificio docente fue ocupado por las autoridades y fue necesario retornar al viejo caserón de San Carlos y San Ambrosio, frente al puerto habanero, nunca quiso apartarse de la institución en la que trabajó hasta pocos días antes de su muerte. No concebía sus días, me confesó alguna vez, sin la cátedra del Seminario, de la que nunca quiso jubilarse.

Su labor por décadas como párroco de El Santo Ángel, tenía una impronta muy particular. El que recibiera en su sacristía a conocidos intelectuales, estudiantes universitarios y periodistas extranjeros, no impidió que fuera visita habitual en las cuarterías del barrio de Cecilia Valdés y amigo de santeros, paleros y ñáñigos, con los que aprendió muchísimo en materia de religiones afrocubanas y sincretismo cultural, en un momento en que la mayoría de los sacerdotes católicos veían estos cultos como abominables y el estado marxista los consideraba una lacra del pasado a borrar con el ateísmo científico. No es extraño el que, a fines de los años 60, cuando en el cine cubano únicamente aparecían los curas como motivo para sátiras o chistes de humor grueso, fuera Céspedes el primer sacerdote que se mostrara, consultado como especialista, en un documental sobre los cultos insulares a San Lázaro.

Muy pronto, Carlos Manuel se convertiría en lo que podría llamarse, para emplear un término caro a Lezama, en una “excepción morfológica”. Aunque las relaciones entre los obispos cubanos y el gobierno seguían angustiosos meandros, él dialogaba con personalidades oficiales como Carlos Rafael Rodríguez, José Felipe Carneado, Juan Marinello. Continuamente se le invitaba a actos y conmemoraciones donde no era posible soñar con que apareciera el alzacuello de un arzobispo, ni siquiera el Nuncio Apostólico. A la vez, los medios diplomáticos vinieron a considerarle figura imprescindible y casi oracular en materia de asuntos cubanos.

Paralelamente, instituciones académicas de Estados Unidos, España, Inglaterra, Francia, comienzan a llamarle para impartir conferencias o cursos de verano. A veces parecía que ese sacerdote que un día disertaba en Londres y al siguiente celebraba el Domingo de Ramos en su parroquia tenía el don de la ubicuidad.

A inicio de los años 90, emprendió una de sus obras mayores: la fundación del Grupo Arquidiocesano de Estudios, con sede en el arzobispado habanero. Eran los años más difíciles del “período especial” y no eran muchos los que comprendían qué hacía aquel grupo de profesionales jóvenes en sus reuniones nocturnas, para las que previamente se escogía un tema y se preparaban ponencias que debían motivar un amplio debate. No importaba qué filosofía fundamentaba los criterios de cada cual, sino el rigor profesional de los disertantes.

Una revista comenzó a dar a la luz los resultados de estas tertulias, su nombre era Vivarium y no era un boletín parroquial ad usum. Los temas cambiaban en cada número, como el color de las cubiertas: una vez era Lezama y otra Alicia Alonso, se pasaba de la bioética a Pascal y de la doctrina social de la Iglesia a la mística. Tan sorprendente fue su aparición en años en que las publicaciones tendían a contraerse o desaparecer, que los ejemplares eran largamente disputados y sus contenidos se reproducían o comentaban en publicaciones internacionales. Pronto la revista se amplió con la publicación de separatas, que aparecían bajo el sello “Ediciones Vivarium”.

Trasladado, hará poco menos de dos décadas, por decisión superior, a una parroquia muy diferente, la de San Agustín en el reparto La Sierra, muy pronto logró imprimirle su estilo y se hicieron especialmente conocidos los cursos de materias humanísticas que concibió para los jóvenes y muy especialmente las sesiones de videos de ópera que él mismo conducía.

En 2005 la Academia Cubana de la Lengua lo recibió como Miembro de Número. No era la primera vez que un clérigo católico accedía a la institución. En ella había estado antes el camagüeyano Manuel Arteaga Betancourt, primer cardenal cubano. Tras el deceso de éste, su curul fue ocupada por Evelio Díaz, arzobispo de La Habana. Sin embargo, aunque el descendiente del Padre de la Patria no lograra acceder como ellos a la dignidad episcopal, sus méritos en el terreno intelectual eran más relevantes que los de sus predecesores. En el acto de investidura, el narrador Lisandro Otero, director por entonces de la entidad, lo caracterizó como “vástago de una ilustre estirpe de fundadores de nuestra nación, distinguido como ensayista, poeta y conferencista en nuestra vida cultural”.

Más allá de estos visibles honores, el Padre Carlos – como prefería que le llamaran- con sus variadísimas inquietudes intelectuales y su talante abierto y dialogal, tuvo un mérito fundamental en la historia de la iglesia cubana: fue en las últimas cinco décadas el sacerdote de más profunda y decisiva inserción en la vida cultural cubana, no sólo porque gustara del ballet y la ópera, escribiera poesía y narrativa o investigara cuestiones históricas, sino porque fue un continuo puente entre las instituciones católicas, el mundo intelectual y las estructuras estatales cubanas. Esta labor, que provocó alguna vez la desconfianza o el franco disgusto dentro de las filas eclesiales así como en ciertos ambientes políticos, fue, sin embargo, el signo más visible de esa “evangelización de la cultura” ya reclamada por el Concilio Vaticano II y de ese encuentro con intelectuales de cualquier orientación en lo que Benedicto XVI llamó “el atrio de los gentiles”.

A pesar de que durante años Carlos Manuel poseyó el título de  Monseñor, que otorga la Santa Sede a algunos sacerdotes como reconocimiento a una larga y fecunda ejecutoria en su ministerio, nunca accedió al episcopado, en contra de las predicciones de diplomáticos y corresponsales extranjeros, que consideraban que alguien de ese origen, inteligencia y prestigio social debía obtener una mitra. Sin embargo, es muy probable que los compromisos derivados de tal dignidad hubieran coartado una labor tan fecunda. Él, rodeado de sus antigüedades y sus videos de ópera, siempre de vuelta de un curso en alguna parte de Cuba o el resto del mundo y a punto de salir hacia una función de ballet o un concierto en el Auditorium, logró forjarse un mundo equivalente al de ciertos canónigos eruditos del Renacimiento. Esa fue su propia mitra. (2014)

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