IPS Inter Press Service en Cuba

Domingo, 21 de Septiembre de 2014
La buena memoria
Un momento del rodaje de la película Casting, de Eduardo del Llano. Un momento del rodaje de la película Casting, de Eduardo del Llano.
El humor en Cuba.

Reírnos de nuestros males ha sido la medicina que más hemos empleado los cubanos desde siempre, sino para curarnos, al menos para aliviarnos. El periodismo, el teatro, el cine, la música, la literatura, muestran un registro extenso de esa práctica; ellos representan un comportamiento social, una manera de ser desde la burla, el choteo, la sátira y la parodia.

    Cuando el periodismo alcanzó fuerza y desarrollo en el siglo XIX el artículo de costumbres satirizó los vicios y malos hábitos de la burguesía local, así como del poder colonial español; en la centuria siguiente los diarios y revistas continuaron reservando un espacio para vapulear, desde el humor, a los políticos, los aristócratas y los picúos; pero desde la sexta década del pasado siglo, los órganos de prensa cubanos, salvo ilustres excepciones, enfocaron la sátira solamente hacia los enemigos políticos.

    Entre las excepciones está, en primerísimo lugar, el periodista y escritor Héctor Zumbado, cuyas crónicas en Juventud Rebelde y Bohemia en los años 1970 y 1980, en diferentes secciones como “Limonada”, “Riflexiones” y “La bobería”, fustigaban los nuevos males sociales.

    La obra satírica de Héctor Zumbado en la prensa cubana no ha tenido continuidad, pero tampoco esa prensa ha dado oportunidad para su cultivo. Sus epígonos hay que buscarlos en el campo de las artes y de la literatura. Esta última en particular, desde hace mucho, ha tenido que cubrir un espacio de representación del cual el periodismo no se ocupa.

    En la década de 1980, las artes visuales tomaron la iniciativa en la representación social con una perspectiva crítica e irreverente. Ellas desarrollaron una energía que conmocionó las estructuras artísticas y culturales de una manera que no ha vuelto a repetirse en la isla: las acciones plásticas se abrieron hacia la esfera pública y las instituciones recibieron los vientos huracanados de ese movimiento renovador, “suave y fresco”, como titularon una de las muestras, en 1988.

    En el presente siglo, las nuevas tecnologías informáticas facilitaron la irrupción de la producción independiente en el audiovisual. Entonces, nuevos realizadores  –la mayoría, jóvenes, pero otros, no tanto– asumieron la representación de la sociedad con mucha mayor libertad, con una frescura e irreverencia que recuerda la impronta de las artes visuales dos décadas atrás. Dentro de esa producción independiente nacieron los cortos de Eduardo del Llano.

    Eduardo del Llano ha desarrollado una obra prolífica y diversa en la literatura y en el cine siempre con el humor como centro de su arsenal expresivo. Su labor de guionista, desde los años 1990, cuenta con amplio reconocimiento, pero la primera pieza como realizador llegó con Monte Rouge, en 2004, y desde entonces no ha dejado de crear inquietantes, mordaces, divertidas parodias.

Monte Rouge, hasta donde sabemos, no fue exhibido en los circuitos institucionales, pero circuló ampliamente en memorias y discos y desde entonces el autor creó una expectativa ante cada una de las realizaciones que le sucedieron: los cortos High Tech, Homo Sapiens, Photoshop, Brainstorm, Intermezzo, Aché, Pravda; el largometraje Vinci; y, por último, el corto Casting, que alcanzó el Coral de su categoría en el 35 Festival de Cine Latinoamericano.

Cada una de estas obras es capaz de despertar el interés por sus punzantes metáforas, pero también por su creatividad expresiva. En cada relato cambian los escenarios, el discurso cinematográfico, la forma de representación; aunque la atención mayor recae en los temas: la vigilancia política en la vida privada (Monte Rouge), la pérdida de valores (Photoshop), o la verticalidad decisoria paralizante del periodismo (Brainstorm), entre las de mayor impacto.

El absurdo está siempre presente en cada sátira de la realidad representada en estas obras, y, en ocasiones, este resalta solo con mostrarlo tal cual, como sucede, por ejemplo, en el parlamento de la educadora de un círculo infantil, en Photoshop: "papás de quinto año de vida, necesitamos que traigan para la actividad patriótica de mañana, una foto de Mariana Grajales, otra de Maceo y otra de Martí, el que no traiga la foto no podrá participar en la actividad. Es importante que se note el esfuerzo de cada niño”.

Si cada corto de Eduardo del Llano alude, en especial, a un tema o un aspecto de la sociedad en los que desliza varios asuntos, estos, a su vez, encuentran resonancia en otros muchos por su tejido narrativo intertextual. Así sucede también en Casting.

Casting ofrece, desde su argumento –los avatares de la selección de actores para una película en el contexto nacional– en un primer nivel de lectura, una crítica a la institución oficial que rige la cinematografía en Cuba, pero otras lecturas señalan un mayor alcance: apuntan hacia la sociedad en su conjunto.

Cada actor que participa en el casting le añade sustancia al caldo temático. Si el personaje de Luis es el portador de la mayor cantidad de cuestionamientos, el resto igualmente hace lo suyo: la falta de oportunidad para los actores jóvenes, o para los afrocubanos; la baja remuneración en el sector; los prejuicios latentes; el daño que sufre el talento; los complejos que acompañan a algunos; la actriz escogida por las bondades de su cuerpo; el que trata de resolver con la picardía y el cubaneo; y, sobre todo, la precariedad financiera para apoyar los proyectos, razón para producir películas superficiales, “comedias ligeras” donde el cubano exhibe siempre una sonrisa de oreja a oreja, citando al personaje que interpreta Luis Alberto García.

Luego, ni el realizador hace la película que quiere, ni escoge al reparto adecuado, sino el filme, actores y actrices que vienen “convoyados” con el productor. Entonces, de qué cine estamos hablando ante tanta pobreza y no precisamente irradiante. Pero, para no volvernos dramáticos, o melodramáticos,  mejor lo tiramos todo a relajo y cantamos con el filósofo Marc Anthony, “voy a reír, voy a cantar, vivir mi vida, la, la, la…” (2014)

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