Pescadoras mexicanas a la captura del cambio climático

Cooperativistas mexicanas se organizan para realizar labores de saneamiento ambiental en San Felipe.

Adriana Vargas León - IPS

Adlemi Marrufo, la alcaldesa de San Felipe, faenando en su barca.

SAN FELIPE, México, ago (IPS) – Cada noche, Adlemi Marrufo sale a capturar el maxquil, un cangrejo usado como carnada para la pesca del pulpo en este municipio de México, en una actividad con que ella y otras pescadoras del área se sobreponen al impacto del cambio climático.

El maxquil (libinia dubia) se pesca entre agosto y diciembre en San Felipe, un pueblo del sudoriental estado de Yucatán, situado a unos 1.700 kilometros al sureste de Ciudad de México y del que Marrufo, a la que todos llaman “Doña More”, es su alcaldesa desde 2010.

“No hemos tenido apoyo y creo que será difícil conseguirlo. Con la misma comunidad tenemos problemas con los hombres, se preguntan cómo hacemos su trabajo”, dijo Marrufo a IPS, mientras preparaba los aparejos en su barca “Rebeca”.

Ella fue una de las fundadoras en 1999 de la cooperativa Mujeres Trabajadoras del Mar, integrada actualmente por 13 pescadoras, una iniciativa de organización colectiva femenina para adaptarse a las transformaciones del clima, cada vez más perceptibles en las costas del Golfo de México, que bañan a la localidad.

San Felipe, con 1.850 habitantes, es uno de los 25 municipios costeros mexicanos más expuestos a las consecuencias del calentamiento global y soporta huracanes, inundaciones y alteraciones crecientes en la disponibilidad de sus especies marinas tradicionales, lo que conlleva problemas para la pesca, su principal actividad.

En 2002, el huracán Isidoro devastó 90 por ciento de las plantas de su costa, incluidos los manglares que rodean la laguna interior y hacen de puerta al mar abierto.

Las mujeres de la cooperativa fueron capacitadas un año después en “ecología de manglares” y protagonizaron su reforestación, vital para evitar que la laguna se caliente y deje de ser el hábitat donde muchas de sus especies acuáticas se crían en su etapa larvaria, desde la langosta al propio maxquil.

Pero aquí como en el resto de México ellas están ausentes de los programas oficiales para enfrentar el cambio climático. Una realidad ante la que las afectadas comienzan a organizarse para tomar medidas de adaptación y mitigación, como hacen las pescadoras de San Felipe.

“Hay preocupación porque los cambios afectan actividades productivas, de conservación y de cuidado en el hogar. Su marginalidad aumenta y tiene una fuerte relación con la exclusión, con menos capacidades para enfrentarlo”, dijo a IPS la representante de la no gubernamental Sinergia, Teresa Munguía.

Sinergia y la Red de Género y Medio Ambiente trabajan en la zona en la identificación de necesidades y derechos de las mujeres, la concienciación sobre el cambio climático y la elaboración de propuestas que las incluyan.

Munguía fue una de las investigadoras del informe “Aportes de las experiencias comunitarias a las estrategias de adaptación al cambio climático en México desde una perspectiva de género”, elaborado en 2010 por la Red y que analiza acciones tomadas en San Felipe y el sudoriental estado de Veracruz.

“Hace rato entramos a los efectos negativos del cambio climático y en un déficit en términos de igualdad de género y empoderamiento de las mujeres”, dijo a IPS Itzá Castañeda, asesora de Género de la oficina en México del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD).

Castañeda planteó que las mujeres de hábitats especialmente vulnerables a los efectos del calentamiento global, en especial las de áreas rurales o costeras “se han estado adaptando mucho antes de que se llamara cambio climático, adaptando las semillas, por citar un ejemplo”.

“No se pueden adoptar decisiones que no tomen en cuenta a las mujeres, porque son ellas las más expuestas a padecer el cambio climático. Viven en ecosistemas más degradados, con suelos precarizados y escasez de agua”, dijo a IPS Cecilia Navarro, directora de Comunicación de Greenpeace México.

Además, apuntaló, “al incluir el género vamos a traer justicia climática para los más vulnerables y equilibrar de alguna forma la balanza” climática.

El déficit de género es visible en el Plan Especial para el Cambio Climático del gobierno mexicano, elaborado en 2009, o en los programas que lentamente van estableciendo los 32 estados del país. Sólo cuatro los tienen ya en ejecución y un quinto, precisamente Yucatán, lo está preparando.

Pero las mujeres no esperan y en San Felipe las integrantes de la cooperativa ya se organizaron para realizar actividades como el manejo y separación de residuos y el saneamiento ambiental, explicó Doña More, de 45 años, de familia de pescadores y casada con “un colega”.

Algo que siguen haciendo durante la temporada del maxquil, en que faenan mar adentro entre las nueve de la noche y las cinco de la madrugada, para volver cargadas con entre 40 y 50 kilos del crustáceo, que venden a 1,6 dólares el kilo, y correr después a sus hogares a hacer los desayunos y alistar a sus hijos para la escuela.

La captura del cangrejo coincide con la temporada de huracanes en el Atlántico y cuando uno de ellos se asoma por San Felipe sus casas se inundan, las embarcaciones sufren daños y los pescadores -4,1 por ciento mujeres- dejan de faenar.

El estudio de la Red de Género puntualiza que “las mujeres se encuentran en una posición de mayor vulnerabilidad social debido a la rigidez de los roles de género que persisten en las comunidades y que las relega a una posición subordinada en la toma de decisiones, y ellas están conscientes de esto”.

En 2010, el gobierno, académicas y representantes de la sociedad civil lanzaron la Declaratoria Mexicana sobre Género y Cambio Climático, que demandó políticas con enfoque de género, acciones de adaptación y mitigación y el financiamiento respectivo.

La declaratoria se presentó durante la XVI Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, conocida como COP-17, que acogió la ciudad balnearia mexicana de Cancún a fines de ese año. Pero poco se hizo para materializar sus postulados.

Un estudio de organismos nacionales e internacionales detalló que en los 25 municipios costeros más vulnerables al calentamiento global viven en conjunto cuatro de los 112 millones de habitantes del país.

A ello se suma el alto riesgo para sus 37.000 viviendas y para actividades económicas por más de tres millones de dólares anuales.

Por eso, las experiencias comunitarias como la cooperativa Mujeres Trabajadoras del Mar aportan elementos útiles para la articulación de políticas públicas.

“Ya no veo especies que se pescaban en la orilla y aumentó el número de pescadores con tecnologías criticadas, mientras todos tenemos que adentrarnos más en el mar”, dijo la alcaldesa.

“Voy a solicitar recursos para favorecer la reforestación. He visto la posibilidad del turismo, el municipio tiene una riqueza desconocida por muchos”, subrayó, en una combinación de mitigación y adaptación al cambio climático brotada de la experiencia.

Además, Marrufo puntualizó que limitan la captura del maxquil al consumo local, aunque tienen mucha demanda de puertos vecinos, para cuidar la biodiversidad local y proteger a la especie.

A cambio, las mujeres de la cooperativa piden que el programa de desarrollo costero del área incluya guarderías para los infantes, capacitación en temas relacionados con el fenómeno climático y diversificación de actividades económicas.

“El problema principal está en la relación economía-actividad-marginalidad”, dijo Munguía, de Sinergia. “Ellas tienen conciencia de lo que implica el cambio climático y cómo altera el ecosistema, piensan en cuidarlo, pero está también el asunto de la subsistencia”, analizó.

“En México no se estudia ni se palia el tema. Las mujeres tienen que tener más acceso a espacios de discusión a todos los niveles. Las medidas no pueden ser generales, ni excluirlas”, concluyó Navarro, de Greenpeace. (FIN/2011)

 

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