Palestinos encuentran refugio cruzando el Atlántico

En octubre de 2007 un contingente de 108 refugiados palestinos salieron de Ruweished rumbo a Brasil.

Acnur/A.van Genderen Stort

Niños refugiados en la alambrada de Ruweished.

RÍO DE JANEIRO, ago (IPS) – Issam Ali Hassan tiene la existencia precaria de un refugiado. Hijo de palestinos, vivía con ese estatus en Bagdad, de donde debió escapar cuando Estados Unidos invadió Iraq, en 2003.

Pasó más de cuatro años en un campamento en la frontera de Jordania, hasta que viajó a Brasil tras ser aceptado por el Programa de Reasentamiento Solidario, que ejecuta el gobierno de Dilma Rousseff con apoyo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).

A los 30 años, Hassan no olvida la angustia, soledad y desesperanza del campamento desértico de Ruweished, a 70 kilómetros de la frontera con Iraq, donde compartió penurias y tiendas improvisadas con otros palestinos, somalíes, iraníes, kurdos, sudaneses y argelinos.

Aceptó contar su vida a IPS, pero no quiere saber nada de fotos. “En 2003, cuando la guerra llevaba 15 días, tuve que irme. Es muy difícil quitarme de la cabeza ese tiempo porque sufrí mucho. Vivía solo en el campamento. No tenía trabajo ni estudio, estaba lejos de mi familia y sin contacto con el mundo exterior”, dice.

Refugiados de varios países que llevaban años en Iraq escaparon de la guerra hacia Jordania, que les negó el ingreso. Miles quedaron varados en la desértica tierra de nadie fronteriza o acabaron en Ruweished.

Pese a los esfuerzos del Acnur, el campamento tenía condiciones singulares de aislamiento.

En el verano desértico, el interior de las tiendas se calentaba hasta los 60 grados, y en invierno el frío era congelante. No había electricidad, y el agua y los alimentos estaban racionados.

“Tenía derecho a 20 litros por día. Nos daban legumbres tres veces por semana, pero luego se redujeron a dos veces. Para comprar comida, la gente trabajaba limpiando baños y otras instalaciones”, recuerda.

Una noche el fuego tomó una de las tiendas y una niña de cinco años murió quemada. “Cuando hablo, las imágenes aparecen como en una película. No quiero acordarme, pero no puedo evitarlo”, dice Hassan.

“Quería que alguien me salvase de aquella tierra. Todo el mundo quería irse, buscar un país rico que asistiera a los refugiados, como Australia, Suecia, Noruega o Canadá”.

Entonces “apareció una luz, que era Brasil, y corrí tras ella. Pero me fui de allá sin esperanzas. Nuestros sueños se habían terminado”, relata.

En octubre de 2007, Hassan se sumó a un contingente de 108 palestinos que salieron de Ruweished rumbo a Brasil. El 5 de noviembre de ese año, con la partida de la última familia, ese campamento fue cerrado.

Fueron los primeros no latinoamericanos en beneficiarse de un programa de reasentamiento propuesto como una de las soluciones duraderas del Plan de Acción de México Para Fortalecer la Protección Internacional de los Refugiados en América Latina, adoptado por 20 países de esta región en 2004.

Una parte del grupo se dirigió junto con Hassan al estado de Rio Grande do Sul, en el extremo sur brasileño, bajo la asistencia de la jesuita Asociación Antônio Vieira, y otros al interior del también sureño São Paulo, con ayuda de Cáritas Brasil.

El viaje de casi 20 horas lo dejó en Porto Alegre, capital riograndense, con otros 50 palestinos, la mayoría hombres solteros y sin familia.

Los recibieron autoridades de este país, del Acnur y de la comunidad árabe local. Pasó un mes residiendo en una iglesia, hasta que le asignaron un pequeño apartamento y una ayuda mensual equivalente a 170 dólares durante dos años.

“Aprendí a hablar portugués en el trabajo. La religión es diferente, las costumbres y hasta el clima; y la lengua es difícil”, señala.

Recorrió la extensa geografía de este país buscando trabajo, desde Porto Alegre a Río de Janeiro, pasando por São Paulo y los estados de Mato Grosso, en el oeste, y Rondônia, en el noroeste. Trabajó en seguridad en tiendas de ropa, en plantas de procesamiento de pollos y carne, en la cocina de un restaurante árabe…

Hoy, de vuelta en Río, tiene una vida estable. Fue acogido por la familia de su esposa brasileña, de origen árabe, que está embarazada de su segundo hijo.

Desde hace año y medio, Hassan es dueño de una pequeña tienda de ropa infantil en el barrio carioca de Tijuca, que lo enorgullece porque la construyó con sus propias manos.

Aunque lleva cinco años Brasil, todavía no tiene residencia permanente y por eso no puede tramitar su pasaporte para visitar a sus familiares, desparramados por el mundo, a los que no ve hace 12 años. Sus siete hermanos viven en Suecia, Noruega, Grecia y Jordania, y su madre y hermana en Iraq.

Él se queja de la escasa ayuda que recibió como refugiado. La mayoría de las familias que permanecieron en Porto Alegre aún hoy siguen recibiendo asistencia, pero los solteros quedaron por su cuenta, asegura.

“Después de dos años no recibí más ayuda y el salario de mi trabajo era muy bajo”. Sabe poco del paradero de los demás palestinos que llegaron con él, pero sí está al tanto de que algunos no tuvieron su misma suerte. “Hubo gente que mendigó por la calle o se enredó con las drogas. Otros encontraron un empleo fijo, y hay quienes trabajan duro”.

El Programa de Reasentamiento Solidario prevé una cobertura de dos años, pero en algunos casos se extiende hasta cuatro, de acuerdo con “el grado de integración en la sociedad” del beneficiario, explica a IPS el portavoz del Acnur en Brasil, Luiz Fernando Godinho.

En este país de más de 192 millones de habitantes, los refugiados gozan de sus mismos derechos fundamentales y tienen acceso a los servicios públicos de educación y de salud.

Solo un pequeño grupo de palestinos siguen recibiendo asistencia del Acnur. Son personas enfermas y vulnerables que cuentan con hospedaje, un subsidio y acompañamiento psicosocial, dice Godinho.

Karin Wapechowski, coordinadora de la Asociación Antônio Vieira en Porto Alegre, fue quien recibió en 2007 a los refugiados como Hassan. Por entonces, contactó a las comunidades árabe-palestinas de la región para que colaboraran en la acogida de los recién llegados.

En Rio Grande hay 68 de ellos, dice Wapechowski a IPS. “Al principio fue difícil. Pero ahora hablan portugués y sus hijos también se adaptaron y dominan la lengua. Están bien integrados. Las personas mayores tienen más dificultades, pero los jóvenes se casaron, tienen hijos brasileños y están afincados”, describe.

Para ayudar a entender la cultura, el tipo de alimentación y la religión de los palestinos se creó una red de apoyo, cuenta.

“Fue un desafío. Hasta entonces teníamos solo experiencia de recibir a colombianos. Preparamos un paquete con clases de portugués e informaciones geográficas y culturales de Brasil. La idea del reasentamiento era incluir a las personas, y hasta hoy hacemos seguimiento de las familias”, dice Wapechowski.

Aunque ya está adaptado, Hassan reconoce que ser refugiado es una cicatriz que no se borra. “Viví mi vida entera como tal. No soy visto por mi nacionalidad, sino como refugiado”.

Ese es el problema de los palestinos, cuyos territorios están ocupados por Israel. “No hay una solución política para su estatus”, explica a IPS el comisionado general de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina, Filippo Grandi.

Casi cinco millones de palestinos, eternos refugiados, viven en Líbano, Siria, Jordania y los territorios ocupados. Decenas de miles viven en otros países de Medio Oriente y el norte de África. (FIN/2012)

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