¿Cuál será el papel de la iglesia católica en el futuro de Cuba?

La visita del Secretario de Estado del Vaticano en 2008, coincidió con la designación de Raúl Castro como presidente.

Jorge Luis Baños - IPS

Las relaciones entre la Iglesia católica de Cuba y el Estado mejoraron en los años recientes, asegura el cardenal cubano Jaime Ortega.

Muchos se preguntan, dentro y fuera de Cuba, cuál será el papel de la Iglesia católica en el futuro inmediato de este pequeño país. La visita a la isla del secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Tarcisio Bertone, en febrero pasado, convirtió al enviado del Pontífice Benedicto XVI en el primer dignatario extranjero en reunirse con el nuevo mandatario cubano, Raúl Castro.

La presencia de Bertone, una especie de Primer Ministro del Estado Vaticano, conmemoraba el décimo aniversario del viaje a la nación caribeña del Papa Juan Pablo II y coincidía significativamente con la designación del general de ejército Raúl Castro Ruz como presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba.

No deja de ser significativa la declaración de los Obispos Católicos de Cuba de aprovechar la oportunidad para renovar “votos de confianza” y “esperanza cristiana” al “nuevo presidente Raúl Castro Ruz, al Consejo de Estado y a la recién instalada Asamblea del Poder Popular”.

Llama la atención que entre los diputados no figure ningún sacerdote ni laico católico de renombre, lo que no quiere decir que en sus filas puede haber creyentes católicos o de otras creencias, aun cuando esa información no se destaca en sus biografías.

Sí hay un “babalawo”, una de las primeras mujeres ordenadas pastoras, un pastor bautista y un clérigo episcopal. Ninguno de estos responde a propuestas de sus comunidades religiosas, sino a proposiciones de la Comisión de Candidatura, integrada por representantes de las organizaciones de masas, encabezadas por miembros de la Central de Trabajadores de Cuba, afines al Partido Comunista de Cuba.

Los analistas, aun los más críticos hacia el proceso cubano, coinciden en que se vive una “nueva etapa” en la nación caribeña, que algunos llaman “transición” y otros “reciclaje”; una adaptación a los nuevos tiempos del proceso revolucionario iniciado en 1959, bajo el liderazgo de Fidel Castro, un antiguo alumno del Colegio de Belén, discípulo de los padres jesuitas.

En la Academia Literaria ”Gertrudis Gómez de Avellaneda”, de esa institución, dirigida entonces por el sacerdote José Rubinos, el ex presidente cubano hizo sus primeros pininos oratorios y llegó a ser presidente de la agrupación, en la cual se reunían, cada domingo, después de misa. Recordamos haber visto la foto del joven Fidel en el mural donde aparecían todas las fotos de los presidentes de esa academia.

Evolución de las relaciones Iglesia-Estado en Cuba

Las relaciones entre la Santa Sede y el gobierno cubano, iniciadas en marzo de 1935, han sido ininterrumpidas, incluso en los momentos de mayor tensión entre la Iglesia local y el Estado revolucionario.

La Santa Sede no cedió a presiones del gobierno de Estados Unidos, cuando intentó aislar al gobierno de Fidel Castro del resto del mundo, ni cuando sectores opuestos a la Revolución pretendieron utilizar el espacio religioso para actividades conspirativas, lo que condujo a la detención de algunos sacerdotes y laicos católicos, quienes fueron llevados a los Tribunales Revolucionarios.

Estos vínculos tampoco cesaron cuando tropas organizadas por la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos desembarcaron en Bahía de Cochinos (1961), para intentar derrocar, por la vía militar, al gobierno de Fidel Castro. Entre ellos vinieron tres sacerdotes católicos (el capuchino Ismael Lugo, el jesuita Tomás Macho y el escolapio Segundo de las Heras), como capellanes. Por cierto, no eran cubanos, sino de origen español, aunque antiguamente radicados en la isla y emigrados a los Estados Unidos.

En una de las cronologías más detalladas sobre las relaciones entre la Iglesia y el gobierno revolucionario, “La Iglesia católica durante la construcción del socialismo en Cuba” (1986), el antiguo presidente de la Acción Católica de Cuba y de Cehila-Cuba, el Doctor Raúl Gómez Treto –fallecido en agosto de 1992–, estableció resumidamente las primeras etapas de estas relaciones en cinco partes: Desconcierto (1959-1960), Confrontación (1961-1962), Evasión (1963-1967), Reencuentro (1968-1978) y Diálogo (1979-1985).

Períodos subsiguientes pudieran ser, a grandes rasgos: Adaptación (1986-1992), Reacomodo (1993-1997; marcado por el fin oficial del carácter ateo del Estado cubano, legalmente adoptado en 1975, durante la celebración del Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba y finalizado en 1991, en su Cuarto Congreso, con la consecuente reforma constitucional de 1992), Segundo Reencuentro (1998-actualidad; iniciado con la visita de Juan Pablo II y reactivado con su reciente conmemoración, en la figura del cardenal Bertone).

No debe pasarse por alto que el triunfo de la Revolución cubana, el primero de enero de 1959, tras el derrocamiento de la dictadura pro estadounidense del general Fulgencio Batista (1952-1958), sorprendió a la Iglesia católica de Cuba en una posición “preconciliar”, “tridentina” –inspirada por la filosofía teológica tomista antiluterana-protestante del Concilio de Trento del siglo XVI.

La Iglesia estaba enmarcada por los acuerdos antimodernistas del Primer Concilio Vaticano (1869-1870), que definieron el dogma de la “infalibilidad papal”, y como firme aliada en la guerra fría anticomunista de Estados Unidos y los gobiernos occidentales contra la URSS y el bloque por ella encabezado en Europa del Este.

Recién se había iniciado en Roma el papado de Juan XXIII –el llamado “Papa rojo”, por la reacción, y “Papa bueno”, por sus admiradores–, quien 25 días después del triunfo revolucionario en la isla anunció la convocatoria del Concilio Vaticano Segundo (1962-1965), iniciador del proceso de “aggiornamento” (puesta al día) de la Iglesia católica, que posibilitó el inicio del diálogo entre marxismo y cristianismo, e incitó al diálogo ecuménico y con otras religiones.

Todavía en la década del cincuenta era rechazada, en las cátedras católicas, la concepción evolucionista de la creación. El concepto jerárquico opacaba la dimensión comunitaria que en América Latina impulsaría, en la década del setenta, la Teología de la Liberación. Muchos teólogos liberacionistas –entre estos el sacerdote peruano Gustavo Gutiérrez– miraron hacia la experiencia revolucionaria cubana, a la par que trabajaban en las Comunidades Eclesiales de Base y en una lectura popular de la Biblia desde el contexto en que se vive la fe.

Época de confrontaciones

La confrontación entre la jerarquía católica y el rumbo socialista de la Revolución cubana, proclamado por Fidel Castro en vísperas del ataque a Bahía de Cochinos (abril de 1961), llegó a su máxima tensión con la expulsión de 132 sacerdotes católicos, el 17 de septiembre de 1961. La mayoría de ellos eran españoles, muy influidos por la experiencia de la guerra civil en su país.

Entre ellos estuvo el Obispo Auxiliar de La Habana, Eduardo Boza Masvidal, y el que fuera luego designado Arzobispo de La Habana, Francisco Oves, quien renunció a la mitra habanera el 23 de abril de 1981 y falleciera el 4 de diciembre de 1990 en el Paso, Texas –rodeado de emigrantes mexicanos–, adonde lo llevó su fallido intento de buscar una conciliación entre el gobierno y la Iglesia en Cuba.

Para muchos católicos, entre ellos Gómez Treto, Oves quedó en medio del fuego cruzado entre un sector de la Iglesia opuesto al diálogo con la joven revolución y dirigentes del Partido Comunista de Cuba que hicieron del “ateísmo científico”, divulgado a partir de manuales de marxismo publicados en la antigua Unión Soviética, una especie de “dogma de fe”.

El clero quedó bruscamente reducido, en los primeros años de la década del sesenta, a unos 200 sacerdotes de 800 que había a inicios de 1959, al sumarse a las expulsiones la emigración voluntaria. Algunos colegios católicos, estatizados mediante la Ley del 6 de junio de 1961 –entre estos el Colegio de Belén–, reaparecerían en el exterior, fundamentalmente en Caracas y Miami.

La estatización de la educación afectó a todos los colegios privados, incluyendo a los de la Iglesia, que perdió en esa ocasión muchas capillas religiosas, las cuales fueron transformadas en almacenes o en bibliotecas, como ocurrió con la del Colegio de Belén, donde actualmente funciona el Instituto Técnico-Militar, que forma profesionales especializados para las Fuerzas Armadas de Cuba.

La emigración masiva de sacerdotes, religiosas y religiosos, muchos de los cuales se reasentaron al sur de la Península de la Florida, llevó a algunos clérigos a intentar establecer una “Iglesia cubana en el exilio”, cuya principal expresión se plasmó en la “Ermita de la Caridad”, situada frente al mar, mirando hacia Cuba. Este proyecto nunca contó con el apoyo de la Santa Sede, que prefirió que los católicos cubanos exiliados se sumaran a las estructuras eclesiásticas de los países donde se establecieran, aunque les toleró algún tipo de pastoral propia.

Exclusión de los creyentes

El Primer Congreso del Partido Comunista de Cuba, en su Plataforma Programática, postuló que “entre las formas de conciencia social se encuentra la religión, caracterizada por constituir un reflejo tergiversado y fantástico de la realidad exterior”. Los creyentes religiosos fueron excluidos de la posibilidad de ingresar en el único Partido permitido en la isla, conllevando –hubo raras excepciones– su exclusión de los estudios universitarios en las disciplinas humanistas, del ejercicio de la docencia y de cargos de responsabilidad.

Revolución y religión fueron considerados espacios antagónicos. Situación que, en muchos casos, obligó a la simulación, única manera de ingresar al Partido creado por un proceso político que, en sus inicios, se había dicho inclusivo; y que llegó a otorgar el grado máximo de Comandante de la Revolución a un sacerdote católico y capellán del Ejército Rebelde, el padre Guillermo Sardiñas. Sacerdote diocesano de la Arquidiócesis de La Habana, Sardiñas fue reintegrado a su actividad pastoral en la Parroquia del Cristo Rey, luego del triunfo revolucionario.

Aunque ningún sacerdote católico fue fusilado en Cuba, como destacara en más de una ocasión Fidel Castro, lo que sí ocurrió en otros países con procesos revolucionarios violentos –como la Guerra Civil española, donde republicanos y franquistas dieron muerte a sacerdotes y religiosas–, sí fueron fusilados, acusados de actividades violentas contra la Revolución, varios laicos católicos.

Entre los fusilados estuvo Alberto Tapia Ruano, antiguo alumno “lasallista” y estudiante de Arquitectura junto al líder estudiantil José Antonio Echeverría. Este último se preparó como católico para la acción revolucionaria del 13 de marzo de 1957, cuando atacaron el Palacio Presidencial, con el propósito de ajusticiar al entonces presidente Fulgencio Batista y dar a conocer el hecho a la población cubana a través de Radio Reloj. Tapia Ruano fue condenado en juicio sumario en vísperas del desembarco por Bahía de Cochinos.

No dejaría de crear tensiones entre la Iglesia y el Estado, hacia mediados de los sesenta, la movilización obligatoria de varios sacerdotes, seminaristas y laicos católicos hacia las Unidades Militares de Ayuda a la Producción (UMAP), donde convivieron con elementos considerados antisociales: potenciales delincuentes, homosexuales y opositores políticos.

En la UMAP estuvieron tres jóvenes sacerdotes católicos, entre estos el actual Arzobispo de La Habana, cardenal Jaime Ortega Alamino, y el Obispo Auxiliar de La Habana, Alfredo Petit. También varios pastores de otras iglesias cristianas, como el actual diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular (Parlamento), reelecto en varias ocasiones, el pastor bautista Raúl Suárez Ramos, director fundador del Centro Memorial “Martin Luther King Jr.”, el único que objetó públicamente ante la Asamblea –y por motivos de fe religiosa– la pena de muerte en Cuba.

El entonces joven sacerdote católico franciscano, Miguel Ángel Loredo, de notable ascendencia entre los jóvenes, padeció prisión. Tras su excarcelación, debió abandonar el país, se dice que a solicitud de la jerarquía de su Iglesia. Reside actualmente en los Estados Unidos.

El temor al comunismo, sembrado en la población cubana por años de política anticomunista, se evidenció en una Circular del Episcopado Cubano (7 de agosto de 1960). Aunque la institución expresó en ese documento que “las reformas sociales que, respetando los legítimos derechos de todos los ciudadanos, tienden a mejorar la situación económica, cultural y social de los humildes (…) tendrán siempre el más decidido apoyo moral de parte de la Iglesia”, también manifestó “preocupaciones y temores” porque el gobierno revolucionario estableció “estrechas relaciones con los gobiernos de los principales países comunistas, y en especial con la Unión Soviética”.

Los Obispos Católicos de Cuba insistieron en la tradicional posición de la Iglesia de que “el catolicismo y el comunismo responden a dos concepciones del hombre y del mundo totalmente opuestas, que jamás será posible reconciliar”. Puntualizaron: “Contra el comunismo materialista y ateo está la mayoría absoluta del pueblo cubano, que es católico (lo que, sin dudas, era inexacto), y que sólo por el engaño y la coacción podría ser conducido a un régimen comunista”.

Esta y otras pastorales, formuladas en esos años, fueron calificadas de “contrarrevolucionarias” por los nuevos gobernantes y contribuyeron a dividir a los católicos entre los que se sumaban al proceso político en el poder –haciéndose milicianos y miembros de los Comités de Defensa de la Revolución, aunque luego no se les admitiera en el Partido Comunista, por sus creencias religiosas–, y los que no, algunos de los cuales se incorporaron a organizaciones opositoras, emigraron o quedaron condenados por el ostracismo. Surgió el movimiento “Con la Cruz y la Patria”, que tuvo como asesor eclesiástico al padre Germán Lence, suspendido ad divinis (prohibido oficiar misa) por la jerarquía católica.

Cuba y la Teología de la Liberación

Aunque Fidel Castro manifestó simpatías hacia la Teología Latinoamericana de la Liberación y se reunió con varios de sus exponentes, esta fue vista con reservas por algunos dirigentes del Partido Comunista de Cuba, que creyeron descubrir en ella un “caballo de Troya” de la Iglesia dentro del comunismo. Mientras, jerarcas de la Iglesia católica –sobre todo en países como Polonia, donde naciera Juan Pablo II, y también en Cuba– han tendido a percibirla como un “caballo de Troya” de los comunistas dentro de la Iglesia.

El libro de Gustavo Gutiérrez Teología de la Liberación. Perspectivas (Lima, Perú, 1971), acogido con reservas por la jerarquía católica cubana, no fue publicado en la isla, ni por la Iglesia, ni por las editoriales estatales.

El Pontífice Juan Pablo II la emprendería contra los teólogos de la liberación, prohibiéndoles ejercer como profesores en los seminarios y obligando a algunos –como el brasileño Leonardo Boff– al silencio. La Congregación para la Doctrina de la Fe, cuyo Prefecto era el actual Papa, le dedicó dos “Instrucciones”, en las cuales la criticaba. El cardenal Ratzinger vincularía la Teología de la Liberación, irremediablemente, con el marxismo.

Uno de los últimos motivos de tensión entre la Iglesia y el Estado lo provocó el Mensaje de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, “El Amor todo lo espera” (8 de septiembre de 1993). Emitido tras la caída del Muro de Berlín (1989), abogaba por el diálogo interno para enfrentar la crisis creada luego del colapso del llamado “socialismo real” y la disolución de la URSS, que desató en la isla el llamado “período especial” (desde 1989).

La prensa oficial cubana criticó fuertemente –durante un mes– la posición de la Iglesia, que fue interpretada como un sumarse a la política contra la Revolución del “imperialismo yanqui”, que reforzó en ese momento el embargo o bloqueo, para tratar de doblegar al régimen.

Coincidencias en algunos temas

Resulta evidente, en la actualidad, la coincidencia entre la Santa Sede y el gobierno cubano en algunos “principales temas de la agenda internacional”. Así lo destacó en conferencia de prensa (25 de febrero de 2008), junto al cardenal Bertone, el canciller cubano Felipe Pérez Roque, quien tras reunirse con el enviado papal viajó a Naciones Unidas para firmar los pactos internacionales sobre derechos económicos, sociales, culturales y políticos, y los derechos civiles políticos.

Según Pérez Roque, con Bertone discutió y conversó “acerca de las relaciones entre la Iglesia católica de Cuba y el Estado cubano”, las cuales –al momento previo del arribo del enviado papal a La Habana, aseguraba el cardenal cubano Jaime Ortega– han mejorado en los últimos años.

Por su parte, el cardenal Bertone sorprendió a los periodistas calificando de “opresión” al pueblo cubano y valorando de “éticamente inaceptable” el bloqueo –empleó el término utilizado por Cuba; Estados Unidos le llama embargo–, y confirmó las gestiones de la Santa Sede para que cese esa medida, aplicada desde 1962.

Habría que recordar que las relaciones entre la Iglesia y el Estado en Cuba, en el último medio siglo, han estado condicionadas por el diferendo entre el gobierno revolucionario y las distintas administraciones estadounidenses.

Cualquier crítica de la Iglesia hacia algún aspecto de la política del gobierno se ha interpretado desde este prisma, aunque en fecha temprana (20 de abril de 1969) los Obispos Católicos de Cuba suscribieran un comunicado dirigido a todos los sacerdotes y fieles, en el que expresaron: “Denunciamos esta injusta situación de bloqueo que contribuye a sumar sufrimientos innecesarios y hacer más difícil la búsqueda del desarrollo. Apelamos (…) a la conciencia de cuantos están en condiciones de resolverla para que se emprendan acciones decididas y eficaces destinadas a conseguir el cese de la medida”.

Comentaría Gómez Treto que, con esta declaración, “la Iglesia condenaba explícitamente el inmoral bloqueo económico impuesto al pueblo de Cuba por el gobierno de los Estados Unidos”.

La labor de Bertone

Los antecedentes de la misión del cardenal Bertone podríamos percibirlos desde la activa gestión diplomática de Monseñor Cesare Zacchi, quien desempeñó la representación de la Santa Sede ante el gobierno revolucionario desde 1962, tras el cese del Nuncio Apostólico en La Habana, Monseñor Luis Centoz, quien se destacó por sus estrechas relaciones con Fulgencio Batista.

A la recepción que siguió a la consagración como Obispo, en 1967, de Monseñor Zacchi, uno de los más brillantes diplomáticos extranjeros que pasó por la capital cubana —recuerdo las largas conversaciones que, en los turbulentos sesenta, sostuve con él en la Nunciatura, en compañía de Gómez Treto y otros laicos católicos—, asistió Fidel Castro, lo que posibilitó una conversación con los Obispos Católicos de Cuba, la primera desde el triunfo revolucionario.

La gestión mediadora de Zacchi –quien junto a Fidel solía practicar la pesca submarina, ocasión aprovechada por ambos para intercambiar sobre las relaciones de la Iglesia católica con el gobierno revolucionario– fue objeto de severas críticas y hasta de denuncias ante la Santa Sede, por parte del clero y del laicado, tanto en Cuba como en el exterior.

Se destacaron, principalmente, los ataques de la población cubana radicada en Miami, ciudad convertida muy pronto en bastión de la oposición antirrevolucionaria. Se pedía la remoción del Nuncio, por el desacuerdo con sus intentos de buscar una conciliación entre la Iglesia y el gobierno revolucionario.

La conmemoración del décimo aniversario de la visita a Cuba del extinto Pontífice Juan Pablo II dejó expectativas y sentimientos dispares.

Algunos católicos consideran que la Santa Sede ha firmado “un cheque en blanco” al gobierno de Raúl Castro, a la espera de “gestos” favorecedores en el accionar de la Iglesia en Cuba, principalmente el acceso a los medios de difusión y a la enseñanza, así como el otorgamiento de permisos para la entrada de personal desde el exterior y la ampliación de la pastoral penitenciaria.

Otros estiman que la Iglesia católica, con extensa y sólida experiencia histórica –que le ha permitido la convivencia con todo tipo de regímenes políticos y económicos–, sabe aprovechar los momentos, y que su principal preocupación es el pueblo cubano y el tratar de evitar que en el país se produzca un “vacío de poder”, que pudiera generar violencia. No faltan los que consideran que, después de rebasada la década del sesenta, la jerarquía de la Iglesia católica ha sumido al país en una “noche oscura”, de la que no le eximirá con su actual posición de “timidez”.

Católicos tradicionales en cuanto al papel social de su institución opinan que la Santa Sede “se está involucrando demasiado en la política”, descuidando su misión pastoral.

Por su parte, los Obispos cubanos han aclarado: “La independencia necesaria a la acción pastoral de la Iglesia no puede concebirse como una renuncia al diálogo y a los contactos institucionales con las autoridades de la sociedad (…) la misión encomendada por Cristo a la Iglesia no es de orden político ni está inspirada en la preocupación por lograr una presencia pública que funcione con la lógica del poder. Es importante dejar bien sentado este punto, cuando unos esperan de la Iglesia que sea un partido de oposición y otros que se deje domesticar por el régimen político vigente”. Así lo han hecho constar en la instrucción teológico-pastoral “La presencia social de la Iglesia”, del 8 de septiembre de 2003, con motivo de la Festividad de la Virgen de la Caridad del Cobre.

En tanto, la disidencia interna, no reconocida por el gobierno, desearía una Iglesia abiertamente beligerante, que favoreciera lo que considera un “cambio democrático” y la vuelta al capitalismo, como ocurrió en Europa del Este y en la nueva Rusia, surgida de las cenizas de la URSS.

Le critican al representante del Vaticano que no explicitara su apoyo a los presos políticos y no se reuniera con sus familiares, como se le solicitó, aunque el cardenal Bertone aludiera al tema en su conversación con el nuevo presidente cubano, pero sin llegar a pedir una amnistía, “de modo particular”.

Los laicos católicos, agrupados en el opositor “Movimiento Cristiano de Liberación” —sin relación con la Teología de la Liberación; más cerca del Partido Popular (español) de José María Aznar—, que cuentan con el apoyo de algunos Obispos católicos y aspiran a convertirse en un Partido Demócrata-Cristiano alternativo al régimen socialista cubano, consideran que la posición exhibida por el enviado de Benedicto XVI ha mostrado una “excesiva complacencia” hacia el gobierno, que estiman injusta hacia el pueblo cubano y su Iglesia.

Iglesia cubana en el nuevo milenio

No debe olvidarse que la llegada de Cuba –de todas sus religiones y, en particular, de la Iglesia católica– al nuevo milenio, estuvo profundamente marcada por la visita de Juan Pablo II y sus antecedentes, así como por el abandono del ateísmo oficial y las circunstancias que condujeron a la crisis económica conocida como “período especial”. También es necesario tener en cuenta, en este análisis, la recomposición sociológica de la población, mayormente joven, sin compromisos políticos con el pasado ni experiencias de confrontación –exageradas, artificiales o reales– entre la Iglesia y el Estado.

Para las generaciones nacidas después de 1959 no hay contradicción entre participación política “revolucionaria” e implicación religiosa.

En ese clima se produjo la visita de Juan Pablo II y tuvieron lugar las celebraciones evangélicas cubanas (mayo-junio de 1999). Además, se flexibilizaron las relaciones con las religiones cubanas de origen africano, de gran arraigo popular, y con los Testigos de Jehová, entre otros factores religiosos presentes en el panorama cultural de la isla. Estas fueron revelaciones austeras, pero naturales, de que se estaba viviendo un nuevo momento.

Estos acontecimientos, que pueden ser vistos como causas o consecuencias de un mejoramiento en las relaciones entre la Iglesia y el Estado, mostraban la posibilidad real de rebasar prejuicios mutuos y de avanzar en el difícil camino de la búsqueda de entendimientos, que implicaran a todas las partes. Se trata de un proceso que se ha venido gestando, no sin obstáculos y retrocesos, en el cual siguen reapareciendo los fantasmas del dogmatismo y del autoritarismo, en una no siempre acertada comprensión de los roles de cada factor social.

Algunos estudiosos oficialistas opinan que la misión de la Iglesia es “pedir”, mientras la del gobierno es “resistir”. Es su interpretación de los papeles sociales de ambas instituciones. Las actuaciones sociales de la Iglesia han sido interpretadas, por demasiado tiempo, como “caridad” y las del gobierno, como “deber”.

Muchos consideran que las únicas verdaderas instancias de la sociedad civil cubana son sus iglesias y grupos religiosos, en sentido general. Tratándose de la católica, la de mayor antigüedad en la isla, posee quizás la más sólida estructura organizativa y dirigentes muy bien formados, con experiencia de trabajo más o menos autónomo, pese al clericalismo que ha caracterizado a la Iglesia católica en Cuba, especialmente su debilidad cuantitativa y cualitativa de los últimos 40 años. Además de contar esta iglesia con el apoyo directo de una representación diplomática, la Nunciatura Apostólica, y también el de iglesias hermanas en otros países.

En el Plan Pastoral 2006-2010, la jerarquía católica ha explicitado su intencionalidad de fomentar la sociedad civil y la conciencia ciudadana, como parte de los medios en su accionar favorecedor de la “promoción humana”.

En la instrucción teológica-pastoral del 8 de septiembre de 2003 –día de la Virgen de la Caridad, Patrona Nacional–, los Obispos habían señalado: “Después de la visita del Santo Padre han quedado pendientes también algunas de las legítimas solicitudes que fueron expuestas en sus encuentros y discursos en relación con la Iglesia católica”. Reiteraban su preocupación por las constricciones del “derecho a la libertad de expresión y de participación social y política”.

En las maniobras que comprende el ejercicio del poder no todo lo que se pide se obtiene; tampoco se pide todo lo que se quiere o se precisa. En ocasiones, los sujetos, segmentos y agrupaciones van ganando espacio con su actuar, como parte de un entrenamiento de reclamaciones –pasadas o presentes– no satisfechas, o en la preparación hacia las futuras. Las leyes, con posterioridad, no hacen más que conceder carácter de reconocimiento legal a lo que, en la práctica, ya se ha implementado.

Las restricciones impuestas a la población por el aún no concluido “período especial” llevaron al gobierno a aceptar la ayuda externa, a la par que a flexibilizar ciertas capacidades internas de realización. En este caso estuvo la aceptación de la ayuda enviada, por intermedio de instituciones religiosas como Caritas, que permitió a la Iglesia recuperar un espacio de puesta en práctica de su doctrina social, que se había perdido en los años sesenta.

La estatización de la educación y la salud –aún vigente– cedió gradualmente ante la realidad de las carencias de insumos y de personal para desarrollarla. En muchos templos católicos –y evangélicos–, personal profesional comenzó a impartir cursos de idiomas, computación, ciencias sociales, primeros auxilios, entre otros. Tienen lugar en instalaciones bien equipadas y con bibliotecas acondicionadas y actualizadas, no siempre disponibles en las instituciones estatales. Igualmente, se ha ido respondiendo a solicitudes de medicamentos deficitarios y, en varios casos, hasta de algunos alimentos y ropas.

En la crisis de valores que vive el mundo, que tanto parece preocupar a las autoridades cubanas, también la sociedad es asistida por las iglesias. En sus salones se organizan actividades para niños y jóvenes, a las cuales no necesariamente asisten sólo los religiosos. Según manifiestan familiares, “no importa si luego serán o no religiosos, lo importante es que ocupen su tiempo con personas que no tengan los malos hábitos que aprenden en la calle”.

Conciertos de cantantes de moda y arraigo popular –como Polito Ibáñez y Pedro Luis Ferrer–, o de Navidad –con destacados coros y artistas del Teatro Lírico–, piezas teatrales, espacios de cine-debate con una programación no accesible en la red nacional de salas cinematográficas, conferencias sobre temas de actualidad –impartidas por personal religioso o ajeno a este, incluidos militantes del Partido Comunista y profesores universitarios–, pequeños talleres de artesanía, asistencia psicológica y legal, guarderías, y hasta la colaboración con “círculos de abuelos” y hospitales –en barrios en los que las relaciones entre las autoridades gubernamentales y de la Iglesia son positivas–, son algunas de las funciones sociales que, en estos 10 años, desde la visita de Juan Pablo II hasta su conmemoración con el cardenal Bertone, viene desarrollando la Iglesia católica en Cuba, ganando en amplitud, sin estridencias pero con constancia. Ello le ha permitido alcanzar, a su vez, mayor representatividad en un espacio macro social complejo.

Pudiera agregarse la variedad de publicaciones católicas –incrementadas en el contexto de la visita de Juan Pablo II–, que abordan temas de interés nacional: desde la emigración hasta la propiedad privada, desde la bioética hasta la educación, y más. Esto contribuye a que, pese a sus limitadas tiradas, por no disponer de imprenta propia –no le ha sido autorizada– y los elevados costos estatales, sus ejemplares sean buscados por la población, religiosa o no.

Quizás de lo que se trataría, en primera instancia, luego de las conversaciones entre el enviado papal y el gobierno de Raúl Castro, sea de acreditar legalmente un accionar ya legitimado a nivel social. En tal sentido, pudiera considerarse la autorización del reconocimiento de los certificados y títulos por estudios terminados, otorgados por la Iglesia, que hasta el momento carecen de valor legal, aunque en muchos casos se les confiere reconocimiento tácito. Asimismo, el reconocimiento de los empleos que no pocas personas encuentran en los espacios eclesiales y la autorización de la tenencia de una imprenta propia, como de acceder a la red nacional de distribución para la venta de sus publicaciones.

La eventual existencia de una bancada católica en la Asamblea Nacional, o de organizaciones políticas de inspiración religiosa –estén o no conformadas por católicos– está en estrecha vinculación con la posibilidad de esos necesarios “cambios estructurales” a los que se refirió Raúl Castro en su discurso del pasado 26 de julio, así como su magnitud y alcance. Para responder verdaderamente a las necesidades de la población cubana, esos cambios tendrían que contemplar su pluralidad y no únicamente su raíz cristiana católica, como desearían algunos.

Menos realista sería —en la perspectiva de la pluralidad cultural y religiosa de Cuba—, imponer la educación católica en las escuelas, o la observancia de las vacaciones de Semana Santa, en una población a la que se le está pidiendo mayor disciplina y dedicación laboral. Ni pensar en la posibilidad de dar marcha atrás a la legalización del aborto o de la planificación familiar, medida que tendría un cariz marcadamente impopular.

Mirada al futuro

Durante el recibimiento que ofrece el Pontífice, cada año, al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede, en enero pasado Benedicto XVI expresó: “Deseo recordar a Cuba, que se apresta a celebrar el décimo aniversario de la visita de mi venerado predecesor. El Papa Juan Pablo II fue recibido con afecto por las autoridades y animó a todos los cubanos a colaborar para conseguir un futuro mejor. Permítaseme retomar este mensaje de esperanza que no ha perdido nada de actualidad”.

Días antes, como parte del mensaje navideño de los Obispos Católicos cubanos a la nación, igualmente se había mencionado la “esperanza” y la “expectativa” respecto “a cambios necesarios que puedan mejorar y transformar la vida nacional”. Enfatizando que la Iglesia católica, “como parte de nuestro pueblo (…) ofrece su oración y su contribución para que se encuentren soluciones reales y eficaces que favorezcan caminos de esperanza” (Mensaje de Navidad de los Obispos Católicos de Cuba. 2007).

El futuro de Cuba está lleno de interrogantes, igualmente muchos coinciden en esto. De lo que no hay dudas es que la Iglesia católica local y la Santa Sede no quieren quedar al margen de lo que suceda en la isla, para lo cual, quizás, ya se anticipan a trabajar con las autoridades cubanas en proyectos de ulterior realización. Proyectos en los que habrá que negociar, conciliar, desplegar las armas de la diplomacia, asidos fuertemente al alma de la nación, si se pretende armonizar. Proyectos para cuya realización habrá que vencer tentaciones absolutistas de ambas partes; ni Cuba es una nación católica, ni es tampoco una nación atea.

Las tentaciones de fundamentalismos y esencialismos, siempre presentes, que ignoren los intereses del resto de los segmentos sociales, habrán de desecharse, si se pretende trascender la alta política y trabajar por el bienestar de los cubanos, como han coincidido en señalar la iglesia local y el Vaticano e, igualmente, el gobierno.

Respecto de una posible visita de Benedicto XVI, tanto la Iglesia como el gobierno cubano coinciden en el anhelo de una visita a la isla del actual Pontífice, Benedicto XVI. El cardenal cubano Jaime Ortega invitó al Papa a visitar Cuba, durante la misa oficiada frente a la Catedral de La Habana, en presencia del cardenal Bertone. Este último declaró que, en su anterior visita a la nación caribeña, en 2005, le llevó al Pontífice una invitación del presidente Fidel Castro.

Diez años atrás, el viaje de su predecesor Juan Pablo II, antecedido por su encuentro en el Vaticano con un todavía vital Fidel Castro, puso al pequeño país en la mira de la comunidad internacional. El entonces presidente Fidel Castro enviaba al mundo una señal inequívoca de su capacidad de renovación y alimentaba las esperanzas internas y externas de posibles cambios en su política interna.

Como resultado, con satisfacciones e insatisfacciones, quedó el feriado de la Navidad (24 de diciembre), la autorización a realizar procesiones en fechas importantes para el calendario católico, una muy discreta aparición de la Iglesia en los medios de comunicación, cierta flexibilidad para la asistencia pastoral en las prisiones y algunas autorizaciones –siguen siendo escasas– para la entrada de personal desde el exterior y la reparación de templos.

Tal vez lo más notorio sería la inusual ordenación de un obispo en una plaza pública: Monseñor Wilfredo Pino, actualmente al frente de la diócesis Guantánamo-Baracoa, la última creada, en 2007. Monseñor Pino recibió la ordenación episcopal en la plaza pública de Guantánamo, en acto multitudinario al que asistieron las autoridades del gobierno provincial y la jefa de la Oficina de Asuntos Religiosos del Partido Comunista, Caridad Diego.

Los obispos cubanos han reconocido: “Estos años posteriores a la visita del Santo Padre han sido de crecimiento y de revitalización de la Iglesia en Cuba (…). Algunos signos de esta vitalidad son: la creación de nuevas diócesis, el surgimiento de centenares de casas de oración en barrios y en pueblos sin templos, el compromiso de los laicos en ese empeño misionero…”.

Sin embargo, no todo está resuelto. Durante 2007 se conmocionó a la comunidad católica cubana –dentro y fuera de sus costas–, con el cierre de la revista diocesana pinareña Vitral, publicación católica isleña de mayor circulación y repercusión, por el contenido reflexivo y crítico de sus artículos, en los que no se eludía ningún asunto nacional, incluidos los considerados de dominio estrictamente político.

La separación de su equipo de redacción y de su director –el laico e ingeniero Dagoberto Valdés, miembro de la vaticana Comisión Justicia y Paz–, y el rotundo cambio de la línea editorial, así como la desarticulación del Centro de Formación Cívico y Religiosa –también liderado por Valdés–, fueron interpretados por muchos como signos de debilidad de la jerarquía católica en Cuba. Valoraron estos hechos como concesiones inexcusables ante el gobierno, que públicamente había acusado a Valdés de opositor y consideraba a Vitral una publicación contestataria.

Igual interpretación han hecho algunos de la reacción de la Iglesia ante la irrupción de efectivos policiales en el salón anexo a la parroquia Santa Teresita de Jesús, del padre José Conrado, en Santiago de Cuba, el año pasado. Un hecho que la Iglesia se apresuró en no calificar como “profanación”. El incidente hizo temer a algunos, por un momento, que pudiera afectarse la visita programada del enviado del Papa.

Posibles beneficios de una visita papal

Hace 10 años, muchos en el mundo opinaron, convencidos, que Juan Pablo II –a quien se atribuyó, tal vez muy apresuradamente, el final del campo socialista– sería el “enterrador” del socialismo cubano. No sucedió.

Con pesar, muchos de quienes así pensaron concluyeron que el Papa polaco había ayudado a la legitimación de aquel. ¿Pudiera pensarse en renovación de la legitimación del régimen? ¿Sería posible que el nuevo presidente precise, personalmente, de tal reconocimiento? Son algunas de las interrogantes desde cuyas respuestas es posible intentar explicarnos el estado actual de las relaciones entre la Iglesia católica y el gobierno.

Según una declaración publicada el 26 de febrero en la segunda página del diario oficial Granma –que rara vez reproduce pronunciamientos de la Iglesia católica–, los Obispos Católicos de Cuba, reunidos en Asamblea Ordinaria, manifestaron: “En estos momentos nuestra oración se eleva” por la Asamblea (Nacional del Poder Popular) renovada, el Consejo de Estado y su nuevo presidente, para que “tengan la luz de lo Alto para llevar adelante con decisión esas medidas trascendentales que sabemos deben ser progresivas, pero que puedan comenzar a satisfacer desde ahora las ansias e inquietudes expresadas por los cubanos”.

Creen muchos cristianos que “Dios escribe con letras torcidas”. Según el actual Pontífice, Dios nos “habla a través de los signos y de los acontecimientos de nuestra vida, a través de los hombres”. Entonces, “Dios nos susurra filtrándose desde las imágenes; no llama nuestra atención a viva voz”. Interesante manera, metafóricamente teológica, en que el teólogo Ratzinger explica el comportamiento de su iglesia como institución, según consta en una extensa entrevista que le fue hecha, cuando era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, por el periodista alemán Peter Seewald, quien escribió una extensa y aguda semblanza del Papa Benedicto XVI.

Tan elocuentes como las imágenes de Fidel Castro junto a Juan Pablo II –ambos siempre sonrientes–, enviadas al mundo hace una década, son las apreciadas en febrero pasado, esta vez del canciller Pérez Roque junto al cardenal Bertone, y una última de este con Raúl Castro. Con templos desbordados de feligreses en 1998, pero hoy semivacíos y con una concurrencia regularmente envejecida, ¿será que Dios nos está hablando por medio de la jerarquía de su Iglesia? ¿Cuál será su mensaje?

En las respuestas a estas preguntas –entre otras– estaría una de las posibles explicaciones al presente y futuro intercambio entre la Santa Sede y el gobierno isleño, así como entre este y la Iglesia en Cuba. Asimismo, pudiera hallarse una posibilidad de entender el discurrir de ciertos cambios que puedan o no producirse en la política secular en el país.

Mientras esto ocurra, muchos católicos de base rezan a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona Nacional –Ochún para los practicantes de religiones afrocubanas–, por un futuro de paz y, especialmente, por mejores condiciones de vida. Un espacio en el que, tras la deseada y necesaria reconciliación de Cuba con cada uno de sus sectores ideológicos internos o con sus migraciones, quepamos verdaderamente todos, con iguales derechos y obligaciones, como aspirara el prócer de la independencia de Cuba de España, José Martí.

¿Y la Iglesia? Ya ella lo ha dicho, “espera con amor”. Procura el “buen discernimiento de los signos de los tiempos” como “oportunidad de anunciar el misterio de lo inefable, sin dejar de ser humildes servidores de lo posible”. Busca “nuevos espacios para la promoción de la dignidad humana y el servicio a los más pobres”. Y exhorta “a todos los cubanos, por el bien de Cuba, a superar la tentación común de vencer al otro y a buscar en el diálogo responsable, entre todos, la solución de nuestros conflictos”.

Bibliografía:

Los Obispos de Cuba. Instrucción Teológico-Pastoral. 8 de septiembre de 2003.

Conferencia de Obispos Católicos de Cuba. Plan Global Pastoral 2006-2010. 2006. Editorial Progreso, S.A. de C.V. México, D.F. (México)

Seewald, Meter. “Benedicto XVI. Una mirada cercana”, Ediciones Palabra, S.A. Madrid, 2006.

Girardi, Giulio. “Cuba, después del derrumbe del comunismo”. S/F. Editorial Nueva, Utopía, Madrid.

Gómez Treto, Raúl. “La Iglesia católica durante la construcción del socialismo en Cuba. 1986.” Cehila-Cuba. La Habana (Cuba).

López Oliva, Enrique. “El representante vaticano pidió liberación de presos y dijo que ve avances en la isla”, en: ALC. Agencia Latinoamericana y Caribeña de Comunicación. www.alcnoticias.org, 27 de febrero de 2008.

“Fidel y el catolicismo”, en Quaderni dell’America Latina, No. 4. “45 anni dopo”. 2003. L’Unita . Roma (Italia). Páginas 177-184.

“Influencia de la visita del Papa en la realidad cubana. Impresiones personales e interrogantes”, en revista Reflexión y Diálogo, No. 1. Abril-junio. Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo. Cárdenas (Matanzas), 1998, pp: 12- 19.

“La visita del Papa a Cuba y las celebraciones evangélicas cubanas: dos acontecimientos que preparan el camino”. (Inédito) 2001. La Habana (Cuba).

Papam Habemus. Benedicto XVI- Ratzinger / Papa: “Incertidumbre y perspectivas”, en Compartir, boletín del Grupo de Reflexión y Solidaridad Oscar Arnulfo Romero. No. 3, tercera época, mayo-junio de 2005, La Habana, pp: 37- 39.

Granma, La Habana, 26 febrero de 2008, p.2.

Benedicto XVI. “Discurso ante el cuerpo diplomático acreditado en la Santa Sede, en L’Osservatore Romano, No. 2, Roma, enero 11/ 2008, pp: 6 y 7.

 

* El autor es Secretario en Cuba de la Comisión para el Estudio de la Historia de la Iglesia en Latinoamérica (Cehila-Cuba) y profesor adjunto en la Facultad de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana. Junto a él, en la elaboración de este trabajo, colaboró la antropóloga e historiadora María Ileana Faguaga Iglesias, directora del Programa para el Diálogo Intercultural e Interreligioso de Cehila-Cuba.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.