Agroecología avanza, pese a incomprensiones

La agroecología es un sistema que no puede asimilarse con la visión de que sólo se deben sustituir los productos químicos por medios biológicos o naturales.

Cuba ha sido reconocida por organizaciones internacionales como un país que avanza a paso seguro y continuado en la introducción de la agroecología como un sistema que favorece el medio ambiente, brinda alimentos más sanos y consume menos insumos químicos importados.

En este camino recibe el apoyo gubernamental para la introducción de estas prácticas y el aporte de algunas organizaciones no gubernamentales europeas en cuanto a intercambio de conocimientos y algunos recursos monetarios modestos, pero no está exenta de obstáculos.

En el desarrollo de esta modalidad agrícola han surgido incomprensiones por parte de productores individuales y algunos funcionarios de los ministerios de la Agricultura y del Azúcar, quienes aducen que estas prácticas no son viables cuando se trata de cosechar con elevados rendimientos para abastecer a una población ávida de alimentos deficitarios.

La agroecología es un sistema que no puede asimilarse con la visión de que sólo se deben sustituir los productos químicos por medios biológicos o naturales. Ahí radica el problema. En las zonas habaneras de intensa actividad agrícola, las tierras producen sólo con altas dosis de fertilizantes químicos, pesticidas y agua para riego, debido a la sobreexplotación continuada de esos terrenos, sin rotaciones adecuadas de plantas que restituyen el equilibrio perdido durante los últimos 25 años.

Para obtener elevados rendimientos en cultivos como papa, ajo, cebolla, tomate, pimientos. boniato, malanga y frijoles, los agricultores habaneros requieren cuantiosas dosis de productos químicos, pues sus tierras rojas no responden sino es con la aplicación de grandes cantidades de insumos y con bastante agua para irrigar los suelos.
Las necesidades de recursos químicos y combustible en La Habana han caído en un círculo vicioso, difícil de romper debido a los tipos de alimentos que siembran de forma continuada.
Mientras más insumos se emplean, más se deteriora el equilibrio ecológico y surgen nuevas plagas y enfermedades. Para prevenirlas o tratarlas, acuden a más pesticidas y minerales sintetizados industrialmente. Además, aumenta el consumo de agua para regar, aun cuando proliferan ahora equipos menos gastadores del líquido.
La supuesta feracidad de las tierras rojas es un mito; mientras más color ladrillo, menos materia orgánica existe, según confirmaron diversos especialistas del Instituto de Suelos, que desde hace años están alertando acerca de la baja fertilidad y productividad de los terrenos de Cuba.
Otros expertos aducen que la utilización continuada de tractores, con implementos inadecuados para arar y descompactar los suelos, incrementan la proliferación de malas hierbas y hacen que el suelo padezca como un paciente en coma, que vive artificialmente con equipos externos.

Agroecología vs. costos
Cuando los campesinos de La Habana, conocidos por sus elevados rendimientos en papa, ajo, cebolla, tomate y pimiento, se han reunido y debatido estos temas, argumentan que para aplicar prácticas ecológicas deben aumentar los gastos en mano de obra y bajar los rendimientos, lo que repercute en la disminución de sus ingresos personales para mantener la finca.
En parte tienen razón. Un solo hombre puede aplicar fertilizantes químicos, mientras se requiere de más fuerza de trabajo contratada para producir materia orgánica, por cualquiera de las vías posibles, ya sea lombricultura o procesamiento de heces fecales de varios animales, como vacunos, ovinos, caprinos y aves.
Si las materias orgánicas que reciben de las granjas o cooperativas avícolas o vacunas no son procesadas, estas pueden contener semillas de malas hierbas que aumenten la posibilidad de introducir en las tierras más maleza indeseable, como el marabú, cuyas semillas aparecen en las bostas de las vacas.
La argumentación de los productores, en este caso, parecería aceptable desde un punto de vista económico inmediato. Lo que desconoce quienes piensan de esa menra es que las fincas de esos campesinos serán cada vez más vulnerables a plagas, enfermedades, y sus tierras perderán cada vez más su fertilidad. El paciente en coma, en que se ha convertido su finca, necesita de más auxilio externo, hasta que la naturaleza certifique su defunción agrícola.
En la provincia de La Habana, fundamentalmente, se cultivan alimentos inapropiados para las condiciones tropicales, como son la papa, el tomate, el ajo y la cebolla. Aunque sólo se pueden sembrar en la etapa invernal, para que rindan y prosperen, recaban de numerosos agrotóxicos, sobre todo porque los campos permanecen a cielo abierto, sin las condiciones controladas del cultivo protegido, en el que se acude a técnicas reguladoras del calor y la humedad.
Muchos productores habaneros confiesan que desvían cierta parte de los insumos que reciben para papa, tomate, ajo, cebolla y pimiento, con el objetivo de cultivar otros que ofrecen recompensas monetarias superiores en los mercados agropecuarios, como es el caso de la malanga, el plátano, la remolacha, la zanahoria y la habichuela.
Agricultores privados expresan abiertamente que deben comprar pesticidas, fertilizantes y combustibles ilegalmente, pues las empresas estatales sólo los entregan para sembrar papa y algunos condimentos muy demandados por la población.
Los desvíos de los almacenes estatales de la Agricultura constituyen una práctica habitual, sobre todo en el occidente y centro de la isla, donde predominan las siembras de cultivos que sí tienen protección estatal de insumos químicos.
Una visita realizada a algunos productores del municipio de Alquízar, donde el Ejército Juvenil del Trabajo (EJT) implementó un sistema empresarial que reduce la compra-venta ilícita, evidenció que allí se ha reducido al mínimo ese tipo de delito económico. Esto es resultado de haber repartido los recursos asignados a las diversas formas de producción y eliminado las grandes instalaciones donde, presuntamente, se custodiaban. Ahora, son los mismos productores quienes deben proteger sus medios de trabajo e insumos, distribuidos de acuerdo a los quintales entregados a los mercados del EJT.
Esa fuerza productiva de las Fuerzas Armadas elaboró índices de gastos ramales de un grupo de insumos por cultivo, cálculos que no existen en la mayoría de las empresas agropecuarias del país, según publicó el diario Granma, en una serie de artículos en torno a los factores que perjudican la producción y comercialización en este sector.

En Oriente, otro razonamiento
Cuando la agricultura cubana se quedó sin los insumos procedentes del ex campo socialista de Europa del Este, la crisis se sintió con más agudeza en el occidente y centro del archipiélago.
Hasta Ciego de Ávila y Camagüey, en el centro-oriente de la isla, las prácticas agrícolas se basaban en elevados recursos. Sin embargo, en las empresas agropecuarias del oriente, la crisis había comenzado mucho antes, pues casi nunca fueron privilegiadas en las asignaciones de combustible, fertilizantes, piensos y otros productos.
La causa de esa diferenciación radicaba en que la composición de los cultivos era muy diferente, debido a las elevadas temperaturas y los suelos más montañosos, que resultan más apropiados para el desarrollo del café, el cacao y las plantaciones forestales. La ganadería lechera en esa zona del país era casi nula, con respecto a la infraestructura habilitada para el resto del país.
Esas condiciones sustentaron que las prácticas agroecológicas fueran mejor asimiladas por los productores de las provincias orientales que en el occidente.
Allí, la baja aplicación de agrotóxicos era obligada y los productores de aquellas zonas se adaptaron más rápidamente y con mayor receptividad, en un afán por sacarle más provecho a la naturaleza, sin esperar por sacos de piensos y fertilizantes, galones de pesticidas y combustible para mover tractores. Eran campesinos acostumbrados a las yuntas de bueyes, a las arrias de mulos y los abonos naturales. La vida les impuso un pensamiento abierto a vivir en mayor armonía con el medio ambiente.
Pero, en La Habana, el cauce del razonamiento ecológico no ha sido fluido, ha costado más trabajo y sólo la agricultura urbana les ha abierto las mentes en cuanto a la necesidad de asimilar la agricultura orgánica.
Cuando el Ministerio de la Agricultura informó, el año pasado, que había reducido en doce veces el gasto de agrotóxicos en relación con lo que se aplicaba en 1989, todos batieron palmas, pensando que consumían ahora alimentos más sanos.
Sin embargo, esa reducción es sólo para algunos cultivos. En la papa, por ejemplo, un tubérculo muy demandado por las familias cubanas, la toxicidad se ha elevado debido a los productos empleados para mantener en poblaciones permisibles y no dañinas al temible insecto Thrips palmi, que apareció por primera vez en 1996 y devastó muchas cosechas en la isla.

¿Volverán las oscuras golondrinas?
No se puede obviar que la recuperación económica del país está reactivando algunos sectores agropecuarios con inyecciones de recursos que pueden representar un freno en el avance de las técnicas ecológicas.
Mientras la agricultura urbana está obligada de facto a no emplear recursos químicos por su cercanía a las ciudades, en las zonas eminentemente rurales la vuelta a los recursos -no tan abundantes como antes- podría detener el avance de producir alimentos en armonía con la naturaleza.
En un momento muy conveniente, la Asociación Cubana de Técnicos Agrícolas y Forestales (ACTFA), que agrupa a más 7.000 asociados, está en plena cruzada para elevar la autoestima de los especialistas, tanto moral como materialmente, y frenar el éxodo de los profesionales hacia otros puestos de trabajo.
Uno de los problemas más graves de la agricultura cubana no es la carencia de insumos, sino la gran cantidad de indisciplinas tecnológicas que se producen por falta de estímulo a los técnicos, que se relacionan directamente con los obreros y campesinos.
El VI Encuentro de Agricultura Orgánica y Sostenible, celebrado recientemente en el hotel Nacional de La Habana, sucedió en un momento oportuno y acudieron representantes de 72 centros de excelencia en la agricultura urbana y 58 campesinos destacados en el movimiento agroecológico, patrocinado por la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños. Asimismo, asistieron más de 100 delegados de América Latina, Asia, Estados Unidos y algunas naciones de Europa.
Las conferencias magistrales de mayor impacto fueron las de los académicos Peter Rosset y el chileno Miguel Altieri, profesores de la Universidad de California, en Berkeley, Estados Unidos, y el doctor Adolfo Rodríguez Nodals, director del Instituto de Investigaciones de Agricultura Tropical y jefe del grupo nacional de la Agricultura Urbana en Cuba.
Sin embargo, en ese evento estuvieron ausentes muchos funcionarios de los ministerios de la Agricultura y del Azúcar, justamente los encargados de defender y promover esas prácticas en las zonas rurales de la isla.
El discurso de clausura de la doctora María del Carmen Pérez, titular interina de la Agricultura, si bien defendió esos sistemas, no ofreció un análisis más preciso para convencer a los detractores de las prácticas ecológicas acerca de los beneficios a largo plazo, aunque, en los primeros años, los ingresos bajen provisionalmente.

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