Las tribus urbanas en Cuba

Hace alrededor de 10 años, la variedad de tribus urbanas en Cuba aumentó con celeridad, debido a un mayor acceso a la información por diferentes vías.

Jorge Luis Baños - IPS

La variedad de tribus urbanas en Cuba ha aumentado con celeridad en la última década.

En la noche, como despertar de la diversidad, los céntricos parques de las ciudades más populosas de Cuba resurgen a la cita de jóvenes, que se distinguen por su vestimenta, música preferida y gestualidad. Los rockeros, repas, emos y mikis constituyen las principales tribus urbanas de esta isla caribeña.

Los seguidores inaugurales del rock and roll en el país originaron la primera tribu urbana del patio, que data de finales de la pasada década de los sesenta y principios de los setenta. Jóvenes irreverentes se congregaron y sintonizaron en la clandestinidad emisoras extranjeras para escuchar a The Beatles, The Rollings Stones y Bob Dylan, prohibidos por el gobierno durante la efervescencia de los inicios de la Revolución cubana. De esta forma, surgió el grupo urbano más antiguo y persistente, que hoy se multiplica y convive con otras nuevas asociatividades.

Este comportamiento, típico de las grandes villas, responde a los cambios sociales y de época, iniciados en la década del sesenta en Europa y los Estados Unidos. Sin embargo, la tendencia entre jóvenes y adolescentes urbanos a reunirse y delimitar su espacio e identidad, atraviesa todos los países.

Además de las internacionales, con exponentes en todas las latitudes como los rockeros, surgieron tribus propias como los rolingas en Argentina, los ganguros en Japón o los reparteros en Cuba.

Al calor de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, se han consolidado otras como los gamers, red formada mediante los juegos por Internet; y los floggers, que compiten por ganar popularidad en la Red de redes a través de sus fotologs, nuevas aplicaciones web para subir y compartir fotografías.

Pero, las razones que llevan a los jóvenes a cruzar las ciudades y buscar a sus semejantes, siguen siendo las mismas.

Más unidos y sociales

El término tribu, si bien remite a algo antiguo y salvaje, define una característica de algunos jóvenes de estos tiempos: priorizan la socialización, andan en grupos y durante la adolescencia buscan su identidad de forma independiente, distanciándose de los cánones sociales impuestos.

En 1990, el sociólogo francés Michel Maffesoli bautizó como tribus a los nuevos grupos que cubrían el mapa de todas las ciudades del mundo. Estas erigían normas y conductas particulares, y  “nuevas subjetividades”, según la psicóloga cubana Yessabel Gómez Sera.

Para el investigador Juan Claudio Silva, de Chile, el fenómeno tribal no puede verse solo desde las nuevas estéticas que desarrollan, un factor muy importante. Ellas significan también una solución ingeniosa que algunos jóvenes le dan al orden excluyente y discriminatorio de las sociedades contemporáneas.

Estos microgrupos se distinguen de la cultura masiva y luchan por exorcizarse del anonimato de las ciudades. Así, llegan a constituir minorías, por la exclusividad de su consumo cultural.

Los movimientos juveniles de los sesenta, los inolvidables hippies y su contracultura,  se separaban de sus familias y organizaban una nueva comunidad, sobre la igualdad de sus miembros. Estos cambios sí revestían una ruptura radical de las reglas en todas las dimensiones de la vida: social, moral, económica y religiosa.

Sin embargo, los integrantes de las tribus no suelen dejar el hogar de sus padres o de la familia. Los seguidores actuales de los primeros hippies se distinguen por su estética y filosofía, e integran la larga lista de estos grupos urbanos, aunque no abandonen la casa paterna.

Las tribus se nutren de personas entre los 12 y 20 años, que intentan recuperar las relaciones humanas, crear un espacio emocional y afectivo, y lazos de hermandad. Además, se constituyen cuando sus cuerpos se reúnen y encuentran, cuando conquistan un espacio de la ciudad en ciertos momentos, como las noches de los fines de semana.

Estos jóvenes se asocian sin formalidades, espontáneamente, tienen una estructura grupal propia y una forma de vida diferente, suelen marginarse y, en su mayoría, siguen un estilo o banda musical concreta.

Pero, la pertenencia no se marca en los individuos como tatuajes indelebles. Los miembros cambian mientras el grupo y la filosofía permanecen, gracias a la constante entrada de nuevos integrantes. El escritor y rockero cubano Yoss advierte, en un artículo en la revista digital La isla en peso, que estos jóvenes hacen lo contrario de las personas normales, “la base de la existencia y constante renovación no solo de los rockeros, sino de cualquier tribu urbana.”

Pocos miembros superan los 20 años, aunque existen excepciones. Pueden, incluso, reconocer la pertenencia fugaz al grupo. “Ser emo es una fase de la vida, la adolescencia más bien, porque es cuando uno se siente más frágil, menos seguro”, examina Lila, una cubana de 17 años que se identifica con la cultura Emo.

A la mayoría de estas tribus las define un consumo cultural muy propio, y la formación de una microcultura. No obstante, algunas responden a otras filosofías como los conocidos skinheads (cabezas rapadas) perpetuadores del nazifacismo y el racismo, o los ocupas, que se apropian de espacios ajenos inutilizados y los recuperan en beneficio de la comunidad.

Como señala Silva, la violencia física y simbólica puede instalarse en cada tribu, en dependencia de su filosofía, y no solo hacia los otros, también contra el propio cuerpo o los miembros del grupo.

Los rockeros expresan a través del hardcore los sentimientos provocados por la música: bailan en una rueda, en cuyo centro también hay jóvenes varones. Los del círculo exterior permanecen inmóviles y empujan a los del interior, que suelen golpearse, empujarse, pincharse con los pulsos repletos de pinchos, o herirse con las cadenas que comúnmente adornan sus pantalones.

Por su parte, los emos “tienen una filosofía misantrópica”, explica la psicóloga Gómez Sera al sitio web Cubahora. Estos jóvenes se caracterizan, internacionalmente, por autoflagelarse o cortarse la piel. Las marcas en sus brazos las esconden con unas características muñequeras a rayas.

En Cuba, los emos solo se “arañan” cuando quieren integrar el grupo, explica la especialista, que investigó a los primeros emos que hicieron tribu y se establecieron los fines de semana en un espacio de la calle G, en el corazón de la capital cubana.

Los skinheads arremeten contra los emigrantes de los países en desarrollo en Europa o los Estados Unidos, en defensa del supuesto poderío de la raza aria. Llegan, incluso, a matarlos.

El fenómeno del pandillismo se entrecruza con las tribus, como en el caso de los ya mencionados skinheads. Para analizar el problema de la violencia en estos grupos resulta imprescindible profundizar en cada caso, pues la mayoría son pacíficos, como los hippies, los rockers y los emos.

Las personas suelen asociar a estos grupos de jóvenes solo con la violencia y un sentido antisocial, y muchas de las investigaciones que se han realizado sobre las tribus entran dentro de los estudios sobre “inadaptados sociales”. Sin embargo, “pertenecer a una tribu también puede ser positivo, porque se fomentan valores grupales, de solidaridad, de hermandad”, explica Gómez Sera, al referirse a las de comportamiento pacífico.

Los medios de comunicación masiva han amplificado esta tendencia por todas las latitudes, suceso que se acelera en la actualidad por las posibilidades de la tecnología digital. Además, los tribales emplean de forma sui géneris las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, como Internet y los teléfonos móviles: algunos se definen por lo mediático, como los floggers, que propician los encuentros físicos en discotecas a través de la cita y la convocatoria en Internet.

Dentro de la diversidad mundial de estos grupos, las tendencias en Cuba se caracterizan por seguir una identidad visual específica y un tipo de música. Por esa razón, los nombres que se escuchan se asocian al consumo cultural: los rockeros, con sus delimitaciones internas como los metaleros, punkys, news metaleros, hippies y frikis; los emos, que devienen del fanatismo un subgénero dentro del rock, el Emotional hardcore music, pero tienen una visión del mundo distintiva; los mikis, que escuchan música electroacústica y trova, fundamentalmente; y los reparteros, que siguen el regguetón, el hip hop, el rap o la timba.

¿Quién es quién?

“Y tú ¿qué eres?”, una pregunta cotidiana entre los adolescentes y jóvenes cubanos, sobre todo de la capital, a la hora de socializar o reconocerse. Para responder a esa demanda, resulta imprescindible tener un diccionario demasiado actual, o hacer una investigación previa: ¿qué define a un miki, un repa, un rockero o a un emo?

Hace alrededor de 10 años, la variedad de tribus urbanas en la isla del Caribe aumentó con celeridad, debido a un mayor acceso a la información por diferentes vías. Navegar por Internet es un privilegio en Cuba, pero, sin llegar a ser masivo, el acceso de los cubanos a la web es cada vez mayor: cibercafés, cuentas personales que algunas organizaciones conceden a sus miembros y varios centros laborales están conectados a la Red de redes.

Otros canales menos institucionales han permitido una mayor conexión con el mundo de la isla de gobierno comunista: antenas para recibir televisión por cable subsisten en la clandestinidad, en el sector privado se alquilan CD, DVD y cintas de video con todas suerte de productos comunicativos, cada vez son más las personas que salen y entran al país, e importan consigo nuevas visiones y tendencias.

Asimismo, Cuba no se aparta del tan llevado y traído período de la postmodernidad, del cambio de época. Los cubanos y cubanas también viven una crisis de paradigmas, progresivamente se visibilizan sectores de la sociedad civil y se comienza a defender la diversidad que representa cada ser humano.

Sobre esta cuerda se multiplican las tribus urbanas en la Cuba contemporánea. La inmensa mayoría de estos grupos en la isla caribeña se congrega alrededor de la música. El ritmo preferido y las visiones sobre el mundo que promueve marcan el sentido de la vida de los tribales, sus metas y esperanzas.

Unas tribus son más fuertes y definidas que otras,  o varían en dependencia de la provincia. Las que más seguidores tienen y espacios urbanos colonizan se concentran en los rockeros (frikis, hippies, punkys, black metaleros, news metaleros), repas, mikis y emos. Aunque también están los raperos y los rastafaris, con fuertes seguidores en la caribeña ciudad de Santiago de Cuba, al oriente de la capital.

Rockeros

Los rockeros ostentan el mérito de ser la tribu más antigua del país. Si durante la década de los cincuenta los muchachos y muchachas bailaban al ritmo de Bill Haley and The Comets y Elvis Presley, una tribu con miembros y lugares no se consolidó hasta finales de los sesenta, a tono con las influencias del movimiento hippie en Estados Unidos.

Perseguidos por las autoridades cubanas y calificados de antisociales en los años fundacionales de la revolución, los rockeros cargan todavía hoy con ese estigma, aunque sus estéticas y metas han cambiado.

En su mayoría blancos, estudiantes y varones, los primeros rockeros cubanos comenzaron a reunirse en una suerte de clandestinidad, ya que en los inicios de la Revolución cubana todo aquel que escuchara música en inglés era acusado de “diversionismo ideológico”.

Entonces, ser rockero representaba “no tener derecho a entrar en la Universidad (…), verse rechazado en la mayoría de los centros de trabajo, considerado elemento antisocial en el vecindario y ser detenido periódicamente por la policía”, recuerda Yoss.

Aproximadamente en la década de los ochenta comenzó a tolerarse un poco más, desde lo social y lo gubernamental, a los frikis, como se les llamó a los seguidores cubanos del rock. Este término, peyorativo en esa época, es una castellanización  del vocablo freak –raro en inglés– o de free kiss, besos libres.

La promotora cultural María Gattorno, icono de la cultura rock en Cuba, le dio cabida en 1987 a estos jóvenes en la Casa Comunal de Cultura Roberto Branly, ubicada cerca de la histórica Plaza de la Revolución, en la capital cubana. El Patio de María constituyó hasta su cierre, en los primeros años de la década de 2000, el principal lugar de encuentro de los rockeros y una de las escasísimas opciones culturales para esta tribu.

“Los puntos de reunión rockeros de La Habana se han caracterizado, desde los ochenta,  por su condición efímera. Son una tribu itinerante, nómada”, especifica Yoss. En ese entonces, comenzaron a reunirse en Coppelia, en el céntrico barrio del Vedado, después pasaron al frente, a la esquina del cine Yara, hasta que tuvieron que trasladarse a 23 y G, por las presiones policiales.

Todavía en 2003, “la fricada” se reunía en ese lugar, como consta en la investigación de la comunicadora Yanet Toirac, realizada ese año. El tupido grupo de hombres blancos y jóvenes, en su mayoría, solo ocupaba la cuadra de G entre 23 y 21, detalla Toirac.

Era un grupo más heterogéneo, en el que convivían seguidores radicales del heavy metal con jóvenes de otras estéticas y aperturas, que además escuchaban ritmos como el pop, según la especialista. Las razones que los unían se asemejan a las actuales: escuchar su música, compartir, conversar, sentirse libres y dueños de algún lugar.

En el mencionado estudio, los rockeros se autodefinían como pacíficos, comunicativos, y que no les importaba el poder adquisitivo de ninguno de sus miembros. En su grupo “había de todo”, pero la mayoría estudiaba o trabajaba. Algunos iban al parque a “quemar el vuele”, como se le llama a pasar el estado de embriaguez, ya sea por el consumo de alcohol o de alguna droga ilegal.

Desde entonces, los rockeros se quejaban de las acusaciones de drogadictos, cuando pocos consumían estupefacientes, una conducta frecuente entre las personas con otros gustos musicales, que iban a discotecas y cabarets, resume Toirac.

Más tarde debieron reunirse G más abajo, hasta que llegaron “junto al monumento a Calixto García en el Malecón y se desplazaron hasta (…) la intersección de D con esta avenida”, detalla Yoss. En la actualidad han regresado a G, pero se reúnen entre 25 y 21.

Frikis, hippies, punkys, black metaleros y news metaleros entran dentro del amplio grupo rockero, una delimitación seguida por la psicóloga Carolina de la Torre, en una investigación realizada en 2007.

Desde noviembre de 2008, el Maxim Rock abrió sus puertas para ofrecer conciertos solo de este género, un espacio fijo del que carecían los rockeros desde la clausura del Patio de María. Cuando se le pregunta a un rockero por su grupo, responde: “Son todos los que vienen al Maxim”.

Este teatro, acondicionado para conciertos, ubicado en una zona periférica del Vedado, acoge además a miembros de otras tribus como los emos, que asisten a los conciertos de rock. Igualmente, jóvenes no tribales acuden al Maxim, como Marcos, un estudiante universitario de 28 años.

Tiene muchas amistades rockeras y las considera “muy solidarias y unidas” entre sí. “Ya no son tan radicales como antes: se unen más con otros grupos, como los que escuchan reggae”, especifica.

Para Doralys, estudiante de enfermería de 16 años, los rockeros “somos personas como cualquiera, pero con una identificación diferente”. Una de sus principales características es que son “muy amigables, compartimos todo lo que tenemos con el grupo y solemos ser cultos: saber de todo un poco, no solo de música”, asevera.

“La forma de pensar rockera es abierta, como diría cualquiera por ahí: mente europea”, insiste René Caballero, quien trabaja como personal de seguridad en el Maxim. “Eso significa no tener ningún tipo de tabú social, pensar que todos somos iguales. La gran minoría de los rockeros son los que están cerrados: la mayoría está para su descarga, su fiesta, su música…”, especifica.

Por su parte, Yuniel, que cursa el bachillerato, opina que los rockeros no tienen como tal una filosofía, “solo siguen un tipo de música y les gusta esa imagen”.

Alejandro no puede contener su entusiasmo: “nos diferenciamos de todos los demás: en filosofía, vestuario, género musical, la forma de hablar y de comportarse ante la sociedad”. Tenemos “una filosofía más calmada, menos conflictiva y más centrada en nosotros mismos”, amplía este estudiante de electrónica, de 16 años.

“Nosotros podemos hacer hardcore o darnos cadenazos, pero tenemos una hermandad, aunque no nos conozcamos. Somos más sociables”, detalla. En ese sentido, René Caballero distingue que “aquí hay una cosa que no hay en muchos ambientes sociales: la gente se conoce mucho, se intercambia música, ropa, posters, etc.”.

La tranquilidad de los lugares donde ponen música rock también atrae a Alina, de 17 años, que lleva el cabello muy negro y un pulóver con motivos góticos. Para ella, lo que caracteriza principalmente a un friki es su imagen y la música que escucha.

René, aunque está de acuerdo, se mantiene en su postura: “Rockero es el que vive como un rockero, se viste como un rockero, está con rockeros y se relaciona con ese ambiente”. Caballero se refiere a la vida de “farándula”. Muchos de estos jóvenes van a todos los conciertos, nunca faltan a la calle G y se lanzan de expedición al interior del país, para participar en todos los festivales y conciertos de rock.

Ya Maykel tiene 26 años y es el director del conjunto Odisea: “soy un rockero viejo”, asegura. Ama su música y su estilo de vestir, pero no le gusta “la farándula”. Su forma de vida es oír música y pasarla bien con un grupo selecto de amistades. “Eso no significa que estemos borrachos todos los días, ni  que no tengamos un trabajo o un proyecto de vida”, aclara.

En cuanto a la imagen, los clásicos atuendos negros y ajustados, aderezados con accesorios con pinchos de metal y cuero, se confunden con otras formas de vestir más sencillas y cabellos radicalmente cortos. Abundan los tatuajes y peinados exóticos, como el mahuak, pero no tanto como los populares piercings, que suelen clavarse en lugares como las cejas y debajo del labio inferior. Botas altas y tennis Converse, todo de negro cerrado, rematan el vestir rockero.

Los tatuajes y piercings están de moda, aunque los motivos y lugares del cuerpo donde se colocan diferencian a los rockeros de otros grupos. Sin embargo, ahora no sucede así, explica Doralys, a quien le incomoda la pérdida de la identidad visual metalera: “No me gusta que los repas y otros grupos usen los piercings en los mismos lugares de los rockeros, o se pongan el mismo estilo de ropa”.

Algo en lo que no coincide René, que es mestizo y lleva el cabello al enmarañado estilo afro: en la calle, suelen confundirlo con los seguidores de la moña. “Esa ropa no es de ningún grupo: no la inventamos nosotros, pero generalmente la usamos nosotros”, reconoce. No obstante, entiende que moleste un poco que todos combinen las mismas modas: “Yo no quisiera que a mí, como rockero, me confundieran con un emo”.

Entre la mayoría de varones destacan bastantes muchachas, como Yiliena Naranjo, que trabaja y estudia. Ella nunca ha sentido discriminación de ningún tipo por ser rockera, ni por ser mujer dentro de un grupo tradicionalmente masculino. Lo mismo le sucede a Doralys, quien sí recibe miradas negativas en su centro de estudio: cursa enfermería y los rockeros cargan el estigma de ser calificados de sucios y mal educados. Ella también insiste en que sí hay rockeros machistas, pero no la mayoría.

Otro de los estereotipos está en el consumo de drogas. “Hay en todos lados, pero se especifica más en los rockeros”, revela el informático Darién Dang. “El consumo es igual que en otros lugares. Los veo más tomando ron”, asevera.

Emos

Por 2008 aparecieron en la calle G, en el centro de la capital cubana, unos nuevos habitantes en las noches de los fines de semana. Los emos, tribu urbana que surgió en Europa en la década de los ochenta del pasado siglo, comenzaron a multiplicarse con bastante celeridad, frente al asombro y preocupación no solo de los adultos, también de otros jóvenes.

Su estética futurista, de cabellos lisos, negros, rubios o rojos, tiene su principal sello en el largo cerquillo que tapa una mitad de la cara y, en algunos casos, los dos ojos. En Cuba le llaman bistec a ese peinado, y pocos lo usan demasiado largo, a causa del calor de la isla.

Su imagen imita a los personajes de los dibujos animados mangas, el estilo japonés de animación, uno de los principales productos culturales consumidos por los emos. Gustan de llevar piercings a ambos lados del labio inferior de su boca.

Usan pulóver y jean ajustados, negros y con algunos detalles rosa o de otro color estridente, muñequeras, tenis Vans o Converse, y un lacito en la cabeza, que remata el peinado tanto de las mujeres como de los hombres.

“Quien no responda a esta imagen no va a ser tratado como emo (…). Más allá de la conducta social, me parece que es lo visual: el que tiene el mejor pelo, la mejor onda, ese se abre más puertas como emo, en el caso de Cuba”, enfatiza la psicóloga Yessabel Gómez Sera en su investigación titulada “¿Cómo son los emos cubanos? Un estudio exploratorio con un grupo de adolescentes emos” (2009).

En el Viejo continente, estos jóvenes se caracterizan por ser más dados a los sentimientos, y son calificados de deprimidos sin razón. Otras tribus urbanas como los skinheads los maltratan y reciben el rechazo, sobre todo los varones emos, ya que los acusan de homosexuales.

En el caso de Cuba, se basan también en los sentimientos, explica Lila, una joven emo de 17 años. “El chico emo es una persona que piensa que no se nota, el mundo está contra él y nadie lo quiere. Se comporta así para que lo quieran y llamar la atención, como diciendo: Hola, aquí estoy, necesito amor, necesito apoyo”, profundiza.

Escuchan subgéneros del rock como el punk, hardcore o extremo, de hecho internacionalmente se les conoce como los punkys fresas, por su mezcla entre la imagen de un rockero punk y un fresa, el equivalente extranjero de los mikis cubanos.

De hecho, los elementos que distinguen a un emo del resto de las tribus son su imagen, sobre todo su peinado, y la música que escucha, asegura Micaela Rodríguez Solares, que finaliza la enseñanza secundaria.

No obstante, Cindy, de 16 años, enfatiza: “para mí ser emo es un estilo de vida. No es solamente cómo te vistas, no es solamente cómo te peines o la música. Es tu forma de ser”.

Los emos cubanos siguen las raíces de la tribu europea, al reconocerse muy sensibles y hacer honor a su nombre: Emo viene de emotional, emocional en inglés. Pero “la diferencia entre unos y otros está en los elementos identitarios cubanos. ¿Cómo es el cubano?: es una persona alegre, optimista generalmente, un poco machista, conquistador”, revela Gómez Sera.

En su búsqueda identitaria, continúa, los emos cubanos “a pesar de que consumen las mismas marcas, los mismos colores, la misma identidad visual, son alegres, conquistadores y disfrutan de esa imagen porque les permite atraer al otro sexo, al sexo femenino en el caso de los varones”.

Como grupo, asegura Daniel de 17 años, suelen “hablar sobre música, sentarnos (en calle G), conversar y entretenernos un rato, porque… si nos quedamos en la casa…”. No les gusta salir mucho, la gente nos “pica” un poco, dice Daniel sobre el rechazo que recibe en la calle.

En su hogar, los emos tienden a encerrarse en su cuarto, oír música y entretenerse frente a la computadora. Es como estar en la casa, pero sin que tus padres se percaten de tu presencia, explica Lila. Por su parte, Cindy revela que ella nunca ha tenido ese comportamiento, conversa con su madre y se relaciona con todos sin problemas.

Las familias cubanas se escandalizan cuando sus hijos se declaran emos: los llevan al psicólogo y los revisan cada día buscando las llamadas “cortadas”. En Internet, la mayor parte de la información sobre los emos insiste en su tendencia al suicidio y la autoflagelación.

Algo que no es tan así. “Si todos los emos se suicidaran no quedaría ninguno en el mundo”, sonríe Lila, al resaltar una verdad de Perogrullo, que pasa inadvertida para casi todos. Sin embargo, sí se deprimen con facilidad y algunos llegan a cortarse.

Pero, solo se arañan. “Todos los que yo entrevisté lo hicieron en un momento determinado: eso forma parte de su filosofía, y para entrar y sentir que el grupo los recibe como un emo de verdad, que lo siente y no que busca solo vestirse como emo”, explica Gómez Sera.

“Dentro de ese grupo, que se expande por todos los municipios y varias ciudades, siempre van a aparecer las patologías: el suicidio es una conducta clásica de un adolescente”, abunda. “Yo no mezclaría el fenómeno social que simbolizan las tribus urbanas con lo patológico que pudiera haber dentro de estos grupos de adolescentes”, concluye la especialista.

En Cuba, muchos son poser, como se les llama a los que solo gustan de la música y la estética. Según Daniel, “hay mucha gente que no sabe ni remotamente qué es ser emo. Simplemente dicen que lo son porque se pican las venas y oyen My Chemical Romance. No saben ni cuándo surgieron, ni nada sobre la música que oímos”.

En ese sentido, el grupo es muy exigente. Para formar parte de ellos, los recién iniciados deben contestar muchas preguntas, especialmente sobre música, detalla la psicóloga. A los emos les gusta estar informados sobre el acontecer internacional, en cuanto a música y modas, y estar en contacto entre ellos mediante sus teléfonos celulares. Pero, casi ninguno tiene Internet, lamenta Daniel. La mayoría posee móviles, aunque no resulta imprescindible pagar una línea para ser emo.

“Dentro del grupo Emo hay subgrupos que se reúnen por afinidad y por posibilidades de adquisición económica. Considero que tienen una escala dentro de lo social”, insiste Gómez Sera. Consumen marcas caras y difícilmente se encontrará un muchacho o muchacha emo que no sea de clase alta o media alta, especifica.

Cindy explica que “hay emos que se creen superiores, y emos que los hacen ver inferiores”. Los emos “superiores” tienen “el pelo más largo y se visten con tremenda pinta. Esos emos mayores discriminan a los emos que tienen el pelito corto y no tienen la posibilidad de comprarse un par de Converse, o un par de Vans… No todos son así”.

Por otra parte, coinciden en seguir grupos musicales esencialmente emotional, como My Chemical Romance y Tokio Hotel, pero muchos pasan esa frontera y escuchan todo tipo de rock y música electrónica. Nunca regguetón, resaltan Lila y Daniel. Algunos comienzan siendo emos, como Ismael, que es fanático a “Van Morrison, un piquete muy escuchado por los emos”, pero ahora consume ritmos más variados como Limbizquit y Iron Maden, y se considera rockero.

A ninguno de los entrevistados les gustan los reparteros. De hecho, Daniel e Ismael tienen un amigo emo que fue golpeado por un grupo de repas. El joven salió de G una noche, y decidió llegar caminando a su casa en Centro Habana, una zona con altos índices de violencia. Varios reparteros le pegaron con puños y palos, para cortarle el largo cerquillo.

Cindy tiene ahora el pelo corto: la directora de su escuela le cercenó su largo “bistec” antes de salir de clases. Su madre se quejó a la directora, pero no le dio mucha importancia. “A ella tampoco le gustaba mi pelo”, lamenta.

Los varones emos son más discriminados por causa del machismo, ya que tienen el cabello largo, se pintan los ojos y usan colores “femeninos”, dice Micaela. Por la calle, la muchacha emo resulta atractiva y la gente suele decirle que su peinado es bonito, expresa.

Según la autora del estudio titulado “¿Cómo son los emos cubanos?”, “todos eran buenos estudiantes, tenían un proyecto de vida y pretendían lograr cosas positivas en su vida”.

Repas y mikis

El siglo XXI multiplicó en Cuba la diversidad de tribus urbanas. Por esos tiempos, los jóvenes de La Habana tenían una lista mayor de posibles clasificaciones, entre las que figuraban los reparteros o repas, que nacieron aparejados a la timba. Como parte de la salsa, este género caracterizó la producción musical cubana de finales de los noventa, y se compone de ritmos rápidos y violentos.

Su nombre deriva de “reparto”, como se conocen los barrios capitalinos periféricos, donde viven fundamentalmente obreros y gente humilde. Según un estudio realizado en 2007 por la psicóloga cubana Carolina de la Torre, “este grupo dice identificarse también con la gente de barrio, son jóvenes que hacen vida social en la cuadra donde viven, se reúnen para jugar dominó y compartir entre ellos”.

La investigación indica que “prefieren la música popular cubana, salsa y regguetón. Dicen ser divertidos, compartidores, esplendidos y luchadores”. También escuchan hip hop y rap, y bailan break dance, danza callejera típica de los Estados Unidos.

Un joven dice ser repartero, pero se niega a dar su nombre: “las formalidades no me gustan”, dice. Se llamará Miguel en este reportaje, tiene 18 años, trabaja y está ahora en el servicio militar, que es obligatorio para todos los varones cubanos.

Para él, este grupo “es cosa de gente humilde, que vive en barrios marginales, donde no hay tanta cultura. Sus antepasados preferían la rumba y la timba”.

Ser repa es “muy cubano”, explica. Escuchan “salsa ligada con el regguetón. Son ritmos bailables, contagiosos, pegajosos, ricos. Después viene la forma de vestir”. Sus atuendos varían, apunta, “están muy ligados a las modas: te puedes poner cintos de chapa, un pescador, una bermuda, unos zapatos Converse o unos Nike de muelles. Depende de las marcas y del gusto del mismo repa, porque no hay repas radicales”, comenta.  Algunos también escuchan música electrónica y disco.

Para Miguel, son “alegres, imponen respeto y no caen en ninguna falta. Cuando se está bonchando (bromeando), no se llega a la falta de respeto”.  Además, saben escoger sus amistades, “y cuando hay que frenarlas, saber frenarlas”, especifica.

Orestes, un profesor de la enseñanza técnica y oriundo de Manzanillo, en el oriente cubano, dice que en esa zona del país ser repa “se lleva en la sangre”. Allá, “si te encuentras frikis, los puede contar con los dedos de la mano y te sobran dedos”, abunda con gracia.

La mayoría de los rockeros y los emos entrevistados califican a los reparteros como marginales y los acusan de violentos, mal educados y ladrones. Sin embargo, Miguel se muestra tranquilo, es amigo de Orestes, un joven no tribal, y de Lila, una chica emo.

Según el estudio desarrollado por De la Torre, los reparteros “quisieran parecer mikis y dicen que con los mikis no hay líos porque son pacíficos”.

Esta tribu también se consolidó en el siglo XXI, y su fecha de fundación difícilmente pueda definirse: sus miembros se nuclearon alrededor de la música disco y estos centros nocturnos son su principal espacio de consumo cultural. Se parecen a las tribus de otros países: los llamados fresas, pijos y chetos.

Quien está muy a la moda o decide vestirse con colores como el rosado, puede recibir el calificativo de miki. Para Ingrid González, una estudiante de la Universidad de La Habana, los mikis suelen combinar con mucho cuidado su vestuario y optan por tonos estridentes.

Ángel, que cursa el técnico medio en Contabilidad y es miki, explica que su grupo se distingue por usar tenis Vans, chancletas, pulsos y estar muy a la moda. Escuchan sobre todo música house y algunas veces regguetón, aunque no les gusta mucho, asegura. Entre las opciones musicales cubanas, prefieren a David Blanco y Buena Fe.

Según Ángel, el grupo se caracteriza por ser muy alegre, “pasarla bien”, son personas “muy arriba” y con “mucho proyecto de presente y de futuro”. Los mikis estudiados por De la Torre en 2007 también se reconocen así, y lamentan que los vean como superficiales y materialistas. Se consideran personas abiertas, que respetan las diferencias y no suelen buscar problemas.

Además, otros grupos conviven, en mayor o menor medida, por todo el país: los raperos, los rastafaris y los moñeros. En cada territorio tienen “sus santuarios y sus tradiciones”, rasgo de todas las tribus urbanas al decir de Yoss. El lugar de culto y de encuentro se reitera: los parques.

La ciudad por asalto

El ataque nocturno ya se hace cotidiano. Los parques de las principales ciudades de Cuba acogen a los diferentes grupos de jóvenes, que vienen de lugares periféricos, a veces de otros municipios, ante la escasez de lugares y opciones para divertirse.

En Matanzas, a unos 100 kilómetros de la capital, el parque de La Libertad constituye el punto de encuentro de toda la juventud, entre la que destacan aquellos microgrupos con una estética distinta. Los seguidores de estas tendencias son pocos: hay rockeros, mikis, emos y repas.

Todos concurren en los mismos lugares, sobre todo en el Patio de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), una organización de artistas menores de 35 años, que ofrece diversas opciones recreativas y culturales. Una de las metas de la AHS “ha sido insertar en el sistema de la cultura proyectos alternativos, que no han estado en el punto de mira de las instituciones culturales”, recuerda en una entrevista para Cuba Internacional, Luis Morlotte, el actual presidente de la institución.

Por esa razón, las tribus urbanas por toda Cuba se acercan a la AHS, que apoya manifestaciones catalogadas en otro tiempo de “extranjerizantes”, apunta Morlotte. Estas tendencias artísticas tienen una expresión, a partir de las necesidades de grupos poblacionales cubanos, como el rock, el rap y el hip hop, concluye.

El Patio, como se le llama en Matanzas a la casa de la AHS, representa el único lugar recreativo “donde no ponen regguetón”, explica Yarelis, matancera y estudiante universitaria. Allí encuentran satisfacciones los rockeros, que también acuden a los escasos conciertos de su género ofrecidos en la Plaza 14 Festival; los emos, muy pocos en esta villa occidental; y los mikis, que suelen ser más numerosos.

Dos muchachas emos de Matanzas visitan la calle G, ubicada en el centro de la capital, algunos fines de semana, en busca de sus semejantes. Lila, la joven emo, las conoce, y ha conversado con ellas durante las pocas veces que pueden quedarse en La Habana y socializar con los ya numerosos emos de G.

En la vecina Santa Clara, a 300 kilómetros de La Habana, el movimiento de rockeros ostenta la mayor fortaleza y acoge una de las principales fiestas de los seguidores del género: Ciudad Metal, promovida por la AHS, que se celebra cada año en el mes de octubre.

El parque Martha Abreu, en el centro de la ciudad, recibe a los jóvenes santaclareños en las noches de fin de semana. Allí se reúnen rockeros, raperos, mikis y regguetoneros.

Todos visitan El Mejunje, un centro cultural de la AHS, conocido en toda Cuba por su respeto y aceptación hacia la diversidad sexual. Esta instalación cuenta con actividades para variados gustos musicales, pero cierra sus puertas a la una de la madrugada, hora en la que todos se trasladan al parque o al Malecón, como le dicen los más jóvenes a la inmensa acera que circunda el Teatro de la Caridad.

Allí se congregan por afinidades para conversar, tomar vino o buscar pareja. Algunos llevan su música o los conductores de bicitaxis, triciclos a pedal para transportar gente por cortos tramos, les suben el volumen a las bocinas de sus vehículos, mientras esperan las demandas de un cliente.

Los raperos, seguidores del rap, tienen menos lugares para oír la música de su preferencia. Por eso realizan sus peñas en el parque Tristá. Este prado, más o menos céntrico, se ha vestido de fiesta cuando proyectos capitalinos como Rotilla, de música electroacústica, o el grupo de hip hop Los Aldeanos, han visitado Santa Clara para ofrecer conciertos.

En Holguín, a 750 kilómetros de La Habana, el panorama resulta común a las demás grandes ciudades: rockeros, emos, mikis y reparteros se congregan en el parque Calixto García, los fines de semana. Los mikis recurren a la discoteca Pico Cristal, los rockeros a La Caverna de los Beatles y el Gabinete Caligari; y los reparteros al espacio de la céntrica Calle Habana, “Tu sábado con Celso”. Ya en esta ciudad hay bastantes emos, declara el holguinero y seguidor de esta cultura Diomnis Matos Sarmiento,  en un foro digital sobre este tema.

En Santiago de Cuba, a 860 kilómetros de La Habana, el céntrico Bulevar figura como el lugar al que acuden todas las tribus, junto a las actividades promovidas por la AHS de esta provincia. Abundan los rockeros, los mikis se divierten  en Tropicana o la discoteca La Iris, y los reparteros se congregan en la popular calle santiaguera de La Trocha.

Un grupo muy numeroso es el de los rastafaris, que se diferencian de los rastas habaneros en que siguen más el componente religioso de los seguidores del rey etíope, Haile Selassie.

En la comunidad de El Cobre, zona conocida internacionalmente por la aparición de la patrona de Cuba, La virgen de la Caridad, viven familias rastafaris, explica Yudith, una joven que cursó la universidad en la mencionada ciudad oriental. Su forma de vida se apega a lo tradicional, reivindican el orgullo de la raza negra y escuchan reggae, el género creado en Jamaica por el mítico Bob Marley, símbolo y fundador de la cultura rasta.

En la ciudad de La Habana, los principales lugares que asaltan las tribus urbanas están en el centro de la capital: el mítico Malecón y el parque de la Avenida de los Presidentes. Algunos centros recreativos tienen espacios para los mencionados consumos culturales. De hecho, varios constituyen símbolos de cada uno de los grupos: el Maxim Rock distingue a los rockeros, el Club Sofía a los mikis y el Club Tikoa a los reparteros. Sin embargo, en la práctica, sus espacios no están tan delimitados.

La juventud capitalina suele asistir, sin distinción, al Proyecto Rotilla, auspiciado por la AHS. Esta iniciativa reúne a varios DJ como Djoy de Cuba, o Wichy del Vedado, y organiza fiestas raivan, en las que se ofrece música electroacústica durante uno o más días, en una playa habanera.

En esa cuerda están las green party, que también se desarrollan en una playa u otros lugares al aire libre, pero las promueven particulares. Los jóvenes que pueden pagar el precio de 3 Cuc se reúnen en el parque de 17 y D. Allí los recoge un ómnibus y los lleva al lugar de la fiesta, siempre diferente, por lo que nadie sabe la ruta antes de llegar a su destino.

“Algo muy emocionante”, reconoce Orestes, un profesor de 20 años. Tanto emos, como mikis y rockeros van a estas opciones, la limitante está en las posibilidades de cada quien para costearlo.

Aunque no se intercambian los gustos musicales, los diferentes grupos coinciden en las mismas opciones recreativas. Marcos Gómez, estudiante de artes plásticas, dice que todos van a “los conciertos de rock and roll, de trova. Muchas veces ni les interesa la música, solamente están ahí porque hay muchachitas o hacen vida social”. Pero, al final, “todos paran en G”, según Gómez.

Todos para en G

Sábado, 10:00 pm

Una multitud de jóvenes coloniza el inicio del parque de la Avenida de los Presidentes,  una de las principales arterias del centro de la capital: la zona del barrio del Vedado que circunda la calle 23. Para casi nadie, el paseo con monumentos erigidos a mandatarios latinoamericanos, como el chileno Salvador Allende, tiene ese nombre: todos le llaman calle G, la letra que le corresponde al ser paralela a F y H.

Sus parques simbolizan la diversidad y el punto de encuentro de las tribus urbanas de la capital, aunque muchos pasan las noches de los fines de semana en ella, buscando solo conocer gente, encontrar pareja o divertirse, ante la falta de opciones recreativas asequibles y del agrado de la juventud.

“Realmente no hay muchas opciones para los jóvenes. Aquí te encuentras con millones de gente, que a lo mejor no tienen mucho que ver contigo, pero las conoces y haces vida social”, dice Max, un joven trabajador de la empresa de transporte interprovincial Astro.

Las diferentes tribus delimitan sus zonas de los otros, de los viernes a los domingos, desde la parte del parque que comienza en 25 hasta la calle Línea: 700 metros más abajo. Más de mil personas pululan toda la noche por G, o se sientan en grupos, ya sea en los pocos bancos, los escalones de los monumentos o en el suelo: cualquier lugar sirve para conversar con los amigos, hablar sobre música o bailar.

Un compacto grupo, engrosado sobre todo por rockeros, obstaculiza la entrada por 23 y G y está escoltado por varios policías, que pueden sobrepasar la decena. Buscan detener a los que consuman drogas, pisen el césped, peleen, maltraten los bancos o los monumentos. Los vigilantes también atraviesan todo el parque durante la noche.

Más abajo, se sigue en la zona de los rockeros o La Fricada, nombre que heredaron de los primeros seguidores de rock and roll en la isla.

El espacio mejor delimitado les corresponde a los repas, que se apoderaron de la parte del parque entre 19 y 17. Un señor mayor coloca en el medio de la zona repartera su grabadora, una extraña caja amarilla con ruedas, que le pone el toque a la noche.

Cerca del artefacto amarillo, que retumba con hip hop o regguetón, los muchachos hacen un círculo y bailan break dance, danza callejera surgida en Estados Unidos. Así, se disponen al ritual del baile, en el que se demuestra cuál de los varones da los mejores saltos mortales o las más rápidas y complicadas vueltas sobre el suelo.

Uno de ellos llama la atención: un niño, delgado y ágil, de unos siete años. Lleva un peinado de gallo, parecido al mahuak, pero los cabellos parados con gel solo se enfilan hasta el centro de la cabeza. El chico, con gestos agresivos, reta a los mayores a seguir su ritmo y a superar sus perfectas acrobacias.

“Mira a los guarras (homosexuales)”, grita un repa a un grupo de emos que pasan frente a él. Cerca del monumento a Benito Juárez, frente a la Alianza Francesa de Cuba, una muchacha rubia posa para otro joven, que la retrata con una cámara fotográfica: ella se sube el cabello, entorna un beso para el lente y se mueve al estilo de las modelos.

Pasado el semáforo de 17, comienza una zona confusa: varios mikis o jóvenes que no parecen de ninguna tribu se sientan en el suelo, guitarra en mano, y los otros los rodean para entonar canciones de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés o cualquiera de los trovadores más recientes de la isla caribeña, como el popular dúo Buena Fe.

Enseguida aparecen los primeros emos, con sus cabellos filosos y negros, que se acomodan muy tranquilos alrededor de la figura ecuestre de Simón Bolívar. Trastean en sus celulares, conversan, se intercambian los audífonos para mostrarse nuevos temas musicales.

Al otro lado del monumento se sienta en el suelo Yuniel René Álvarez, que cursa Artes Plásticas en la escuela de San Alejandro. Yuniel busca información para su trabajo de clase: recoge en grandes cartulinas negras las huellas dactilares con pintura blanca de quienes pasean por G y están dispuestos a colaborar. Un muchacho emo le ayuda, y detiene a todos los que pasan, para que estampen su marca.

Me siento entre el grupo y, al ver la grabadora, los muchachos se acercan y uno se roba la atención: “Yo no tengo nada que ver aquí”, le grita al micrófono. Para bromear, comienza a vociferar nombres de grupos musicales: “My Chemical Romance y una pila de piquetes súper mortales, y ser emo es lo mejor que ha existido en el parque G y abajo los frikis”.

La parte del parque antes de llegar a la calle Línea está ocupada por escasos emos, que buscan la mayor tranquilidad. Se escuchan gritos y un mar de gente sube hacia 17. “Son boberías”, responde Lila, una emo de 17 años. “Seguro es una bronca entre reparteros”, agrega Orestes, de 20 años y profesor de un tecnológico que visita G, pero no pertenece a ningún grupo.

Por su parte, Yolanda Rodríguez, vecina de la calle G, se queja de que cada fin de semana “cientos de jóvenes con atuendos negros andan por las calles sin mostrar ningún respeto a la sociedad; fumando, bebiendo y alterando la tranquilidad de los que aquí vivimos”.

12:00 pm

De regreso, un padre de la mano con su esposa y un niño de unos 10 años cruzan el parque por el centro, para pasear entre la inmensa muchacha de G, que suele parecer temeraria si se le contempla de lejos.

Un mimo disfrazado de Charles Chaplin entretiene a los jóvenes que lo rodean, cerca de la calle 21. Su espectáculo vale el precio de salir de casa y pernoctar en G. Los jóvenes tocan el sombrero del Charlot criollo, le piden que mueva su bastón y camine como el eterno vagabundo. ¡Es igual!, exclaman, y le preguntan qué hace en el parque.

El mimo no vive en la capital. Lleva una semana aquí y viene para placer de la muchachada que se congrega en el parque.

Ya es tarde, el teatro Maxim Rock cerró y los rockeros comienzan a bajar para G. La Fricada ya ocupa la zona de 25 y ahora se siente desplazada. “Hay un pequeño problema con el parque G”, declara Alejandro. “Antiguamente solo nosotros lo ocupábamos, hacíamos nuestras asociaciones, bailábamos y descargábamos con guitarras”, recuerda.

“Pero algunos reparteros quisieron vestirse como nosotros y empezaron a venir (…). Después vinieron los emos, queriendo imitar aún más nuestra filosofía (…). Nos separamos un poco de G”, cuenta este joven estudiante de 16 años.

En esta zona también se congregan otros jóvenes, que pertenecieron durante su adolescencia a alguna tribu y esta noche no tienen otra opción para divertirse. Ese es el caso de Noel de la Cruz, un estudiante universitario de 25 años.

Para él, en torno a G “existe un mal concepto. Muchos lo identifican con las drogas y el alcoholismo. Me parece que están errados. El público actual está compuesto por adolescentes que buscan definir su identidad, aceptación social y un lugar donde reunirse”.

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