Violencias de Colombia, entretejidas en vida de una mujer

Los desplazados por la guerra desde mediados de los 80 se sitúan entre 3,6 y más de cinco millones en Colombia.

Cortesía de Beatriz Echeverry

Beatriz Echeverry, en su casa en Bogotá.

BOGOTÁ, jul (IPS) – Hay vidas que se entretejen con la historia de sus países, como la de Beatriz Echeverry, testimonio de algunas de las grandes violencias humanas y naturales ocurridas en Colombia los últimos 60 años: el desplazamiento forzado, la tragedia de Armero y los secuestros por la guerrilla izquierdista.

Tenía cinco años cuando en 1950 a su familia la atrapó la violencia liberal-conservadora (1948-1963) en Líbano, una población del centrooccidental departamento de Tolima, y se vio forzada a huir e instalarse en un departamento vecino.

Líbano era territorio liberal, pero los conservadores se armaron y amenazaron con matar a los liberales, como su familia, que vivía en tres casas contiguas cuando pusieron una bomba en la de su abuelo.

“Para una niña como yo, sentir el miedo y escapar como lo hicimos, sembró en mi alma una eterna sensación de temor, desconfianza, incertidumbre y un gran vacío. Una enorme angustia que aún siento”, rememoró seis décadas después.

El detonante de esta etapa histórica fue el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948 en Bogotá. La violencia entre el Partido Liberal y el Partido Conservador fue estimulada por los gobiernos conservadores de la época y acabó paulatinamente tras la creación en 1957 de un Frente Nacional que permitió a los dos grupos repartirse el poder por dos décadas, pero propició nuevas violencias.

En los 50 “se abrían las cárceles, se armaba a los reos y se les concedía la libertad a cambio de cabezas y de orejas de opositores liberales o comunistas. Todo eso, bajo la supuesta neutralidad política de la Iglesia Católica porque entonces matar liberales no era pecado”, recordó Echeverry.

También se crean bandas armadas como cuerpos parapoliciales y se respaldan grupos civiles armados que ejercieron de sicarios partidistas, mientras todo el Estado estaba a las órdenes conservadoras.

Si los conservadores mataban, los liberales “contramataban”, citan los historiadores, y organizaban cuadrillas armadas en varios departamentos para combatir “la usurpación conservadora”, entre otras acciones.

En esa ebullición de odios y traiciones vivió la familia Echeverry que, como otras miles, entonces y después, terminó desplazada y arrancada de su tierra por una violencia que desde entonces hasta ahora cambia de protagonistas pero deja iguales víctimas.

Desde mediados de los 60, Colombia soporta un conflicto armado entre el Estado y las guerrillas izquierdistas, al que 20 años después se sumaron grupos paramilitares de extrema derecha. Los desplazados por la guerra desde mediados de los 80 se sitúan entre 3,6 y más de cinco millones, según sean datos oficiales o de organizaciones humanitarias.

“No me conformo con que todo siga igual o peor. La violencia sigue ahí, provocando el desplazamiento, aumentándolo, enquistándolo”, dijo Echeverry, con unos 65 años muy vitales.

Echeverry, quien fue empresaria y está ahora retirada, y su esposo, un notario de Bogotá fallecido en 1991, representan a las familias de clase media más o menos acomodada pero no rica, gente común enfrentada y resistente a las violencias que sacudieron y sacuden a este país andino.

Armero, nuevo golpe

El 13 de noviembre de 1985 la tragedia del Nevado del Ruiz, el peor desastre natural de la historia de Colombia y la segunda más grave erupción del siglo XX, la hiere para siempre. En ella muere Carolina, la mayor de sus cuatro hijos, sepultada junto con su esposo en la finca de recreo que tenía la familia en el municipio de Armero, en Tolima.

“No volvimos a saber de ellos. Es una herida abierta que sangra”, sobre todo porque pudieron salvarse si el administrador de la finca hubiese atendido sus llamadas de alerta, rememoró.

Le suplicó que avisase a su hija y huyeran todos del lugar, pero no hizo caso. “Dijo que no pasaría nada, que solo caía ceniza y olía mucho a azufre, que ‘tranquila’. A la cuarta llamada, el teléfono sonó ocupado. Nadie lo atendió. Armero era un mar de lodo”, detalló. En aquella tragedia murieron más de 20.000 de los 29.000 habitantes de Armero, que desapareció. En otro municipio vecino hubo 3.000 víctimas más.

El secuestro

La mañana del 7 de abril de 2004 un frente de las guerrilleras Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) secuestró a Echeverry y a su primo Julio Arango, cuando se desplazaba con otras 10 personas en una lancha por el río Inírida para conocer los Cerros de Mavicure, en la centrooriental frontera con Brasil y Venezuela.

“Nos separaron del grupo ‘para hablar unas cositas’, según dijeron, pero la ‘conversación’ se prolongó por 20 meses”, narró, sin ahondar en el desenlace de un secuestro con fines económicos. Pero sí contó que el origen pudo tener que ver con que su primo “es una persona muy acomodada”, con empresas de computación en Panamá.

Un comandante, Hugo, les dijo esa noche que estaban secuestrados y les entregó un cuaderno para que detallasen sus bienes. “Me puse a llorar cuando dudó de la veracidad de mi lista”, dijo.

Fueron meses difíciles y de aprendizaje. “Nunca nos trataron mal físicamente, pero el maltrato sicológico es enorme cuando a uno lo despojan de la libertad”, afirmó tras recordar cuando le vendaron los ojos dos horas antes de llegar al primero de los cinco campamentos donde los retuvieron. “Creí que nos iban a matar”, aseguró.

Tiene aún fresco el miedo que pasaba cuando los trasladaban en canoas, los obligaban a acostarse en su piso y los tapaban con plásticos negros, lo que los ponía “al borde de la asfixia, bajo un calor de 40 grados”. También temblaba “cuando escuchábamos a los lejos algún helicóptero” porque les dijeron que la orden era matarlos si se acercaban.

Se deprimió y lloró muchas veces hasta que comprendió, por ejemplo, que “nuestros captores eran mucho más cautivos que nosotros”. “Su vida es miserable. Están más secuestrados que nosotros. La mayoría llegó a la guerrilla por necesidad, hambre o por falta de oportunidades”, aseguró.

Sus vivencias quedaron registradas en cuatro cuadernos escolares que conserva, junto con las improvisadas agujas con que tejió unas medias verdes con las que protegió sus manos y otras pequeñas cosas.

Ahora escribe un libro sobre “las otras víctimas” de los secuestros, los familiares con sus vidas atomizadas. “Mi secuestro, por ejemplo, desestabilizó mi hogar y afectó el matrimonio de dos de mis hijos, que se separaron”, detalló.

Colombia es líder mundial en la industria del secuestro. Solo entre 1996 y 2008 redes humanitarias registraron 23.854 casos, de los que 15.304 tuvieron fines extorsivos y fueron perpetrados por delincuencia común, redes del narcotráfico y las guerrillas, que los usan para financiarse o para obtener rehenes para forzar canjes con el Estado.

¿Qué aprendió Echeverry? “A vivir. A disfrutar cada momento, el aquí, el ahora”, porque sabe que la vida puede acabarse en un segundo y hay gente con mayores penas que las suyas y eso, dijo, la hace comprender que “tengo una enorme suerte de estar viva y de desear seguir”. (FIN/2011)

 

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