Tras los rastros de la masacre senderista

La exhumación de las víctimas de Sicuani, completa el proceso de investigación sobre la masacre de 1984 en Perú.

Milagros Salazar - IPS

Mujeres de Sicuani en la exhumación de los restos de familiares.

DOCE CORRAL, Perú, jul (IPS) – Cae la tarde mientras las esperanzas de Francisca Huanca resucitan. “Sí, son sus zapatos (de fútbol), le gustaba jugar”, dice con la mirada brillante de quien ha llorado por años. Acaba de ver los restos de su esposo asesinado en la mayor matanza guerrillera de Perú.

Huanca tiene 67 años, su metro y medio de estatura y delgadez hacen que sea vea más frágil a la sombra de esta tragedia. Pero llegó hasta aquí, al cementerio de un paraje gélido a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar donde sobreviven dos familias, pastan cientos de alpacas y al que todos llaman Doce Corral, en la provincia de Soras, en la región sur andina de Ayacucho.

Llegó a la zona el martes 21 de junio luego de 15 horas de viaje en carro desde Sicuani, su provincia natal ubicada en la vecina región de Cusco. La acompañaron ocho paisanos que también decidieron regresar, para la exhumación de los restos de sus familiares, al epicentro de la masacre perpetrada el 16 de julio de 1984 en plena lucha antiguerrillera (1980-2000).

Ese día, unos 30 a 40 miembros de la insurgencia maoísta de Sendero Luminoso asesinaron con picos, martillos, piedras y armas de juego a un centenar de campesinos en varias poblaciones del sur de Ayacucho. Se detuvieron en cada lugar a bordo de un bus que secuestraron para cometer sus crímenes vestidos de militares y policías con el fin de despistar a sus víctimas.

Los huesos hablan

Los senderistas buscaban venganza contra estos pueblos de Ayacucho que se negaron a integrar sus filas y se unieron para combatirlos. En medio de esa lucha, comerciantes de Sicuani iban y venían para comprar lana de alpaca en Doce Corral. Alejandro Aguilar Yapo, el esposo de Huanca era uno de ellos, hasta que no regresó a casa nunca más.

“Me quedé sola con mis hijitos. Uno de ellos tenía ocho meses nomás”, dijo a IPS Francisca Huanca mostrando sus fotografías, el documento de identidad de su esposo y su certificado de matrimonio.

Llora, pero es valiente. Sabe que al llegar a Doce Corral, para que unos peritos del Ministerio Público (fiscalía) desentierren los restos de su marido, también deberá escarbar en su dolor acumulado.

El hallazgo de los restos de las víctimas de Sicuani constituye la segunda parte del proceso de exhumación con el propósito de esclarecer los hechos, que los familiares recuperen los restos de sus seres queridos y se sancione a los responsables.

Los huesos de los muertos hablan, revelan la forma en que las víctimas fueron asesinadas, las contusiones que sufrieron, el último gesto congelado.

Las prendas de los asesinados sobreviven a la putrefacción del cuerpo y se convierten en los rastros de la memoria de quienes los vieron por última vez. Por eso Huanca se aferra a la chompa (camiseta) de lana color rojo que vestía su esposo al despedirse en Sicuani.

Sobre todo porque el primer día de la exhumación hubo tropiezos: los peritos del Estado excavaron una fosa seguros de encontrar el cuerpo de Alejandro Aguilar y no estaba ahí. Recién al día siguiente, en medio de la ansiedad y el mal sueño de doña Francisca, ubicaron sus restos en una fosa contigua.

“Es muy complejo exhumar en un cementerio que no es formal, que no tiene un control de la ubicación de las tumbas”, admitió a IPS la arqueóloga forense Marcela Ramírez, del Centro Andino de Investigaciones Antropológico Forense (Cenia), quien comandó el equipo de peritos de parte.

“Sólo te basas en la memoria de las personas, por eso es importante hacer una buena investigación preliminar para no desenterrar en vano y levantar expectativas en las personas”, explicó.

Cenia realizó esta labor por encargo de la Comisión de Derechos Humanos (Comisedh) y la Vicaría de Sicuani, que acompañan a las víctimas de Ayacucho y Cusco en su demanda de justicia.

Desde 2005, ambas organizaciones realizan esfuerzos para que el Ministerio Público investigue el caso, pero solo en 2009 la Segunda Fiscalía Supraprovincial de Ayacucho inició la investigación preliminar.

La Comisedh y Cenia trabajaron con la Comisión de la Verdad y Reconciliación en el hallazgo de sitios de entierro de víctimas de la violencia y luego de su desactivación en 2004 continuaron sus investigaciones hasta registrar 99 víctimas en total por este caso, denominado “el expreso de la muerte”, y 34 sitios de entierro donde permanecerían los restos de 72 personas.

El caso es complicado por lo alejado del lugar, pues está ubicado a más de 25 horas de automóvil desde la capital de Ayacucho, por la antigüedad de los sucesos y la modalidad de las violaciones, ya que varios restos fueron desperdigados en el recorrido del bus. Hay víctimas desaparecidas y no se cuenta con la relación de nombres de los perpetradores.

Ante tantos obstáculos, se necesita de una voluntad férrea de los sobrevivientes, los familiares y las autoridades para avanzar con el caso.

La última exhumación es una prueba: de los más de 20 cuerpos que se proyectó encontrar entre el 20 y 29 de junio solo se hallaron 15, cuatro víctimas de Sicuani y el resto de poblaciones ayacuchanas cercanas. Además, el equipo forense del Estado tuvo que acabar antes su labor ante las dificultades logísticas y la ausencia de familiares que aprueben más exhumaciones.

La espera del duelo

El fiscal adjunto provincial de Ayacucho, Carlos Antonio Zaravia, quien dirigió los trabajos de exhumación, se comprometió con los familiares de Sicuani a entregarles pronto los restos, luego de que se cotejen los resultados de laboratorio con las investigaciones preliminares. “Eso puede demorar cinco o seis meses sino no se necesita hacer pruebas de ADN”, aseguró a IPS.

Pese a la espera, algunos ya empezaron a cerrar su proceso de duelo. La familia Sinsaya, de Sicuani, logró identificar los restos y la vestimenta completa de Leonardo Sinsaya, quien también fue asesinado.

Su esposa Teófila, hoy de 64 años, y sus hermanos Esteban, de 54 años, y Benedicta, de 45, vieron la casaca beige que llevaba Leonardo, la chompa de color rojo y azul que él mismo se tejió, el pantalón plomo de vestir que solía usar, sus brazos amarrados detrás su espalda y la mandíbula abierta que revela que lo último que se escuchó de Leonardo fue un grito de espanto.

“Sufrió mucho al morir, ahora lo hemos comprobado con mucha pena. Pero a la vez estamos más tranquilos porque sabemos que es él”, cuenta a IPS Benedicta.

Su hermano Esteban asegura además que luego de recuperar los restos vio que Leonardo se despidió de él. “Lo vi vestido con un terno café, me sonrió y me dijo: ‘tú no sabes nada, no digas nada’, se despidió y entró a una puerta grande de color verde”, relató sollozando.

Esteban Sinsaya logró ver aquella escena como parte de una terapia de grupo al que se sometió con ayuda del psicólogo Joni Muñoz, del gubernamental Programa Integral de Reparaciones, quien vino desde Sicuani para ayudar a procesar el dolor de estas personas.

Los familiares de las víctimas de Sicuani se han convertido en una cofradía. Entre ellos se ayudan, se acompañan. Como en un ritual, todos le rezan a cada muerto encontrado, les ofrendan hojas de coca y se turnan el uso de la lampa para devolver la tierra removida en cada fosa.

Todos saben que han recorrido el mismo camino en estos 27 años trascurridos desde la masacre y que a los muertos no se los olvida. (FIN/2011)

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