El derecho al disparate

A propósito del Encuentro de Crítica e Investigación Joven “Pensamos Cuba”, IPS Cuba rescata esta entrevista a Aurelio Alonso realizada en 2002.

Jorge Luis Baños - IPS

Recuperar -en nuevos términos- el patrón de equidad anterior será, en el plano económico, una de las cosas más difíciles y esenciales para el país

De la moral y de las obligaciones del hombre, cubano o universal, trata esta entrevista. En el lenguaje de Aurelio Alonso, uno de los estudiosos más constantes de la sociedad y la política cubanas, encontramos una defensa de los intereses colectivos que durante años el país ha venido intentando preservar. Apenas se apropia Aurelio de sentencias ajenas, y si lo hace, sabe reconocerlo.

No «vende simulacros», es leal con sus interlocutores y su crítica es búsqueda de un socialismo original en cuanto nuestro. Por espacio de tres horas Aurelio Alonso mantuvo en vilo a sus entrevistadores, abarcando un amplio registro de temas —religión, economía, prostitución, participación y democracia, con sus implicaciones respectivas para la Cuba actual—. Según el intelectual, considerado por muchos un polemista temible, asistimos a un «crecimiento de la intelectualidad cubana que ventila o intenta ventilar estos fenómenos desde el socialismo, no convierte la verdad oficial en la única verdad posible, y no confunde unidad con «unanimismo». Hoy podemos decir que existe ya un pensamiento socialista cubano, una reflexión social mucho más rica que la producida en los años setenta y ochenta.»

Todo está consumado

En el campo de las Ciencias Sociales, Aurelio Alonso es reconocido como un estudioso de la religión. ¿Cómo surge su interés por el tema?

Al inicio de la década del 60, integré el primer grupo de estudiantes, después del triunfo de la Revolución, seleccionado para formarse como instructores de Filosofía. Varios instructores llegamos luego a profesores universitarios, algunos recibimos en corto tiempo la categoría docente de profesor auxiliar, pero todos rompimos el fuego con la enseñanza de la Filosofía Marxista en Cuba en el ámbito universitario por aquella época. Nos antecedió el sistema de Escuelas de Instrucción Revolucionaria del Partido, creado incluso antes del Partido. Desde 1963 comenzamos a impartir la asignatura en la Universidad de La Habana. Con el Manual de Konstantinov en una mano y otro poco de conocimientos en la otra, nos tocó elaborar los planes del Departamento de Filosofía, dígase estudio de El Capital, de la Historia de la Filosofía y de otras disciplinas. Fue en el curso de los preparativos de esos planes -cuando empecé a vincularme a las lecturas de los renovadores de la Teología- que se produjo una polémica, entre el padre Carlos Manuel de Céspedes y yo en torno al filósofo francés Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955).

A lo largo de varios domingos, entre los meses de marzo, abril y mayo de 1966, Carlos Manuel había publicado un grupo de artículos en la sección «Mundo Católico» del periódico El Mundo. Ya en ese instante él era considerado una personalidad de nuestra intelectualidad eclesiástica, pero a mi modo de ver omitía ciertas cuestiones subrayadas por el jesuita galo. Teilhard de Chardin, además de teólogo, paleontólogo y filósofo, fue uno de los descubridores del sinántropo, antiquísimo tipo de hombre fósil cercano al pitecántropo cuyos restos fueron encontrados en China, y elaboró una filosofía en la que trató de concordar los datos de la ciencia y de la religión. Yo me interesé mucho en su lectura, y sintiéndome en condiciones de polemizar, en octubre de ese año respondí a los trabajos de Carlos Manuel con el artículo “Mundo Católico y Teilhard de Chardin”, aparecido en el número 7 de El Caimán Barbudo.

El padre Carlos Manuel de Céspedes, a su vez, replicó a mi artículo con “Algunas observaciones” a El Caimán Barbudo, publicadas entre octubre y noviembre en aquella misma sección de El Mundo; yo divulgué, en el número 9 del entonces suplemento mensual de cultura de Juventud Rebelde correspondiente al mes de diciembre, el trabajo titulado “Ustedes, nosotros, la fe”; y él contestó con “Ustedes, nosotros, la esperanza y la caridad”. Ahí concluyó el debate: cuando la polémica comienza a agotarse llega el momento de pararla. Creo que desde entonces me di cuenta de que lo más relevante en una polémica no es quién la termina. Andando el tiempo Carlos Manuel de Céspedes y yo hemos mantenido una amistad franca, casi familiar, aunque no siempre pensemos igual.

En esa conciliación entre ciencia y fe se inscribe La obra del artista, el libro de Frei Betto que intenta brindar una visión holística del universo.

Lo conozco, y es un ensayo precioso, pero creo que el primero en tener toda una mirada eclesiástica moderna fue Teilhard de Chardin. Sin embargo, él era un hombre conservador, un aristócrata, de familia muy católica, y cuando la Iglesia lo silenció, mantuvo una postura humilde, y en ese sentido sus cartas son muy interesantes. Ahora, la controversia entre monseñor Carlos Manuel y yo, marcó el inicio de mi verdadero interés por el estudio de los temas religiosos, y pienso que al mismo tiempo, me dio cierto crédito para su análisis. De modo que con frecuencia me pedían colaboración del Departamento de Asuntos Religiosos del Partido (Comunista de Cuba). Nunca me dediqué sólo a esta materia, más fui creando relaciones y me parece que tengo algún reconocimiento.

Hoy día, ¿perdió el interés por la cuestión religiosa?

De ningún modo, siempre me ha seguido interesando. Si bien la preferencia nació como una actitud filosófica, luego la inquietud se fue amoldando a mis intereses y coyunturas personales posteriores. Cuando en 1971 se disolvió el Departamento de Filosofía, yo pasé a integrar el primer Departamento de Estudios de Religión de la Universidad de La Habana, adscrito a la Facultad de Humanidades. Allí di los primeros pasos en la investigación sociológica. Participé, por ejemplo, en un estudio de campo sobre los Testigos de Jehová en la zona de Holguín, realizando para ello, a lo largo de unos dos años, gran cantidad de entrevistas, dinámicas de grupo, y otras técnicas de trabajo de terreno. Mis compañeros en aquella investigación son hoy bien conocidos: Dionisio Zaldívar, hoy decano de la Facultad de Psicología de la UH, y Manuel Calviño, profesor de esa misma Facultad, y guionista y conductor del programa de televisión Vale la Pena.

A su juicio, ¿la libertad de credo en Cuba es, en estos momentos, un hecho cierto?

Hay un determinado nivel de libertad religiosa en Cuba, incrementado cualitativamente desde principios de los años 90Con la libertad, tanto de credo como de cualquier otra cosa, hay un problema. Si se analiza con detenimiento, el concepto de libertad denota un valor relativo, pues mi libertad no puede ser ilimitada, en cuanto mi libertad empieza a afectar la libertad del prójimo, deja de ser un valor positivo para cobrar un signo negativo. Con la idea de libertad no sucede lo mismo que con la definición de igualdad, incluso hay un nexo entre los conceptos de libertad e igualdad. La igualdad debe lograr el balance de la libertad. Por eso no hay libertad válida sin igualdad.

Pero volviendo sobre la pregunta, hay un determinado nivel de libertad religiosa en Cuba, incrementado cualitativamente desde principios de los años 90, después del IV Congreso del Partido y de la reforma constitucional de 1992. El hecho de que los creyentes de cualquier religión pudiesen militar en las filas del PCC, implicó un cambio tácito en el modo de evaluar la fe religiosa entre nosotros, es decir, una rectificación. Tal vez alguien afirme que nuestro enfoque fue siempre el mismo, más existieron distintos grados de libertad, y hubo avances y retrocesos.

La victoria revolucionaria generó patrones de igualdad. Estos acentuaron la libertad religiosa, equipararon algo que sólo era igual ante la ley, pero no en la práctica. Hasta 1959, la discriminación no surgía del Estado, sino de las propias religiones. Había una religión hegemónica, la católica, la cual aseguraba su supremacía en estrecha relación con las clases dominantes. Según sondeos de la Asociación Católica Universitaria, en los años 50 alrededor del 96 por ciento de los encuestados se reconocían creyentes, y más del 72 por ciento católicos. Yo discrepo de la veracidad (y aun de la relevancia) de ese dato. La religión tiene además un contenido cultural y en diferentes contextos asume diversa connotación su vínculo con la totalidad social. En 1953, ante un encuestador que preguntase si era creyente, la mayoría habría respondido afirmativamente, no serlo era mal visto, y si el mismo encuestador preguntase en qué creían, la generalidad habría alegado ser católica, aunque muchos pusieran un vaso de agua con un tabaco encima del escaparate y adoraran a Changó en la imagen de Santa Bárbara. El sincretismo implica la presencia de lo católico en lo africano, pero también denota lo africano en lo católico. El grueso de los santeros distingue como un requisito de iniciación el bautismo cristiano. Puede parecernos raro, pero cuando uno de ellos dice ser católico, está seguro de que no está mintiendo.

La victoria revolucionaria, decía yo, produjo un igualamiento de condiciones, que no se da de inmediato en las cabezas de la gente, pero sí desde el ejercicio jurídico. 1959 es el gran momento de la Revolución. La sociedad y sus instituciones, es decir, la sociedad civil, se sacude. El impacto de la victoria de enero, la capacidad movilizativa del liderazgo revolucionario y la aparición de nuevos valores, generan una cuota de libertad apreciable. Ahora, muchas de esas libertades después se vieron restringidas por distintas coyunturas de exclusión. En el caso de las religiosas, se vieron restringidas por la asunción del marxismo en general, mayoritariamente marxismo soviético. Aún cuando en la propia Unión Soviética se libraba una polémica en torno a la validez del ateísmo científico, aquí se adoptaron sus fórmulas más tradicionales. Lo incomprensible para los santeros, por ejemplo, caracterizados antes por el Código de Defensa Social en una condición pre-delictiva, y después que la Revolución triunfara, que ellos, bajo una atmósfera de igualdad, se dispusieran a expresarse libremente, ya nadie los podía mirar de arriba abajo. Y que de pronto llegara de nuevo la discriminación, y ahora no desde una religión hegemónica sino desde el mismo poder revolucionario: para estudiar filología, filosofía o periodismo, fueron limitados tanto los santeros como los católicos. Que se tuviera a mal los signos de exteriorización de la fe, como los collares o pulsos en un caso, y el crucifijo, las medallas o el escapulario en otro. Tener creencias religiosas se convirtió en un déficit, en una «debilidad ideológica». En el aspecto de las ideas el creyente pasó a ser un ciudadano de segunda, erróneamente se supuso que el progreso debía eliminar la religiosidad, no supimos ver la fe religiosa como una opción incuestionable, con mecanismos propios de reproducción en la sociedad.

Por lo tanto, la Revolución aportó, en un inicio y de golpe, un alto grado de libertad; después lo limitó; y por último volvió a tributarlo. Sólo Fidel (Castro) puede decir -tiene razones para hacerlo- que la postura fue siempre la misma, porque la suya lo fue. En ninguno de sus discursos hay un solo momento de crítica de la religión como espiritualidad legítima o como sistema de valores positivos, pero no sucede así con las instituciones y las políticas que estas han generado.

Golpe a golpe, verso a verso

«La sociedad cubana», suscribió usted en 1994, «para replantearse como alternativa, tiene que comenzar por demostrar su capacidad de sortear el cerco impuesto, a partir de la lógica de poder, por otra sociedad que no la admite como tal.» Seis años después, ¿cómo ve el camino cubano a la alternativa?

La senda cubana se ha reafirmado. En la actualidad hay un camino cubano, trazado a través de muchos factores y, en primer lugar, gracias a la resistencia. Como todo sendero, el nuestro se ha hecho «al andar». Los caminos surgen de las coyunturas, de sus giros. «En los 90 cubanos, cada año fue distinto», escribió Fernando Martínez Heredia. Tanto fuera como dentro, y no sólo entre la contrarrevolución, hubo, y hay, proyecciones que bien se plantean la necesidad de liberalizar el proceso de reformas o bien se inclinan hacia el modelo chino o el vietnamita. La virtud, hasta ahora, de los proyectos chino, cubano, vietnamita y coreano -que admito comparten de algún modo, mediante sus diferencias- es haber resistido sin generar una transición al capitalismo. No son, por lo tanto, modelos de ruptura. Sus dinámicas de reforma contienen una carga de preservación esencial. Me hace gracia leer o escuchar hablar de inmovilismo cubano, línea dura, estancamiento. Lo menos difícil en una dinámica de cambio es romper con todo. Pero eso sería un facilismo. En Cuba hemos ido modificando patrones del proyecto, liberalizando más con moderación y control. ¿Es lo correcto? Bueno, a veces siento que el cambio es lento y las reticencias pesan negativamente… como quizás pesarían las audacias, si fueran lo dominante.

En rigor no aspiro a un cambio más audaz. No es así -mediante antinomias- que se deben precisar las opciones. No obstante, para rehacer o reencontrar el modelo socialista es imprescindible definir nuevos espacios de iniciativa, económica, social y política, privada y colectiva, y aprovecharlos al máximo. Claro, del éxito del perfeccionamiento empresarial en el sector estatal dependerá la capacidad del poder político para definir y abrir tales espacios. El Estado debe demostrar eficiencia en sus esferas de acción. Si, por ejemplo, adolecemos de un déficit en el mercado agropecuario, es porque el país es incapaz de presentar una oferta competitiva hasta el punto de imponer los precios en el mercado mismo. La llegada de los mercados topados (con un precio máximo preestablecido) es parte de la enorme dinámica puesta en marcha. Ahora, quien pretenda desde nuestra realidad de hoy cambios hacia el pluripartidismo y hacia las leyes ciegas del mercado, está viendo el asunto desde un esquema preconcebido, de un modo maniqueo. Podemos cambiar sin pasar al capitalismo. Se trata de plantearse una alternativa no sólo a éste, sino también al viejo modelo socialista. También vale decirlo al revés: no sólo al modelo socialista precedente, sino al capitalismo. Lo que estalló del otro lado del Vístula no explotó porque lo asfixió alguien desde fuera, reventó desde dentro y no sólo por razones coyunturales. En ese estallido influyó mucho la política, pero también la incompetencia de la economía, no hubo resortes capaces de producir eficiencia. Se trató de competir con Occidente con los propios patrones de eficiencia occidentales, y en el plano económico los patrones de eficiencia capitalista tienen una ventaja incuestionable: siguen las pautas de la lógica de la ganancia, y no importa quién se hunda. He ahí nuestro primer elemento ético diferenciador: a nosotros sí nos importa. Entonces las normas no pueden ser las mismas. ¿Cuáles serán nuestros cánones de eficiencia? Nadie lo ha podido definir claramente, nadie sabe aún cómo va a ser el socialismo, y ni hablar del comunismo.

Por eso usted habla de caminos, y no de modelos.

Sí, por eso hablo de caminos, transiciones, y proyectos. Nuestro tiempo no está marcado por un socialismo definido, ni por modelos poscapitalistas bien realizados. No, el camino del poscapitalismo todavía nadie sabe cuántas variantes puede tener, ni quién va a llegar primero al socialismo, ni cómo; ni qué significa en realidad “llegar primero”. Hablo de una sociedad regida integralmente por patrones fijados fuera de la lógica de la ganancia. En ese sentido la nación cubana tiene un punto de avance, y gracias a él se han salvado muchas cosas y se han perdido otras. Por ejemplo, se ha afectado el patrón de igualdad existente entre los años 70 y 80. Hoy día la diferencia de ingresos se ha acentuado y estructurado, lo que ayer fue no volverá a ser por mucho tiempo. Recuperar -en nuevos términos- el patrón de equidad anterior será, en el plano económico, una de las cosas más difíciles y esenciales para el país.

Con el bloqueo Cuba ha transitado su camino en circunstancias muy adversas, eso no debemos olvidarlo.

Ese es un elemento clave en el curso de las políticas de desarrollo de la economía cubana, desde su primera fase hasta nuestros días. A la luz del presente, en su etapa inicial, pudiéramos hablar de un bloqueo como acción coyuntural, cuando no alcanzaba ni a las medicinas ni a los alimentos, aunque fue igualmente bloqueo. Siempre existió una política hostil que integró y articuló embargo y otras medidas de fuerza. Recordemos, en el terreno migratorio, la operación Peter Pan, y en el económico, las represalias norteamericanas de corte de la cuota azucarera y del suministro de petróleo, presentadas por ellos como si fueran acciones propias de un embargo comercial. Los cubanos sabemos cuánto encarecieron estas acciones las gestiones de la isla, obligada a adquirir a más de 5 mil kilómetros lo que podía comprar a 90 millas. Y hostigada en todos los terrenos. Este es uno de los factores donde está cifrado el fracaso de los 60. Los años 60 terminan en una bancarrota económica, y la dirección política del país decide ingresar en el CAME. Decir que «tardamos en ingresar porque en el fondo éramos antisoviéticos», es cuando menos un simplismo, aunque el independentismo sea un elemento esencial de identidad para la Revolución Cubana. En la década del 60 la política de la Revolución buscaba la inserción independiente del país en el orden mundial. Y el bloqueo trató precisamente de impedir esa posibilidad, entendiendo que así estrangulaba al proceso, y lo obligaría a definirse en la correlación de fuerzas.

Tomar la alternativa

Se atribuye a Maquiavelo la idea de que un pequeño país disputado por dos potencias, termina alineándose con una de las dos.

No sé si eso será una ley o no, pero la realidad cubana no le quita razón. No obstante, ¿qué habría dicho Maquiavelo frente a un mundo unipolar? Ahora, hay una sola potencia, y Cuba está tratando de alcanzar otra vez la meta de los 60 de una inserción económica independiente. Ahora en condiciones precarias y sin opciones preferenciales a la vista. En realidad el gran agente de recuperación, el descubrimiento salvador, ha sido el turismo internacional, vinculado, por supuesto, con la apertura al capital y a la inversión extranjeros, negación de los principios financieros del status económico anterior. En tiempos del CAME se decía, «el nexo Cuba-URSS nunca será igual al existente antes entre Cuba y los Estados Unidos, los soviéticos no tienen inversiones en la isla». La historia demostró, primero, que hay formas de dependencia sin inversiones, y luego, con el transcurso de estos últimos 10 años, que puede haber inversiones sin dependencia. Recuerdo la tesis de una latinoamericanista soviética, defensora de la imposibilidad, para los países de América Latina, de analizar de manera explícita una variante para ampliar, desde el Sur, la independencia económica. Proponía, tomando en cuenta el ascenso de las economías euroccidentales y japonesa y las tendencias financieras de principios de los setenta, orientarse hacia una dependencia pluricéntrica, según la cual nuestras repúblicas debían proyectar su relación con varios centros capitalistas en competencia, con vistas a reforzar su soberanía efectiva.

Pero eso ya lo había dicho Martí de otra manera, hace 111 años: «Hay que equilibrar el comercio, para asegurar la libertad. El pueblo que quiere morir, vende a un solo pueblo, y el que quiere salvarse, vende a más de uno. El influjo excesivo de un país en el comercio de otro, se convierte en influjo político.»

Es sorprendente la capacidad de Martí para remontar el horizonte de su tiempo; tiene cosas increíbles por su actualidad. Volviendo a la pregunta sobre el camino cubano a la alternativa, en estos años Cuba probó su capacidad para sortear el cerco. Aquí se está hablando de recuperación desde 1995. Sin embargo, estimo que el primer año donde la economía da signos de un crecimiento sostenible, es 1999. En otros igual hubo crecimientos, mas con desequilibrios en las balanzas de pago y consumos de petróleo proporcionalmente altos, es decir, fueron crecimientos incosteables. El progreso de 1999, en cambio, no surtió efectos paralelos indeseables, pues estuvo acompañado de un aumento de la productividad general del trabajo en importantes ramas, indicio de un despegue.

¿Cómo podría acelerarse el despegue?

Capitalizar las remesas familiares podría acelerar el despegue de la economía cubanaTécnicamente habría muchas fórmulas, pero de nuevo es preciso evaluar su costo social. Yo podría citar una: la capitalización de las remesas familiares (mediante estructuras que las hagan tributar al sistema). Estas constituyen un gran caudal de ingresos, ese dinero no se reproduce económicamente, o se realiza en el comercio, o se atesora, pero no se puede invertir, pues daría pie al nacimiento de una burguesía.

No sólo es dinamizar, sino atender y atenerse a las consecuencias de la dinamización.

Claro. El principio «de cada cual según su capacidad y a cada cual según su trabajo» se haría añicos. No se estaría distribuyendo según el trabajo, sino privilegiando a los destinatarios de las remesas familiares en la estructura social. Aunque estas diferencias nutren ya la desigualdad existente. Eso tiene una lectura ideológica, se reciclaría también en beneficio de una posición anexionista. Porque no estamos a 90 millas de los Estados Unidos sin más ni más. La formación y la trayectoria de la nacionalidad cubana están imbuidas de un profundo sentimiento independentista, pero también son permeables a cierta tendencia anexionista. Igual que desde afuera se ha visto la fruta madura, desde dentro hay quienes desean colgarse de la rama engañosa. Eso se va a reproducir. Es un problema pasado, presente y futuro. Siempre lo afrontaremos.

De ahí la densidad de esa frase de Fidel: «el futuro de Cuba será un eterno Baraguá».

Es nuestro destino, forma parte de la nacionalidad cubana. Entonces, hay un nivel de avance, claro, con nuevas dificultades. Se habla de la prostitución como el costo social de los cambios, pero más grave aún es el problema del desigualamiento de las condiciones de vida de la población, por demás, también causa fundamental del incremento de la prostitución. Esta nace de la desigualdad, no de la escasez en abstracto, de la pobreza en abstracto, o del desamparo en abstracto. Es verdad, hemos vivido esta caída sin que exista desamparo. Pero tal vez el amparo todavía no sea suficiente. En la entrevista con Federico Mayor, Fidel refirió datos actuales. El nivel de consumo de calorías bajó de 3 mil, a mil 900, se puso por debajo de los estándares. Somos potencia médica y aseguramos la salud gratuita, un logro excepcional en esta época, pero nuestro sistema de salud sí se afectó. Con todo, hay un avance, una mejoría, por eso no es casual el recrudecimiento del bloqueo, sus vueltas de tuerca han sido más intensas en la última década. Nunca en los treinta años precedentes de política yanqui hacia Cuba hubo un apretón tan fuerte como lo significaron las firmas de las leyes Torricelli (octubre, 1992) y Helms-Burton (marzo, 1996). Aun así, nos afirmamos en la construcción de un camino que no responde a un diseño fríamente previsto, antes se dibuja según las coyunturas, con vaivenes, criterios, y polémicas. Ese camino, es bueno subrayarlo, no es sólo una alternativa al capitalismo, sino también al viejo modelo socialista.

Luego, se ha incrementado en Cuba la profesionalidad. Aunque algunos no lo compartan, me parece claro que ahora tenemos en el manejo de la economía mayor profesionalidad que en los tiempos de Ernesto Guevara y Carlos Rafael Rodríguez, o de Carlos Rafael y Humberto Pérez. Los 60 no fueron años de grandes pensadores, sino más bien de improvisaciones revolucionarias. Teníamos varios asesores extranjeros, y mucha gente aprendiendo. En ese entonces también perdimos a Cepero Bonilla, y a Juan Noyola. Hoy día contamos con generaciones de economistas, algunos de ellos tecnócratas, pero eso es parte de la cuestión, no se puede pretender que todos sean humanistas. Ahí están José Luis Rodríguez, un experto brillante, y Carlos Lage, inteligente y sensato, que sobre la marcha se ha convertido en un dirigente de la economía como Fidel, cuyo genio político nunca ha estado ajeno al tema de las transformaciones económicas. Pero no aludo solamente a las posiciones claves en las decisiones sino al capital intelectual presente hoy tanto en la gestión como en la reflexión económica.

Al tiempo lo que es del tiempo

¿Qué cree usted de la «muerte de las ideologías», tema sobre el cual tanto se ha hablado, máxime después de la caída del campo socialista?

Hay una crisis universal de paradigmas. Mas ella no afecta sólo a la izquierda, como repite el discurso hegemónico de hoy, sino también a la derecha. La «posibilidad» de seguir buscando un mundo mejor está muy vinculada a la «necesidad» de seguir buscando un mundo mejor. Los logros de la derecha, las estabilidades de la derecha, la «paz social» establecida por la universalización del modelo neoliberal no es el éxito de una ideología sino su crisis. El futuro será muy complicado. El concepto de revolución deberá irse revolucionando a sí mismo en la primera mitad de este siglo para afrontar, entre otras cuestiones, el aumento demográfico y el reto ecológico. No sólo crecerá el índice de población, también el éxodo del Sur al Norte cambiará la configuración poblacional de los centros capitalistas. El Sur se está metiendo en el Norte. Al mismo tiempo, son precisamente los países desarrollados los principales culpables de la crisis medioambiental. Ellos rigen el consumo energético y son los líderes en las descargas de contaminantes atmosféricos. Si cada ciudadano chino, siguiendo el modelo norteamericano, aspirara a tener un automóvil, no habría ecosistema capaz de sostenerse. El mundo no se va a acabar, no comparto ese catastrofismo, pero sí creo en la necesidad de repensar la tesis de que la revolución social ocurrirá a partir de la lucha de clases cuando estén dadas determinadas condiciones. La globalización nos obliga a buscar alternativas globales, pues son globales las tendencias perturbadoras del planeta.

Ese es el espíritu del libro de Juan Antonio Blanco Tercer Milenio. Una alternativa frente a la posmodernidad, ¿lo conoce?

¿Cómo no? Incluso escribí un prólogo para su tercera edición. Un libro que apenas ha circulado en Cuba y es un buen producto intelectual, analiza los problemas mundiales a partir de nuestras circunstancias. En realidad merecería ser mucho mejor conocido entre nosotros.

No obstante, aún reconociendo el valor de la utopía como arma de transformación social, es un tanto utópico, por ejemplo, en lo referente a la constitución de alianzas policlasistas con objetivos transindividuales. Tales alianzas son difíciles de alcanzar obviando las estructuras de clase y las cosmovisiones generadas por ellas.

Sí, es un pensamiento utópico, de raíz cristiana, en aras de una revolución moral. Mas la idea, junto a otras entre las que incluyo la de la Iglesia contestataria, es atrayente.

Regresando a Cuba: ¿qué connotaciones le encuentra a prorrogar el uso del concepto de Período Especial sin que se haya definido, con mayor o menor precisión, bajo cuáles condiciones puede declarársele superado?

El concepto de Período Especial tiene una connotación singular. Hay quienes opinan que este es el período normal, real. Así el «especial» sería el anterior, sustentado sobre bases artificiales. Quizás el error estratégico, y tengo esta inquietud desde los años 70, fue no desarrollar el turismo paralelamente al ingreso en el CAME, no como alternativa, sino para complementar ese esquema. Se me ocurre que en la base de este error estratégico estaba la certeza del carácter irreversible del orden bipolar socialismo vs. capitalismo. Y aún más alejada de la realidad, la convicción de que el socialismo estaba ganando la carrera. Asumíamos la opción del CAME como segura, amén de sus costos. Para ese entonces (después de 1970), el Departamento de Filosofía de la UH ya había sido criticado por diversionismo ideológico, y cuando yo hablaba a alguien de la posibilidad de desarrollar el producto turístico, aun con capital nacional, me miraban con recelo. Sin embargo, el turismo internacional se abriría paso luego, asociado, por demás, y a causa de la crisis económica, al capital extranjero.

Más la crisis de la economía cubana no empezó realmente con el derrumbe del socialismo del Este. Desde la segunda mitad de la década del 80 había fuertes tensiones económicas. Se manifestaron primero como desaceleración del crecimiento del producto social global (PSG), seguidas de un estancamiento y, en los dos últimos años del decenio, de fuertes caídas. El recrudecimiento del bloqueo norteamericano, el descenso de los precios del petróleo (el combustible no consumido por Cuba se reexportaba gracias a un convenio con la URSS, y llegó a significar cerca del 40 por ciento de los ingresos obtenidos por la isla en divisas convertibles), la caída de la producción azucarera, el repliegue de la eficiencia de la economía interna y el incremento de la deuda con Occidente impidieron al país cumplir, en 1985, los compromisos adquiridos con los acreedores. La nación arribó a una crisis de liquidez, en vano trató de renegociar la deuda externa en moneda convertible, y se vio obligada a declarar unilateralmente una moratoria en 1986. Así se cerró el mercado financiero en divisas que se había abierto para Cuba en la segunda mitad de los 70.

En estas circunstancias, precisamente cuando el retroceso de la economía soviética se hacía evidente, Cuba veía elevar su dependencia del CAME (y en particular de la URSS) de un 70 por ciento a un 85 por ciento aproximadamente. Con la agravante de que el 15 por ciento de pérdida ocasionado por la suspensión de los créditos occidentales era tan crítico que su incidencia en el producto económico doméstico se estimaba de alrededor del 30 por ciento. Debido a estas diferencias se hace legítima la refutación de aquella relación de intercambio (la relación con el CAME) en términos de subsidio. Ambas partes resultaban favorecidas en el marco del trueque. Los análisis de los costos de producción de la tonelada de azúcar indican que si la Unión Soviética hubiese tenido que instalar capacidades propias para producir ella misma el azúcar que compraba a la isla, le hubiera salido más cara incluso que pagada varias veces sobre su precio en el mercado mundial. La otra alternativa para la URSS hubiera sido comprarla en el mercado spot, pero esto requería el desembolso de dólares, el mantenimiento de ritmos de pago y otras exigencias monetarias de este mercado, y pagar en una relación de trueque implicaba una ventaja definitiva.

La tesis del subsidio es también equívoca si se atiende al contenido de esa relación. Un autor norteamericano afirmaba que «el monto de los subsidios entregados por la URSS a Cuba en un año llegó a ser similar al que los Estados Unidos le facilitaban a Israel en el mismo lapso». El símil no tiene sentido. Los Estados Unidos le suministran dólares a Israel, y con ellos los israelíes satisfacen sus necesidades dónde y cómo quieran operar. No es lo mismo que recibir productos, en verdad necesarios, pero mediante una fórmula que generaba dependencia de un mercado, de unos términos de intercambio y de una tecnología, ya para entonces obsoleta. No obstante, la relación era beneficiosa, se enmarcaba en una política favorecedora de un país con menor desarrollo relativo.

Pero en el fondo la gran verdad es que nunca llegó a existir el bilateralismo en el ordenamiento económico mundial: no se trataba de un mercado socialista en competencia con otro capitalista, sino de un conjunto de Estados asociados para insertarse mejor en el Mercado mundial (con M mayúscula), el capitalista, el único existente.

En cierta medida Cuba trató de independizarse de ese retraso tecnológico de los países del CAME en algunas esferas. Sirva de ejemplo la temprana prioridad que la isla le confirió al progreso de la computación.

Así es. Pero en algún momento preciso el CAME juzgó más rentable invertir en la transferencia de tecnología y no en el desarrollo industrial. En los años 70 los institutos de la URSS utilizaban ya para operaciones básicas las computadoras Hewlett Packard, todavía grandes para la época, pero mucho mejores que las soviéticas. Las máquinas propias sólo las usaban para almacenamiento de datos y ocupaban locales completos. La frustración se explica en el ejemplo del LADA, a partir de la compra de la tecnología de la FIAT a inicios de los 70: sin duda un negocio redondo en esa época. Pero si en los 90 se seguía produciendo casi el mismo LADA, el FIAT era ya totalmente distinto. Para poder competir y estar al día, los soviéticos tendrían que haber comprado, otra vez, la nueva tecnología. Por eso el LADA, que tanto ha significado para nosotros, también es la metáfora del fracaso. La revolución tecnológica del siglo XX se dio en el capitalismo, no dentro de los modelos de organización social de Europa del Este. Entonces el capitalismo no estaba terminado.

Retomando el hilo, para agotar el tema del Período Especial, ¿cuáles elementos o circunstancias marcarían su fin?

El concepto no venía a fijar una etapa en las relaciones económicas y supraeconómicas, sino a definir un conjunto de medidas mediante las cuales se conduciría la economía y la sociedad en una coyuntura crítica, de guerra o de paz. El Período Especial es un modo de administrar la crisis, y en ese sentido ha resultado eficaz. No me preocupa cómo se va a salir de él, antes importa comprender cuánto supone la reinserción de la sociedad y la economía cubanas en un orden mundial con el cual no guardamos compatibilidades básicas y, además, hacerlo con éxito. ¿Cuándo la recuperación se habrá consumado? Formalmente se toman como referencia los indicadores de 1989 para asumir la recuperación. Desde otra perspectiva alguien diría: «cuando acabe el bloqueo», pero estos serían solamente criterios a atender.

Vergüenza contra dinero

Ahorita hablamos del bloqueo, y ahora usted vuelve a mencionarlo. ¿Cómo se imagina el escenario «posbloqueo» en Cuba?

No estamos preparados para una detención súbita del bloqueo, si bien no podríamos negarnos a ella. Algunos dicen «si lo levantan, no tendríamos dinero para comprar», pero tendríamos los mismos recursos con los cuales hoy operamos en otros lugares, y además, en el mercado de los Estados Unidos compraríamos siempre más barato que a 5 mil kilómetros de distancia. Ahora bien, además de la barrera comercial el cese del bloqueo significaría un levantamiento de los impedimentos de inversión; una seria afluencia de capital norteamericano, lanzado a la conquista de los espacios perdidos en estos años; un incremento del turismo, puesto que los Estados Unidos son los suministradores por excelencia de turistas hacia el Caribe; y una intensificación del intercambio informativo, ideológico y de todo tipo que conlleva el ir y venir de personas. Nosotros nos hemos ido formando en una cultura de la resistencia, en una conciencia de país bloqueado. No obstante, el cubano asimila rápido. Cuba ha vivido dinámicas aceleradas en tiempos cortos, la Colonia española se prolongó mucho y la Revolución llegó en la segunda mitad del siglo XX, pero de entonces a acá la isla vivió una dinámica no experimentada por ningún otro país del continente. El salto siempre sería problemático. Algunos aseguran que «el régimen cubano se desploma si se levanta el bloqueo». Es una visión muy primitiva. Vivimos un ritmo constante de cambios y no cerramos el banderín de las transformaciones políticas. La cuestión es saber cuáles cambios se desean y si debemos asumir un modelo institucional que, en este continente, es la viva imagen del fracaso. Nos falta democracia, pero no de la realmente existente en América Latina, sino de otra, hacia cuyo alcance ya hemos recorrido un trecho. Nos faltan libertades, pero no las del modelo liberal, sino otras, de otro tipo, construidas con avances y retrocesos: libertades nacidas, como dice Cintio Vitier, de nuestra resistencia.

A propósito de los cambios sociales, uno de los tópicos de los 90 fue el llamado jineterismo. El debate popular sobre el fenómeno parece extinguido, ¿acaso se integró al discurso social, como parte de una realidad diaria, inobjetable por ser ya el «pan de cada día», o fue anulado, «tapado» por el tratamiento policial?

Hay inquietud en las esferas políticas e institucionales por este fenómeno. Me preocupa que algunas políticas seguidas para enfrentarlo -tratamiento policial, confinamiento, reeducación, registro, control- reproduzcan las tomadas en los años 60. Entonces tal vez funcionaron porque transformábamos la sociedad sobre la base del igualamiento social, el curso del proceso reducía desigualdades y producía espacios equitativos para todos. Mas hoy para hacer despegar la economía se ha creado un desigualamiento, nos hallamos en un plano inverso, y ahí está la causa del retorno de la prostitución. Por lo tanto, no hay por qué estar seguros de que las medidas aplicadas en 1961 reediten el éxito. Para reducir el fenómeno es preciso identificar las causas y delimitar su poder corrosivo. El asunto no está tanto en la remuneración del sexo como en el problema social colindante, en los conflictos asociados, sean la prostitución infantil o el proxenetismo. La actividad sexual remunerada no es por sí sola constitutiva de delito. ¿Acaso la «titimanía» no es similar a una unión remunerada? Asimismo, hay diversas gradaciones. He entrevistado a varias jineteras. Una jovencita en el Malecón me decía: «Puedo salir con un cubano de mi edad, pero ¿adónde voy a ir?, ¿a tomar ron malo y hacer la cola de una posada sucia? Además, yo no me monto con cualquiera en un carro, escojo con quien lo hago». El fenómeno es más complejo que una simple relación tarifada y está fuertemente condicionado por la desigualdad social y las contradictorias condiciones de vida de la población.

¿Cuáles otros factores disruptivos atentan hoy contra la integración social cubana?

La creación de contra-valores. Una intensa pugna entre los valores del egoísmo y la solidaridad, entre el humanismo y el pragmatismo recorre la sociedad cubana. Pero los bandos de esta confrontación no pueden ubicarse en los extremos: de un lado los solidarios y del otro los egoístas. Esos valores se comunican entre sí, cohabitan, ganan espacio, retroceden. Nadie está inmune a la influencia de un conflicto axiológico que tiene sus raíces en prácticas y necesidades de la sociedad.

Hoy día las mayores posibilidades de consumo corresponden a la tenencia de dólares. En el modelo anterior aunque se tuviera dinero no existían esas posibilidades. Ahora mientras más se tiene, más se consume. La ruptura de escalas atenta contra la ética seguida por el paradigma cubano desde los años 60. La desestimación del dinero -un disparate económico y administrativo- puso a prueba entonces la ética superior del naciente proyecto. El «disparate» se enraizó en la gente, buscó el bien y dejó huellas.

El pueblo le perdió el respeto al carácter sagrado de la propiedad privada.

Los disparates económicos, brillantes y maravillosos, procuraron salud y enseñanza gratuitas a toda la sociedad, y garantizaron otras cosas -que no se hicieron costeables hasta la entrada en el CAME-. Todo eso se convirtió en costumbre y luego en cultura. Para los cubanos de hoy son obligaciones del gobierno: «Si debo operarme, todo debe estar listo en el hospital». Es un derecho, y es admirable que así sea, forma parte de la cultura revolucionaria, si no, ¿de qué se trata, de darle las gracias al Estado de por vida? No, el Estado socialista sólo puede existir en función de la sociedad.

El fiel de la balanza

Usted ha señalado a fuerzas, de dentro y de fuera, que pretendieron o aún pretenden movilizar la sociedad civil cubana en sentido contrario al procurado por el sistema político. Entre ellas situó los intentos por dar viabilidad al carril dos de la Torricelli, la actitud de la jerarquía católica en 1993, y los afanes del polo intelectual reunido en torno a Encuentro.

¿Cuáles son las fortalezas de esa, nuestra sociedad civil, para enfrentar estos -y otros- empujes, y reafirmarse en su opción socialista?

La percepción gubernamental no da cuenta de toda la fortaleza de nuestra sociedad civil. Las tribunas vinculadas al caso de Elián González, le permitieron al cubano de a pie conocer las ideas de Lincoln Díaz-Balart e Ileana Ros Lethinen, pero también de Max Lesnik, Luis Ortega y Lázaro Fariñas. Dicho conocimiento de los discursos manejados allí, fortalece la sociedad civil, tanto en el ámbito de la formación espontánea de opinión como en la esfera institucional. Un mal de todos los experimentos socialistas del siglo XX, al cual no escapamos, es la quiebra del valor de la asociación espontánea. En Cuba aún vivimos un recato institucional con las ONGs, con la gente que, buscando asociarse con propósitos incuestionables, ni guardan (ni quieren) vínculo alguno con grupúsculos de derechos humanos ni cuentan con financiamiento norteamericano (ni lo buscan) para constituirse en una oposición política. Hablo, entre otros muchos, de intereses legítimos de mujeres, comunicadoras o deportistas, o de profesionales jóvenes de la salud, por citar ejemplos. De todo lo pensado y lo pensable. De inmediato surge el tema del «rompimiento de la unidad». Como si unidad y espontaneidad fueran excluyentes. La centralización institucional debería avanzar hacia esquemas diversificados. El mapa de la participación de la mujer o de los jóvenes, como muchos otros de la sociedad civil, reclama espacios diferenciados donde puedan expresar sus identidades particulares. Y no se trata de desplazar a ninguna organización de masas, sino de propiciar su desarrollo, su atemperamiento, en función del cambio social. Catalogar a las organizaciones de masas como organizaciones políticas es un despropósito: aún politizadas y controladas directamente, son instituciones de la sociedad civil. Los sindicatos son parte de la sociedad civil. La realidad laboral cubana plantea mayores complicaciones al movimiento sindical que las planteadas en los 60 y los 70. El movimiento sindical, si bien es sensible a estos retos, no los tiene resueltos del todo. A la presencia de la empresa mixta y extranjera y al nivel creciente de cuentapropismo ha de añadírsele el desempleo. Los sectores emergentes no podrán dar cobertura a los desplazamientos que ha de producir por un perfeccionamiento empresarial en gran escala. El aumento del cuentapropismo sería parte de la solución, habría que ampliar sus márgenes para obtener dividendos, sin caer en el delito ni en la economía informal, previendo su contribución al Estado por la vía fiscal. La cosa no es convertir la economía al capitalismo, sino corregir el socialismo hacia un modelo donde el país controle la economía y haya otros espacios para la propiedad no estatal.

Y donde la participación de las personas en la gestión productiva sea decisiva.

Claro. No se trata de privatizar, sino de ver cuántas formas pueden existir de propiedad social no estatal. La cooperativa es una, mas puede haber otras tantas. A los socialismos también les ha faltado inventiva, diversidad, espíritu de búsqueda, todo ello fruto, entre otras cosas, de un marxismo mal digerido que entendió el socialismo sólo como estaba en los libros. Paradójicamente, Carlos Marx, salvo en La crítica al Programa de Gotha, su único texto orgánico con proyecciones hacia el socialismo, no se dedicó al vaticinio del futuro sino a la crítica del capitalismo. Otra cosa lo habría convertido en un utopista más, con mayor lucidez y bagaje económico que Charles Fourier, por ejemplo, pero incapaz de formular, como lo hizo, la crítica más radical de su presente histórico.

Después apareció la ortodoxia cercenando la creatividad. ¿Qué hizo suponer que el socialismo es eliminar la propiedad privada y convertirla en propiedad estatal “o de todo el pueblo”?

Porque otra cosa es a dónde va la socialización, si acaso acarrea una estatización donde no haya sentimiento de propiedad sobre esos medios.

Cierto, en la fábrica estatal nadie se siente verdaderamente propietario, ni incentivado por un interés común.

Siguiendo con el modelo económico: el cuentapropismo parece haber surgido como válvula de escape que pudiera cerrarse si las condiciones cambian.

Ese es otro problema. Hay fuertes reticencias, aunque no estoy contra la prudencia. La conducción política de este proceso hace bien en ser en extremo cautelosa, no sólo en lo referente a la inversión, sino en los pasos dados para llegar a ella. Ciertos caminos resultan irreversibles cuando se dirigen a la descentralización económica por la vía de la iniciativa privada. Me asustaría si mañana avanzáramos al galope en esa ruta. Pero no concuerdo con que formalicemos actividades y sectores en nombre de una exigencia económica y después los condenemos. Eso, amén de su significado antiético, bloquea el poder de las instancias para incorporar ideológicamente a esos sectores y deteriora la confianza. Un ejemplo: el cubano medio por lo general guarda el dinero «debajo del colchón», el monto de las cuentas de ahorro en moneda libremente convertible depositadas en los bancos no creo llegue ni al 10 por ciento de las atesoradas en manos privadas.

Hay una idea de Miguel Limia, a propósito de los patrones por reformular en relación con el cuentapropismo. Él se pregunta cómo vamos a educar a dos niños asistentes a la misma aula, uno hijo de un cuentapropista, y otro, de un obrero. « ¿Le diremos al primero que es hijo de un casi delincuente?», se pregunta el investigador.

Eso muestra el crecimiento de la intelectualidad cubana que ventila o intenta ventilar estos fenómenos desde el socialismo, no convierte la verdad oficial en la única verdad posible, y no confunde unidad con unanimismo. Estudiosos como Limia, Mayra Espina, Jorge Luis Acanda, Rafael Hernández y muchos otros. De verdad muchos, cada día más y con más luces. Hoy podemos decir que existe un pensamiento socialista cubano, una reflexión social mucho más rica que la producida en los años 70 y 80.

Es bueno escuchar eso. Hace cinco años, en el artículo «Marxismo y espacio de debate en la Revolución Cubana», usted dijo que a las Ciencias Sociales cubanas les faltaba madurez.

Sin embargo creo que se ha dado un enlace generacional sólido. Las urgencias planteadas por los tiempos difíciles pocas veces quedan sin respuestas. Los estudiantes de hoy son muy buenos. Me siento a gusto entre ellos. Es un ámbito sediento de ideas, de búsquedas. No podemos pedirles pensar con cabeza propia y exigirles que estén de acuerdo con todo. Si queremos que piensen por sí mismos, es para prepararlos también a entrar en desacuerdo con nosotros.

Hagamos historia

Siguiendo con los estudiantes, de la historia de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU) de Cuba, ¿qué es para usted lo más olvidado?

La historia de nuestro movimiento estudiantil ha sido descuidada, no porque haya pocas cosas escritas, sino porque algunas se manejaron en forma lineal, apologética, y anti-históricamente, desde Julio Antonio Mella hasta las últimas décadas. Deberíamos volver sobre varios de sus pasajes. Ninguno de los grandes marxistas cubanos de los años 20 y 30, por ejemplo, Mella, Rubén Martínez Villena, Pablo de la Torriente Brau, y debíamos decir también Raúl Roa —y ni hablar de Antonio Guiteras, que no era un marxista – habría sido aceptado a la larga por el marxismo escolástico. ¿Se imaginan a un secretario general del Partido amante de Tina Modotti y retratándose desnudo? ¿Se lo imaginan en Bulgaria, en Alemania, o en la idiosincrasia del stalinismo? En el movimiento estudiantil hay mucho por reanalizar: cuáles eran las organizaciones y sus proyecciones, cómo actuaban, quiénes eran sus principales figuras. ¿Alguien les ha explicado a ustedes quién fue Rolando Masferrer? Fue un soldado de la Guerra Civil Española, un militante comunista que, expulsado del Partido a su regreso a la isla se convirtió en un criminal implacable (baste recordar los tristemente célebres tigres de Masferrer). Si lo hubieran matado en marzo del 52 (cuando en pose antibatistiana se apareció en la Universidad para rechazar el golpe de Estado con un levantamiento), tal vez hoy habrían calles y avenidas en Cuba llevando su nombre. Ni en lo más mínimo pretendo reivindicarlo. Digo que la Historia debe recorrer todas las etapas, escrutar todos los recodos, ponderar todos los contextos, evaluar todos los giros.

Con la época de la República sucede otro tanto. Yo no soy historiador y, además, soy un mal lector. Siento que llego a mi edad sin suficientes lecturas. Quisiera conocer mejor sobre todo la historia de nuestro país. Presionado por la agenda diaria sólo puedo acercarme a ella de vez en vez. Es preciso, lo he discutido con investigadores y compañeros de trabajo, hacerse de un fondo de lectura, reservar un tiempo para leer fuera de las lecturas de la especialidad, en especial quienes laboran en el campo de la ciencia social, donde el trabajo de terreno abarca tanto tiempo. Lo que quería apuntar es que, en general, la historia de la República también ha sido maltratada, y abordada indebidamente, si bien contamos con excelentes historiadores.

Estoy esperando con ansiedad la biografía de Fulgencio Batista escrita por José Antonio Tabares del Real. Quiero ver cuál Batista nos da el historiador. Porque se debe hablar sobre él, decir quién fue, contar sus atrocidades, aciertos y debilidades, explicar cómo se montó en el poder, cómo, por ejemplo, a causa de la situación internacional (lucha contra el fascismo) resultó presidente, en las elecciones del 40, de un gobierno de coalición nacional apoyado por la entonces Unión Revolucionaria Comunista. Batista fue cualquier cosa menos tonto. (Se mantuvo 25 años, con intervalos, en la política del país). Debemos analizar todo sin miedos ni pánicos.

Ya en una ocasión expresé mi preocupación sobre el destino de Los fundamentos del socialismo en Cuba, escrito por Blas Roca. El libro fue material de estudio de las Escuelas de Instrucción Revolucionaria. Se hizo una edición de cientos de miles de ejemplares, en varias tiradas, y luego se esfumó. Y no desapareció con el llamado proceso de rectificación de errores (segunda mitad de los años ochenta), sino a fines de los 60. La obra no era una maravilla de aportes historiográficos. Mas podríamos hablar de la huella dejada por ella, y por el Partido Socialista Popular (Comunista) en la conformación del socialismo cubano. El problema está en ser unilateral. Cada vez que lo somos estamos contando apenas la mitad de la verdadera historia.

La ética no se administra

En los últimos tiempos la Universidad ha estado manejando dos conceptos básicos: integralidad en la formación del estudiante e incondicionalidad del alumno para con la Revolución. ¿Qué importancia le atribuye a estos principios, cómo usted los entiende?

Entre nosotros debe haber espacios para que el individuo participe en la definición de las necesidades de la Revolución, conectadas estas con sus urgencias individuales, para que las personas incluso se equivoquen. La incondicionalidad debe surgir de lo más profundo del alma, de adentro, no puede ser impuesta, de lo contrario no es tal. No podemos empezar diciendo: «Si son incondicionales, ¡sí!; y si no, ¡no!» Es preciso formar al hombre para la incondicionalidad, cultivarla. La ética no se administra. Se puede administrar una fábrica, pero la ética no es administrable, es imposible desarrollarla con patrones de administración.

Para concluir, ¿qué representa para usted ser revolucionario en estos años?

Es una pregunta difícil. Para mí una cosa es ser revolucionario en Cuba y otra cosa es serlo en otro país. El principio es el mismo, pero son diferentes las condiciones y los modos de expresarlo. La definición de revolucionario parte de una visión de inconformidad con un status sin justicia social, creado, en nuestros días, por la sociedad capitalista. La definición de revolucionario debe buscarse a partir del anticapitalismo, de un nivel de compromiso no sólo práctico sino de pensamiento y proyección, hacia un mundo más justo que el existente. El problema de la justicia está en el centro de la Revolución. Revolucionario no es necesariamente quien incita a la lucha, por esta vía o por esta otra. Los criterios de Revolución y de Reforma deben ser revisados. Puede existir un reformismo revolucionario. El propio Fidel revolucionó el concepto de Revolución, utilizándolo como Martí empleaba el de República. Él habla de la Revolución cuando se refiere a la organización social y política, al régimen, a la República, a pesar de que según nuestra Constitución, Cuba no es una Revolución sino una República. Las más de las veces el concepto se usa sólo para referir el pasado, y sin embargo es un concepto válido también para el presente. Esta es una República. Pero Fidel ha validado una permanencia del concepto de Revolución. ¿Con qué estamos comprometidos a ser revolucionarios? Con los valores sostenedores de esta República. ¿Qué nos hace ser revolucionarios? Seguir los valores morales de la República, su ética, y las políticas construidas sobre esos valores éticos. Ser revolucionario no significa estar de acuerdo con todo lo dicho por los dirigentes. Eso no decide la esencia revolucionaria. La lealtad es a los principios, a la proyección, al proyecto. Y es lealtad a los dirigentes en tanto los dirigentes representan al proyecto. La lealtad a Fidel está relacionada con lo que él ha representado y representa para el proyecto social cubano. Ese es el sentimiento popular.

Nota:

Esta entrevista, hasta ahora inédita, fue realizada el viernes 15 de septiembre de 2000.

Aurelio Alonso es Licenciado en Sociología. Fundador del Departamento de Filosofía de la Universidad de La Habana (UH) en 1963 y director de la Biblioteca Nacional entre 1966 y 1967 rechaza los análisis fragmentarios de la Historia y apuesta por mirar a la realidad tal cual es. Actual investigador titular del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente nos da, con sus consideraciones, el pie forzado para hablar de la permanencia del concepto de Revolución, indagar sobre el camino cubano, «hecho al andar» y para advertir el futuro pensando en los jóvenes. Miembro del Comité de Redacción de la revista Alternatives Sud, y del Forum Mundial de las Alternativas, afirma que «Cuba demostró su capacidad para eludir el cerco y se alzó precisamente como alternativa al capitalismo y al viejo modelo socialista». En la brega por mantenerse fiel a sí mismo ha sufrido desgarramientos, conoce de «miserias» pero considera fundamentales las «grandezas». Así aboga por fomentar valores esenciales como el amor, la dignidad, la justicia social y la solidaridad, pero también denuncia ciertos modos de hacer en la construcción de nuestra senda socialista.

Normas para comentar:

  • Los comentarios deben estar relacionados con el tema propuesto en el artículo.
  • Los comentarios deben basarse en el respeto a los criterios.
  • No se admitirán ofensas, frases vulgares ni palabras obscenas.
  • Nos reservamos el derecho de no publicar los comentarios que incumplan con las normas de este sitio.