IPS Inter Press Service en Cuba

Domingo, 27 de Julio de 2014
La buena memoria
Otro centenario memorable.

Hacia 1976 conocí a Cintio Vitier y Fina García Marruz en su minúscula celda de la Biblioteca Nacional. Ellos no solo alentaron mis tempranas aficiones literarias sino que quisieron ponerme en contacto con otros escritores. Yo creía tocar el cielo cuando me presentaron a Octavio Smith y a Roberto Friol. Cintio, particularmente, me insistió en que fuera a la Parroquia del Espíritu Santo y conociera al Padre Gaztelu. Aunque yo discretamente asentía pero dilataba el asunto, una tarde me dijo: “Ve sin miedo, él es un cura muy especial”.

Lamentablemente nunca me decidí a hacer esa visita. Pocos años después vi por única vez al presbítero, sentado en una de las mecedoras del portal de Dulce María Loynaz, aguardando el inicio de una sesión pública de la Academia Cubana de la Lengua, a la que nunca quiso pertenecer pero en la que tuvo numerosos amigos. Persistente en mi timidez, contemplé desde lejos su rotunda apariencia. No volví a verlo, pero los años me enseñaron que era, efectivamente, alguien poco común.

Ahora que este creador, nacido en Puente La Reina, Navarra, en 1914, ha llegado a su centenario, es tiempo de comprender que resulta una figura singular dentro de nuestra historia. No fue un sacerdote corriente: su amplia cultura lo alejó de toda actitud fundamentalista y aunque se le recuerda sobre todo por su estímulo a las artes y por su escritura, en cada una de las parroquias donde sirvió dejó grata memoria entre la gente más sencilla.

No son muchos los que recuerdan que, a pesar de su condición de extranjero, no vaciló en vincularse a la lucha contra Batista y, con riesgo para su propia vida, colaboró con la huelga del 9 de abril, en la que convirtió la sacristía del Espíritu Santo en dispensario para las víctimas de la represión. Su visión amplia y su talante dialogal le evitaron conflictos con las autoridades revolucionarias en 1961, cuando el enfrentamiento entre Estado e Iglesia motivó la expulsión de numerosos clérigos, entre ellos varios españoles. Le importó tan poco que  algunos le dieran el despectivo tratamiento de “cura comunista” como el que durante años varios hermanos en el sacerdocio y hasta miembros de la jerarquía consideraran sus relaciones con los miembros de Orígenes como una forma extraña de perder el tiempo.

Ignoraba el robusto adolescente que desembarcó un día de 1927 en el puerto habanero que no sólo serían imborrables en su vida la impresión del atardecer del trópico y los estudios sacerdotales que cursaría en el añejo Seminario de San Carlos y San Ambrosio, sino también el encuentro con un joven excepcional que iba a variar sus rumbos: José Lezama Lima. Si en aquel colegio iba a ganar justa fama como latinista, también recibiría las primeras reprensiones y rechazos por su persistente voluntad de leer poesía, la más atrevida, desde Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca, hasta la que se publicaba en esa extraña revista en la que se implicó al filo de 1937, Verbum, en la que, aún sin recibir los órdenes sagrados, escribe su primer ensayo notable, exégesis por demás de la primera eclosión poética de Lezama: “Muerte de Narciso, rauda cetrería de metáforas”, mientras que el inefable Juan Ramón recogía once textos suyos para su peculiar antología La poesía cubana en 1936.

Precisamente Lezama dejaría plasmada en una página memorable la infatigable actividad de su amigo:

Conténtase La Habana defendida por el Padre Gaztelu. Ligero palpable, la luz lo amiga. Atraviesa un puente romano revisando el memorial de la Edificación. Aparta las cortinas de la librería buscando diseños de cálices, monstruos y ángeles tridentinos. Allí le da la hora a un cantante para que se integre en un coro de Palestrina. Sobre la celesta de un amigo compositor, su mano desenrolla la pura notación gregoriana. Convoca a sus amigos para la alegría de una conmemoración, los sienta en torno de una emblemática mesita medieval, donde el fuego de los iluministas abismó las horas regladas del Duque de Berry.[...] Sospecho que en la verídica historia del ceremonial y la ciudad, no hay nadie entre nosotros, que como este ilustre juramentado secular, realice durante la curva del día, tantas cosas esenciales.

Gaztelu fue un pionero del arte moderno aplicado a la liturgia. Al reedificar el templo de Bauta, encargó al escultor Alfredo Lozano que diseñara el presbiterio. Cuatro pinturas en madera de grandes dimensiones fueron empotradas a ambos lados de la nave, dos de ellas correspondían a Portocarrero: “Crucifixión” y “Entierro de Cristo”, mientras las restantes, “El Descendimiento” y “la Resurrección” son de Mariano, quien también dejó dos vitrales: uno dedicado a la Virgen de Fátima y otro a San José.  Todavía hoy, en la capilla de Nuestra Señora de la Caridad de Playa Baracoa, lamentablemente maltrecha, un mural de Portocarrero y un imponente crucifijo de Lozano, nos recuerdan el esplendor de ese sencillo templo cuyos planos fueron concebidos por el arquitecto Eugenio Batista.

El 25 de marzo de 1957 fue nombrado párroco de la Iglesia del Espíritu Santo de La Habana y ya al año siguiente emprendió el sacerdote labores de restauración en ella: hizo eliminar el revoque de yeso para dejar el edificio en la piedra viva, gracias a lo cual apareció en toda su belleza la cúpula del presbiterio. El antiguo baptisterio, donde recibieron las aguas lustrales figuras patricias de la cultura cubana como el poeta Manuel de Zequeira, el estadista Francisco de Arango y Parreño y el pedagogo José de la Luz y fue restaurado con la colaboración de Lozano quien creó para este sitio un bajorrelieve en bronce, “El bautismo de Cristo”, antes de emprender en 1961, a un costado del presbiterio, la edificación del imponente sepulcro que albergaría los restos del obispo Gerónimo Valdés.

Quedó tiempo al infatigable navarro para colaborar en las revistas Espuela de Plata, Nadie Parecía –la única revista cubana por entonces en auspiciar la nueva estética con una explícita orientación católica, que se definía a sí misma como “Cuaderno de lo bello con Dios”– y Orígenes. Amigo además de muchos de los plásticos más notables de su tiempo, se forjó una de las colecciones de arte cubano más notables de su tiempo. Gracias a él se conservó una obra tan singular como el “Entierro de Cristo” de Arístides Fernández. Hoy su pinacoteca es patrimonio de la iglesia cubana.

Su obra poética quedó reunida en un solo volumen: Gradual de laúdes, publicado por Ediciones Orígenes en 1955 y reeditado por Unión en 1997. Casi medio siglo después, al repasar el volumen de versos, encontramos en él la huella de los poetas de los Siglos de Oro en España, tanto como las deudas con Juan Ramón Jiménez y desde luego con Lezama. Su poética tiene un sabor conservador y añejo, pero maneja el idioma y las formas estrofas clásicas con innegable habilidad y gracia. En sus páginas hay unos cuantos momentos afortunados como este:

Miraba la noche el alma
y era tan fina su pena,
que deshojaba la calma
remota de la azucena.     

Nunca, noche, comprendí
como anoche tus querellas,
cuando en tu raudal bebí
efusión de tus estrellas.

Pero además el volumen contiene algunos de los exponentes de poesía religiosa más notables del siglo XX en Cuba como “Nocturno marino” y “Oración y meditación de la noche”.

Desde su parroquia, en el mismo corazón de La Habana Vieja, escuchó y consoló a sus fieles, alentó a jóvenes artistas desconocidos y celebró cada año, desde 1976, la misa en memoria de José Lezama Lima. En 1984 razones familiares le motivaron a establecerse en Miami, pero, aunque tenía allá muchos amigos y antiguos fieles y su presencia en la parroquia de San Juan Bosco fue muy apreciada, su nostalgia de la isla resultaba muy poderosa. Más de una vez retornó a esa Habana en que la había aprendido a la vez la teología fundamental y la poesía amistosa. La muerte lo sorprendió en Miami en 2003.

Habría que dar la razón a Lezama cuando escribió en la “Sucesiva 33” de Tratados en La Habana:

Los que le oyeron hablar de creación y poesía, de verso y artesanía, de nombres y justezas, de amigos y distingos, no sólo lo oyeron, sino vieron una tradición que andaba y exigía, una forma muy resuelta de esencia y presencia. De esencia cristiana, fuerte, irremplazable. De presencia clásica en el sereno dominio de todas las posibilidades del hombre.(2014)

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