Baracoa, la villa primada

“De Cuba soy la ciudad más pequeña, pero siempre la primera en el tiempo”, decía la leyenda en el escudo de armas de la ciudad.

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El nombre aborigen de la villa significa

Es la villa primada de Cuba, pero también la más singular. Fue la primera capital de la isla, pero estuvo casi cinco siglos en el olvido. Fue nombrada por Colón, rebautizada por el conquistador Diego Velázquez, pero conservó su nombre aborigen, que quiere decir “tierra de las aguas”.

Por mucho tiempo pareció condenada a desaparecer, pero Baracoa vive…

Esta bellísima y enigmática ciudad, ubicada en el extremo más oriental de la isla, entró en la historia cuando fue visitada por la primera expedición colombina en el propio año de 1492.

Frente a sus costas, el Gran Almirante debió sentir como nunca antes en su travesía el profundo temblor que provoca la falta de sexo, pues su imaginación le hizo ver en aquellas costas rodeadas de montañas una geografía similar a la de la isla de Porto Santo, donde había dejado a la hermosa viuda Felipa Muñiz de Perestrello, cuando salió a proponer un mejor camino para llegar a las Indias.

La región, marcada en los libros de Colón con tan romántico nombre, tenía por ese entonces una pacífica y abundante población indígena, cuyo destino histórico fue brutalmente modificado unos años después, cuando Diego Velázquez, encargado de pacificar la isla, desembarcó allí en 1512 y, en nombre del Rey de España fundó un caserío con la desmedida categoría de ciudad.

Por supuesto, como buen colonizador Velázquez decidió obviar el nombre colombino y bautizó a la villa con el apelativo más castizo de Nuestra Señora de la Asunción.

La primera ciudad cubana fue, también, la primera capital de la isla y en ella sucederían varios acontecimientos importantes en los primeros años de la conquista de América.

Fue en la primitiva iglesia de Baracoa, dedicada desde entonces a Nuestra Señora de la Asunción, donde tomaron prisionero al indetenible Hernán Cortés, dedicado por entonces a conspirar contra su jefe Diego Velázquez, a quien acusaba de repartir entre amigos y coterráneos las tierras y encomiendas de indios.

Hecho prisionero, Cortés pactó su libertad con Velázquez a cambio de su silencio y, cuando menos lo esperaba éste, Cortés embarcó hacia México y hacia la gloria que nunca alcanzaría Velázquez.

Con el pronto traslado de la capital de la isla hacia Santiago de Cuba, aquella ciudad que tuvo dos nombres hispanos pero siempre siguió llamándose Baracoa, como la nombraban los indios, cayó, como en los cuentos de hadas, en el olvido insalvable de los pueblos encantados.

Durante muchos años la única animación en la vida del pueblo eran los constantes ataques de corsarios y piratas que duraron hasta que los vecinos de la villa comprendieron que el comercio era mejor que la guerra, e iniciaron un activo negocio de contrabando con los bucaneros del Caribe.

Sólo en el siglo XIX, aquella que fuera la ciudad primada de Cuba, recibió al fin el escudo de armas que le pertenecía: el obsequio salió de manos de María Cristina de Habsburgo, que hizo llegar el escudo con el primer emigrante alemán que se asentaría en la remota ciudad.

Bordado en oro, el emblema tenía la siguiente leyenda: “De Cuba soy la ciudad más pequeña, pero siempre la primera en el tiempo”.

Pero a finales del siglo XIX Baracoa recuperó algo de vitalidad cuando un grupo de inversionistas norteamericanos deciden iniciar allí plantaciones bananeras. El puerto se animó desde entonces, se construyó un ferrocarril, se remodeló la iglesia y hasta se inauguró un fastuoso teatro, al que llegaron compañías cubanas y foráneas.

Pero, cuando mejor vivía el pueblo, se desató su más aguda crisis: hacia los años 20s una plaga maligna destruyó las plantaciones de plátano y Baracoa volvió a su infortunado destino, que pareció más negro que nunca. En 1951 la miseria de la región era tal que Baracoa fue declarada “Ciudad Cerrada”.

El Yunque, uno de los símbolos en el paisaje de Baracoa (Archivos IPS Cuba).La suerte de Baracoa, como la de otros lugares intrincados y preteridos del país, cambió luego de 1959. A pesar de su lejanía, la vieja ciudad recibió beneficios sociales y culturales que la
revalidaron como un sitio de gran importancia histórica.

Económicamente se fomentó en sus húmedas montañas el cultivo del cacao y en la actualidad es la principal productora de aceite de coco en el país.

Además, su territorio municipal es una gran reserva boscosa y entre otros privilegios, Baracoa tiene el de poseer el río Toa, el más caudaloso de Cuba y de gran importancia ecológica, pues en su entorno pueden hallarse infinidad de variedades de flora y fauna endémicas.

La villa primada tiene además tres singulares hoteles: el nombrado El Castillo, asentado en una fortaleza del siglo XVIII desde la cual puede apreciarse toda la ciudad y su magnífico entorno natural; el Hotel Puerto Santo, que rinde memoria a Cristóbal Colón; y el hotel La Rusa, antigua propiedad de una rusa blanca llamada Magdalena Menasses que inspiró al personaje de Vera en La consagración de la primavera, la última novela de Alejo Carpentier.

Baracoa es, sin duda, uno de los sitios más bellos y singulares de Las Antillas. Su cultura popular exhibe una rica galería de personajes -entre los que siempre habrá que recordar al fallecido Cayamba, el cantante “con la voz más fea del mundo” o al Pelú, el loco que profetizó la ruina del pueblo – y una cocina regional de notable diversidad y pureza.

Su vida cultural, mientras tanto, gira alrededor del museo-fortaleza Matachín, donde se exhiben piezas de la época colonial y se efectúan recitales de música, literatura y exposiciones
de artes plásticas.

Esta instalación acoge además a la Oficina del Historiador de la Ciudad, Alejandro Hartmann, un baracoense (por adopción) empecinado que ha hecho del amor a la historia de su ciudad su más alta virtud.

Pero sin duda la mayor reliquia histórica que posee la ciudad primada de Cuba es la famosa Cruz de la Parra, que numerosas investigaciones arqueológicas han confirmado como la misma cruz de madera rústica que Cristóbal Colón clavó en tierra de Baracoa al desembarcar por primera vez en sus playas.

Perdida durante años entre los manglares de la costa, la cruz fue recuperada y después autentificada como el valioso objeto histórico que sin duda es. Muy reducida en su tamaño original -por sucesivos cortes que sufrió- este símbolo de la cristiandad se exhibe en la iglesia de la ciudad, para recordar a todos los cubanos que Baracoa siempre será la primera en el tiempo.

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Baracoa: La villa primada

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