IPS Inter Press Service en Cuba

Martes, 30 de Septiembre de 2014
La buena memoria
Un artísta con una libertad personal y una honestidad indoblegables.

Hacia 1972 asistí por primera vez a una conferencia. Todavía puedo recordar cuando entré con mi padre al salón de actos del Círculo de Intelectuales en Camagüey. Aquella noche el invitado era Samuel Feijóo (1914-1992). En contra de lo que algunos esperaban, su intervención estaba muy lejos de ser una disertación erudita. Habló del modo más desenfadado posible sobre la cultura popular, sobre todo en lo relativo al patrimonio oral, fue pródigo en ejemplificar con refranes, pregones y cuentos. Cerca del final, repartió unos trozos de papel y lápices a los asistentes para que exprimieran sus memorias y contribuyeran con materiales nuevos a la recopilación que preparaba para su revista Signos.

Cuando concluyó, mi padre me llevó a saludarlo. Mi adolescencia era lo suficientemente tímida como para no atinar a decir cosa alguna. Mi progenitor le contó que yo había leído varios de sus libros: Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Tumbaga, Mitos y leyendas en Las Villas…y yo encontré ánimos para añadir otro título: Alcancía del artesano. Él me miró con sincera sorpresa y preguntó si lo había comprendido. Aunque mi respuesta fue afirmativa, él se mostró un poco escéptico: “Ese es un libro difícil, porque tiene mucho de estética”. Fue mi primer encuentro con un escritor, al menos con uno auténtico. Pasaron años sin que nos volviéramos a encontrar, pero no dejé de leerlo.

La vida y obra de Samuel deberían estudiarse mejor. La celebración de su centenario es una gran oportunidad para ello. En vida hubo colegas que lo apreciaron y quisieron destacar lo valioso de su escritura, pero lo más común fue que lo trataran como a un personaje pintoresco, o simplemente un loco, del que se contaban muchísimas ocurrencias, pero no se le tomaba demasiado en serio. Su áspera sinceridad, su desenfado agreste, no lo ayudaron en nuestra república de las letras. Ni siquiera le otorgaron el Premio Nacional de Literatura.

En Feijóo no hay que buscar ni cientificismo, ni racionalismo, ni apego a una escuela literaria. Era una personalidad fuerte y original, con una continua ansia de libertad que le impedía estabilizarse en los ambientes literarios urbanos y le obligaba continuamente a tomar contacto con el paisaje y la población campesina del centro de la isla. No era un folclorista académico, sino un hombre con especial receptividad para recoger cuanto dicharacho, conseja de ancianas o cuento más o menos picante se cruzara en su camino. Más que el análisis, la descripción o la clasificación de esas muestras le gustó conformar con ellas amplios tesauros que hoy tienen valor incalculable, baste con recordar: Cuentos populares cubanos (1960-1962), La décima popular (1961) y los ya citados Mitos y leyendas en Las Villas (1965).

Eso no impidió que fuera un más que atendible historiador de nuestra literatura como lo demuestra su ensayo Sobre los movimientos por una poesía cubana hasta 1856 (1961) o su recopilación Sonetos de Cuba (1964).

Es menos usual recordar su labor como editor. Durante diez años (1958-1968) tuvo a su cargo la Dirección de Publicaciones de la Universidad Central de Las Villas. A él debemos la aparición de libros clave como: Tratados en La Habana de José Lezama Lima, Lo cubano en la poesía de Cintio Vitier, Cetrería del títere de Lorenzo García Vega y Enmanuel Kant, introducción a su filosofía de Medardo Vitier, por sólo citar algunos. Paralelamente fundó y dirigió Islas, que bajo su dirección fue la más importante revista universitaria cubana. Esta acogía lo mismo un ensayo inédito de Lezama que daba a la luz carpetas de dibujos de Lam o de Portocarrero. Aquella publicación voluminosa era una especie de bosque donde se rescataban documentos históricos, se publicaban discursos políticos, conferencias económicas, junto a poemas y ensayos literarios, además de dedicar muchísimas páginas a divulgar la labor de los “dibujantes populares de Las Villas”. Todo cesó en 1968, cuando las autoridades universitarias lo separaron de la editorial y la revista con el pretexto de que no respondían a los intereses universitarios. Samuel, apoyado por contados intelectuales, batalló contra el desafuero pero apenas pudo lograr que le permitieran fundar su propia revista Signos en 1969 para que, como se decía en los corredores académicos, “hiciera con ella lo que le diera la gana”.

Es difícil que una historia de la plástica en Cuba hable de Feijóo, sin embargo, hace un lustro el Museo Nacional ofreció la muestra Un sol desconocido que reunía piezas del creador desde 1937 hasta finales de la década del 70. La sorpresa fue general. Samuel no era exactamente el artista “primitivo”, “montés” que alguna vez él mismo nos quiso imponer. Su óleo sobre tela La cena, fechado en 1944, nos lo mostraba muy cercano a la atmósfera creativa de un René Portocarrero o a los recursos ornamentales de Amelia, eran tiempos de aprendizaje, porque otra pieza del mismo año, Composición con figuras tenía el aire onírico de su admirado Chagall. ¿Era uno de los llamados “pintores de domingo”? Quizá, pero lograba con su quehacer obras que a veces se acercaban a ese otro dominguero excepcional, el Aduanero Rousseau, como lo demuestra su Paisaje en San Vicente, con su sabor idílico tan cercano a sus propios poemas de juventud. Fue un lírico del lápiz y el pincel, un hombre que nunca perdió el asombro ante lo más humilde de la vida y el paisaje cubano.

Como en todo creador, en su quehacer artístico hay vertientes, es lícito preferir su etapa temprana, la de los años 40 y 50 con sus obras detallistas y casi bizantinas como La pecera, La dama oriental y sobre todo esa arquetípica Cena del guajiro, perteneciente a la colección del escritor Roberto Fernández Retamar, comenzada en 1954 pero que sólo se pudo dar por concluida en 1963, pues cada vez que Samuel llegaba a casa de su amigo hacía descolgar la cartulina porque afirmaba que le faltaba otro detalle.

Otros preferirán recordarlo por su manera tardía: esa en la que asumió un dibujo de estilo deliberadamente infantil, en el que incorporaba letreros, muchas veces con faltas de ortografía y cuyo tono habitual era de burla y desafío. Para mí, la pieza más conmovedora de esos años es el cartel realizado en 1977: Esta noche baila aquí Alicia Alonso para los niños, los bobos y los soñadores, donde la figura de la danzarina, tratada a la vez con desenfado y ternura, está rodeada por las palabras del título. La calidez de los amarillos y naranjas alterna con la frialdad del azul y produce un verdadero efecto de movimiento danzario. En realidad fue uno de los afiches antológicos de esa época.

Llegué a la poesía de Feijóo hacia 1977, durante mis días universitarios, cuando un joven poeta y estudiante de dramaturgia, Amado del Pino, me recomendó El girasol sediento. Poco después, pude hallar en la librería Cuba Científica un ejemplar de hojas ya amarillas y cubierta medio despegada, que me acompañó durante un tiempo, pues fui saboreando su contenido a sorbos. La obra llegó a ganar de tal modo mi atención, que todavía hoy, varias décadas después, puedo recordar las circunstancias en que la leí, el placer que me produjo y conservo, casi intacto, aquel ejemplar en mi biblioteca.

El volumen había visto la luz en 1963, aunque uno de sus cuadernillos “Camarada celeste” había sido publicado de manera independiente en 1944 y los restantes aparecieron con ciertas variaciones en el Libro de apuntes (1954). Se trataba de los prolegómenos de su creación poética, cuyo momento mayor se haría público en 1964, cuando la propia editorial universitaria imprimiera Ser fiel, conjunto que incluye sus dos textos mayores: los extensos poemas “Beth-el” y “Faz”.

Sin embargo, quien conociera al autor podría darse cuenta de que su obra se producía por acumulación, por proliferación agreste y que era común para él sacar a la luz sus apuntes y tanteos, como quien ofrece un itinerario de vida y rara veces escatimaba al lector los altibajos de su quehacer. El producir una poesía reducida en volumen, muy castigada en lo formal y en la que se discriminara todo balbuceo hubiera parecido al escritor una falta de honestidad.

En 1957, en Lo cubano en la poesía, Cintio Vitier intentó un paralelo peligroso: si Lezama es para él “un poeta esencialmente ligado a la historia”, “Feijóo pertenece por entero a la naturaleza”. Confieso que tal dicotomía me parece forzada. Es cierto que en la escritura lírica feijosiana la historia no aparece de manera explícita como en la del autor de Dador, ni se vive como reflexión teleológica, ni como imaginería erudita, sino como lucidez de lo cotidiano, búsqueda de las mejores esencias y entrega amorosa a una labor intelectual que nunca se desliga de la savia más popular. Pocos intelectuales del siglo XX cubano estuvieron tan al tanto de sus reales obligaciones históricas como Samuel Feijóo, sin estridencias ni oportunismos, y con una libertad personal y una honestidad indoblegables.

Estudiar con justicia y sensibilidad la obra de este creador, echar a un lado esa imagen zafia que alguna vez él empleó para defenderse de intrigantes y arribistas; entrar en sus frondas para mostrar los frutos más logrados, es un deber para los investigadores actuales. Lo anecdótico debe ceder ante el hecho literario y artístico. Solo entonces comenzaremos a conocerlo realmente. (2014).

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