Habana Vieja, la ciudad reinventada de Eusebio Leal

En ocasión del próximo 495 aniversario de la ciudad de La Habana proponemos una entrevista al historiador de la ciudad realizada en 1999.

Jorge Luis Baños - IPS

Eusebio Leal durante una conferencia

Como uno de los más grandes desafíos a la humanidad concibe la ciudad futura Eusebio Leal Spengler, historiador eminente para quien restaurar el patrimonio cultural es salvar el alma de una nación.

Nombrado al frente de la Oficina del Historiador de la ciudad de La Habana desde 1969, Leal tiene a su cargo una de las mayores responsabilidades sociales de este siglo en Cuba, rescatar casi de las ruinas y para el disfrute de todos el Centro Histórico de la capital.

Primero fue un palacio, después las fortalezas coloniales españolas y poco a poco se fueron sumando casas, templos y calles enteras, salvadas de años y años de abandono. Ahora, La Habana Vieja se abre al turismo en busca de recursos para salvar el patrimonio y mejorar la vida de su gente.

A la voluntad y capacidad de gestión de Leal se debe, en gran medida, que la ciudad antigua, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Ciencia, la Educación y la Cultura (UNESCO) en 1986, viva el momento de mayor dinamismo constructivo de las últimas cuatro décadas.

“La Habana Vieja para sus habitantes”, es la máxima de Leal que insiste en que parte importante de los ingresos del turismo se destinen a restaurar escuelas, mantener un centro materno o convertir un antiguo convento en el primer asilo de ancianos que tendrá esta parte de la capital de Cuba.

Considerado como uno de los hombres más populares de la isla, se le puede ver cada mañana recorriendo las calles de La Habana Vieja, supervisando una por una las obras de la Oficina del Historiador, escuchando las quejas de los vecinos sobre el albañil que trabajó mal o el agua que no llega.

Así y todo, busca tiempo para ejercer como profesor invitado en universidades europeas y americanas, profesor titular de la Cátedra de Filosofía e Historia de la Universidad de La Habana, maestro de Arqueología, asesor de consejos superiores de instituciones científicas internacionales y diputado al parlamento cubano.

Es miembro correspondiente de tres Reales Academias Españolas: la de Historia, la de la Lengua y la de Bellas Artes de San Fernando. Ha recibido, entre otras, la Medalla Víctor Hugo de la UNESCO y la Orden de las Artes y las Letras de Francia.

Tiene publicados numerosos artículos y ensayos y los libros Regresar en el tiempo; La Habana, ciudad antigua; Detén el paso caminante; Verba Volant; Fines; La luz sobre el espejo y El Diario perdido de Carlos Manuel de Céspedes.

Sueña con salvar lo salvable, pero sabe que no llegará a tiempo para salvar todo lo que quisiera. De algo sí está seguro, La Habana se libró hace muchos años de convertirse en el Cancún del Caribe y debe conservar su alma.

IPS – ¿Cómo concibe usted las ciudades del futuro, no sólo a La Habana, sino las grandes urbes latinoamericanas?

Eusebio Leal – La ciudad futura es uno de los más grandes desafíos a la humanidad. La ciudad es una invención del hombre. Cada ciudad tiene su personalidad, su identidad, se va reinventando por generaciones. Algunas padecen enfermedades incurables, otras están deformadas o cambiadas. En muchos casos son campamentos inseguros e invivibles. Todo eso lo he visto. Pero hay en el continente un fuerte movimiento que busca restaurar y salvar precisamente para evitar que perezca la identidad, como en Ciudad México, la más grande ciudad de este continente o en Santo Domingo.

Es un movimiento que ha sido heroico en Puerto Rico, conducido por Ricardo Alegría. Allí la defensa del centro histórico ha supuesto también el símbolo del rescate de la identidad de la nación puertorriqueña. Se hace exactamente igual en Bogotá. Hay inquietudes enormes en ciudades en que todo o casi todo se ha perdido, como Caracas o Santiago de Chile. Sin embargo, hay una voluntad compartida en el continente.

IPS – ¿Esa voluntad, se traduce o no en una conciencia social?

Eusebio Leal – El gran problema es que yo aquí salgo a la calle y todo el mundo me habla de La Habana Vieja y de una u otra forma se habla del tema, de modo que La Habana Vieja se ha convertido en el corazón, ha vuelto a latir como corazón. En otros lugares, ese latido no se percibe. No alcanza, como aquí en Cuba, a convertirse en una conciencia social

IPS – Uno de los grandes problemas de las grandes urbes es la agresión al medio ambiente, el alto grado de contaminación que sufren muchas de ellas. ¿Cree usted que hay conciencia de la gravedad del asunto?

Eusebio Leal- En muchos casos solamente se toma en cuenta cuando ocurre la catástrofe, cuando el televisor anuncia dramáticamente que esta mañana se superan los límites de lo que puede ser soportado en cuanto a contaminación. Cuando hay que tomar decisiones terribles para hacer que no salgan una cantidad de automóviles a la calle porque es demencial la propuesta de la sociedad de consumo de vender automóviles en espacios urbanos. ¿Qué nos haríamos con una China en que cada ciudadano de ese país tuviese un automóvil?

Entonces hay que predicar que la prosperidad, que la satisfacción de las grandes necesidades del hombre no son sólo materiales, porque las materiales llevarían a la destrucción del mundo y del universo. Hay que refugiarse y hay que tratar de resolver las cuestiones esenciales de la dignidad humana, pero hay que hacer una apelación profunda, grande y salvadora a los valores espirituales.

IPS – ¿Qué nos deja de bueno y malo el siglo que ya despedimos?

Eusebio Leal- Ha sido un siglo de grandes calamidades, pero que también deja grandes adelantos, inventos, grandes alucinaciones, grandes sueños y grandes utopías e ideas que no han sido derrotadas. Porque el sueño de una sociedad más solidaria, más comprometida, más humana, el sueño de la justicia social, el sueño de la paz no puede ser de ninguna forma desestimado. Podemos morir nosotros, que tenemos una vida limitada, pero las ideas no.

IPS – Dadme la palanca y moveré al mundo, dijo el sabio griego Arquímides de Siracusa (287-212 a.e)… ¿Cuál ha sido esa palanca que le ha permitido impulsar el rescate del patrimonio cultural que encierra La Habana Vieja?

Eusebio Leal- Yo pienso que el punto de apoyo para nosotros ha sido realizar un proyecto institucional de recuperación de la memoria social de la historia, en La Habana Vieja, que no ha sido sólo este pequeño espacio, sino es también un discurso para Cuba y otros países. Hoy ya podemos decir que la recuperación de La Habana Vieja es un empeño para el futuro y se va cumpliendo el sueño de una ciudad para todos. En eso estoy, ese es el sentido de la palanca, un punto de partida.

IPS – Expertos en el tema dicen que el patrimonio tiene que ser sustentable y rentable. Que no hay sociedad que soporte esa carga material que implica sostenerlo…¿Bajo qué premisas es posible salvar el patrimonio cultural en Cuba y qué hacen otros países de América Latina?

Eusebio Leal- Hasta 1994 nosotros actuamos siempre con presupuesto del Estado para concretar planes de restauración, pero a partir de ese año, la crisis económica se hizo sentir con mucha fuerza.

Un Decreto Ley de octubre de ese año le dio a la Oficina de Historiador, entre otras cosas, capacidad de crear un sistema de desarrollo económico en el Centro Histórico de La Habana Vieja.

Así surgió Habaguanex que es nuestra compañía para el desarrollo turístico que administra y dirige hoteles, mercados, restoranes y una red de tiendas, todo lo cual renta a favor de la restauración. Eso nos permitió crear dos compañías constructoras, un departamento de arquitectura para redactar proyectos y un Plan Maestro para dirigir, estudiar y analizar antes de tomar cualquier decisión. Gracias a esto pasamos en los cinco años decursados, desde octubre de 1994 a la fecha, de una necesidad absoluta a una capacidad de autogestión que hoy estamos ejercitando plenamente.

IPS – ¿El capital de Habaguanex es todo cubano?

Eusebio Leal- Es cien por ciento cubano. Ahora hay inversiones, por ejemplo en hoteles, que se han realizado con participación de capital extranjero, pero siguiendo el esquema de que la proporción accionaria favorece a la Oficina del Historiador, partiendo del principio que hemos defendido grandemente y que es preocupación del jefe de Estado (Fidel Castro) de que La Habana Vieja se restaure sin venderse, que bajo ningún concepto se venda el patrimonio del país, en este caso, el patrimonio histórico y artístico, no enajenarlo.

IPS – Pero el inversionista busca la ganancia al día siguiente, mientras la cultura va a las raíces, a lo profundo… ¿Usted diría que esta contradicción está resuelta en Cuba?

Eusebio Leal- En primer lugar hay una lucha diaria, porque nosotros no hemos resuelto todos nuestros problemas económicos y estamos asediados por personas que vienen y nos ofrecen villas y castillos a cambio de que accedamos a demoler por ejemplo en el Malecón (muro que bordea un buen trecho de la costa habanera) un conjunto de edificios y levantar torres, lo cual sería más rentable. Los terrenos valen más, nos dicen, que lo que está construido. Nosotros hemos defendido rabiosamente ese Malecón histórico y ya comienzan a verse los resultados de esa batalla que estamos librando allí, con el apoyo de algunos organismos internacionales.

IPS – Entre varios flagelos que afectan a las sociedades en las postrimerías de este siglo figura el de la corrupción en la administración pública. ¿Cuáles son sus recetas para proteger esta gran empresa que usted dirige de ese problema?

Eusebio Leal- Pienso que lo primero es continuamente abordar el tema de que obras grandes como las que hemos emprendido requieren de una espiritualidad y una mística que no puede nunca abandonarnos. El dinero y la riqueza no puede suplir de ninguna manera los valores éticos y morales. Esto es fundamental. A pesar de que pueda causar risa y parecer un pensamiento idealista o pequeño burgués, no cabe la menor duda de que los valores espirituales y morales de la gente no pueden ser cambiados por nada y de ninguna manera. Mis colaboradores y yo tratamos de mantener en alto esa espiritualidad. Tratar de recordarnos que nosotros somos gente de la cultura, que en grandes aprietos tuvimos que buscar un sustento económico para nuestros sueños.

IPS – ¿Ha sentido en algún momento que debió hacer concesiones culturales que pudieran resultar graves?

Eusebio Leal-Todos los días los seres humanos tenemos que hacer concesiones. Hay momentos en que la concesión es de no quedarme en la cama por la mañana, porque me siento agotado y quisiera una hora más de descanso, pero no puedo. Aún las grandes causas requieren concesiones, pero éstas no pueden ser de principios, decisivas.

Lo que hay que tener son controles y aquí abundo sobre el tema de la acechanza de la corrupción, permanecer vigilantes, uno no se puede descuidar, tiene que atacar las cosas cuando nacen y no cuando se desarrollan, a partir de ahí no estando dotado yo ni muchos de mis colaboradores de una vocación empresarial hemos tenido con humildad que aprender y, sobre todo, aceptar el yugo cotidiano de hablar y tratar temas que antes cuando estábamos bajo protección o subvencionados no eran habituales.

IPS – ¿Y cómo se siente metido en este doble traje de, por un lado, historiador y gran rescatador de cultura y, por otro, hombre de negocios?

Eusebio Leal- No sé cual será la suerte de mi sucesor. la mía ha sido difícil en el sentido de que todas las cosas también se han modelado en el entorno de ciertas personas y ha sido un voto de confianza dado a ciertas personas por la dirección del país. En este sentido, me siento siempre aprisionado por una gran responsabilidad y el concepto de que no puedo defraudar la confianza que se me ha dado por parte de la nación y también de mis conciudadanos.

IPS – Rescatar el patrimonio junto con su comunidad, hacer que ésta viva y palpite dentro de este gran museo, ¿no resulta más costoso, teniendo en cuenta la cantidad enorme de problemas que hay que solucionar para hacer habitable el lugar?

Eusebio Leal- Si, Disneylandia sería más fácil, pero menos atractivo y no tiene para mí ningún sentido. Precisamente, como me tocó vivir en un proceso social definitorio, en una Revolución social de gran alcance, no puedo ver ningún fenómeno desligado de la cuestión social y humana. En este sentido, creo que el encanto de lo que llevamos a cabo hoy está precisamente en haber borrado esa frontera y haber establecido un proyecto participativo.

No se trata de restaurar para crear un centro turístico, sino para preservar la cultura y al mismo tiempo, para que las familias que habitan aquí puedan mejorar sus condiciones de vida.

IPS – ¿Hay planes de la Oficina del Historiador para La Habana que queda fuera del Centro Histórico?

Eusebio Leal- Esperamos tener la posibilidad de extender nuestra acción a Centro Habana, colindante con La Habana Vieja, donde hay una cantidad enorme de edificios monumentales, habitados o no, que justifican nuestra intervención y podrían crear polos de atracción capaces de generar nuevos fondos económicos que son indispensables para una rehabilitación tan profunda. Ya no hablo de restauración, que en Centro Habana es más puntual, se trata de una revitalización de la zona habitada que está en estado precario. También creo que las acciones de la Oficina tienen un carácter ejemplar y que van motivando una imitación no sólo en La Habana, sino en el resto del país.

PATRIMONIO Y TURISMO

IPS – Todo esto es posible gracias al turismo, que es altamente depredador para la identidad de un país. ¿Cómo preservarse de ese riesgo?

Eusebio Leal- Ser parte de una concepción, nosotros creemos que se puede realizar un gran proyecto turístico y defender la identidad siempre y cuando se tengan claros los conceptos, las ideas sobre los cuales se va a defender esa cuestión. Si el proyecto turístico, como tarea de la nación, es asumido por la gente y la gente participa de ese proyecto será muy difícil que se debiliten los signos de identidad. Hace falta preparar a la comunidad, confiar en ella y hacerla participar. Es lo que estamos haciendo en La Habana Vieja.

IPS – ¿No hay peligro de cancunización de La Habana Vieja?

Eusebio Leal- Para mi está claro que por lo menos mientras yo viva y vivan mis colaboradores, esa confianza que tenemos depositada lo impedirá. Siempre hay tentaciones… aún entre los colaboradores pueden haber algún punto de vista diferente. Nosotros hemos optado por el camino más largo, pero creo yo que es más revolucionario.

IPS – ¿Puede decirse que ahora es segura La Habana Vieja?

Eusebio Leal- En La Habana Vieja se vivió la primera experiencia de crear una policía especializada que le dé garantía a la ciudadanía y al visitante extranjero y esto se ha logrado. Hasta el año pasado, el estado de la seguridad era crítico. De pronto vimos que nuestro reino comenzaba a ser invadido por gente que venía a depredar. Ahora, las familias están tranquilas y los turistas también.

IPS – ¿Pero la solución a ese problema está sólo en aumentar la cantidad de policías en las calles?

Eusebio Leal- No, la solución es muy compleja, no se trata solamente de más policías. Hay que unir una obra social comunitaria, como se ha hecho aquí, pero hay que hacerla brillar y en este caso el orden público contribuye a eso. Porque el orden público permite y da seguridad para que esa obra social, humana, cultural, solidaria pueda ser apreciada. Hace falta también técnica; el policía no tiene que reprimir, tiene que disuadir, explicar, hablar, no puede ser una máquina para dar empujones. Debe ser un hombre que piense y actúe.

IPS – ¿Cuáles son las reglas de juego que usted establece a los habitantes de un edificio restaurado y cuáles son los criterios de selección? ¿Todo el mundo se queda a vivir en La Habana Vieja?

Eusebio Leal- Lo más difícil era decidir arbitrariamente desde arriba quien se va y quien se queda. Por eso, el Plan Maestro hizo un estudio, no solamente de los tipos de edificios y sus características, sino que también se realizó un estudio sociológico del Centro Histórico. Ahí surgieron los grandes problema y necesidades. Supimos cuántos niños inválidos, qué problemas tiene la mujer, el anciano, etc. Pudimos realizar un discurso mucho más completo y de mayor credibilidad.

Ahora bien, muchos edificios que alguna vez fueron hoteles en La Habana Vieja y se convirtieron luego en ciudadelas han sido o serán restaurados. En estos casos, tenemos que crear viviendas para quienes ocupan estas antiguas edificaciones, por lo general en pésimas condiciones. No hay alternativa, de lo contrario no obtendríamos fondos para darles a estas personas vivienda digna.

No quisiera hacer comparaciones con otros lugares del mundo, pero en sentido general, en los países del llamado Tercer Mundo ocurre que cuando hay proyectos de este tipo y un centro histórico por alguna razón se valora, se produce el regreso de las clases dominantes que una vez lo abandonaron, los terrenos comienzan a privatizarse, los palacios a cerrarse, las casas a convertirse en minas privadas. Este no es el caso nuestro, aquí todo queda abierto para todo el mundo.

Pero llegó el momento en que hay que restaurar estos hoteles y ponemos como premisa fundamental que antes de emprender el proyecto, tienen que hacerse las viviendas para quienes lo habitan. Es decir, se les lleva a un nuevo edificio. Yo creo que en este sentido, tenemos una fuerza moral para decir que actuamos correctamente. En el resto, donde la tensión no es tan grave, luchamos por reubicar a las familias en el propio territorio en tanto se reconstruye la edificación. Una vez concluidos los trabajos, regresan a sus hogares.

Esto lo estamos haciendo en la Plaza Vieja, donde todos han podido regresar a su casa restaurada. La reacción ha sido positiva, de colaboración. Aunque al principio la gente desconfiaba, no sentía que debía participar en algo y en el momento en que la crisis fue más profunda y que se creaban agravios comparativos, tenías que hacer cosas para sacar dinero del turismo, restoranes, hoteles, y esto chocaba en muchas ocasiones con la situación, yo diría con franqueza, desesperada de los que no tenían nada o tenían poco. Yo pienso que eso se ha ido disminuyendo, que el principio de redistribución se ha visto con toda claridad y hoy generalmente las personas aceptan con mucho entusiasmo lo que está pasando.

IPS – Si a usted le dijeran que debe abandonar este lugar y sólo se puede llevar tres cosas, ¿cuáles elegiría?

Eusebio Leal-Yo creo que las cosas empiezan a abandonarnos a nosotros primero y después nosotros las abandonamos todas. Se dice que Chopin llevaba una bolsa de tierra, otros traen una piedra de algún lugar del mundo, Alguien dijo que si se retirase algún día se llevaría consigo la Biblia como libro de consulta. Yo no he pensado eso antes, pero puesto en ese trance, me llevaría mis recuerdos, la imaginación que es siempre superior a la realidad.

UNA CUBA MÁS LIBRE

IPS – La crisis económica ha creado trastornos en la sociedad cubana, heridas que podrían ser graves para las nuevas generaciones, ¿Qué opina usted de eso, como el humanista que es?

Eusebio Leal- Llevamos más de un siglo en profundas conmociones sociales. La Revolución no ha terminado, comenzó el 10 de octubre de 1868 con lo más inmediato que los libertadores enfrentaron, la independencia de Cuba y la abolición de la esclavitud. Una sociedad más justa fue ya una idea en el pensamiento de José Martí y eso llevó a su generación a una nueva lucha que fue frustrada por la intervención de Estados Unidos en la guerra independentista de Cuba, que limitó las posibilidades democráticas de la república que debió nacer soñada por los libertadores y Martí particularmente, por todos y por el bien de todos.

Heredamos una sociedad carente de justicia, llena de grandes diferencias que fue la de mi niñez y eso llevó al país a compartir mayoritariamente y casi universalmente la idea de que era necesaria una transformación profunda de la sociedad cubana. Vivimos inmersos en ese proceso desde hace 40 años y su solución y su fin pasan por lo que yo llamaría la conquista fundamental a la cual aspira el pueblo cubano, que es poder hacer y decidir su destino sin que nadie desde afuera tenga que determinarle qué hacer y qué no.

Hace mucho tiempo dije públicamente que Cuba era ahora más libre que nunca, porque lo era de España, de la Unión Soviética, de Estados Unidos, que nuestro pueblo estaba tratando de volar y que ese vuelo no podía ser en forma alguna interrumpido. Hemos visto cómo ocho años después del derrumbe de la URSS y en medio de un recrudecido bloqueo estadounidense, el pueblo cubano pudo sobrevivir, la nación cubana pudo sobrevivir. Nos hemos arrebatado de la frente el injusto estigma de ser un satélite de la Unión Soviética, hemos demostrado que Cuba es una estrella con luz propia, que puede vivir.

Entonces, cesando los condicionamientos externos, garantizándose la libertad de todos los ciudadanos de entrada y salida, de ir y venir, creándose espacios de concordia y de paz dentro y fuera de Cuba, en el entorno y con relación a Cuba, se alcanzaría el estatus y las razones por las cuales hemos luchado. Es verdad, los logros no se pueden reducir a las esferas de la salud, la educación. Yo creo que la principal batalla librada es de carácter ético, pienso que el principal beneficio obtenido es de contenido moral, ha sido asegurarle a los cubanos el poder soñar con que tienen una dignidad y poder ejercitar un derecho.

Ahora bien, todo eso ha sido puesto en peligro por un gran huracán, la situación que hemos vivido, hemos marchado como un barco en la tempestad a merced de las grandes olas y los vientos, sintiendo que la estiba se corre en una y otra dirección en el vientre del barco, hemos volado como uno de esos grandes albatros en medio del temporal y yo creo que saldremos adelante.

Pienso que llegaremos finalmente a tener aquello por lo que hemos luchado que es precisamente ese reconocimiento pleno a la soberanía de nuestro pueblo y que cada cubano pueda vivir mejor y sentirse mejor en su patria, sin necesidad alguna de ir a buscar pan y prosperidad a otra parte del mundo. Creo que eso es fundamental.

Pero lo esencial, lo que está presente en mi pensamiento continuamente como intelectual y hombre político es la cuestión de la prevalencia de la nación cubana, la identidad, que prevalezca la nación, que prevalezca el sueño nacional del pueblo cubano, la utopía individual de los cubanos, que además ha estado siempre indisolublemente ligada al sueño por una América Latina unida, por un mundo de solidaridad y amistad que no conoce fronteras.

ANEXO

LA CIUDAD DE LA HABANA *

Por Eusebio Leal

La Habana, una de las ciudades más antiguas del continente, nos invita a conocerla al darnos la bienvenida. El rico tesoro de su arquitectura testimonio de la diversa creación y síntesis de estilos, la leyenda de su puerto defendido por colinas y fortalezas, origen en gran medida de que la villa antigua alcanzase una fama universal, constituyen el centro de atracción colonial. Pero más allá de sus antiguas murallas y bastiones, hoy casi totalmente desaparecidos, la urbe creció hacia el oeste ocupando los campos vedados y feraces, convirtiéndose en la metrópoli actual depurada de los escarnios de un pasado de anarquía urbanística, lacras sociales y estratificación clasista, para ser en los variados motivos de un nuevo y pujante desarrollo, la capital de Cuba socialista.

La Habana fue fundada en la costa sur de la presente provincia en el año de 1514, siendo posteriormente trasladado su asiento en dirección al norte en dos ocasiones, hasta alcanzar su establecimiento definitivo junto a su puerto actual en 1519. De la aldea primitiva sólo se puede seguir la huella arqueológica ocultada por el paso de los siglos. En su nueva ubicación la villa se convierte en el último lugar de paso de los conquistadores camino hacia las nuevas aventuras en las tierras americanas.

Su estratégica posición geográfica la hace blanco de las agresiones de corsarios y piratas. El fuego consumió en varias ocasiones la naciente ciudad, y el tesón de sus vecinos y moradores la volvió a edificar en el mismo sitio. De acuerdo a estas circunstancias se erigieron castillos y torreones, murallas y fosos, y la ciudadela así protegida pudo, llegada la hora, convertirse habitualmente en el depósito seguro de los caudales del rey procedentes de la explotación de las colonias continentales, al transitar y hacer estadía en el puerto las flotas comerciales que convoyadas por navíos de guerra, hacían la carrera de las Indias con destino a su metrópoli, España.

Esa concentración naval y su consecuente ola de marinos y viajeros caracterizó durante muchos decenios el perfil habanero, imprimiéndole un carácter peculiar a las costumbres y al comercio. Hostal y depósito, plaza para la venta de esclavos y mercaderías, mora y andaluza, crisol de mestizaje, son las cualidades que la definieron. De hecho capital de la isla desde 1550 recibió el título de ciudad a partir de 1592 por Real Cédula de Felipe II.

En la parte antigua de la ciudad de La Habana observamos el germen de ese misterioso atractivo en las calles angostas que encuentran oportuno desahogo en las plazas, en que pared con pared se alinean las casas de nobles y negreros, prelados y navegantes, asomando de entre esta trama el villorio de los artesanos, oficiales y maestros de todas las artes, edificadores verdaderos de la noble Habana, ciudad de campanas y pregones, de torrecillas y miradores orlados de rojos tejados por los que ruedan en torbellinos las aguas de todos los veranos.

Han sido a través del tiempo diversas las interpretaciones que tratan de explicar la originalidad de su nombre: Habana. Algunos autores asocian su raíz al vocablo Haven que quiere decir puerto o fondeadero. Pero ha de pesar mucho en nuestra opinión el hecho de que al avanzar hacia Occidente en 1513 los conquistadores españoles, dejaran testimonio sobre el jefe aborigen Habaguanex, señor indiano cuyo nombre es quizás clave y origen del misterio del de la ciudad, que sin lugar a dudas nació sin par.

Lugares de obligada visita resultarán sin duda la Plaza de Armas y la Plaza de la Catedral.

La primera está presidida por el Palacio de Gobierno, Casa del Capitán General y Ayuntamiento y otros edificios entre los que sobresalen el cuatricentenario Castillo de la Real Fuerza, el Palacio del Segundo Cabo, antigua Casa de Correos y un pequeño Templete, en cuyo jardín cerrado por verjas estuvo en otro tiempo una ceiba de tupido follaje, donde a su sombra dícese se reunieron regidores y pueblo para el establecimiento definitivo de La Habana. En 1828 se construyó este monumento. Para su reducido espacio interior el pintor francés Jean Baptiste Vermay realizó tres grandes lienzos memoriales que dejaron a la posterioridad aquellos hechos. De talla admirable son de estas obras las imágenes de las habaneras, retratadas por el pincel del artista. Descendiendo las gradas del Templete la lápida latina nos exhorta:

Detén el paso caminante, adorna este sitio un árbol, una ceiba frondosa más bien diré signo memorable de la prudencia y antigua religión de la joven ciudad, pues ciertamente bajo su sombra fue inmolado solemnemente en esta ciudad el autor de la salud. Fue unida por primera vez la reunión de los prudentes concejales y no perezca en lo provenir la fe habanera. Verás una imagen hecha hoy en la piedra, es decir, el último de noviembre en el año 1754.

Atravesando la plaza hacia uno de sus ángulos aparece sólido, armado de cuatro bastiones poligonales el Castillo. Terminado en el año de 1577 de bóvedas perfectas y amplia plaza superior, encima de ella los gobernadores antiguos levantaron casa de vivienda. Orgullosa, sobre uno de los baluartes, la torre de vela guarda el timbre de una poderosa campana que llamaba a los soldados al recogimiento de la ordenanza o al arrebato ante el temor al enemigo. Para esta atalaya el escultor y fundidor Gerónimo Martín Pinzón hizo “una giraldilla”, veleta que marcaba la ruta de los vientos.

De la sobriedad del Castillo pasamos al elegante Palacio de Correo, testimonio cabal de la arquitectura del siglo XVIII. De pórtico labrado, atrio morisco y patio pequeño logra, por la admirable realización, ser un lugar escogido e inolvidable.

El ámbito de la Plaza de Armas está nimbado por el carácter severo del conjunto, tocado por el encanto de cuatro fuentes que salpican los canteros de jazmines y albahacas de profundos olores. Resulta incomparable la belleza del patio de la Casa de Gobierno cuyo claustro goza de un prestigio universal, edificio que hoy alberga el Museo de la ciudad de La Habana.

La Plaza de la Catedral reina sobre su contorno como la poseedora de todas las gracias y encantos de otros tiempos. Circundada por las arquerías de los portales de palacios que fueron de la nobleza, está encabezada por la espléndida monumentalidad de la iglesia que en delirio barroco de sus formas, quiere emular sus olas de piedra con las del mar azul que se avizora desde sus dos torres elevadas, celdas de campanas magníficas. En esta iglesia reposaron durante más de un siglo desde 1796, las cenizas del Almirante Cristóbal Colón.

Frente al templo la casa más antigua, construida por un marino de fama en el año de 1720, atesora las más ricas colecciones de arte colonial. Las techumbres de esta mansión son un exponente clásico de la fuerte tradición árabe que influenció las artes constructivas en la ciudad en sus primeros siglos.

Las cristalerías con que es tradición en Cuba cerrar los arcos y coronar las altas puertas, otorgan un toque mágico a cada rincón de la plaza. En lo alto de la logia del Marqués de Arco o en las galerías superiores de la casona del Marqués de Aguas Claras el sol juega haciendo aparecer luces de colores sobre las piedras.

Hubo en la plaza hace mucho tiempo, una fuente que recibía sus aguas de un canal extramural y vertíalas en aquel sitio, entonces un terreno anegadizo que el tiempo engrandeció. Un padrón marca esa fuente cuya antigüedad se remonta al año de 1592.

La ciudad conserva edificaciones militares de los siglos XVI, XVII y XVIII. Más allá del nervio pétreo de los amurallamientos, muy pronto La Habana se expandió a pulmón abierto. Las nuevas barriadas se alinearon junto a las calzadas y paseos extramurales para dar solar y techo a una población heterogénea y populosa.

Esta atmósfera cargada del gentío ganoso de distracción y fiesta se percibe aún en el Paseo del Prado, cuyos jardines techados por frondosos laureles concluían ante un espacioso parque enfrentado al teatro y circundado por aceras que fueron favoritas por sus cafés y cines libres tales como “El Anón”, “El Inglaterra” y sobre todo “El Louvre”, en cuyas peñas encontró punto de reunión habitual la juventud intranquila y pensadora en la segunda mitad del siglo XIX, período en que el pueblo cubano comenzó la lucha armada por sacudirse el yugo colonial.

El prado habanero marca una línea de transición epocal. Paseo de leones, cuyos bronces fueron de los cañones que en un tiempo ido defendían la ciudad; prado de farolas, cuyas iluminaciones visten con gala de fiesta el prolongado parque de la Fraternidad donde tienen lugar propio los monumentos a los padres de la independencia americana.

Reina de estos jardines es la Fuente de la Noble Habana representada como una india de encantadora hermosura, Cibeles tropical sostenida por un tronco de delfines.

*Tomado de la Revista Bohemia

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