Tradición centenaria ayuda a la economía familiar

Trinidad, una de las siete primeras villas cubanas fundadas por los españoles en Cuba, recibe cada año miles de turistas.

Concentración y paciencia requieren las randas

Concentración y paciencia requieren las randas

Foto: Concentración y paciencia requieren las randas

Trinidad, Cuba, 2 feb.- Sentada junto a la inmensa ventana de una casa colonial, Yannys Romero, de 22 años, aprende a tejer randas. Ella, como muchas personas de esta ciudad patrimonial a 400 kilómetros al sureste de La Habana, hace esta labor tradicional para ganar dinero.

La estudiante de ingeniería industrial comparte el tiempo de preparar su tesis de grado con las puntadas y la confección de pequeños bolsos de tela, para materializar el sueño de comprarse una laptop con esfuerzo propio.

“Me enseña mi mamá. Ella teje desde hace tiempo, pero solo cuando el trabajo se lo permite. Decidí aprender porque aquí es un negocio factible para el turismo. Se vende bien este tipo de regalo”, dice a la Redacción IPS Cuba.

Las randas existen desde hace mucho tiempo en este territorio del centro de Cuba. Los historiadores cuentan que en los siglos XVIII y XIX, las muchachas en edad de matrimonio de familias acomodadas pasaban horas sentadas junto a sus tejidos, elaborando su ajuar de bodas.

“La manualidad, transmitida de generación en generación, tenía doble propósito. Las jóvenes confeccionaban sus manteles, servilletas y juegos de sábanas, y podían mostrarles a los novios cuán hacendosas y habilidosas eran”, explica la artesana Idalmis Cofiño, trabajadora del Museo Romántico de Trinidad.

Cofiño aprendió a tejer gracias a un proyecto comunitario con mujeres, cuando ni remotamente se pensaba en comercializar las piezas labradas en la tela a golpe de deshilado y bordado. Y hoy esas clases le ayudan a mejorar su economía.

“Me han servido para enseñar a mis hijas y nietas, y como medio de vida. En muchos momentos he tenido que acudir a ellas para subsistir, comprar los insumos de aseo del hogar y sostener a mi familia”, asegura la bordadora, una de las fundadoras de la no gubernamental Asociación Cubana de Artesanos Artistas en Trinidad.

“Las tradiciones no se pierden cuando se hacen necesarias y Trinidad es una ciudad que necesariamente tiene que vivir del bordado, porque nos nutre económica y espiritualmente. Nos saca todas esas ideas lindas que podemos volcar través de las puntadas”, valora.

Según cuenta la historia, la trinitaria María Lema Insúa obtuvo la medalla de oro en la Exposición Universal de París, en 1867, con un pañuelo deshilado y bordado. Aunque la lencería de Trinidad llegó a ser cotizada en toda la nación, en el siglo XX esta tradición casi murió, hasta que aparecieron diversos proyectos para su rescate.

Por estos días, en cualquier puerta de casa, museo o puesto de venta de artesanías, se ven mujeres trinitarias bordando, tejiendo o haciendo alguna labor. Detrás, exponen su mantelería, camisas, vestidos y tapetes. A ellas acuden los visitantes de todas partes del mundo y no pocas veces, adquieren esos artículos hechos a mano para llevar a casa como recuerdo o regalo.

La edad no importa para dedicarse a la confección de manteles y ropas con hilos entresacados, comparte Magalis de Jesús Ramírez, de 67 años.

“Las personas se están dedicando a rescatar esta labor, que también ayuda a la familia económicamente y proporciona tranquilidad: cuando trabajan no están en la calle”, valora la trabajadora comunitaria.

“Incluso, tuvimos un proyecto apoyado por la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura para enseñarles labores a las esposas de reclusos. Todavía hoy las randas las ayudan a ganar un sustento”, comenta.

El trabajo de la artesanía deteriora la vista, pues el deshilado es complejo y las telas disponibles en Cuba no son las óptimas. “Aunque las cubanas no nos dejamos derrotar por nada y hemos innovado: lo mismo trabajamos el algodón que el lienzo, aunque lo ideal es el hilo”, detalla Ramírez.

“La confección de un mantel puede demorar un mes y hasta tres, en dependencia del tiempo que le dediques y la complejidad de los dibujos”, destaca la artesana.

Confiesa que sus labores pagaron muchas de las mejoras constructivas de su casa. Esta jubilada, con una chequera de 242 pesos cubanos (casi 10 dólaes), cuenta que la venta de randas le ayudó a “modernizar algunos equipos electrodomésticos, cambiar camas y colchones y poner puertas a las habitaciones y los closets”.

Si bien comenzó como una tradición femenina, hoy algunos hombres toman las agujas en sus manos, como el profesor retirado Gustavo González, de 65 años. “Me enseñó una tía en una época que era mal visto que un niño aprendiera a bordar. Pero eso ha cambiado”, comenta.

Realiza sus labores en horas de la noche y mientras espera clientes en el mercado. Cuenta que se necesita de mucha paciencia y concentración, “sobre todo a la hora de deshilar, porque si se te va un hilo echas a perder el trabajo”.

Entre los disimiles puntos: cuatro puntadas, trinitario, ojito de la perdiz o la margarita, González prefiere el finísimo barahúnda. Y prioriza la confección de manteles “porque tienen más demanda, sobre todo los de colores”, revela.

Para algunas personas, la creciente comercialización de las piezas para el turismo conspira contra la calidad de los trabajos artesanales. Y estiman que el incremento de la producción de randas deterioró los precios.

Según Ramírez, esta labor se ha desvalorizado. “Al haber tanta abundancia algunos clientes no miran la calidad sino el precio bajo. La gente hace piezas más comerciales”, argumenta.

Por su parte, Yolexis Banguela, de 38 años, considera que “una debe tratar de mantener su esencia en cuanto a la calidad”. “Los buenos tejidos garantizan que las piezas se puedan lavar a mano o a máquina sin romperse. Sin dudas puedes pedir un bien precio por ellas”, opina. (2015)

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