IPS Inter Press Service en Cuba

Miércoles, 23 de Julio de 2014
Miradas cubanas
Alfonso Urquiola contra Víctor Mesa.

El cierre de la 53 Serie Nacional del béisbol cubano estuvo matizado por la alta emotividad de los encuentros, pero también por la baja calidad de los partidos, acentuada en el área del pitcheo y observable tanto en las estrategias de los directores como en otros renglones de esta disciplina deportiva.

Una vez más la isla estuvo en vilo, atenta a cada jugada, en espera del desenlace, finalmente jubiloso para Pinar del Río, campeón digno, dueño de un título merecido y festejado por una afición que, con mucho, como nunca antes, sobrepasó los límites de la provincia más occidental, un hecho inédito.

¿Qué cambió en esta temporada con relación a la anterior?, ¿qué fue lo nuevo?, ¿hubo retrocesos o avances?, ¿por qué, mayoritariamente, la isla se tiñó de una inclinación verde pinareña en la final?

La Serie 53 comenzó con malas noticias y nuevas configuraciones en algunos planteles: las ausencias de José Dariel Abreu, Erisbel Arruebarruena y Osvaldo Arias fueron letales para Cienfuegos. Ese fue el conjunto más perjudicado, pero hubo otras ausencias notables –por razones diversas– en Sancti Spíritus, Industriales, Las Tunas, Guantánamo, Villa Clara, Mayabeque.

Los peloteros faltantes en los equipos nombrados, no solo bajaron el nivel de los mismos, sino también alteraron el equilibrio de la Serie, aun cuando pasaran a otros combinados, como es el caso del torpedero guantanamero Dainer Moreira, alistado en Matanzas, la provincia más favorecida, vale decir privilegiada, con el actual movimiento de peloteros.

Entre los conjuntos que llegaron a la post temporada, solo faltaba uno de los cuatro grandes, Santiago de Cuba, minado por la diáspora, las lesiones y la insuficiente renovación; su lugar lo ocupó Matanzas, convertido en equipo multinacional. El resto, Industriales, Pinar del Río y Villa Clara, cada cual arrastró a esta fase elementos que los ayudaron, o los hundieron.

Villa Clara fortaleció algunas lagunas con los refuerzos, pero la imposibilidad de contar con su as en el box, Fredy Asiel Álvarez, pesó demasiado en sus aspiraciones. El líder del pitcheo naranja fue objeto de una sanción sin precedentes, por absurda y brutal: la víctima recibió similar castigo que el victimario. Fue un golpe demoledor al campeón de la temporada anterior que, en el mismo evento, perdió a su estrella del montículo y vio fuera de juego al animador de su ofensiva, Ramón Lunar.

En Industriales, las ausencias de Irait Chirino y Serguei Pérez, unidas al descenso de Stanley Hernández y Juan Carlos Torriente, debilitaron la ofensiva azul y su estructura de conjunto, aun con el significativo aporte de Yulieski Gourriel. Ya desde la campaña anterior, el director ensayó una alineación tras otra, contra la lógica y el canon, pero este año los desatinos fueron mayores.

Para colmo de males en la escuadra capitalina, su mentor estuvo desacertado, por segunda temporada consecutiva, al escoger los lanzadores que llevó como refuerzos.
Pinar del Río mostró un juego muy estable, al igual que los matanceros, durante toda la campaña, liderado por un lanzador que fue invencible, Yosvany Torres; su llegada a la semifinal nunca estuvo en peligro; mientras, a Industriales, un repunte en la segunda etapa les permitió arribar a los play off con mucha energía.

La semifinal Industriales-Pinar fue atípica y desconcertante: con tres victorias consecutivas, los azules solo necesitaban una más, en los tres juegos restantes, para pasar a la gran final. Pero no lo lograron. A partir del quinto desafío, desde el controvertido foul convertido en out, los pinareños torcieron el destino y reescribieron la historia, a fuerza de coraje.

A los capitalinos los sepultó una cadena de desaciertos, de malas estrategias, de anemia ofensiva y, lo más importante, lo que no olvidarán: la oportunidad que perdieron de rematar, de dar jaque mate cuando pudieron, ante su afición.

Luego de una remontada épica, Pinar del Río llegó a la gran final, en Matanzas, con la moral en el cielo. Y eso lo sostuvo ante un conjunto que los esperaba descansado y con un hambre feroz de campeonato inculcado por un director que nunca lo ha logrado.

Pero Pinar del Río también llegó a Matanzas con la energía que le enviaban millones de aficionados en toda Cuba, esperanzados en que la humildad de Alfonso Urquiola derrotara a la arrogancia del poderoso Víctor Mesa. Esa era la apuesta en juego por primera vez en 53 años: las aficiones se definieron en contra de un director que representa muchísimas cosas con las que los amantes del beisbol están en desacuerdo.

Después del triunfo pinareño en el segundo juego, el favoritismo matancero hizo aguas; se recobró al igualar las acciones en el cuarto desafío, pero se hundió en el infartante quinto partido, que cualquiera pudo ganar, pero inclinó la justicia divina. Ya en el sexto, Urquiola no cometió el mismo error de Vargas y pisó la cabeza de su adversario.
Fue una final muy seguida, con aficiones delirantes y respetuosas en ambos bandos; reñida y emotiva, pero la calidad del béisbol cubano mostró su descenso, con demasiadas fallas en el pitcheo y una errática conducción del mismo, sobre todo por parte del director matancero.

La final, y la semifinal, estuvieron aquejadas también por errores de arbitraje que decidieron juegos y el disparate del foul/out que nunca debió suceder porque no estaba previsto en el reglamento tal como se aplicó.

Aunque nadie puede discutir el mérito de Pinar del Río, que jugó mejor, mostró más coraje y su director fue más mesurado, enseñó mayor cordura y aplomo. Eso también es sabiduría. Y eso se premia. (2014)

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