Ileana Sánchez: El oficio de fingirse ingenua

En ocasión del premio recibido por la pintora camagüeyana, proponemos una de nuestras publicaciones de 2001.

Jorge Luis Baños/ jlbimagen@gmail.com

Taller de la pintora.

La obra plástica de Ileana Sánchez (Camagüey, 1958) ha ido ganando en dimensión y peso, sin que la crítica la haya tenido en cuenta, más allá de reconocimientos incidentales. Su reciente muestra personal “Hoy como ayer” en el Museo de las Américas de San Juan, Puerto Rico, así como su participación en el proyecto “Diálogo entre Islas”, dedicado a exhibir sábanas pintadas de artistas cubanos y mallorquines durante la recién concluida Bienal de La Habana, han revelado ya la conquista de un estilo, un sello personal resistente a todo vaivén de la moda o de los istmos.

El quehacer de la artista comenzó como tanteo, a lo largo de la década del 80, mientras enseñaba los secretos de la pintura a grupos de niños, desafiando todas las convenciones hasta el punto de hacerles realizar un enorme mural al óleo en una tapia camagüeyana que aún existe. Además, trabajó con las manifestaciones más diversas: cerámica, diseño gráfico y hasta creaciones de modistura, y un día experimentaba con rodillos entintados para hacer monotipias -así logró sus exposiciones “El Monte” I y II – y otro sometía telas a tintes de su invención para confeccionar vestidos con ellas. De toda aquella poética de la libertad extrema o de la arbitrariedad –la misma que enseñaba a sus alumnos–, fue surgiendo un oficio, una manera de expresión que hará inconfundibles sus creaciones.

En la primera mitad de los 90 su relación con la pintura va a sistematizarse. La exposición “Tropicolas” en el Centro Provincial de Artes Plásticas de Camagüey (1991) mostraba un conjunto de telas de gran formato, en las que el motivo de la emergente marca de refrescos enlatados se reiteraba en cada pieza –como hiciera años antes Andy Warhol con la sopa de tomate Campbell. Tanto la relación de esta imagen con otras derivadas de la fotografía propagandística, el tratamiento del color y muchas soluciones de composición hacían pensar en la influencia del pop art. Pero la asimilación de procedimientos tomados de los comics hacían pensar a veces en un voluntario homenaje a Lichestein.

De este período datan piezas significativas como el cuadro a la memoria de Elvis Presley y el conjunto o políptico en el que a modo de tira cómica están las aventuras de Elpidio Valdés versus el Ratón Mickey.

Sin embargo, el vuelco definitivo se produce entre 1996 y 1997, más no en Cuba sino en la mediterránea Mallorca, donde la creadora comienza a trabajar cada verano junto a su esposo, el pintor Joel Jover, en los talleres que posee en su finca la millonaria coleccionista y mecenas Margarita Nigorra de Barceló.

Allí Ileana dispone de grandes cantidades de acrílico, con él puede obtener colores limpios de reflejo metálico, que secan con más rapidez que el óleo y permiten trabajar con cierto desenfado
— por algo era el material preferido de los diseñadores de carteles y desde luego de los grandes artistas pop– y con ello puede dar rienda suelta a la poesía. Entonces comienza a pintar un conjunto de cuadros de pequeño formato con un mundo que es la reinvención del trópico:
una población de negros, dibujada con el mismo desenfado que aprendió de los niños, juega, ama, festeja, vuela por los aires con un optimismo sin límites, en el que, por cierto, no hay tipicismo, ni siquiera referencias locales, es una especie de Paraíso donde todos los sueños pueden realizarse.

Las piezas se multiplican, muestra en 1997 en la mallorquina Galería Matisos su “Exposición para niños grandes y pequeños”, y al año siguiente sorprende en la Galería del Hotel Plaza en La Habana con “Rufina y los peces voladores”.

Además, al finalizar la misa que celebrara el 23 de enero de 1998 en Camagüey el papa Juan Pablo II, el Pontífice recibió entre los presentes que le ofrecía la Iglesia local, un cuadro que lo hizo sonreír y hacer un guiño al cardenal africano Bernardin Gantin: se trataba de una pieza de Ileana en la que dos negritos vuelan hacia un Dios sonriente desde una ciudad llena de campanarios que tienen los perfiles de los edificios principeños. Ahora la obra se encuentra en las colecciones privadas pontificias.

Ante estas creaciones se ha hablado de arte naif o primitivo, y sin embargo no puede haber clasificación más impropia. Si el tema de estas series recientes parece asociarse con la idílica vida de seres no convencionales, nada hay en su realización que haga pensar en un artista espontáneo o ajeno al conocimiento de la historia y la actualidad plástica. Tras la aparente “ingenuidad” del dibujo se esconden desde voluntarias intertextualidades de Marc Chagall hasta el aprovechamiento de estructuras y composiciones derivadas de la pintura medieval y del Renacimiento temprano –una parte de estos cuadros respira un ambiente a lo Giotto–, mientras la utilización del color tampoco tiene nada de primitiva, pues sigue explotando las experiencias del período pop y puede hablarse de un verdadero virtuosismo en el empleo del acrílico. De tal suerte, la libertad de las obras no está relacionada con la ignorancia de las reglas sino con el libre aprovechamiento de lo que más se acerca a su necesidad expresiva.

Al abrirse la VII Bienal de La Habana se desplegaron en los balcones de la Plaza Vieja las sábanas pintadas por diversos creadores baleares y cubanos. En muchas lo más notable era la firma, más diversos periodistas, desde la crítico Tania Cordero hasta los representantes de cadenas televisivas extranjeras se interesaron por la sábana risueña y provocadora de Ileana, que no era como otras, un cuadro sin bastidor, sino una muestra, un aviso desplegado de que ese mundo fabulador se impone con calma pero con personalidad propia en el heterogéneo panorama plástico cubano a inicios de un nuevo siglo.

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