Una mujer pobre asegura a miles un plato de comida

La pobreza en Argentina afecta al 9,9 por ciento de sus 40 millones de habitantes.

Marcela Valente - IPS

Margarita Barrientos, a la izquierda, y una familia beneficiaria de su comedor.

BUENOS AIRES, ago (IPS) – El proyecto le dio un sentido trascendente a su vida y la transformó en una lideresa popular reconocida internacionalmente, pero la argentina Margarita Barrientos quisiera que no hubiera más comedores para indigentes como el que ella organizó en el sur de la capital.

“Esto no tendría que existir. Lo que debería haber es trabajo digno. Que cada hombre y mujer puedan salir a trabajar. Pero mientras eso no exista, hay que seguir”, dijo Barrientos a IPS en el comedor Los Piletones.

El galpón donde funciona el comedor y las demás instalaciones de la Fundación Margarita Barrientos están en Villa Soldati, una comuna pobre donde el barrio de Los Piletones es de los más degradados. Para llegar allí hay que sortear calles de barro y pozos, sembradas con montañas de basura.

Barrientos tiene 49 años y llegó a Buenos Aires sola, con apenas 11, desde la norteña provincia de Santiago del Estero donde nació en una familia indígena toba. En la ciudad trabajó, se casó y hoy tiene 12 hijos. Diez biológicos y “dos del corazón”, explicó

En 1996, frente a la miseria que la rodeaba, se le ocurrió repartir entre sus vecinos sobras de una panadería que su esposo consiguió por caridad durante su habitual recorrido con un carro recogiendo cartones y otros residuos para vender.

Poco después tenía 15 comensales a los que cocinaba lo que tenía. El proyecto creció y hoy hay 30 mujeres que trabajan con ella para atender a unas 1.600 personas cada día, 1.000 de ellos niños, y que se benefician, además, con otros servicios.

Los gobiernos de la ciudad y el país aportan parte de alimentos y el resto se cubre con donaciones privadas: comida, colchones, ropa, mantas, muebles, computadoras, libros, materiales para la construcción, medicamentos.

Los Piletones ofrece desayuno, almuerzo y cena, pero la mayoría no come allí. A la hora convenida los beneficiarios retiran la comida preparada en ollitas o envases plásticos y se la llevan a casa.

Una mujer hace fila con cuatro hijos pequeños y cuenta a IPS que son de Paraguay. Su esposo consiguió empleo y ella anotó a los niños en la escuela, pero aún no tienen documentos de residencia legal. Ella no trabaja porque está a cargo de los niños.

En la cocina hay tres ollas enormes y humeantes. Para controlar la preparación, una muchacha se sube a un banco alto y revuelve con las dos manos con un bastón grueso de madera. Otras cortan pollo, pelan papas, limpian el piso.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos, la pobreza en Argentina afecta a 9,9 por ciento de sus 40 millones de habitantes y la indigencia a 2,5 por ciento. Pero estudios privados y sindicales al menos duplican esos indicadores.

Frente al comedor hay más locales de la fundación. Uno es un centro de salud que ofrece servicios de odontología, clínica médica, ginecología, pediatría y kinesiología, además de una farmacia muy bien equipada.

“Los preservativos se toman de acá sin pedirlos”, contó Barrientos señalando una caja en la sala de espera. La enfermera es voluntaria. Los médicos llegan por un convenio con dos universidades privadas.

Hay también una fábrica de pastas y una guardería para niños de siete meses a cinco años donde trabajan nueve maestras, pagadas por el municipio. La cocinera y la persona de limpieza son voluntarias.

Muchos niños están a cargo de madres solas. Algunas trabajan otras no. “Las mujeres tenemos esa capacidad de afrontar solas las cosas”, se rió Barrientos.

Al lado funciona una biblioteca, sala de computación y un centro de día para adultos mayores con comedor, un rincón de tejido y un gran televisor, encendido pero sin conexión. “Cortaron el cable porque estábamos atrasados, pero ya lo pusimos al día y no sé porque no vienen a conectarlo otra vez”, se disculpa con los mayores.

Raúl Cabrera, de 58 años, llega cada día desde González Catán, una localidad en la vecina y oriental provincia de Buenos Aires, a 10 estaciones de tren. “Vengo desde hace ocho años. Almuerzo y llevo la cena”, contó a IPS.

Tiene siete hijos, ya mayores. Algunos viven en Villa Soldati y aprovecha a visitarlos. Él vive solo y consigue algunas monedas arreglando bicicletas.

“La comida es muy cara. El kilo de pan está a 12 pesos (tres dólares) y el kilo de carne a 30 (siete dólares)”, explicó. Cabrera trabajó en la construcción y vendiendo cartones. Ahora no tiene empleo ni pensión.

Barrientos dice que la Asignación Universal por Hijo (AUH) “mejoró mucho” la situación de las familias.

La AUH es una transferencia mensual del Estado a los padres de menores de 18 años que carecen de empleo o que tienen uno precario. Son unos 55 dólares por cada hijo y el requisito es que los niños vayan a la escuela y que tengan las vacunas al día.

Pero Barrientos descree de la eficacia de esas transferencias a mediano plazo. “Casi todos los que vienen al comedor tienen la Asignación y se llevan la comida, pero si todo se les regala no entienden de sacrificios ni tienen incentivos para trabajar”, opinó.

“Todo les cae de arriba”, dijo, consciente de que el comedor es parte de ese dar sin pedir nada a cambio. “Una joven de 15 años, embarazada, ya recibe la Asignación, ¿para qué va a pensar en trabajar?”, se preguntó.

En cambio, quienes sí parecen valorar el esfuerzo son las 30 mujeres que ayudan a Barrientos a sacar adelante el proyecto. No cobran salario, pero son beneficiarias privilegiadas de las donaciones.

“Las mujeres somos mucho más sociales que los hombres, ellos si no hay plata no trabajan. Pero a la mujer le gusta poner el pecho y llevar la comida a su casa y ayudar a su comunidad. Estas son un ejemplo”, dijo emocionada.

Una de ellas es Isabel Benítez, 38 años, viuda, con cuatro hijos. Cuando su marido estaba hospitalizado y la familia sobrevivía en condiciones muy precarias, su hija mayor iba a retirar la vianda para todos al comedor.

“Yo no conocía a Margarita, pero mi hija traía comida, frazadas, colchones. No teníamos nada, ni para comer. Un día mi hija me dijo: ‘mamá, hay mujeres trabajando ahí, ¿por qué no vas?’ Y vine”, dice a IPS.

Benítez explicó a Barrientos su situación y ella le dijo: “Trae mañana un delantal y empezá”. Lleva cuatro años trabajando en el comedor y recibe “un apoyo extremadamente grande”, dijo.

“Lo que llevo a casa es más de lo que podría ganar y me siento útil ayudando a gente que tiene más problemas que yo. Aprendemos mucho de la señora Margarita, que hace lo imposible para que nadie se vaya con las manos vacías”. (FIN/2011)

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