Guevara se despide a cine repleto

A propósito del fallecimiento de Alfredo Guevara, rescatamos una de nuestras publicaciones en la que se reseña su salida del ICAIC.

Jorge Luis Baños-IPS/ jlbimagen@gmail.com

Alfredo Guevara, quien hasta su fallecimiento fue Presidente del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.

Cerca de un mes rodaron los rumores de la renuncia de Alfredo Guevara como presidente del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). En los círculos culturales mucho se especuló sobre las posibles razones que llevaron al destacado dirigente a tomar tal decisión. Lo cierto es que cuando el 22 de marzo el periódico Granma hizo oficial la nota del Consejo de Estado, buena parte de la intelectualidad cubana se encontraba preparada para aceptar -con mayor o menor aptitud- el hecho irrefutable.

Aunque en conferencia de prensa el mismo día, Guevara explicara que “necesito expresarme y encontrar caminos para decir mis verdades”, la referida nota, cuidadosamente redactada, advertía que no se trataba de una dimisión cualquiera. Muy a tono con el estilo del compañero de estudios del presidente cubano Fidel Castro, quedó claro lo significativo de su labor al frente del ICAIC en dos diversas temporadas.

Otro precedente que se crea con el tratamiento de esta noticia se ubica en el hecho poco usual en Cuba de que el funcionario saliente emita declaraciones y hasta se despida en público. En concurrido encuentro Alfredo Guevara dijo haberle resultado muy dolorosa esta decisión “por mi relación con los cineastas. Quiero que mis ideas queden en blanco y negro. Tengo por terminar dos libros a los que dedicaré tiempo. No vivo de la nostalgia, con la edad que tengo me propongo afrontar cosas. Siempre hay que abrir caminos a otros, no olvidar a los que fundan, pero mirar siempre hacia delante”, declaró.

Amigo de Castro desde las aventuras estudiantiles y la socorrida relacionada con el Bogotazo de 1948, este hombre culto y refinado fundó -junto a otros nombres relevantes como Julio García Espinosa y Tomás Gutiérrez Alea- el ICAIC en 1959. El proceso revolucionario cubano marcaba así desde su inicio su vocación humanística. Luego de décadas guiando los pasos, muchas veces escabrosos, para cimentar una cinematografía nacional desempeñó con prestancia hasta 1982 su cargo de embajador de Cuba ante la UNESCO.

La personalidad de Guevara se relaciona siempre con la confrontación dentro del movimiento cultural de los últimos cuatro decenios; también sobre todo, con una consecuencia a toda prueba si de defender la capacidad del arte de señalar, criticar o testimoniar no sólo lo halagüeño se trata.

Este “cómplice y coautor del cine cubano, aún del no logrado” , como se autodefiniera, apostó más de una vez por la irreverencia temática y formal.

Aplaudido en ocasiones y criticado otras, Guevara amparó- sobre todo a su regreso de la agencia de la ONU en 1991- la obra a veces en picada de consagrados y aupó, para muchos hasta la vehemencia, a noveles realizadores como Arturo Soto (Pon tu pensamiento en mí y Amor vertical) o Enrique Álvarez (La Ola). En ese controvertido equilibrio se mecía en gran medida su popularidad.

El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano es otro de sus hijos de éxito, tanto, que sobrevivió a su aparente apatía por los cargos (“que te comen la vida”, como dijo recientemente). A su empeño organizacional, sensible y diplomático se debe el evento cultural más deseado y concurrido que tiene el público cubano hace 21 años. Latinoamérica se armó también de una cita de renombre, a la cual reporta lo mejor de su pobreza y fortuna artística.

La valentía intelectual de Guevara salvó varias veces al ICAIC de desaparecer con toda la otra propuesta que representa y ser devorado estéticamente por un tiburón: el Instituto Cubano de Radio y Televisión.

Este peligro, al que más teme la gente de cine, podría extinguirse, según comentó en privado Alfredo con varios reporteros: “Eso no debe ocurrir, al menos, así quedó pactado”.

Omar González, sucesor de Guevara en el cargo y ex presidente del Instituto Cubano del Libro, acaba de salir de la IX Feria Internacional del Libro de La Habana con un buen aval. El encuentro resultó un éxito y cerró un círculo que se completa con la recuperación editorial de una década difícil.

González consiguió, como su antecesor en el cine, concretar convenios y adentrar, la creación literaria nacional en los vericuetos del mercado.

“Todo ello hace pensar que es una buena decisión”, de acuerdo a las palabras del propio Guevara. Sólo que el acercamiento de Omar al mundo de la imagen recoge únicamente su casi imperceptible paso por la vicepresidencia del ICRT durante los ochenta. “Cuando un hombre tiene talento y cultura hay que confiar en que lo que no sabe lo aprenderá”, sentenció Guevara, quien agradeció a González su deferencia al permitirle una despedida en público.

Pocos ponen en duda que con la liberación de Alfredo Guevara concluye una etapa importante y decisiva para el cine cubano. Queda por ver si resultan prejuiciadas o no las versiones de que se inicia un período incierto o definitivamente otro dentro del panorama cinematográfico del país.

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