Las paradojas de Guantánamo planean en Montevideo

Seis liberados de Guantánamo viven ahora en Uruguay y compartieron sus planes con IPS.

Crédito: Diana Cariboni/IPS

Los seis liberados del centro de detención estadounidense de Guantánamo hicieron fila para cargar a este bebé uruguayo. En la imagen, el tunecino Abdul Bin Mohammed Abis Ourgy aupa al pequeño, y el sirio Ali Hussein Muhammed Shaaban los observa.

MONTEVIDEO, 30 dic 2014 (IPS) – En la tarde del verano austral en un balneario a las afueras de la capital uruguaya, nada pudo sonar más extraño que el llamado a la oración proferido por el tunecino Abdul Bin Mohammed Ourgy, unos días después de ser liberado de la prisión militar estadounidense de Guantánamo.

Una de las primeras necesidades que Ourgy y sus cinco compañeros tuvieron al llegar a Uruguay el 7 de diciembre, tras 12 años de encierro, fue conocer sus nuevas coordenadas y orientarse hacia La Meca, la ciudad saudita que mira el mundo musulmán en cada rezo.

No es difícil entender que, para cualquiera sometido a las condiciones de vida de Guantánamo, la religión, las tradiciones y los recuerdos familiares fueran la tabla de salvación en medio de la tormenta.

Pero el salvavidas de la religión no ha perdido un ápice de importancia para estos hombres, insertados de pronto en una cultura extraña –occidental, pero ni estadounidense ni europea—, en el país menos religioso de América Latina y con una lengua que no es ni la propia ni el inglés que se vieron obligados a hablar con sus carceleros de la base estadounidense en la isla cubana.

El grupo, que IPS visitó este martes 30 de diciembre en la casa que cuatro de ellos habitan en el centro de Montevideo, sigue sujeto al silencio impuesto por Washington sobre lo que vivieron –y padecieron-en Guantánamo. Algunos ya hablan un poco de español e intentan ajustarse a la nueva realidad, con mayor o menor fortuna.

Todos han logrado establecer contacto con parte de sus familias y buscan, con asistencia del gobierno que los acogió, la forma de reencontrarse con ellas.

El sirio Jihad Deyab, el más famoso porque desafió en los tribunales la alimentación forzosa a la que lo sometieron durante sus huelgas de hambre, está cada vez más recuperado y espera reunirse muy pronto con su esposa y tres hijos.

“Deyab sigue siendo parte del litigio, encabezado por 16 medios de comunicación, para publicar las filmaciones de esas prácticas, y apoya lo que los medios intentan hacer”, dijo a IPS su abogada, Cori Crider.

Tras la conmoción inicial de la liberación, todos requieren un ajuste más fino de coordenadas, que les permita entender dónde están parados y armonizar sus creencias y expectativas de una nueva vida con las reglas sociales y las limitaciones de este país.

Más difícil es sopesar las expectativas sociales y políticas que orbitan en torno a ellos, así como los intereses que se cruzan y ejercen diferentes tensiones desde que el saliente gobierno de José Mujica decidió acoger a estos seis hombres como refugiados, por razones humanitarias.

Uruguay, con apenas 3,3 millones de habitantes, está “casi vacío”, dijo a esta reportera el palestino Mohammed Tahamatan, quien encuentra este hecho maravilloso. Es un país construido por diversas oleadas inmigratorias, pero hace mucho que dejó de recibir población. Más bien ha tendido a expulsar uruguayos, sobre todo jóvenes, que se van tras mejores oportunidades.

La última década de prosperidad económica atrajo un flujo modesto pero constante de extranjeros con sus respectivos idiomas e idiosincrasias: españoles, peruanos, dominicanos, indios y pakistaníes.

Esto es algo nuevo para una sociedad que se volvió demasiado homogénea y cuyas representaciones de Medio Oriente y del mundo musulmán tienen todavía una carga de exotismo.

“El exotismo no es bueno… y dentro de él hay un cierto temor al islamismo”, dijo a IPS el director de Derechos Humanos de la Presidencia, Javier Miranda. Tomar conciencia de eso “es parte de nuestro propio crecimiento”, agregó.

Las expresiones de solidaridad que afloraron cuando llegaron en octubre los 42 refugiados de la guerra civil siria, y las que IPS presenció mientras los exdetenidos de Guantánamo paseaban por una feria vecinal, son auténticas.

Pero resta saber cuánto incide en ellas esa fascinación por lo exótico o por el flamante lustre internacional que el país adquirió por estas medidas. Además, siendo los destinatarios de tal solidaridad un puñado de personas, el costo económico y social de brindarla es bajo.

No se recibe del mismo modo a los inmigrantes peruanos, bolivianos o dominicanos que escapan de la pobreza, sin ninguna campaña gubernamental que los tenga como bandera. Entre ellos hay incluso víctimas de explotación laboral y de trata de personas.

Para la fuerza política que gobierna Uruguay, el centroizquierdista Frente Amplio, es vital asegurar el éxito de los dos publicitados operativos de reasentamiento de refugiados: los del conflicto sirio y los de Guantánamo, cada uno con implicaciones diferentes.

En ambos casos, Mujica citó la necesidad de “dar el ejemplo” a países vecinos. Una inserción exitosa daría un mentís a los críticos que alegan potenciales peligros. Por eso, controlar sus resultados y evitar exabruptos se vuelve clave.

Tras la liberación este mes de otros cuatro hombres repatriados a Afganistán, en Guantánamo permanecen 132 prisioneros, y tienen libertad otorgada 63 de ellos. De los 69 restantes, 10 están o han sido juzgados y los otros 59 son catalogados de peligrosos por autoridades que, sin embargo, reconocen no tener pruebas para llevar a la justicia.

Al menos uno de los seis liberados en Uruguay está dispuesto a hacer campaña para que más países sudamericanos acepten acoger liberados de Guantánamo, supo IPS.

Sobre el experimento uruguayo planean también las expectativas estadounidenses. La más paradójica es evitar que personas injustamente encarceladas por muchos años se vuelvan, una vez libres, activas enemigas de Estados Unidos.

Es que el mismo gobierno de Washington que construyó sus prontuarios, declaró en 2009 que no tenía pruebas y podían ser liberados.

Es el mismo gobierno que los obligó a viajar esposados y encapuchados hacia Montevideo, envió a su par de Uruguay una carta el 2 de este mes asegurando que “no hay información de que los individuos arriba mencionados estuvieran involucrados en la ejecución o facilitación de actividades terroristas contra Estados Unidos o sus socios o aliados”.

Es el mismo gobierno que también insiste ante otros en que acojan a los presos de Guantánamo tiene un Congreso legislativo que bloquea semejante posibilidad.

No faltan los analistas locales que se preguntan cuál de esas dos versiones hay que creer. Si Washington mintió en los prontuarios, ¿por qué no habría de mentir ahora, al indicar que están libres de sospechas?, alegan.

Ese análisis excluye un elemento fundamental de la justicia en un Estado de derecho: no es la inocencia la que debe probarse, sino la culpabilidad.

La “guerra contra el terrorismo” que Estados Unidos emprendió en 2001 está muy desacreditada en Uruguay. Pero su lógica ha permeado en la opinión pública. Aunque la sociedad se conduce con civilidad y simpatía ante los seis liberados, las encuestas mostraron este año que solo 20 por ciento veían con buenos ojos su llegada.

Las autoridades estadounidenses fueron muy insistentes en impedir imágenes de la liberación. Pero el mundo ya ha visto las primeras fotografías de estos hombres paseando por las calles, en la playa o cargando alegres un bebé uruguayo.

Esas fotografías tienen un gran peso simbólico para contrabalancear las únicas que había producido el aparato militar estadounidense: los rostros exasperados de los reos, con sus cabezas rapadas y largas barbas.

Vestidos como cualquier uruguayo, no les costaría nada confundirse en la multitud y dedicarse a la privacidad de sus vidas. Pero son célebres para los medios de comunicación y blanco de vigilancia de servicios de inteligencia de varios países.

Con todas estas circunstancias de por medio, nadie puede esperar resultados 100 por ciento satisfactorios, y menos de personas traumatizadas. Pero, por las perversidades de la política, ellos cargan con la responsabilidad de demostrar que es posible liberar a los presos de Guantánamo sin que se conviertan en lo que, según la última versión de Estados Unidos, nunca fueron: terroristas.

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