El Mejunje: Aceptar a los demás

Entrevista a Ramón Silverio, director del centro cultural El Mejunje, que abre sus puertas a la diversidad social.

Jorge Luis Baños - IPS

La divisa de Silverio, es abrirles las puertas a todo el que quiera entrar.

No le falta fama. Es el único lugar de Cuba donde, por más de 20 años, homosexuales, lesbianas y travestis han sido acogidos sin prejuicios, con entera franqueza y libertad. En una céntrica calle de Santa Clara, a más de 300 kilómetros de La Habana , El Mejunje ha vencido incomprensiones y recelos para convertirse en un proyecto cultural y humano sin precedentes en el país.

Con una intensa actividad cultural, a la vieja casona en ruinas, sin techo, ambientada con graffittis y con un sencillo bar , acuden por igual personas de las más diversas edades y credos.

No importa que salga de la vitrola una añeja voz de los años cincuenta. En el patio comparten una misma mesa gente muy joven y de mayor edad. A su lado otros juegan dominó. Cerca de las gradas de teatro, en el patio del centro, conversa una pareja. Es lunes y, en ese sitio, al final de la semana, los transformistas se harán cargo del espectáculo y habrá discoteca gay. El domingo en la mañana se espera a los niños, en la tarde a las personas de la tercera edad.

El martes es el día del rock, el miércoles el de teatro, el jueves para la trova y el viernes para la juventud. La divisa de su fundador, el actor y promotor cultural Ramón Silverio, es abrirles las puertas a todo el que quiera entrar.

Alto, delgado, afable, Silverio está allí todos los días para recibirlos. No hace falta cita previa si alguien quiere conocerle y conversar. Hace 22 años, su idea fue crear un sitio para los artistas jóvenes que no tenían dónde presentarse. “El proyecto nunca estuvo en una agenda ni en un buró. Se nos ocurrió a mí y a Margarita Casalla , la directora general del Teatro Guiñol, donde empezamos”, recuerda Silverio.

“La gente empezó a interesarse cada vez más por aquellas funciones a las cuales iban artistas importantes. Muchas personas se identificaron con ese espacio, que todavía no tenía nombre. Y lo vieron como un proyecto cultural serio. Así empezó también la batalla por destruirlo, por acabarlo”.

¿Qué era lo incómodo? ¿Qué podía molestar?

La propuesta cultural era seria, pero muy espontánea, no se había contado con nadie y se veía un poco raro que no tuviera horario: los artistas descargaban hasta altas horas de la noche y se podía amanecer. Se decía que el Guiñol era un teatro para niños y no un cabaret.

Nos fuimos entonces a un local detrás del Teatro La Caridad y ganamos popularidad. Allí se le puso nombre: El Mejunje. Se le ocurrió a alguien, en alusión a una infusión de yerbas que repartíamos los viernes. Ese nombre le vino bien, porque es precisamente esa mezcla de públicos, culturas, edades y tendencias. Es un verdadero mejunje: el nombre perfecto.

¿Es cuando comienzan a llegar los homosexuales?

Ahí empieza a reunirse todo el mundo. Sólo le pido a la gente un comportamiento social acorde con el lugar, pero sin marginar a nadie. Llegaron, sí, los homosexuales, pero también otras personas excluidas, como ex presos o rockeros . Otra vez nos quisieron desaparecer y nos mudamos al patio de la biblioteca, que no era el mejor lugar. Para no matarlo, seguimos allí, pero perdió gran parte de su encanto. Un día me fui y dejé un cartel que decía: Para mis amigos, estoy en la casa.

¿Y qué pasó entonces?

Por más de un año lo mantuvimos en mi casa. Se intentaron otros espacios, pero no funcionaron. Hasta que las propias autoridades de la provincia, el Partido y el gobierno, me dieron este sitio, que estaba en ruinas, donde estuvo el Hotel Oriental, un edificio de dos plantas que se había caído. Me dijeron, si te lo damos, ¿tú haces El Mejunje allí? Aquí estamos, desde entonces.

“Ahora tenemos un gran apoyo, y también somos blanco de críticas, de enemigos que quisieran que desapareciera, todavía sigue habiendo gente que piensa así. Pero los dirigentes han sido muy respetuosos, y por eso me sentí en libertad de hacer muchas cosas, porque sabía que iba a tener siempre aliados valiosos. De cierta forma, le hemos dado continuidad a la política de la revolución cubana de que todos tienen derechos y posibilidades para disfrutar y participar de la cultura. El Mejunje también ha salvado a muchas personas.

¿Por qué dices eso?

Por el hecho de vincularlos a la cultura, de darles un trabajo, incluso. La mayoría de la gente que trabaja aquí estaba desvinculada de todo, se sentía marginada. Somos un colectivo excelente, ganamos a muchas personas para esta causa. Los artistas encuentran aquí un público especial, hecho de personas que no tenían mucho contacto con la vida cultural. Ese encontrarse la gente, el reconciliar a la ciudadanía con ciertas cosas, a las familias con sus hijos homosexuales, ha sido importante. Aquí trabajamos por la cubanía . A los jóvenes que vienen no les interesa la baratija. Es un sitio alternativo por excelencia, pero para mucha gente.

¿Crees que desde entonces hay más aceptación de la homosexualidad?

Santa Clara es una ciudad homofóbica . Muchos se fueron a otra parte porque se sentían asfixiados. A partir de El Mejunje, puedo decir que es la ciudad más tolerante que hay en la isla. No hablo de tolerancia en El Mejunje, porque aquí no hay tolerancia, hay aceptación. Hace mucho rato que pasamos esa frontera: aceptas o no vienes. Pero creo que la ciudad también se acerca a la aceptación. Lo dicen los propios homosexuales, que tienen experiencias personales desgarradoras. Muchos, arriesgándose, han ganado la batalla. Yo los admiro por eso.

¿Y tú?

He tenido mucho valor, pero tampoco hubiera hecho demasiado si no fuera por los amigos que me han apoyado. A algunos los puse en situaciones difíciles, entre la espada y la pared, pero fueron muy respetuosos y confiaron en este proyecto.

Pero siempre insistes en que la diversidad de El Mejunje no es sólo sexual, ¿por qué?

Hay quienes sólo se interesan por el mundo gay y del transformismo; tal vez porque es el más novedoso, el que más se divulga. Ignoran lo demás cuando llegan a este lugar. Pero lo más valioso es que aquí la gente llega a entender que el homosexual es una persona igual que cualquier otra y que el sexo no es lo que define a los seres humanos.

¿Qué base sostiene  esa tradición homofóbica que El Mejunje ha podido, al menos, erosionar?

Hace muy poco que la televisión y el cine trabajan para ayudar a cambiar la imagen del homosexual que hay en Cuba. Hasta hace un tiempo aparecía sólo como el tipo malo, el simpático o el que debe morir. El drama humano no se ve representado.

La película Fresa y Chocolate abrió otro punto de vista en la población. Pero hay una fuerte tradición machista en toda Latinoamérica que no se borra en un día. Por el nivel cultural que está adquiriendo Cuba, pienso que es uno de los lugares donde más pronto podría alcanzarse una libertad mayor y una menor homofobia .

Confío mucho en los jóvenes. Para ellos la sexualidad no es lo que más cuenta o determina. Las barreras se están rompiendo. Los hombres están asumiendo buena parte de los modos de vestir de las mujeres: se depilan, se sacan las cejas, se tiñen, llevan el pelo largo, se ponen aretes, collares, y son hombres heterosexuales. Es un síntoma de que el machismo se remueve.

Pero también se trata de una moda…

Es un síntoma de cambios -creo que para bien- y no sólo en lo externo, porque sin un cambio interno eso no se puede exteriorizar. No creo que un hombre machista se depile. Esas representaciones externas también son, bastante, un reflejo de lo interno. Pero igual hace falta intensificar la labor de la escuela, tratar la homosexualidad abiertamente, desde temprano, porque es un fenómeno creciente. Antes mucha gente estaba reprimida, no lo mostraba. Y, sobre todo, hace falta un cambio en la familia; si la familia entiende, entonces ese hombre y esa mujer van a ser más felices. Es importante sentir que tu familia te dice: yo estoy contigo.

¿Y que te ha dado a ti El Mejunje, en el plano personal?

Mucha satisfacción y la posibilidad de tener amigos, desde travestis o políticos, hasta marginales o intelectuales. Es mi vida, mi casa y le dedico las 24 horas del día. Aquí he podido conocer realmente al ser humano. La gente vive en una nube y cree que los problemas son de otros, que el sida o la homosexualidad es de otros. Pero, un buen día, se dan cuenta de que su hijo, su familiar, su esposo, está en esa situación. La gente no está preparada para aceptar esas cosas y a mí me ha dado eso, la posibilidad de conocer al ser humano. Ya nada me parece extraño, creo que todo es posible y nos puede pasar.

(Tomado del Servicio de Noticias de la Mujer de Latinoamérica y Caribe( SEMlac ).

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