Cultura y desarrollo

En ocasión del día de la cultura cubana, IPS Cuba presenta una recopilación de materiales sobre diversos aspectos y manifestaciones de este tópico en la isla

Archivo IPS Cuba

A partir de una situación cultural inicial, todas las culturas deben pasar por una serie de etapas históricas necesarias hasta llegar a la última, que sería la de la cultura moderna, industrial, tecnológica, racional, productivista, rentable y eficiente

El presente texto no tiene la pretensión de agotar el tema de la relación entre la cultura y el desarrollo, sino plantear algunas consideraciones generales que adviertan la importancia decisiva que este problema tiene hoy como concepción para la transformación de la realidad.

No todos los autores entienden lo mismo cuando asumen estos conceptos, a la vez que estos conceptos han estado sujetos a una evolución histórica, al igual que las propias realidades que tratan de identificar. En la definición de un concepto influyen muchos factores, desde el conocimiento que se tenga de la realidad que se pretende representar, hasta los intereses con los cuales se percibe esa realidad.

Una de las definiciones históricas más conocidas sobre el desarrollo económico era aquella que lo presentaba como la sucesión de diferentes etapas, que de manera inevitable todo país o región debería recorrer. [1] Desde este punto de vista, la diferencia entre los países desarrollados y subdesarrollados consistía en que los primeros ya habían recorrido un ciclo histórico que los demás recorrerían después. A esto se añadía la idea de que el desarrollo correspondía a un determinado modelo definido por los valores propios de las sociedades “occidentales”. Finalmente, la idea de que los instrumentos de política económica utilizados para impulsar el crecimiento de la producción son suficientes para que cualquier país pueda alcanzar el desarrollo económico.

La historia de la humanidad durante los últimos siglos ha sido la historia del sistema capitalista de producción y durante casi todo el siglo XX, en una parte de la humanidad, el primer intento de construir una sociedad socialista alternativa. Por razones diferentes, ninguna de estas dos experiencias dieron una respuesta suficiente al problema del desarrollo.

En la experiencia capitalista ha imperado e impera, una concepción esencialmente economicista: el criterio fundamental que determina los procesos sociales y económicos es el de la rentabilidad y la competitividad que se ponen a prueba en el mercado, donde se van determinando progresivamente las proporciones, los ritmos y las condiciones del desarrollo económico. El crecimiento económico es asumido como expresión y objetivo del desarrollo y la maximización de la rentabilidad a corto plazo, como criterio para la ejecución de cualquier acción de “desarrollo”. La economía desconoce así dos de sus dimensiones fundamentales: la dimensión social y la dimensión ecológica, para decirlo de una manera más sintética, su dimensión cultural.

Desde una perspectiva cultural, ésta es una concepción determinista: a partir de una situación cultural inicial, todas las culturas deben pasar por una serie de etapas históricas necesarias hasta llegar a la última, que sería la de la cultura moderna, industrial, tecnológica, racional, productivista, rentable y eficiente. Esta concepción, dominante en la experiencia histórica del capitalismo, ha tenido diferentes expresiones. En la época actual de capitalismo neoliberal y globalización se expresa con una claridad y una fuerza extraordinarias.

Los resultados sociales y culturales de procesos históricos en los que ha predominado esta concepción economicista y liberal han sido muy negativos; establecimiento de una cultura de consumo, concentraciones demográficas en las grandes ciudades, acentuación de las desigualdades sociales, marginación de amplios sectores de la población, profundización de las diferencias económicas entre países pobres y países ricos, destrucción de la naturaleza y el medio ambiente, etc. [2]

Estos problemas no son exclusivos del mundo subdesarrollado. Las recientes expresiones críticas de la economía internacional, resultados de la primacía del criterio de “rentabilidad a todo costo” que caracteriza a los mercados internacionales, en particular a los de carácter especulativo y los problemas sociales de crimen, drogadicción, racismo y desigualdad que se acentúan en muchos países del mundo desarrollado, demuestran que también allí se expresan las consecuencias de estos procesos.

Finalmente los tremendos problemas ecológicos de hoy, consecuencia del tipo de relación, que la concepción dominante ha impuesto entre el hombre y la naturaleza, demuestran que las amenazas nos implican a todos.

El discurso “modernizador” es falso, en la medida en que asume que solamente con la reproducción de un determinado modelo tecnológico, económico y social se puede avanzar en la escala del desarrollo. La prueba definitiva es que la mayoría del mundo que ha seguido este principio, no ha resuelto el problema del desarrollo.

La extensión de este texto no nos permite abundar en estadísticas y caracterizaciones sobre la difícil situación económica, social, cultural y ecológica del planeta que por demás ya es bastante conocida. Lo que nos interesa afirmar es que esa realidad expresa la necesidad de producir cambios en las concepciones que impulsan los procesos de desarrollo y ese cambio sólo puede producirse desde una concepción cultural no sólo del desarrollo, sino incluso de la economía en general.

Cultura y desarrollo: la cuestión conceptual

El tratamiento de la relación conceptual entre cultura y desarrollo también tiene su historia, que es necesario referir muy brevemente. Como hemos afirmado, el planteamiento original del desarrollo como proceso económico asumía como criterio rector el crecimiento del producto que iría conduciendo al país en cuestión por las diferentes etapas que necesariamente debía atravesar. La cuestión cultural quedaba totalmente marginada de este esquema.

Hay un avance importante cuando se reconoce la cultura como un factor implicado en los procesos de desarrollo. Pero, en este caso, la cultura es vista esencialmente como un instrumento que puede favorecer o entorpecer el crecimiento económico y por tanto la noción dominante de desarrollo. Son interesantes, por ejemplo, los estudios de Max Weber sobre el papel del protestantismo en el crecimiento económico de los países con esa tradición cultural. De aquí puede derivarse el criterio de usar la cultura de un pueblo cuando se estime que ésta favorece el proceso económico de un país y lo contrario, ignorarla o reprimirla cuando se entienda que ésta lo entorpece. Como se puede comprobar, en este caso se trata de una asunción instrumental de la cultura en su relación con el desarrollo, o sea como un instrumento en función de un objetivo diferente de él.

Una de las corrientes teóricas actuales, que pretende dar cuenta del carácter de la realidad contemporánea y sus perspectivas, es aquella, cuyo autor principal es el profesor norteamericano Samuel Huntington, que explica a las culturas básicamente como recursos de poder y fuente fundamental de los conflictos internacionales que están por venir. La influencia de una interpretación de esta naturaleza, asumida de manera absoluta, puede conducir a conductas políticas y sociales excluyentes, racistas y beligerantes.

Fundamentalmente, a partir de 1982, fecha en que se realiza una Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales, es que se comienza a plantear con fuerza la idea de que la cultura debe ser parte integral, instrumento y a la vez objetivo esencial de una adecuada concepción de desarrollo, de aquella que coloca el bienestar material y espiritual de todo ser humano como su razón de ser. En la clausura de esa reunión el entonces director general de la UNESCO, Amadou-Mahtar M’ Bow, afirmó: “Si cada sociedad tiene disposiciones particulares y aspiraciones específicas vinculadas a su cultura y a su historia, para florecer le es preciso asumir y vivificar la savia creativa que ha heredado de su pasado. Si hoy en día las cosas frecuentemente escapan al control de los hombres, quizás sea porque éstos han dejado que las leyes de la economía se apartaran de las finalidades de la cultura. Finalmente, si la trama de las relaciones internacionales actuales parece estar tan lejos de las exigencias de la creatividad colectiva e individual, tal vez sea porque las especificaciones de acuerdo con las cuales se ha constituido -las de la información cultural y de la desigualdad económica- ya no corresponden a las exigencias que derivan de la multiplicidad de focos de afirmación cultural y de centros de decisión independientes”. [3]

A pesar de que estos criterios fueron compartidos por los 126 estados participantes y las organizaciones internacionales presentes y que desde entonces los planteamientos sobre el desarrollo del PNUD y de notables académicos y políticos incorporan esta visión, la realidad internacional marcha en una dirección muy diferente. En los más de quince años pasados desde entonces se han consolidado a nivel mundial procesos económicos y culturales que son la negación de los principios allí presentados.

Los diez años que van de 1988 a 1997 fueron declarados por la Naciones Unidas “Decenio Mundial para el Desarrollo Cultural”. Diversas acciones fueron ejecutadas por la propia Organización y por sus países miembros durante este período, comenzó a hacerse mayor la preocupación internacional por esta problemática. Sin embargo, era notable la falta de una comprensión más precisa acerca del alcance y los contenidos de una concepción cultural del desarrollo económico. Con el propósito de avanzar en esa dirección, la UNESCO, con el respaldo de la Asamblea General de la ONU, constituye en 1992 una Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo presidida por Javier Pérez de Cuéllar.

En 1995, la UNESCO publica el Informe de la Comisión, donde de una manera más extensa y reflexionada se vuelve sobre el planteamiento de la relación indivisible entre cultura y desarrollo, a la vez que se realiza un análisis muy crítico de la situación actual. Este Informe constituye un muy valioso instrumento para el avance de la comprensión de este problema, aunque, por supuesto, no se propone agotar su contenido, sino replantear la importancia estratégica del tema y entregar pistas para su seguimiento. En una de sus ideas resúmenes se plantea: “es inútil hablar de la cultura y el desarrollo como si fueran dos cosas separadas, cuando en realidad el desarrollo y la economía son elementos, o aspectos de la cultura de un pueblo. La cultura no es pues un instrumento del progreso material: es el fin y el objetivo del desarrollo, entendido en el sentido de realización de la existencia humana en todas sus formas y en toda su plenitud”. [4]

La cultura debe ser asumida no como un componente complementario u ornamental del desarrollo, sino como el tejido esencial de la sociedad y por tanto como su mayor fuerza interna.

El segundo planteamiento fuerte de este Informe es la necesidad de defender y promover la diversidad cultural sobre el principio del respeto de todas las culturas cuyos valores sean tolerantes con los de las demás. Obviamente esta posición cuestiona frontalmente la tendencia, hoy prevaleciente, a la imposición de una cultura única o dominante a nivel planetario.

En la preservación de la diversidad cultural está implicado el respeto al derecho de cada pueblo, pero está contenido además un interés universal, pues es en la suma e interrelación de las diferentes culturas donde está atesorado el acumulado de conocimientos que ha generado la humanidad durante siglos, las diferentes maneras de concebir, asumir y hacer las cosas.

Es necesario comprender que al plantear el desarrollo desde una concepción cultural, no se está excluyendo la importancia que tienen las consideraciones de carácter técnico-económico sobre los equilibrios macroeconómicos, las proporciones sectoriales, la regulación de los mercados, los modelos de acumulación, etc. Lo que se está planteando es que estas deben ser realizadas desde una concepción cultural, esto es, partiendo de las realidades, valores y aspiraciones de las grandes mayorías de las poblaciones en las que los procesos de desarrollo han de tener lugar y por tanto planteando un paradigma que se corresponda con estas realidades. Queda, por supuesto, en pie el tema de cuáles serían las fuerzas políticas y sociales conductoras de esta transformación.

El planteamiento es tan esencial como complejo y corre el riesgo de ser entendido de una manera superficial. La cultura de un pueblo no es estática, evoluciona constantemente bajo la influencia de diferentes elementos de carácter tanto internos como externos, pero a su vez tiene en su base factores constitutivos de presencia permanente que la definen como lo que es y la distinguen de culturas diferentes. Esa síntesis expresa las creencias, las aspiraciones, el conocimiento y las maneras de hacer las cosas de un determinado pueblo. El “progreso económico”, para ser tal, debe corresponder y potenciar esa realidad específica y no plantearse en conflicto con ella. Sin embargo, es necesario entender que el atraso, la miseria y el subdesarrollo no son valores culturales. La cuestión para un país subdesarrollado es vencer el reto civilizatorio y hacerlo preservando y desarrollando su propia cultura.

El paradigma dominante impone mitos que deben ser superados. Uno de ellos es el de la tecnología, que constituye sin lugar a dudas un factor esencial en el avance de la civilización humana, aún hoy más que nunca antes cuando se convierte en una fuerza productiva directa. Sin embargo, no toda tecnología significa necesariamente progreso. [5] Los ejemplos sobran; el más claro de todos el de la tecnología militar, también el de la tecnología que degrada el medio ambiente o aquella que desplaza empleo sin compensaciones o que compulsa a las migraciones campo-ciudad provocando situaciones de hacinamiento y marginalidad, o la manipulación genética irresponsable. Es la cultura quien pone la tecnología al servicio del ser humano.

Para decirlo con una frase del Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo, “no se pueden olvidar las exigencias de la economía pero hay que trascenderlas” lo que podríamos completar afirmando que: hay que trascender las exigencias de la economía, pero sin olvidarlas.

Otro mito que es preciso superar es el de la democracia, cuando ésta es reducida a un procedimiento técnico, despojada de su verdadero contenido, que es la suma de un conjunto de valores éticos y culturales históricamente determinados. O el mito de la capacidad reguladora del libre mercado. En realidad, el problema no es el mercado, al que corresponde objetivamente un lugar determinado en cualquier alternativa económica: el problema es el liberalismo, que plantea el mercado como el único regulador de todas las relaciones sociales.

Una aproximación también limitada al tema de la relación entre el desarrollo y la cultura es aquella que la reduce al lugar de los sectores directamente culturales (industrias culturales, artesanías, bellas artes, cultura comunitaria, enseñanza artística, patrimonio cultural, turismo cultural, etc.) en los procesos y estrategias de desarrollo. Esta es una dimensión importante que no puede ser ni excluida ni subestimada y que necesita una reflexión propia, pero que debe ser entendida como parte de aquella dimensión más general y fundamental, que consiste en que las estrategias y los procesos de desarrollo estén concebidos y conducidos desde una concepción cultural en su sentido más amplio y esencial, cuestión implicada no sólo en la política cultural sino además -y básicamente- en la política económica y en la política institucional, entendida esta última no sólo como un espacio de acción de los gobiernos, sino de la sociedad en su conjunto.

Desde una concepción cultural del desarrollo, la noción de política cultural debe ampliarse, en la medida que toda política de desarrollo debe ser profundamente sensible e inspirada en la cultura. Para decirlo con una frase rescatada por el Informe de la Comisión Mundial, “el desarrollo en el siglo XXI será cultural o no será”. [6]

Para comprender el alcance de esta afirmación es necesario replantearse el contenido tradicional de los conceptos de desarrollo y cultura, y además asumirlos como parte inseparable de un proceso único. El desarrollo no es simplemente el crecimiento más o menos armónico de los diferentes sectores de la economía, medido por estadísticas frías y criterios de rentabilidad. Es un proceso más complejo y abarcador, en función de los intereses y aspiraciones materiales y espirituales de los pueblos, que debe incorporar coherentemente diversas lógicas socioculturales y experiencias históricas para dar lugar a una sociedad culta, solidaria, justa, políticamente democrática y ecológicamente sustentable. La cultura no es solamente el espacio de la literatura y las bellas artes, sino el conjunto de valores, conocimientos, experiencias, creencias, maneras de hacer actitudes y aspiraciones de los pueblos en una época determinada, vistas además en una interinfluencia creciente.

La economía de la cultura

Una economía mundial de la información debería estar al servicio del enriquecimiento cultural de todos los ciudadanosLas transformaciones que se producen en el capitalismo internacional durante la segunda mitad del siglo XX impactaron fuertemente sobre los sectores vinculados directamente a la producción cultural. Es éste el período, fundamentalmente a partir de la década de los sesentas y setentas, en que se conforman y se expanden las llamadas industrias culturales, reproductoras a gran escala de productos de creación individual o colectiva que son lanzados al mercado y distribuidos a nivel internacional. El rasgo distintivo de este proceso es la mercantilización del “producto cultural”, que entra así en la lógica del beneficio y la capitalización.

Una buena parte de la “producción cultural” se somete a la dinámica económica de la acumulación capitalista: reducir costos, maximizar ganancias, potenciar las economías de escala, lo cual conduce a la homogeneización y estandarización del producto y a la producción en serie para un mercado que se debe expandir reforzando la tendencia al crecimiento de la demanda del tipo de producto que la industria entrega.

La creación cultural se hace producción mercantil o cultura mercantilizada, una actividad de empresa; correspondientemente, el consumo cultural se hace consumo mercantil. La creación cultural no se realiza en libertad, que debe ser su condición natural de realización, sino supeditada al ordenamiento necesariamente jerarquizado y autoritario propio de una actividad de empresa. [7]

En la lógica de la competencia por el control de los mercados, en ésta como en otras actividades económicas los países pobres tienen muy escasa posibilidad de éxito, de modo que la homogeneización se impone a partir de los patrones de quienes dominan los mercados internacionales, o sea, los países ricos y cada vez más uno de ellos: los Estados Unidos. [8] El Informe de la Comisión Mundial sobre Cultura y Desarrollo advierte aquí amenazas sobre una de las reservas más importantes de la humanidad: su diversidad cultural. En los últimos años este fenómeno ha alcanzado una escala cualitativamente superior, como consecuencia del desarrollo de los medios de comunicación e información

El carácter mercantil de las llamadas producciones culturales ha alcanzado un nivel extraordinariamente importante. En los Estados Unidos, “la industria del entretenimiento” es ya el segundo sector de exportación con altos niveles de beneficio, este fenómeno convierte una parte considerable de la literatura, el cine, la televisión, etc. en puro entretenimiento, portador de escaso valor cultural, y a la mayor parte de los países del mundo en importadores netos de este producto. [9] El conocido autor norteamericano John Grisham, afirmaba que en realidad él no hacía literatura, sino entretenimiento, a lo cual añadía: “soy un autor leído en un país que no lee”.

En 1992 un artículo de la revista inglesa The Economist afirmaba: “La transformación de la cultura y las artes creativas en mercancías descontextualizadas, destruye el significado de las prácticas culturales. Equipara las artes a productos generadores de ingresos, elimina la espiritualidad, la historia y el valor de las prácticas culturales, elemento central que mantiene los valores y exalta las tradiciones de las comunidades desfavorecidas”. [10]

La amenaza sobre la diversidad cultural del mundo es tan fuerte, que en 1995, en la Conferencia sobre Información del Grupo de los 7, no sin resistencias y tensiones, se declaró que una economía mundial de la información debería estar al servicio del enriquecimiento cultural de todos los ciudadanos mediante una diversidad de contenidos que reflejase la diversidad cultural y lingüística de los pueblos. La declaración no deja de ser significativa, sin embargo la práctica, controlada por las grandes transnacionales de estos mismos países, continúa moviéndose en la dirección opuesta.

Claro que es muy importante que los “sectores culturales” generen ingresos que permitan su propia reproducción y desarrollo y que, dentro de ciertos límites y conceptos bien establecidos, sean también pensados en términos industriales y comerciales. El desafío es lograr en los “sectores culturales” el mayor nivel de eficiencia y beneficio posible sin sacrificar objetivos sociales y culturales fundamentales. El problema no es la industria cultural, cuya presencia y desarrollo es imprescindible, no sólo como un instrumento generador de ingresos y empleo, sino además como un medio para socializar la cultura. El problema es la supeditación del producto a una concepción eminentemente mercantil.

Como queda demostrado en la experiencia de muchos países, el potencial de ingresos económicos y de generación de empleos de los “sectores culturales” es muy importante y es posible explotarlos convenientemente, sin llegar a expresiones absolutamente mercantiles de pobre contenido estético y artístico. Las industrias culturales, adecuadamente montadas y conducidas, pueden tener un impacto muy positivo en el terreno económico, social y cultural. Éste es uno de los desafíos actuales para las políticas culturales.

De otra parte, hay determinadas actividades culturales, así como educacionales, que son imprescindibles a la sociedad y sin embargo no generan ingresos suficientes para su propio sostenimiento. Aquí las políticas presupuestarias del gobierno son fundamentales, así como la capacidad que tengan otros agentes sociales nacionales e internacionales de movilizar recursos para mantenerlas y desarrollarlas. Como se conoce, la tendencia mundial ha sido a la privatización indiscriminada y al recorte de los presupuestos sociales y culturales, vale para otras áreas sensibles como la salud pública. Éste constituye uno de los problemas más graves que enfrenta el mundo subdesarrollado en términos de su futuro. Los gobiernos no deben ver en la cultura una carga para el presupuesto, sino una inversión imprescindible y, además, en gran medida rentable; pero sobre todo un derecho ciudadano de máxima importancia.

El turismo merece una referencia específica, por el gran peso económico y social que ha alcanzado en el mundo de hoy. Toda actividad turística, al significar el movimiento hacia un mundo distinto al propio, constituye una experiencia cultural. Sin embargo, éste no es siempre un acto consciente, y peor aún, con frecuencia el turismo es tratado como una actividad meramente mercantil, descontextualizada y por tanto con efectos depredadores sobre el patrimonio histórico y natural de los países o regiones receptores. Es necesario modificar radicalmente esta deformación.

Todo turismo debería concebirse, organizarse y realizarse como una actividad eminentemente cultural. No sólo aquella que va directamente dirigida a disfrutar de un monumento histórico, de un museo, de una obra de arte o de un espectáculo artístico; sino también aquella que asiste a disfrutar de un paisaje, de una playa o simplemente del sol. Tanto la una como la otra establece una relación con el patrimonio de otro pueblo, que debe ser respetado y apreciado en todo su valor.

El turismo vinculado directamente a propósitos culturales debe ser potenciado. Los llamados activos culturales son con frecuencia la motivación principal para que otras personas se interesen en conocer determinado país o lugar. El más importante y sensible de estos activos es la propia cultura viva de la cual es portadora y productora la población de cada lugar. El turismo no debe, ni puede ser, una actividad de enclave distanciada de los pueblos; por el contrario, debe relacionarse con éstos, ofrecerles una fuente nueva y directa de ingresos y de empleos, una vía para potenciar y a la vez enriquecer su propia cultura. Existen importantes experiencias que demuestran el nuevo crecimiento alcanzado a través de este concepto por la artesanía, la música, el folklore, las gastronomías locales, etc. Los proyectos de desarrollo turístico deben estar concebidos como parte de una estrategia que conduzca al crecimiento del nivel de vida de la población y a la preservación de su patrimonio. Una concepción cultural de toda la actividad turística, lejos de disminuir, potencia su capacidad de generación de ingresos y a la vez la hace compatible con el desarrollo integral de los pueblos.

Como enseñan muchas experiencias lamentables, si la actividad turística no es proyectada y conducida desde una concepción política y cultural, su potencial de desarrollo se desnaturaliza y sus efectos pueden ser muy nocivos: traslado de vicios ajenos y depredación del patrimonio y el medio ambiente. Es la cultura quien puede y debe hacer la diferencia.

El Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo señalaba “Los gobiernos no pueden determinar la cultura de un pueblo, de hecho es, hasta cierto punto, a la inversa. Lo que sí pueden hacer es influir negativa o positivamente sobre ella.” [11] En consecuencia, un gobierno cada vez más débil frente a un poder económico cada vez más fuerte y alienado influye negativamente sobre la cultura. Aquí hay un límite estructural para los modelos económicos que se sostienen hoy en los países periféricos, pues si el desarrollo económico va acompañado de una cultura empobrecida, estará condenado al fracaso. El desarrollo, para ser, tiene que ser eminentemente cultural.

El contexto de la globalización

El carácter de la globalización vigente, es contrario a una concepción cultural del desarrolloEl concepto más general con el que se ha definido la realidad internacional contemporánea es “globalización”. Sin embargo, este concepto define una realidad extraordinariamente diversa y compleja que exige aproximaciones más precisas para comprenderla y transformarla. [12]

La globalización, concepto con el cual se ha denominado la actual etapa de mundialización del capital, es un proceso doble: de un lado, el avance objetivo de la tecnología que permite una integración internacional cualitativamente diferente a la que habían producido otros procesos históricos pasados. De otro, es una política que pone ese proceso objetivo en función de los grandes intereses transnacionales, que son el sujeto dominante en el mundo de hoy. Las implicaciones de este fenómeno impactan sobre todas las sociedades, pero de manera diferente. Paradójicamente, la globalización es también un proceso desintegrador y excluyente.

De una parte, surgen tres grandes centros hegemónicos; de otra, países o regiones menos desarrolladas que se integran a éstos de manera subordinada; y, finalmente, un sector del mundo relativamente importante que es marginado de manera creciente por la nueva dinámica global.

El mecanismo que permite esta articulación estratificada y excluyente es la universalización del mercado capitalista y un modelo económico común promovido y sostenido por organismos financieros internacionales, donde es claro el dominio de los países del Grupo de los 7 y donde no se reconocen suficientemente las desventajas con las que asiste el mundo subdesarrollado a ese nuevo orden internacional.

El carácter de la globalización vigente, es contrario a una concepción cultural del desarrollo, en la medida en que no coloca los intereses de las mayorías de la humanidad como el objetivo esencial del proceso económico, profundiza las desigualdades sociales y las desigualdades entre países, degrada al medio ambiente, agrede la diversidad cultural y favorece la imposición de una cultura única.

Como afirma un profesor brasileño, “la globalización es el proceso mediante el cual determinada condición o entidad local extiende (impone) su influencia a todo el globo y, al hacerlo, desarrolla la capacidad de designar como local otra condición social o entidad rival”. [13]

El sistema mundial no tiene mecanismos suficientes de regulación en función de los intereses colectivos o mayoritarios de la humanidad. Su naturaleza es profundamente conflictiva.

El impacto de este orden mundial sobre la cultura y la identidad cultural puede resumirse como sigue::

1.         Impone fuertes limitaciones de recursos para la producción y conservación cultural sobre todo en los países subdesarrollados.

2.         Produce polarización y desigualdad social en el consumo cultural.

3.         Produce una fuerte mercantilización, en un sentido muy liberal, de la producción cultural.

4.         Establece la monopolización de los medios de comunicación masiva que imponen valores culturales y de consumo del “Primer Mundo”.

5.         Impone la monopolización de las tecnologías de avanzada.

6.         Genera migración de los talentos intelectuales y artísticos de la periferia al centro del sistema.

La experiencia de otras alternativas históricas

El llamado socialismo real al que dieron lugar los procesos históricos de Europa Oriental, como intento de superar la sociedad capitalista, constituyeron experiencias muy complejas, cuyas contradicciones internas y limitaciones no han sido suficientemente estudiadas. Sin embargo, por las implicaciones que tiene para la búsqueda de alternativas de desarrollo, es necesario tenerlas presentes.

El análisis de la experiencia socialista europea se puede abordar desde diferentes perspectivas; por ejemplo, la incapacidad de resolver el paso del crecimiento extensivo, apoyado en la utilización de cantidades crecientes de recursos materiales y naturales, al crecimiento intensivo, apoyado en una mayor eficiencia tecnológica y productiva. [14] Sin embargo, aquí nos colocaremos en una perspectiva más general y estratégica, la de cultura y desarrollo. Las sociedades socialistas no lograron la ruptura cultural con las sociedades que pretendían superar, de hecho su modelo continuó siendo productivista y no colocó al ser humano, en el sentido de sus aspiraciones más legítimas, en el centro del proceso de desarrollo; tampoco logró hacer a ese ser humano portador de valores culturales superiores.

La preeminencia de concepciones y mecanismos institucionales burocráticos, la consecución de grandes metas cuantitativas, el gigantismo y sobre todo la pérdida del sentido de correspondencia entre los legítimos intereses individuales y los intereses colectivos, y por último, la presión histórica por imponer su concepción de socialismo como la única válida en todo lugar y momento, condujeron a desdibujar el sentido ético y estético propios del proyecto emancipador. De aquí se derivaron la superposición de los criterios burocráticos por sobre los del conjunto de la sociedad, la uniformidad de los diseños industriales y constructivos, la promoción del realismo socialista, limitaciones fuertes a la participación democrática y la obstrucción de los mecanismos científicos y sociales para comprender sus propias limitaciones y rectificarlas, se prefirió la promoción de intelectuales dóciles y no la de portadores de un pensamiento revolucionariamente crítico. La esencia de estas limitaciones estuvo, sin dudas, en el terreno cultural, en la incapacidad de devolverle a la economía y a la sociedad su dimensión verdaderamente humana y ecológica en la incapacidad de comprender y trasmitir la profundidad de la transformación que debe alcanzar el proyecto emancipador en el terreno de los valores y la espiritualidad, en la incapacidad de darle espacio al pensamiento revolucionario. El ser humano, individual y colectivo, es lo que es; de él es preciso partir. Desconocerlo sería caer en un idealismo estéril, pero a la vez, el ser humano puede y debe ser otra cosa, no creer en esto y no luchar por esto condenaría el futuro de cualquier proyecto emancipador. Como afirmó Antonio Gramsci, no se puede tomar el poder político sin haber tomado el poder cultural.

A pesar de haber declarado y asumido objetivos diferentes a los del capitalismo, en el sentido de la búsqueda de la satisfacción de las necesidades del conjunto de la sociedad, el socialismo no superó el esquema productivista del capitalismo, es decir; subordinarlo todo al crecimiento económico. No modificó las aspiraciones a un consumo material siempre creciente, ni la relación del hombre con la naturaleza.

Aunque tuvo algunos logros sociales importantes, abolió la propiedad privada sobre los medios fundamentales de producción, alcanzó avances materiales y produjo una distribución más justa de la riqueza, no logró modificar esencialmente la alienación del hombre en el proceso productivo. Esto último es decisivo, en ausencia de los mecanismos de explotación con los que cuenta el capitalismo para movilizar al hombre en la producción, la no existencia de una nueva relación que convirtiera a los hombres en sujetos económicos, objetiva y subjetivamente interesados en impulsar el proceso productivo sobre nuevas bases, obstaculiza la reproducción de la economía en el mediano y largo plazo.

La cuestión de cómo resolver el problema del crecimiento de la productividad y la intensidad del trabajo fue en general resuelta por el capitalismo. El desafío es cómo resolverla en virtud de un paradigma social y cultural diferente. El reto histórico para el socialismo no era tanto sostener el crecimiento económico como desarrollar el nuevo sujeto que lo hace sostenible en el largo plazo – y éste es un problema esencialmente cultural. La rearticulación de una nueva concepción socialista tiene que replantearse este asunto como un problema medular. [15] El mundo necesita hoy, más que nunca antes, respuestas alternativas. La gravedad de los problemas sociales, culturales y ecológicos así lo exige, pero es preciso aprender de la historia para replantear sobre nuevas bases los proyectos emancipatorios.

El desafío para Cuba

La Revolución Cubana ha sido un proceso emancipador cuyas raíces históricas nacen en el siglo XIX, fundadas desde un pensamiento nacional que no sólo se planteó la cuestión central de la lucha por la independencia, sino además un proyecto de república correspondiente con las aspiraciones más legítimas de las mayorías del país. Soberanía, progreso económico, justicia social y participación popular han constituido los principios esenciales del proyecto nacional. En estos no sólo está expresado un propósito general, sino también una determinada manera de alcanzarlos y constituirlos: “insértese en nuestras repúblicas el mundo pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”; aquí hay un planteamiento eminentemente cultural. El principal obstáculo que ha tenido que enfrentar la realización del proyecto emancipador en Cuba, ha sido la pretensión hegemónica que sobre el país han tenido las grandes potencias imperialistas desde el inicio mismo de la historia de la nación.

El triunfo de la Revolución Cubana en 1959, creó las condiciones políticas para el avance del proyecto emancipador y para resistir las pretensiones hegemónicas. El carácter socialista que asumió el proceso reforzó la realización de los principios constitutivos del proyecto nacional, en una relación de correspondencia entre el ideal socialista y los contenidos centrales del proyecto nacional histórico. Esto le concede a la experiencia socialista cubana una condición diferente a la que tuvo en varios de los países europeos. Sin embargo, el escenario internacional en el que este hecho se produce colocó a Cuba, sin pretenderlo, en el centro de la “guerra fría”. La fuerte integración de Cuba al bloque europeo no fue sólo, ni fundamentalmente, el resultado de coincidencias ideológicas, sino la única alternativa a la política de bloqueo y agresiones que los gobiernos norteamericanos impusieron desde los primeros años de la Revolución.

Progresivamente esa integración, no sin tensiones y contradicciones, generó por casi tres décadas un tipo de relación económica que en gran medida permitió escapar de las difíciles condiciones que el mercado mundial impone a los países subdesarrollados, las relaciones de colaboración contribuyeron al crecimiento de la infraestructura física e industrial del país y al sostenimiento de un gasto social en expansión. De otra parte, a pesar de las diferencias históricas y sobre todo culturales, esa relación inevitablemente trasladó a Cuba determinados rasgos y limitaciones de aquel modelo socialista. La fuerza de la cultura y la historia nacional fue precisamente la que preservó, aún en estas complejas condiciones internacionales, la autenticidad del proceso cubano.

A partir de 1990 se fracturan abruptamente las articulaciones internacionales de la economía cubana. El país queda expuesto al mercado mundial y se refuerza el bloqueo norteamericano con las nuevas leyes Torricelli y Helms- Burton. La crisis económica que estas circunstancias desatan en el país es respondida con un complejo proceso de cambios, que trata de reconstruir la viabilidad económica del proceso socialista cubano. De hecho se abre un período de resistencia activa que mantiene la vitalidad del proyecto emancipador aun en tan difíciles circunstancias, sin embargo, inevitablemente los cambios y la propia crisis producen modificaciones en los perfiles de la economía y la sociedad, se presentan nuevas contradicciones y riesgos.

La mayor diferenciación social y económica, la doble circulación monetaria, la llamada inversión de la pirámide social, el peso de las remesas familiares, la avalancha de turistas, la presencia creciente de empresas extranjeras, el impacto de la agresión externa y las presiones que la crisis impone para resolver las necesidades del día a día, exponen al país a peligros de una naturaleza diferente a los que conoció el proceso revolucionario en cualquiera de sus etapas anteriores. Nuevamente, la riqueza cultural de la nación, entendida ésta en su sentido más amplio, es la reserva más importante que, activada, puede garantizar la preeminencia de los principios fundamentales del proyecto emancipador.

En este contexto, parece fundamental el planteamiento de la relación entre la cultura y el desarrollo en toda su dimensión. Una primera y más estratégica referida a la concepción cultural desde la cual deberían ser conducidos los cambios económicos que se van produciendo en el país, para que, a pesar de su profundidad, correspondan y refuercen los principios que han regido históricamente a la Revolución Cubana. Una segunda dimensión referida al sostenimiento y desarrollo de los “sectores culturales”, protegiéndolos del impacto que sobre ellos provoca la nueva situación. Desde esta perspectiva, continuar el esfuerzo por financiar y a la vez potenciar los sectores culturales, incluyendo la educación, es tan estratégico como el que se hace en otros sectores sociales. Ha sido en este campo donde se han alcanzado los logros más trascendentes y estratégicos, de aquí emana, precisamente, la mayor fuerza del país para asumir los retos del futuro.

Una nueva era con desarrollo cultural

En correspondencia con la importancia del tema de cultura y desarrollo, se debe promover la mayor reflexión para profundizar en sus contenidos y su influencia en la transformación de la realidad, esto plantea para cada país un esfuerzo particular, comprometer a lo más avanzado del pensamiento y la creación y a las poblaciones en general en la discusión de estos temas desde la perspectiva de la experiencia de cada nación y su posición en el contexto internacional. Claro que el regreso a las raíces propias de cada cultura, como condición necesaria para plantearse el rumbo que debe seguir cada país en su futuro, no puede significar quedarse al interior de cada frontera, de hecho las culturas no tienen fronteras claramente delimitadas; el mundo es, como se ha dicho, cada vez más único e interdependiente, sin embargo es también profundamente desigual, injusto y conflictivo por lo tanto exige cambios y estos tendrán también una naturaleza diversa. Como se afirma en el Informe “Nuestra diversidad creativa”, la base de esos cambios debería ser el establecimiento de una ética global, que suministre los requisitos mínimos que deben ser observados por cualquier gobierno o nación, pero que reconozca expresamente su diversidad y deje un amplio campo de posibilidades para la creatividad política, la imaginación social y el pluralismo cultural.

El diálogo y el respeto mutuo entre culturas es hoy uno de los principales desafíos para garantizar la coexistencia pacífica y una cultura de paz, cuyo primer principio debe ser la oposición firme y activa a todo acto de violencia contra los derechos de otro. Es preciso impedir que la globalización continúe favoreciendo los intereses exclusivos de los más fuertes y afectando la diversidad y el pluralismo cultural, el respeto mutuo es un imperativo. La creatividad cultural es la fuente fundamental del progreso humano y un factor esencial de desarrollo.

El desarrollo sustentable y el florecimiento de la cultura son interdependientes, la esencia del desarrollo humano es la realización cultural y social de las personas. El acceso a la información y la participación plena en la vida política y cultural de la sociedad, así como la igualdad social forman parte de los derechos fundamentales del ser humano en cualquier comunidad. Los estados tienen el deber de crear las condiciones y velar por el pleno ejercicio de estos derechos. [16]

La armonía entre la cultura y el desarrollo, el respeto para todas las identidades culturales en un contexto democrático, participativo, de equidad socioeconómica, así como el respeto a la soberanía son precondiciones de la paz. Es necesario construir y reconocer el poder de las mayorías como condición para que a partir de su propia creatividad forjen y consoliden sus modos de vida en comunidad y conduzcan un desarrollo humano y cultural.

Una concepción cultural del desarrollo exige el replanteamiento del alcance y el carácter de la política cultural. Su principal propósito debe ser establecer objetivos, construir voluntades, montar estructuras y asegurar los recursos para crear las condiciones que conduzcan a la más plena realización del ser humano, para que cada cual pueda desarrollar sus potencialidades. No hay un solo campo de la actividad social y económica que no tenga algún nivel de impacto cultural, por tanto la política cultural debe tener un alcance interinstitucional y articulador de la estrategia de desarrollo.

A continuación presentamos un conjunto de recomendaciones, inevitablemente incompletas, que contribuirían a darle a la política cultural el lugar que debe ocupar en la estrategia de desarrollo:

– Establecer la mayor articulación entre las instituciones que conducen las diferentes dimensiones de las políticas gubernamentales; por ejemplo, cultura-ciencias, cultura-medio ambiente, cultura-economía y planificación, cultura-turismo, cultura-educación, cultura-salud pública, cultura-deportes, cultura-relaciones exteriores, etcétera.

– Contribuir a que se comprenda y se asuma políticamente el concepto de que la cultura, en su sentido más abarcador, es la esencia del desarrollo, para que las políticas de gobierno en los diversos campos actúen en correspondencia con esta concepción.

– Definir formas específicas de financiamiento para las actividades de los llamados sectores culturales que lo requieran, a partir de formas de distribución de parte de los ingresos que se generan en otras actividades del “sector”, así como la solicitud a los gobiernos de las partidas presupuestarias que sean imprescindibles.

– Velar y contribuir a que existan las condiciones económicas, políticas y sociales para la más amplia, diversa y auténtica creación cultural.

– Desarrollar las “industrias culturales”, potenciando sus aportes en términos de ingresos y empleo, pero conducidas desde objetivos y principios eminentemente culturales.

– Priorizar la conservación del patrimonio tangible e intangible, histórico y natural, como el principal referente de la cultura del pueblo. Es preciso impedir que cualquier acción o inversión con criterio estrechamente económico o comercial afecte o empobrezca indiscriminadamente el patrimonio.

– Incorporar a la política cultural una dimensión de género y de edad. Esto es, estimular conscientemente la mayor participación de las mujeres, los niños y los jóvenes en el desarrollo cultural. Es necesario contrarrestar la tendencia histórica, reforzada por la globalización, de excluir o menospreciar a estos sectores sociales.

– Levantar, como un principio fundamental vinculado directamente a la realización plena del ser humano, el sostenimiento y desarrollo de un sistema de educación, salud y seguridad social de cobertura universal para todos los ciudadanos.

– Estimular la mayor actividad de investigación académica de carácter multidisciplinario sobre el tema de cultura y desarrollo, tanto a nivel más teórico como específico. Es preciso generar los instrumentos analíticos que permitan medir el desarrollo cultural de la sociedad en cada etapa así como la evolución de sus aspiraciones.

– Favorecer, sobre la base de determinados principios, un ambiente de intercambio y debate entre la comunidad científica e intelectual y las estructuras políticas y de gobierno. Y de ambas con el conjunto de la sociedad.

– Velar por la mayor presencia del tema cultura y desarrollo en los medios de comunicación para contribuir a una mayor conciencia y participación de todo el pueblo en la concepción, decisión, ejecución y control de las políticas que tienen como fin su propio bienestar material y espiritual.

Notas

1 Ver Walt Whitman Rostow, The Stages of Economic Growth, N. York C. University Press, 1962.

2 Ver libro Dimensión Cultural del Desarrollo, hacia un enfoque práctico. Colección Cultura y Desarrollo, Edic. UNESCO, 1995.

3 Conferencia Mundial sobre las Políticas Culturales. Informe Final. México D.F., 26 de julio – 6 agosto de 1982. Edit. UNESCO

4 Informe de la Comisión Mundial de Cultura y Desarrollo “Nuestra Diversidad Creativa”. Ediciones S.M. UNESCO, 1997.

5 Ver el libro de Neil Postman Tecnópolis, Edit Galaxia Gutemberg, Barcelona, 1994

6 Op. cit. Pág. 155

7 Ver el interesante trabajo de Juan Torres López, Economía y Cultura, en el libro El estado crítico de la cultura. Edit. FIM, 1993.

8 Ver Ignacio Ramonet, Un mundo sin rumbo Edit. Temas de debate, Madrid 1996.

9 Ver Armando Mattelar, La mundialización de la comunicación, Edit. Parpos, Barcelona, 1998

10 Ver el interesante estudio sobre este tema contenido en el libro La cultura da trabajo, de Luis Stolovich, Graciela Lescano y José Mourelle. Edit. Fin de Siglo, Uruguay, 1997.

11 Informe “Nuestra Diversidad Creativa”. Op. cit. Pág. 11

12 Ver Julio Carranza Valdés “Globalización, economía e identidad cultural” en libro La identidad cultural en el umbral del milenio, Edit. ICAIC, Cuba, 1996

13 Ver Boaventura de Souza Santos “Una concepción multicultural de los derechos humanos” en Rev. Utopías, Madrid, Vol. 3, 1998

14 Ver Enrique Palazuelos Las economías postcomunistas de Europa del Este, Edit. Abacus, Madrid, 1996

15 Ver Francisco Fernández Buey y Jorge Riechmann Ni tribunos, Edit. Siglo XXI de España, 1996.

16 Ver “Intergovernmental Conference on Cultural Policies for Development”, Final Report, Edit. UNESCO 1996.

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