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Miércoles, 17 de Septiembre de 2014
La buena memoria
En el bicentenario del poeta.

Justo delante de la catedral matancera colocaron hace años el monumento al poeta José Jacinto Milanés (1814-1863). Para los paseantes ha sido siempre un hombre pequeñísimo, algo así como un niño enfundado en una gran levita. Lo curioso es que las historias de la literatura no se han encargado de desmentir esa imagen, que lo ha acompañado hasta el año de su bicentenario.

Para los hombres prácticos de su tiempo José Jacinto fue un hombre frágil y sin ningún pragmatismo, que jamás tuvo conciencia de que formaba parte de una familia donde abundaban los hijos y escaseaban los bienes de fortuna. A pesar de eso, no supo aprovechar el apoyo de su tío político, Don Simón Ximeno, que le consiguió empleo en su oficina mercantil en Matanzas, luego en una ferretería habanera y por fin en la empresa del ferrocarril de su ciudad natal. En cambio se dejó seducir por Domingo del Monte y sus contertulios y dedicó la escasa cordura que tenía a componer poemas, dramas y artículos de costumbres. Para colmo, tuvo el poco tacto social de sostener por una década el compromiso matrimonial con la señorita Dolores Rodríguez Valera, para romperlo al cabo, poseído de una pasión insensata por la hija de su benefactor, su prima Isabel Ximeno Fuentes. Contrariado en este empeño, se sumió en las tinieblas de la locura, con breves mejorías y extensas recaídas, hasta su muerte en 1863.

Más de una vez lo reprendieron en las oficinas donde trabajaba, porque colocaba dentro de los odiosos registros de contabilidad el Tesoro del Parnaso español de Quintana o una comedia de Lope de Vega, si no era que en vez de copiar cifras y trasuntar memoriales se dedicaba a traducir unos versos de Víctor Hugo o de Ariosto. Era un autodidacta, con una especial sensibilidad por las letras y ninguna para la contabilidad.

Su carrera literaria en sentido estricto dura apenas siete años, desde 1836, cuando comienza a visitar las tertulias literarias de Domingo del Monte en La Habana y concluye en 1843, en el instante en que se produce su primera gran crisis de desequilibrio mental. En la biblioteca de aquel animador cultural amplió sus lecturas de literatura clásica y de los autores de los Siglos de Oro español.

Algo vino a desatarse en su interior pues comenzó a enviar continuas colaboraciones líricas no solo al diario matancero La Aurora, sino también a las revistas capitalinas El Álbum, El Plantel y La Cartera cubana. El mayor de sus empeños fue la composición del drama El Conde Alarcos, basado en un romance anónimo que ya había inspirado a Lope y a Mira de Amescua. La obra fue estrenada en el Tacón el 11 de septiembre de 1838, con apreciable éxito de público. Era un alegato contra la arbitrariedad del honor feudal español y sustituía la elocuencia convencional neoclásica por un romanticismo desorbitado. La puesta desató una polémica sobre las ideas estéticas de su autor, especialmente entre Ramón de Palma, temeroso de la influencia en Cuba de los románticos europeos y Antonio Bachiller y Morales, defensor ferviente del nuevo estilo.

Lo interesante es que el dramaturgo se negó a asistir al estreno de su obra y que el ambiente generado en torno a ella le produjo una fuerte crisis nerviosa. Según su parienta Dolores María de Ximeno, recibió 14 onzas de oro como ganancia por la puesta. Mas su carrera teatral sería muy breve: el drama Un poeta en la corte, concluido en 1839, es atacado por la censura y solo logra representarse seis años después -además, no tenía la fuerza y el alcance de Alarcos. A esto se añadirían el proverbio dramático A buena hambre no hay pan duro y el juguete cómico Ojo a la finca. Pudieran considerarse también los cuadros de costumbres en verso titulados El Mirón cubano. Milanés había proporcionado a la cultura cubana una batalla por el romanticismo al modo de la ocurrida en torno al Hernani de Víctor Hugo en París, pero su carrera teatral fue tan efímera como la literaria.

En su lírica, José Jacinto sabe aprovechar la frescura del viejo romancero español y la fluidez popular de Lope para dejar atrás el tono frío y convencional del neoclasicismo, del que no se libraron en ciertos momentos otras grandes figuras de la poesía insular como Heredia, la Avellaneda y Plácido. Su adhesión al romanticismo no es teórica y reflexiva como en el caso de Bachiller y Morales, sino espontánea y libre. Eso explica que no se sienta cómodo en la oda enfática al suceso cívico y mucho menos en los elogios a monarcas o nobles del trópico. Sus versos se reservan para la naturaleza, para el ideal femenino, para el amor a lo elevado e intangible. En su poesía, que cabe toda en un solo tomo, hay un intimismo muy auténtico, unido a una especie de localismo, que no solo tributa a su magra biografía, sino que significa una capacidad especial de observación hacia su medio para hacer brotar poesía donde otros solo descubren la prosa cotidiana.

Si la naturaleza en Heredia está asociada casi siempre con su lado mayestático (el océano, la catarata), en Milanés, rodeado por el Valle del Yumurí, predomina el ambiente bucólico del campo cubano y una especial capacidad para personificar lo que contempla. Recuérdense la estrofa de “La Madrugada”:

Y aun con menos ocasión:
Si oigo el susurrar alterno
De dos palmas, en lo interno
Se me angustia el corazón.

La crítica que vino después de su muerte ha tachado con fuerza una zona de su creación, la que comprende textos de finalidad moralizante: “La ramera”, “La madre impura”, “El poeta envilecido” –esta última ha desatado no pocas controversias en torno a su posible dedicación a Plácido- y “El mendigo”. Estas pagan tributo a un erróneo concepto que Domingo del Monte quiso imponer a los poetas de su círculo: la necesidad de moralizar el romanticismo europeo, pues para este intelectual, por ejemplo, había un lado negativo en el Byron del Don Juan que no debía imitarse en la naciente literatura cubana, más aún, esta debía contribuir a sanear la sociedad con la crítica de las costumbres. Sin embargo, no puede negarse que aún con estas limitaciones, algunos de esos poemas tienen un efecto poderoso. Tal es el caso de “El mendigo” donde Milanés echa mano de sus recursos como dramaturgo: la imagen del pordiosero al que niega la limosna a la entrada del baile, se apodera de su conciencia y ya en la soledad de su dormitorio se convierte en una visión terrorífica. He aquí una de las mejores traducciones de las obsesiones que inquietaban su cerebro mucho antes de su final entrada en la demencia:

Se grabó en mi espejo: se sentó en mi silla
De mi cabecera tomó posesión,
Y la mano negra de la pesadilla
La apoyó tres veces en mi corazón.

No es extraño que el poeta se fascinara con las funciones de ballet que Fanny Elssler protagonizara en Cuba en 1842. Ante sus ojos estaba el ser puro, incorpóreo, casi incapaz de tocar la tierra. Eso explica que dedicara dos poemas de amor a la austriaca, un soneto en español y  “A la misma”, formado por siete cuartetos alejandrinos en francés. En el soneto deja constancia de la elegancia e ingravidez de la sílfide, que es más ideal que mujer:

¿Y qué diré de tu gallarda planta?
Que nunca oprime el suelo y nunca pisa;
que sólo vuela y que volando encanta.

¿Y qué diré de tu feliz sonrisa?
Que eres una ilusión cándida y santa
                             que en alas va de la amorosa brisa.  

En ese mismo año escribe otro soneto, el dedicado “A Isa”, la prima que sin pretenderlo se convirtió en el objeto de su definitiva obsesión. No es uno de sus textos más logrados, sin embargo, el verso final nos sobrecoge, en tanto una mirada al resto de su existencia nos permite comprobar que el escritor no pronunciaba una frase convencional al asegurar: “Mas de amarte a ti sola siempre es hora!”. Aquella era una especie de sentencia definitiva.
El más conocido de los poemas de Milanés es la canción “La fuga de la tórtola”, que por varias generaciones ha sido incluido no solo en antologías, sino en los libros de lectura escolares. En los cinco quintetos del texto el autor logra un ambiente puramente lírico, la fuga del ave es cantada con musicalidad y una notable ausencia de retórica, sea la proveniente de la tradición neoclásica o la que llega de la mano del romanticismo foráneo. Es innegable que el creador abreva en el tesoro de la antigua poesía popular española, pero ha logrado acriollar su expresión, hacer de su lenguaje algo diferente al de los colegas de la Metrópoli, cuando llama a la tórtola “cimarronzuela de rojos pies”, cuando incluye entre los peligros que deberá rehuir “el cauto jubo del manigual”, percibimos que con pinceladas tan leves puede lograr un texto netamente cubano. ¿Será cierto que, como nos comentaban en la escuela, era este un poema separatista, una invitación al cimarronaje y la insurrección? Quizá no lo fuera, pero Milanés estaba cimentando una manera diversa de aproximarse a lo nuestro.

Estas virtudes se prolongan en esas “glosas cubanas” que colocara en el volumen Los cantares del montero, publicados en Matanzas en 1841, y que incluye también versos de su hermano Federico. El tono absolutamente desenfadado es el que corresponde a un ambiente campesino observado con amor y complicidad. Desfilan ante nuestros ojos las campesinas ingenuas que bailan en el guateque, el guajiro tocador de tiple, el enamorado que quiere contar sus cuitas a la muchacha, la flora y la fauna autóctonas de la isla como marco ideal para el idilio. El idioma gana una ductilidad muy plástica, la música está a flor de labios:

Una tarde en mi rosillo,
Que mi tristeza remeda,
Me entré por una arboleda,
Donde perdióseme el trillo.
En un alto caimitillo
Vi que cantaban a coro
Un sinsonte, un tocororo
Y en mi rival cavilé,
Y de este modo exclamé
Ídolo que ardiente adoro.

Sin saberlo, el poeta está llevando a gran altura esa poesía de tema campesino que han cultivado antes que él otros poetas como Vélez Herrera y Pobeda, pero que con él ha ganado una dignidad, una autenticidad que solo será igualada en la generación siguiente por Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, El Cucalambé. Su aire es el del Marqués de Santillana y el de Lope cuando glosa una copla popular en el monólogo de “La niña sola”:

Llorar sé desde la cuna,
Al resplandor que me asiste
De esa lámpara del triste,
De esa solitaria luna.
Y al paso que mi fortuna
En nada encuentra donaire,
Y todo lo ve desaire,
Todo esperanzas disueltas,
Tengo que andar dando vueltas
Como la pluma en el aire.

La poesía de Milanés se engrandece en la medida en que abandona toda impostación, toda voluntad de grandeza exterior para detenerse en lo aparentemente menor. Cintio Vitier ha afirmado en Poetas cubanos del siglo XIX que: “El Milanés matinal, ingenuo, límpido, será siempre el más fuerte”. Curiosamente sus escasos viajes, su forzoso arraigo a la ciudad natal, otorgaron un sabor especial a su escritura y esta llegó a influir en la propia imagen de su contexto, por eso Martí pudo hablar de una Matanzas ‘triste como el corazón de Milanés’”… El poeta pequeño dentro de su levita de intelectual conserva todo su relieve a dos siglos de su nacimiento. (2014).

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