Período especial: ¿Hasta cuándo durará?

La población cubana espera aún una salida a la crisis económica que se conoce oficialmente como Período Especial.

Jorge Luis Baños - IPS

La población cubana ha sentido los rigores de la crisis en su vida cotidiana.

La zona más sombría de la economía cubana de los últimos treinta años, el llamado Período Especial, ya pasa del lustro. Los habitantes de la isla se preguntan cuándo acabará éste.

Cuando en marzo de 1990 (1) el presidente Fidel Castro anunciaba la posibilidad de que el país tuviera que enfrentar severas medidas de restricción económica, el habitante promedio de la isla estaba muy lejos de pensar cuántas y cuán profundas transformaciones ocurrirían desde entonces en su vida, y cómo el término que se utilizó para designar ese estado de excepción (Período Especial en Epoca de Paz), llegaría a convertírsele en una pesadilla.

Como se sabe, al desintegrarse el campo socialista Cuba no sólo perdió el 85% de sus relaciones económicas exteriores, sino que quedó sin perspectivas de desarrollo futuro. Miembro, como el resto de los países del eje del Este, del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME), la mayor de las Antillas ubicaba prácticamente todas sus exportaciones, a precios estables y de preferencia, en ese mercado; a cambio recibía numerosísimos artículos deficitarios, materia prima, alimentos, medicinas y tecnología suficiente como para garantizar una producción planificada.

En mucho menos tiempo del que se emplea en contarlo, el cubano vio reducida su ración de pan normado en 20 gramos, se sometió a drásticos aumentos de los precios del transporte y la gasolina, asistió a la desaparición de periódicos y revistas, soportó interminables y repetidas interrupciones del fluido eléctrico, resistió la reducción de las horas de trasmisión radiofónicas y televisivas, contempló horrorizado cómo de la canasta básica desaparecían productos, se cerraban centros de trabajo, y la capital se inundaba literalmente con la generosa producción de cítricos – principalmente toronjas – que no encontró colocación en el mercado exterior, y que la población, aunque necesitada, no podía consumir en tales cantidades (2).

Difícil sería encontrar en la historia igual cantidad de penurias acaecidas en tan corto plazo, sin estar el país sometido a una invasión extranjera ni en condiciones de guerra civil.

Las causas se conocen. El esfuerzo de la población por sobrevivir se califica con justicia de titánico.
La economía cubana tocó fondo en 1993. En ese año de triste recordación apareció la epidemia de neuritis óptica, enfermedad que afecta la visión en ambos ojos y que se asocia, entre otras causas, a la carencia de vitaminas del complejo B; y la capital fue duramente azotada por la Tormenta del Siglo, que ocasionó – según cifras oficiales – pérdidas materiales a la economía del orden de los cien millones de dólares.

En los límites de lo permisible y lo no permisible en prácticas económicas tanto domésticas como enfocadas hacia el exterior, fueron corridos muchos kilómetros por la necesidad urgente de hallar una salida.

La tenencia del dólar se despenalizó (1993). El turismo comenzó a crecer con pasos firmes. La inversión de capital extranjero fue estimulada con atractivas asociaciones. Y también aparecieron o florecieron lacras que se creían endémicas de otras regiones del mundo, como la prostitución, la corrupción, el robo generalizado, y la desigualdad que genera el acceso de unos pocos a la moneda de único valor real de cambio, y que por tantos años simbolizara el anatema de una sociedad empeñada en diseñar un hombre nuevo: el dólar.

Se crearon las Unidades Básicas de Producción Cooperativa, nueva forma de tenencia de la tierra por parte del campesino, que corregía el tiro a la Ley de Reforma Agraria, promulgada a pocos días del triunfo de la revolución en 1959, y venía a corroborar la histórica ineficiencia de las cooperativas estatales.

Ante la imposibilidad de proveer a cada ciudadano de un puesto de trabajo, el gobierno aceptó el ejercicio particular de ciertos oficios o servicios. Por primera vez después de 1968 era lícito en el país la elaboración y expendio de productos alimenticios ligeros de forma privada, apareció la pequeña empresa gastronómica familiar – los paladares -, y se permitió que aquellas personas que fueran propietarios de automóviles los explotaran en apoyo al menguado sistema de transporte estatal.

Desde entonces a la fecha una transformación sucede a la otra. Algunas medidas son “corregidas” o “ajustadas” mediante leyes como la tributaria, y el discurso oficial en más de una ocasión ha estado dirigido a recordar que el Período Especial es algo transitorio, y que una vez que desaparezca éste, muchas de las permisividades acarreadas por la marea de la adversidad, también terminarían, aunque se apresura a augurar una larga estabilidad para las inversiones extranjeras, que proveen de capital fresco a la desinflada economía de la isla.

La macroeconomía

A nivel de la macroeconomía, el país experimenta un tímido crecimiento. Renglones como el turismo, la producción de níquel, la pesca y la extracción de petróleo se avizoran como las fuentes más promisorias para superar el actual estado de cosas.

El V Congreso del Partido propuso al país crecer por año entre un 4 y un 6% en el producto interno bruto. Para ello ha hecho un llamado a la eficiencia económica, pero el cumplimiento de esta consigna supone una raigal revisión del sistema económico cubano.

Según testimonio del general de brigada Luis Pérez Róspides (3), al parecer artífice del ajustado sistema empresarial de las FAR, para que la primera empresa administrada por el ejército llegara a ser rentable se precisó del apoyo expreso del Buró Político del Partido y del Consejo de Estado, pues en el camino de la búsqueda de la eficiencia fue preciso violar cerca de cien leyes y/o disposiciones que lo impedían.

Recientemente el ministro de Economía y Planificación, José Luis Rodríguez, declaró (4) que 1.850.000 trabajadores en el país tienen acceso al dólar como resultado del sistema de estímulo en los sectores laborales generadores de divisas. La población actual se calcula en 10.800.000 habitantes, es decir, que el 17,12% de los cubanos – sin contar los que reciben remesas familiares, que constituye el mayor volumen del dólar circulante – accede legalmente a la divisa, cifra verdaderamente alarmante en un país que tiene como base filosófica y plataforma política la igualdad de derechos y de deberes de todos los ciudadanos.

En su optimista discurso de clausura del V Congreso, el presidente de Cuba, comandante Fidel Castro, comparó la situación de la isla con la de otros países del tercer mundo, sometidos, según sus palabras, a un eterno período especial, y dijo que, por las enseñanzas que ha dejado, al período especial habría que levantarle un monumento. Si alguien pregunta cuánto dura el período especial, expresó, hay que responderle que no importa si dura toda una vida.

Pero el ciudadano promedio aspira a que este estado de excepción dure mucho menos tiempo para poder recuperar, aunque sea, el nivel de vida que alcanzó a principios de la década de los 80, época – recuerda hoy con pesar – en que se hallaba también inconforme con el volumen de sus ingresos, su poder adquisitivo y la variedad y calidad del abasto.

Notas:

(1) 7 de marzo. Clausura del V Congreso de la Federación de Mujeres Cubanas.

(2) Todo esto ocurrió entre el segundo trimestre y diciembre de 1990.

(3) En la discusión sobre la Tesis Económica en el V Congreso. Publicado en Trabajadores el 13 de octubre de 1997.

(4) Granma Internacional. 19 de octubre de 1997.

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