Dos lutieres surgidos de la profunda Amazonia boliviana

Fabricar y reparar instrumentos musicales se ha convertido en una forma de vida para los hermanos Ichu Tamo.

Miguel Ángel Souza - IPS

Francisco, a la izquierda, y Alfonso Ichu Tamo en plena labor de lutieres, en su taller

SANTA CRUZ, Bolivia, ene (IPS) – Pertenecen a la selva amazónica de Bolivia, donde se asienta su pueblo, la nación moxeña, y son hermanos. Francisco y Alfonso Ichu Tamo llegaron desde allí a esta sureña ciudad para transformarse en prestigiosos fabricantes de instrumentos musicales. 

La labor de Francisco, de 36 años, y Alfonso, de 33, se desarrolla a diario tras las paredes de “Amatista”, el pequeño taller que tienen en la suroriental ciudad de Santa Cruz de la Sierra, una de las más importantes de Bolivia.

Apartados del bullicio de esta urbe de casi tres millones de habitantes, el espacio es ideal para escuchar las melodías que emergen de los instrumentos que los dos hermanos crean y reparan. Ellos heredaron el gusto por la música de su padre y dieron un paso más allá al convertirse en lutieres.

Los hermanos Ichu Tamo nacieron en un área selvática cercana al municipio de San Ignacio de Moxos, en el nororiental departamento de Beni, y para ellos la música es parte de su ser.

“En 2000 yo era uno de los 30 integrantes de la Orquesta Hombres Nuevos. Tocaba el violín. Teníamos el problema que no había quién nos arreglara los instrumentos. En una de mis travesuras me puse a reparar el arco de mi violín… Ahí me vio el maestro y me dijo que yo tenía habilidad para ser lutier”, contó Alfonso a IPS en su taller.

Hasta aquel momento, el menor de los dos hermanos jamás había escuchado tal palabra, pero le pareció muy atrayente.

Fue así como incursionó en un campo diferente, que, sin embargo. lo mantendría unido a su gran pasión: la música. Alfonso comenzó a combinar dos de sus habilidades. A su talento musical le sumó su pericia como artesano y poco a poco se fue abriendo camino.

Un año después, la no gubernamental Fundación Hombres Nuevos, impulsada y dirigida por un sacerdote católico, le dio una beca para realizar una especialización con maestros franceses. La capacitación se realizó en Urubichá, una localidad del pueblo indígena guarayo, famosa en Bolivia por su escuela de música barroca y renacentista americana.

El Instituto de Formación Integral, Coro y Orquesta de Urubichá es una referencia en el rescate de la poco conocida identidad clásica boliviana, con un sincretismo único de instrumentos de cuerda y viento. También lo es la Orquesta Sinfónica Boliviana Hombres Nuevos a la que pertenecía Alfonso.

Esta orquesta, participante en festivales internacionales de música antigua, ha rescatado la música barroca compuesta en los siglos XVII y XVIII en las misiones establecidas por la católica Compañía de Jesús (jesuitas) durante la conquista española.

Prácticamente solo se conservan las de las antiguas misiones de Chiquitos, en el departamento de Santa Cruz, y la de los moxeños, en el de Beni, colindante al norte, porque las otras misiones indígenas fueron destruidas con todo su acervo.

Tiempo después de su capacitación en Uribichá, Alfonso entusiasmó a su hermano para incursionar en el mismo rubro artesanal. La CAF, el banco de desarrollo latinoamericano, se encargó de completar su capacitación y de ayudarlos para que instalasen su taller, a unos 15 kilómetros del centro de la ciudad, capital del departamento de Santa Cruz.

Ser lutieres no resulta complicado a estos hermanos, que dejaron su comunidad indígena para afincarse en urbe más pujante de Bolivia.

“Uno nace con el conocimiento. Para mí fue fácil, por ejemplo, aprender a construir la caja acústica de los instrumentos, porque mi padre me enseñó a tallar. En el campo creábamos muchas cosas con madera… aviones, autos, instrumentos; jugábamos con la imaginación, además que siempre había música en nuestro entorno”, contó Francisco.

Fabricar y reparar instrumentos musicales se ha convertido en una forma de vida para Alfonso y Francisco, quienes pueden producir un violín, un violonchelo o una viola en un periodo de entre dos y cuatro semanas.

“El que usted quiera ¿Y si no tenemos las piezas? ¡Las fabricamos!”, se jactó risueño Alfonso. “Al hacer estos instrumentos no solo le dedicas esfuerzo, sino también sentimientos. Por eso, el instrumento suena de acuerdo a la emoción de su constructor…Yo lo hago pensando en grandes conciertos”, confió ya serio.

Los hermanos Ichu Tamo han aprendido las técnicas de maestros franceses, suizos, argentinos, alemanes, venezolanos e italianos.

Gracias a ello, saben que para obtener un buen instrumento no solo hay que manejar conceptos de física, matemática o química, sino que también hay que saber elegir buena madera, saber sincronizar los sonidos y tener talento, porque cada pieza es una expresión de del sentir profundo del fabricante.

Su reputación como lutieres ha trascendido a tal punto que las diferentes orquestas sinfónicas del departamento acuden a ellos para reparar o fabricar instrumentos. Incluso, han exportado varias piezas a países de Europa y América.

“Cuando hacemos un instrumento nuevo, nos gusta saber para quién va a ser, porque como músicos somos celosos de nuestro arte”, comentó Alfonso, mientras Francisco asentía.

Los dos moxeños, que hablan el idioma nativo de sus padres, además de castellano y algo de inglés, crecieron junto a tres hermanos en una finca solitaria, en la selva amazónica, alejados de vecinos y familiares. “Tampoco viajábamos a la ciudad, solo éramos nosotros y nuestra imaginación”, dijo Francisco.

Los moxeños bolivianos, también llamados mojeños, pertenecen a la cultura arawac, que se expandió entre el Caribe y el Gran Chaco, integrado por el sur de Bolivia y el norte de Argentina y Paraguay. Una de sus características es la importancia ancestral de la música en sus ritos y actividades y perduran unos 30.000 miembros, entre rurales y urbanos.

Si bien los hermanos Ichu Tamo trabajan juntos, cada uno desarrolla su tarea de manera diferente.

Francisco es en sí un artesano tallador, que disfruta de esculpir la madera en total silencio. Alfonso toma la batuta de la sonoridad, que se ve favorecida con su experiencia de músico. Él se encarga de los accesorios y de calibrar cada instrumento, para que el mismo produzca sonidos según los requerimientos del futuro propietario.

“Para comprender el instrumento tienes que conocerlo, son dos cosas que van de la mano”, concluye el artista. “Hemos sido agraciados”, expresó Alfonso a manera de reconocer que su tradición y su talento artístico le permiten vivir de forma digna.

“Nos gusta perfeccionar el arte, quizás por eso no nos preocupa el tema financiero, pero tampoco nos quejamos”, concluyeron a modo de dueto, mientras las manos de Francisco imparables y meticulosas daban forma a una pieza de madera, que en unos días se transformará en un violín. (FIN/2013)

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