Los muchos tiempos de La Habana

Como homenaje a Mario Coyula, IPS-Cuba reproduce este artículo publicado en 2003 en uno de nuestros espacios.

“Uno se deleita no en las siete o setenta maravillas de una ciudad, sino en la respuesta que ella da a la pregunta que uno le haga. O en la pregunta que ella te haga, como Tebas por la boca de la Esfinge.”

Italo Calvino, Ciudades Invisibles

AL MARGEN DEL TIEMPO

Para Graziella Pogolotti, Cuba entera es un puerto: una imagen mucho más inclusiva, fresca y sugerente que las muy gastadas del crisol o la encrucijada. Y La Habana compendia y colma ese carácter de puerto; una ciudad abierta, cosmopolita, ruidosa y pecadora, lamida por la sal y barrida por los vientos. Pero es también una ciudad con rezagos provincianos, fobias y recelos, mezclados con una alegría externa ruidosamente canalizada en música, comida y sexo, que parece servir de escape a la dureza elemental de la vida cotidiana.

La Habana fue también un trampolín. España la usó para lanzarse a la conquista de Tierra Firme y como parada final de la Flota, antes de encaramarse en la Corriente del Golfo para cruzar de vuelta el Atlántico llevando los despojos de un saqueo a escala continental. En la primera mitad del siglo XX los Estados Unidos la usarían como punto de apoyo en su expansión neocolonial hacia América Latina; y desde allí saldrían también varios intentos de extender la revolución a otras partes del mundo.

La forma de las ciudades cubanas se compuso por capas sobrepuestas de influencias externas, que casi siempre llegaban con retraso. Esos paradigmas después variaban siguiendo un proceso de generalización y extensión que tenía un importante componente en la adecuación al clima, la impronta del comitente y del constructor, y la disponibilidad de recursos. Si el tiempo que tomaba la asimilación era lo bastante largo, esos modelos importados se iban cubanizando; y por tratarse de una isla pequeña, con una sola cultura dominante, las diferencias regionales fueron pequeñas. Lo cubano está siempre muy ligado a un contexto físico, temporal y cultural: no puede reducirse a una época o un lugar, ni a un programa o tipo constructivo, ni a una etnia o clase social; ni, tampoco, a la intención deliberada de un creador.

Existen demasiados malos ejemplos que han buscado una expresión nacional fácil, como arcos de medio punto, cubiertas de tejas criollas, rejas ornamentales y vitrales. Estos elementos han sido tomados de un fragmento del largo período colonial para usarlos como receta y convertirlos en pastiches ahistóricos o estereotipos de un pseudo folclor. En todo caso, esa búsqueda de lo nacional debería orientarse hacia aspectos más abstractos, pero también más esenciales y trascendentes, como la forma básica, la escala, las proporciones, la volumetría general, el juego de luz y sombra, y la alternancia de llenos y vacíos; la trama urbana en retícula regular, y el ritmo impuesto por lotes estrechos; haciendo énfasis en el arranque y el remate del edificio. Uno de esos aspectos característicos, el color, ha sido profundamente alterado en los últimos años. El típico matiz que en Italia llaman habana –centrado en un ocre apastelado y cautelosamente abierto hacia una gama vecina de crema, arena, beige y siena claros– ha desaparecido bajo la brocha irreverente, guiada por la estridente estética del aguaje que ahora contagia incluso a jóvenes arquitectos de nombres enrevesados: la generación de las Misleidys y los Yhosvanis.

Varios aspectos han diferenciado a La Habana de la mayoría de otras grandes ciudades de Iberoamérica. Por el poco peso de la cultura aborigen y haber estado bajo el dominio español casi ochenta años más que el resto de las colonias continentales, Cuba fue más española. Al encontrarse tan cerca de los Estados Unidos, fue también más norteamericana. Por su estructura económica y social, fue más moderna –o si se prefiere, más capitalista– y también más rica, independientemente de los bolsones de pobreza extrema. A pesar de haber sido siempre un país agrícola, tres cuartas partes de la población vive en asentamientos urbanos, y su población era ya más urbana que la de los Estados Unidos al terminar el dominio colonial español en 1898. Las ciudades cubanas no han sufrido destrucciones apreciables por guerras o cataclismos en el siglo XX, lo que, unido al hecho de haber crecido por adición y no por sustitución, permitió preservar las distintas capas de su rico patrimonio construido.

El trazado de calles estrechas con manzanas pequeñas y compactas, comercios de esquina, lotes también estrechos y edificios bajos dio a La Habana una silueta, ritmo, textura urbana, escala y carácter muy especiales. Pero pese a su gran patrimonio colonial, la mayor parte de sus edificaciones tienen menos de un siglo. Todo esto contribuye a una rica mezcla de estilos y períodos, y de imagen percibida desde la calle. Aún cuando tiene un carácter urbano definido, La Habana es una ciudad plana, y su baja densidad le da una especial calidad de vida que falta en ciudades que pasaron por el sobredesarrollo de los años 1960 y 70.
Por otra parte, el patrón social típico que marcó a la mayoría de las otras ciudades principales de América Latina –básicamente, unas pocas docenas de familias muy ricas contra un fondo interminable de matices entre pobreza y miseria– no se aplicaba a La Habana. Los ricos no eran pocos, y su presencia en el tejido urbano era más evidente por el rastro de mansiones que fueron dejando atrás en su desplazamiento constante hacia el oeste, en busca de lugares mejores y más elegantes. Esas viejas mansiones fueron convertidas en oficinas, almacenes y comercios; o subdivididas como viviendas colectivas precarias, las cuarterías, acumulando además un serio déficit de mantenimiento. Pero las edificaciones no fueron borradas por la especulación inmobiliaria y su población no ha sido desplazada por la elitización.

Los muy pobres eran casi invisibles: quedaban enmascarados, tras fachadas clasicistas, en tugurios dentro de la ciudad central, o diseminados por la periferia y zonas intersticiales en sórdidos barrios de indigentes. Pero lo que realmente conformó a La Habana fue la existencia de una clase media-baja muy extendida que demandaba viviendas con una buena calidad promedio de diseño y construcción. Eso creó un tejido urbano bien definido y servido que cubre sectores grandes de la ciudad. La Habana creció en un proceso de conurbación[1] , englobando otros poblados cercanos más pequeños, algunos con más de 300 años, que han retenido un carácter local propio y rodean a la ciudad central activa, con una vida de pequeño pueblo. Persistencia, diversidad y un encanto decadente, pero muy vivo, han caracterizado a La Habana.

TIEMPO DE COLONIA

La Habana existe por su bahía. La ciudad se extiende a lo largo de casi treinta kilómetros de costa, que incluyen una excelente franja de playas en el este; pero surgió y creció a partir de la bahía. Con cinco kilómetros cuadrados, ella tiene una garganta estrecha para después abrirse como una gran bolsa, protegida de huracanes y enemigos por una colina y el más impresionante sistema de fortalezas coloniales, que incluye tanto la más vieja como la más grande, construidas por europeos en América, con materiales duraderos. A comienzos del siglo XVII el número de marinos y soldados más que doblaba en ocasiones a la población local de 4. 000 habitantes. La ciudad suministraba y protegía a esta Flota, marcando a La Habana con un temprano carácter terciario.

La expansión urbana en forma digital siguió como ejes los caminos que conectaban a la ciudad con el entorno rural que la abastecía. Estos caminos, al igual que otras vías que marcaron los sucesivos límites de la ciudad, fueron gradualmente urbanizados y se convirtieron en calzadas: calles anchas bordeadas por altos corredores peatonales porticados con comercios y servicios en planta baja, y viviendas encima. Los ciudadanos podían caminar así hasta las afueras de la ciudad, protegidos del sol y de la lluvia.

La riqueza se acumuló lentamente hasta el último tercio del siglo XVII, cuando se inició en el occidente de la isla el paso de una economía de factoría –poco más que de subsistencia– a una pujante economía de plantación, con mano de obra esclava y dirigida a la exportación. El salto fue impulsado por una aristocracia criolla azucarera culta y emprendedora, y la coyuntura favorable del despotismo ilustrado en España y la independencia de las 13 colonias de Norteamérica. Tras la revolución haitiana, la economía cubana ocupó el nicho que había tenido esa próspera colonia francesa. La Habana comenzó a tomar una imagen noble, con elegantes plazas y paseos, mansiones y edificios públicos; asumiendo un papel de punta entre las otras ciudades del Golfo de México y la cuenca del Caribe.

A partir de la cuarta década del XIX, la vivienda de las clases altas pasó del típico palacete barroco de intramuros en el siglo XVIII –construido en tres niveles, alrededor de un patio central rodeado por amplias y frescas galerías– a villas aisladas neoclásicas con jardín y portal. Estas casas quintas proliferaron en el nuevo barrio de El Cerro, favorecido por el patriciado criollo blanco.Las reformas urbanísticas realizadas en la ciudad durante los 1830s ordenaron su expansión, reforzaron su imagen de grandeza y animaron la vida pública con paseos, cafés y teatros.

En 1859 –el mismo año del Plan Cerdá para el Ensanche de Barcelona– surgió una nueva urbanización de vanguardia hacia el oeste y muy cerca de la costa. El Carmelo seguía un trazado de calles anchas y rectas, por primera vez bordeadas con árboles; paseos igualmente arbolados y manzanas cuadradas de cien metros de lado. El asentamiento inicial continuaría extendiéndose hacia el este, en busca de la ciudad existente, con El Vedado en 1860 y Medina en 1883, creando la mayor y más avanzada pieza urbana colonial. Todo este sector sería conocido después por el nombre genérico de El Vedado, y hacia allá comenzaron a trasladarse las clases altas antes asentadas en El Cerro, empleando inicialmente el mismo tipo de villa neoclásica.
La vuelta de siglo, entre el XIX y el XX, estuvo marcada por las secuelas de las cruentas Guerras de Independencia (1868-1878, 1879, 1895-1998) y la intervención militar norteamericana (1898-1902), que sustituyó al dominio colonial español. El gobierno interventor debió enfrentar una situación crítica de higiene y pobreza urbana, exacerbada por los efectos de la terrible concentración forzosa de más de 100.000 campesinos en la periferia de La Habana, para privar de apoyo a los patriotas cubanos durante la última guerra de independencia. Esto creó lo que probablemente fueron los primeros asentamientos precarios de América Latina. La ciudad comenzó, por fin, a mirar al mar, cuando en 1901 se inició la construcción del primer tramo del Malecón, anticipado 40 años atrás por ese genio cubano de la ingeniería decimonónica, Francisco de Albear.

La enorme influencia que durante cuatro siglos ejercieron varias regiones de España y las Islas Canarias sobre diferentes patrones morfológicos, tanto cultos como vernáculos, que caracterizaron al medio construido en zonas urbanas y rurales de Cuba, ha sido bien estudiada. Esa influencia arranca en la arquitectura civil, desde el pre-barroco, con vestigios mudéjares del siglo XVII, hechos por alarifes y carpinteros de ribera; y continúa con el austero barroco cubano del XVIII, extendido hasta principios del XIX y seguido por un breve y aislado neogótico, y un neoclasicismo de mucho mayor peso en la ciudad. En este último estilo se manifestaría también una influencia francesa, relacionada con el espíritu de la Ilustración y la masiva inmigración de colonos huyendo de Haití. Todo eso estuvo asociado a la gradual formación de una identidad nacional, que iría evolucionando desde el reformismo, autonomismo y anexionismo, hasta el independentismo con base patricia y, finalmente, popular. Por otra parte, la influencia de los indígenas no tuvo peso en la arquitectura, debido al escaso número de esa población, su bajo nivel de desarrollo y rápida extinción; ellos dejaron, solamente, la precaria pero ecológicamente sustentable choza de palma, el bohío.

TIEMPO DE REPÚBLICA

Durante el primer tercio del siglo XX se produjo un enorme crecimiento demográfico, apoyado en una fuerte inversión previa en la infraestructura y los servicios municipales que incluyó una amplia red de tranvía eléctrico, la pavimentación de calles y la recogida organizada de basura; así como el sistema de alcantarillado inaugurado en 1913, diseñado para 600.000 habitantes, más del doble de la población en ese momento. En los primeros 25 años del siglo llegaron a Cuba más inmigrantes españoles que durante toda la etapa colonial. Esto se debió a una increíble bonanza económica por el alza del azúcar, las llamadas “Vacas Gordas”; culminando en 1920 con la famosa Danza de los Millones. La violenta caída del precio mundial del producto, en ese mismo año, desató “las Vacas Flacas”, etapa agravada con una seria crisis política interna y los efectos de la depresión mundial.

En definitiva, este período estuvo marcado por una verdadera explosión constructiva que utilizó los códigos de la arquitectura ecléctica, tanto en edificios públicos como en la vivienda de todos los estratos sociales. El eclecticismo había llegado tarde a Cuba, pero fue rápidamente asimilado, tras un corto período, en la primera década del nuevo siglo, cuando proliferó el Art Nouveau, que en realidad tuvo más de Modernisme catalán que de belga o francés. Llamado el estilo sin estilo por el novelista cubano Alejo Carpentier, el eclecticismo prácticamente cubrió barrios enteros como El Vedado, Santos Suárez, La Víbora o Lawton, y gran parte de otros sectores en la ciudad central e incluso varios suburbios. En realidad, esa arquitectura, y sobre todo la que pudiera llamarse eclecticismo menor, conformó la masa central de casi todas las ciudades cubanas.

En los años 1920 había comenzado el desarrollo de un nuevo barrio elegante, a lo largo de la costa oeste, Miramar. Separado de El Vedado por el río Almendares, Miramar todavía siguió el mismo trazado en damero,[2] pero con lotes más grandes y aún más área verde. Deliberadamente carecía de servicios y el transporte público era deficiente, para disuadir a los menos pudientes. Quinta Avenida, su magnífico bulevar que funciona como espinazo verde del barrio, continuó aún más hacia el oeste para llegar hasta el Country Club (actual Cubanacán), donde vivían los muy ricos. Allí la cuadrícula hispanoamericana se cambió por un patrón vial sinuoso anglosajón a lo City Beautiful, con abundante verde y baja densidad.

La Habana muestra también un importante patrimonio Art Decó que data desde finales de los años 20 hasta principios de los 40, tanto en su vertiente geométrica como en la streamline. Esa evolución marca el cambio de la influencia europea a la estadounidense, que en el país coincidió aproximadamente con la caída del dictador Machado en 1933. Solapadas en la etapa final de este movimiento aparecieron otras dos tendencias: el neocolonial, usado casi exclusivamente en la vivienda privada; y el monumental-moderno, con mezcla de influencias futuristas y protorracionalistas, empleado en edificios públicos. La segunda postguerra fue testigo de la segunda gran explosión constructiva del siglo XX, esta vez ya marcada por los códigos de la Modernidad. Aparecieron varias docenas de repartos, o subdivisiones suburbanas, al amparo de la Ley de Fomento de Hipotecas Aseguradas; y el litoral de El Vedado empezó a poblarse con torres de condominios, aprovechando la Ley de Propiedad Horizontal. Todo esto reforzó aún más la primacía de la capital como la gran cabeza rutilante de un país pobre.

Un grupo de importantes arquitectos constituyó una vanguardia artística en los años 50, que por distintos caminos consiguió adecuar la iconoclastia intrínseca del Movimiento Moderno a las condiciones específicas de clima, programas, contexto urbano e identidad cultural. Esa vanguardia lograría obras señeras que arrastraron a una multitud de seguidores, para alcanzar un alto nivel medio que se hace evidente en el extenso patrimonio moderno de La Habana. Esa influencia, junto a los ecos renovadores llegados de Brasil, Venezuela y México, marcaron a los arquitectos jóvenes y estudiantes de esa época. Ellos enfrentarían los nuevos retos constructivos, tras el temprano éxodo masivo de profesionales después del triunfo de la Revolución, en 1959. En contra de lo que corrientemente se piensa, esa búsqueda de excelencia dentro de la Modernidad continuó hasta bien entrada la segunda mitad de los años 60, incorporando un fuerte componente brutalista [3] .

TIEMPO DE REVOLUCIÓN

La Habana de 1959 alojaba a un poco más de la quinta parte de los seis millones de habitantes del país. El nuevo gobierno detuvo la especulación del suelo que ya había comenzado a desvirtuar a buenos barrios residenciales como El Vedado. El plan maestro para una Habana de cuatro millones de habitantes, que había hecho un equipo dirigido por José Luis Sert y Paul Lester Wiener, entre 1956-58, quedó afortunadamente en el papel. Ese plan hubiera desfigurado a la ciudad, eliminando una parte importante de su patrimonio histórico. El Malecón, esa fachada de La Habana que funciona como un gigantesco banco, quedaría bloqueado por una pantalla continua de edificios altos y una isla artificial para casinos y hoteles. Pero La Habana no sólo se salvó del Plan Sert: de haber tenido la oportunidad, los jóvenes arquitectos cubanos, formados en el espíritu fundamentalista del Movimiento Moderno y los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna, CIAMs, hubiéramos hecho en los tempranos años 60 proposiciones igualmente destructivas.
Buscando una distribución más balanceada de riqueza y población, la construcción fue dirigida a mejorar las condiciones de vida en el campo y en la red nacional de capitales provinciales y ciudades intermedias. Entre 1959 y 1970 se construyeron 214 nuevos poblados rurales, con un total de más de 41.000 viviendas. Esa política fue en detrimento de la conservación del importante patrimonio construido de La Habana, cuyo deterioro físico y social ya había comenzado mucho antes en los distritos centrales. Como resultado, aumentó el hacinamiento en esas áreas; y su población buscó acomodo a través de añadidos internos improcedentes, que terminaron por expresarse al exterior y degradar el paisaje de la calle. Pero esa política también aplacó el flujo de migración interna y preservó a la capital de una remodelación traumática como la que se proyectaría para el céntrico barrio de Cayo Hueso, a principios de los años 70, felizmente paralizada.

Curiosamente, el prototipo de edificio de apartamentos en altura desarrollado en los años 50 siguió, con algunos pocos ajustes, después del triunfo de la Revolución; probablemente pensando que lo que había sido bueno para los burgueses podía encogerse y abaratarse para los proletarios. De todas formas, la antológica Unidad # 1 de Habana del Este (1959-61) ha quedado como el mejor conjunto de vivienda social jamás hecho en Cuba. Los años 60 estuvieron marcados por el entusiasmo, la creatividad y la experimentación, con varias obras descollantes, como las Escuelas de Arte de Cubanacán y la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría (CUJAE); pero sobre todo con un alto nivel promedio de diseño y ejecución en el conjunto de lo edificado.

La arquitectura cubana fue luego dominada por la construcción masiva con unos pocos tipos repetidos hasta el agotamiento y sin relación con el contexto; y quedó eviscerada de una intención cultural. Hubo algunos proyectos especiales de calidad, aunque casi todos fueron hechos en la periferia, y por tanto ejercieron poca influencia sobre la imagen urbana. Pero también hubo algunas obras, especialmente escuelas, que mostraron cómo dentro del marco impuesto por la prefabricación más rígida se podía lograr una arquitectura de calidad. Cientos de escuelas secundarias básicas en el campo cambiaron el paisaje rural de Cuba.

En los años 70 se construyeron en la capital nuevos conjuntos de vivienda social, principalmente al este, en Alamar; al sur, en Altahabana, y al oeste, en Ermita-San Agustín. Para ello se utilizó el método novedoso de las microbrigadas, como alternativa a la construcción con brigadas estatales. Obreros y empleados de centros de trabajo salían por dos o tres años a construir viviendas para ellos y sus compañeros. El Estado les mantenía su salario y suministraba materiales, equipos y asesoría técnica. El modelo fue siempre el mismo, con edificios de cinco pisos y algunos de doce desparramados sin una estructura urbana definida, carentes de servicios, redes técnicas y espacios públicos organizados. De esa manera surgió una clara distinción entre la ciudad tradicional, muy bien conformada y memorable, y esos conjuntos amorfos donde cientos de miles de personas encontraron un techo mientras quedaba pendiente el resto de lo que hace habitable a una ciudad. Pero esa política ayudó indirectamente a preservar la ciudad central.

A fines de los ’80s se produjo un renacimiento de las microbrigadas, con una nueva variante para insertar edificios en un proceso de relleno dentro de la trama urbana consolidada. Esos constructores hacían además obras sociales, como consultorios médicos, escuelas y ampliación de hospitales.Estos programas coincidieron con la llegada tardía del postmodernismo, asumido por un grupo de jóvenes arquitectos inconformes con la baja calidad de la arquitectura predominante en Cuba. Para ellos, las Escuelas de Arte habían sido el canto del cisne en la búsqueda de una arquitectura de vanguardia, culta y cubana. A comienzos de los ’90s sobrevino una terrible crisis desatadapor el súbito desplome de la Unión Soviética y el campo socialista este-europeo. Esa crisis, que en Cuba recibió el nombre un tanto críptico de período especial, prácticamente paralizó estos programas y dejó en la ciudad muchas obras a medio construir.Todo ello impidió decantar y digerir ese postmodernismo pasado por agua.

Irónicamente, los apóstoles de la creatividad se limitaron casi siempre a copiar la forma externa de ejemplos internacionales paradigmáticos, asumiendo como novedoso un movimiento que ya había sido rebasado en los polos culturales europeos y norteamericanos, donde se había gestado quince años antes. El trasplante resultó más lastimoso por tratarse de una arquitectura cuyos códigos estaban dictados por la opulencia y una estética que, al decir de Jameson, [4] reflejaba la lógica del capitalismo tardío; y que por lo tanto requería un derroche de espacio, calidad de ejecución y materiales costosos. Eso, obviamente, no podía lograrse en la versión criolla aplicada a pequeños programas para ser hechos por constructores improvisados. Algo similar sucedió con los pocos ejemplos de arquitectura high tech, [5] casi siempre limitada al uso de estereocelosías metálicas.

EL TIEMPO ENTRE DOS SIGLOS

En una de sus primeras visitas a La Habana, Lynch [6] se preguntaba por los cambios en la forma de la ciudad que reflejasen los grandes cambios económicos y sociales ya producidos por la Revolución. Todavía a principios de los ´70s las estructuras físicas heredadas daban la falsa ilusión de que poco había cambiado en la capital, sobre todo en la ciudad central. Pero ya muchos comercios y servicios concentrados en el centro y en varios subcentros –o que punteaban las calzadas y calles principales, conformando kilómetros de frentes comerciales continuos– se estaban cerrando en un proceso de racionalización asociado con la escasez de ofertas; y empezaban a entregarse a personas necesitadas para que los adaptaran como vivienda, casi siempre de forma precaria.

Unido al empobrecimiento o incluso clausura de las vidrieras de exhibición y la desactivación de anuncios lumínicos, eso trajo un cambio radical en las antiguas grandes tiendas por departamentos y calles comerciales completas, cuya imagen se degradó junto con su funcionamiento. Pero la ciudad también se libró de la contaminación visual que producía el amontonamiento de una gráfica comercial agresiva y de mal gusto, y la plaga periódica de pasquines electorales en la época pre-revolucionaria. Más tarde el gobierno, buscando una recuperación más ostensible de las ofertas a la población, emplazó escuálidos kioscos en las aceras frente a los antiguos comercios desactivados. Un proceso inverso se dio en muchas mansiones de antiguos barrios elegantes como El Vedado y Miramar que, al ser abandonadas por el éxodo masivo de sus dueños, fueron convertidas en oficinas estatales, escuelas, albergues estudiantiles, embajadas y residencias para diplomáticos y extranjeros. En los edificios de apartamentos y casas menos importantes vinieron a vivir familias de origen humilde y funcionarios estatales. El cambio en esos barrios fue inicialmente de contenido, con poca variación en la imagen.

En realidad, El Vedado fue siempre un barrio mezclado a pesar de su aura de elegancia; pero las clases altas imponían su imagen urbana y pautas de comportamiento a los vecinos de menos recursos. Sin embargo, el generoso portalón de la tradicional bodega de esquina –un pequeño comercio para el despacho de víveres y bebidas, generalmente atendido por chinos o gallegos– funcionaba como un centro espontáneo de intercambio social al nivel de cuadra, donde se rozaba la señora con los sirvientes. Esa fusión también se daba en el típico parque republicano, una manzana libre arbolada, con un pequeño podio o glorieta central, donde coexistían niños y ancianos de orígenes diferentes. Todavía vivir en un segundo o tercer piso frente a un parque de El Vedado es el ideal de una mayoría de habaneros.

El programa de construcción de supermercados en los años 80 eliminó la mayoría de las bodegas. Con ello se perdió la animación de la esquina, que pasó a ser un foco de insalubridad y, más tarde, de agresión visual, cuando los locales fueron entregados para adaptarlos como viviendas. Muchos de ellos volverían a convertirse en rudimentarios expendios caseros de comida y bebida, al ser legalizado el trabajo por cuenta propia en la década de los ´90s. Por otra parte, la idea misma del supermercado, que surgió en la sociedad de consumo para inducir al cliente a comprar lo que no necesita, estaba en contradicción con la esencia de la distribución socialista racionada de productos, siempre escasos, a precios bajos subsidiados. De esa manera, los nuevos supermercados –aparte de su mudez arquitectónica– terminaron por subdividirse internamente en secciones no muy diferentes a pequeñas bodegas, donde los usuarios marcan a la vez en varias colas.

Al cambiar la composición social en muchos sectores de la ciudad, cambiaron también las prioridades y expectativas de la población, teñidas por la escasez crónica de recursos. También se ha producido una mayor homogeneización social por la estatalización del empleo, la atención médica, los servicios y la educación; y el efecto –más cualitativo que cuantitativo– de las migraciones internas. A la política nacional deliberada de urbanizar el campo se correspondió un reflujo espontáneo de ruralización de la ciudad, cuya manifestación más visible fue la siembra de plátanos y la cría de animales de corral en jardines, patios y azoteas; la aparición de estructuras rústicas de palo redondo techadas con palma, inaugurando un estilo neo-taíno; las fiestas alrededor de sopones cocinados con leña en los parterres, [7] y la irrupción en las calles de tractores, carretones de tracción animal y esos monstruosos ómnibus de perfil jorobado, los camellos. Todo ello reflejaba, pero también estimuló, un cambio de valores, costumbres y patrones de conducta.

Al principio, esos cambios se mantuvieron al interior de las viviendas, pero poco a poco eclosionaron, saliendo a la calle. Muy especialmente se modificó de forma notable la frontera antes porosa entre lo público y lo privado, apareciendo todo tipo de rejas, tapias, cercados y cobertizos. Esa arquitectura-chatarra se antepone a las fachadas originales y es la imagen que llega en primer plano al observador que se mueve por las calles, para estrechar y empobrecer su percepción de la ciudad. Estas modificaciones, que violan las normativas urbanísticas, proliferaron en los años 90 debido a un relajamiento suicida del control urbano. Tanto esas acciones como la inacción han estado condicionadas por el período especial.
Hasta ese momento La Habana había recibido poca inmigración interna y menos aún externa, mientras que emitió una emigración considerable. Durante las tres primeras décadas tras el triunfo revolucionario en 1959, la tasa de crecimiento de la población capitalina había sido menor que el ya bajo promedio nacional, algo muy raro en las capitales iberoamericanas. Sin embargo, a mediados de los años 90 se produjo un aumento en la migración interna, sobre todo desde las provincias orientales del país, cuyo control requirió por primera vez de una Ley en 1997. Esa migración se reflejó en un aumento de los asentamientos precarios.En los barrios, como en las personas, los que más tienen son los que más tienen que perder. Los barrios pobres tradicionales han quedado aproximadamente igual –incluso, muchos han mejorado– pero los antiguos barrios elegantes pierden aceleradamente la faja frontal de jardín y portal que los separaba de la vía pública, y sus hermosas fachadas aparecen deformadas por múltiples añadidos que afloran como tumores, malamente filtrados por altas cercas de malla eslabonada que se oxidan a la brisa marina.

¿EL FIN DEL TIEMPO?

Contra lo augurado por muchos, la Revolución Cubana consiguió sobrevivir al colapso de la Unión Soviética. La crisis también destacó algunas debilidades intrínsecas y forzó a buscar nuevas soluciones más sustentables como la bicicleta, la agricultura urbana, el uso de recursos locales y tecnologías blandas, así como una mayor descentralización y participación de la población. Entre 1993-1994 el gobierno tomó una serie de medidas, entre otras, la apertura al turismo, al trabajo por cuenta propia y a las inversiones extranjeras, junto con la legalización de la circulación del dólar. El país ahora debe buscar su lugar en un mundo unipolar globalizado donde impera la economía de mercado, y donde ya no se puede aspirar a vivir vendiendo azúcar.

Cerca del 80 por ciento de la reciente construcción en Cuba está relacionada con el turismo y las operaciones inmobiliarias dirigidas a clientes extranjeros. Esto, junto a las remesas familiares desde el exterior, han desplazado al azúcar como principales fuentes de ingresos. Muchas de esas inversiones son empresas mixtas con capital español, canadiense, italiano o israelí, donde Cuba contribuye fundamentalmente con el terreno, algunos materiales gruesos y la fuerza de trabajo. Como consecuencia, han aparecido en los antiguos barrios elegantes de Miramar y El Vedado malas copias de modelos internacionalmente repudiados: hoteles pesados e inexpresivos, malls comerciales con fachadas de vidrio espejo, incluso orientadas al oeste; condominios para extranjeros con una arquitectura fofa y una densidad dura; o cafeterías de comida-chatarra con su estridente firma colorística, amarillo mostaza y rojo catchup. Afortunadamente, el ritmo de inversión ha sido todavía relativamente lento. Comenzando el siglo XXI, el país se enfrenta otra vez a un recrudecimiento de la crisis económica y el aislamiento político internacional promovido por la más formidable potencia económica y militar de la historia.

A la vuelta del siglo la población de La Habana era 2,2 millones –una quinta parte del país– en un área urbanizada de 360 kilómetros cuadrados.

EL TIEMPO VA Y VIENE

El viejo núcleo de 143 hectáreas dentro del recinto amurallado original, más la expansión del siglo XIX en la antigua franja de las murallas, y el sistema defensivo colonial completo, fue designado por el Fondo de Naciones Unidas para la Educación y la Cultura (UNESCO) como Patrimonio de la Humanidad en 1982, cuando todavía no se había producido la hemorragia mundial de designaciones. Pero el patrimonio históricamente valioso de La Habana cubre en realidad más de 2.000 hectáreas y muchos estilos arquitectónicos y épocas diferentes. La preservación histórica había recuperado de manera lenta, pero continua, edificaciones relevantes en La Habana desde los años 60, con un mayor impulso en los ’80s. Las acciones fueron inicialmente enfocadas a la restauración de las edificaciones más viejas, singulares y nobles, limitadas al antiguo recinto amurallado. Los nuevos usos para esas edificaciones se mantenían dentro del dominio de la cultura: museos, bibliotecas, librerías, galerías de arte, estudios de artistas, centros de investigación cultural, salas de conferencias, u oficinas relacionadas con la actividad cultural. Ello permitió ganar el reconocimiento del público y de las autoridades, convirtiendo a La Habana Vieja en una visita obligada de personalidades e invitados del gobierno.

El campo de acción se amplió durante los ´90s con el reciclaje de edificaciones patrimoniales para usarlas como hoteles, hostales, restaurantes, cafeterías, comercios, boutiques y oficinas de empresas extranjeras o mixtas. Esto se apoyó en el Decreto-Ley 143 de 1993 autorizando a la Oficina del Historiador de la Ciudad, que funcionaba como inversionista del programa de recuperación de monumentos, a desarrollar sus propios negocios y reinvertir las ganancias en sus proyectos de conservación, rehabilitación y restauración. En la segunda mitad de esa década la actividad se amplió más aún, para incorporar la rehabilitación de viviendas y otros programas sociales para beneficio de la población local, especialmente en el tradicionalmente pobre barrio de San Isidro, en la punta sur de La Habana Vieja.

La rehabilitación también llegó a algunos sectores más nuevos, como el tramo inicial de catorce manzanas a lo largo del Malecón, que es el paseo marítimo emblemático de la capital; donde se contó con la colaboración desinteresada de varias comunidades autónomas españolas. Esto refleja la creciente toma de conciencia sobre los valores culturales de la arquitectura del siglo XX. Sin embargo, este proyecto ejemplifica los retos que debe enfrentar la rehabilitación integral de la ciudad. El enfoque inicial, que un académico liberal estadounidense podría calificar de políticamente correcto, era conservar las edificaciones actuales tal como estaban, y a su población actual, sin desplazarla. Pero muchas de esas edificaciones se encuentran en muy malas condiciones, y están sometidas a la agresión constante del mar, tanto por la corrosión salina como por ocasionales penetraciones.

La población original, predominantemente clase media-baja y alguna media, hace tiempo que abandonó esa franja de ciudad; y la actual carece de recursos para mantenerse viviendo en algo que se parece mucho a un barco. Esto se agrava por el hacinamiento y hábitos de vida correspondientes. En una economía de mercado, estas personas habrían sido ya sustituidas por yuppies [8] o extranjeros retirados. Los edificios estarían flamantes, pero la franja sería un enclave de bienestar dentro de una de las zonas con más problemas sociales de La Habana. Quizás la solución sea, como tantas veces, lograr un balance. Eso requiere un manejo sutil, pero efectivo, de los procesos y los mecanismos de estimulación y disuasión, así como la participación de la población y la reinversión de las ganancias para el auto-sostenimiento.

Por otra parte, el entrenamiento de operarios para la restauración comenzó a reflejarse en la recuperación de habilidades hace tiempo olvidadas Esto pudiera extenderse a otros sectores, para elevar una calidad del oficio que se había perdido en la construcción, debido a la improvisación y el empleo de técnicas prefabricadas. El éxito de estos programas ha demostrado también el valor económico de preservar a La Habana. La Oficina del Historiador de la Ciudad es ahora autofinanciada, convirtiendo en un recurso lo que por mucho tiempo sólo era visto como un problema. Los ingresos de la Oficina se han multiplicado 23 veces y las inversiones 20 entre 1994 y 2001.

La Habana de a mediados de 2002 tenía una población de 2,18 millones, con tendencia a decrecer y envejecer.

EL TIEMPO DE LA GENTE

El siglo XXI encontró en La Habana una ciudad preservada por omisión. Esa masa construida está sobrecargada y seriamente deteriorada. La falta de dinero se mantiene todavía como el problema principal, pero combinado ahora con otra amenaza de signo opuesto: un dinero que llega demasiado rápido. Esto puede convertir a magníficas ciudades y sitios naturales cubanos en fácil presa para intervenciones comerciales con una arquitectura barata y anónima, en busca de ganancias fáciles que el país también necesita desesperadamente. Otra amenaza, posiblemente peor, viene de una patética búsqueda de prestigio en el sector emergente con acceso al dólar. El reciente aumento en el poder adquisitivo –por medios muchas veces ilícitos– de personas que pueden tener una instrucción aceptable, pero mala educación y muy mal gusto, está deformando de manera creciente la imagen y la utilización de los espacios públicos. Esa percepción de “riqueza” siguiendo la estética escandalosa del buscavidas ha permeado a ciudadanos decentes, como ya antes sucedió con el modo de hablar de los delincuentes.

Se observa el ascenso inquietante de una combinación de patrones visuales, gustos, modas y comportamientos fuertemente influidos por telenovelas baratas, turistas de tercera clase, y pobres-nuevos-ricos cubanos, junto a parientes emigrados en las últimas oleadas, que alardean de un patético bienestar desde Hialeah, en Miami. Todo ello se imposta sobre un estilo de vida marcado por carencias de muchos tipos, el desarraigo de inmigrantes rurales y la terca persistencia de la marginalidad urbana, con un componente histórico que se asocia a raza y vivienda precaria.

Los problemas de identidad cultural en la ciudad y su arquitectura, que abarcan desde la banalización –sea importada o casera– hasta la marginalización, fueron ampliamente discutidos en noviembre de 1998 durante el seminal VI Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC; y se han mantenido bajo atención por autoridades del más alto rango. Afortunadamente, entre la masa insípida de arquitectura complaciente o deficiente sobresalen algunos pocos buenos ejemplos recientes, por lo general afiliados al deconstructivismo [9] . Quizás el análisis de estas tendencias permita prevenir, o al menos amortiguar, posibles desastres irreversibles producidos por una nueva intervención, ya no militar, que venga del Norte; cuando individuos marcados por el desarraigo y movidos por la codicia regresen para encontrarse –hablando todavía el mismo lenguaje masticado y compartiendo las mismas aspiraciones chatas, gustos baratos y dudosos modelos de éxito– con sus iguales en la isla.

Pese a tantos logros en la preservación histórica, la extensa riqueza construida de La Habana sólo podrá salvarse cuando la mayor cantidad posible de gente pueda cuidar de sí misma y arreglar sus propias viviendas. Aun cuando la macroeconomía del país mejore, es bueno recordar que el espíritu –pero también la forma– de una ciudad vienen dados por su gente; y la gente establece sus prioridades y las proyecta sobre el entorno construido de acuerdo a la manera en que vive. Es necesario construir una cultura cívica sólida y vibrante para llevar a la calle y la vida diaria los impresionantes éxitos de la cultura cubana contemporánea en el arte, la literatura y la ciencia. Para rescatar y defender valores éticos, morales y culturales, falta dar valor a los valores, es decir, asignarles un valor real y reconocible. Ello funciona también, y muy especialmente, para la arquitectura. Resulta imprescindible traerla de regreso al mundo de la cultura, rescatándola del lugar secundario adonde ha sido relegada como simple construcción. Todo eso es posible cuando se preserva, potencia y moviliza al mayor recurso que tiene Cuba: su notable capital humano.

DESPUÉS DEL TIEMPO

Pero la necesidad de involucrar a la gente es a menudo olvidada por aquellos que piensan que ya saben todo lo que necesitan saber. Los terribles ataques de Septiembre 11 despertaron profundas preocupaciones sobre la vulnerabilidad intrínseca de las megaciudades y la creciente amenaza sobre la limitación de los derechos individuales como un sacrificio a la seguridad. En lugar de analizar las causas del terrorismo, la reacción de la única superpotencia mundial y algunas antiguas metrópolis europeas –casi convertidas ahora en sus colonias– ha sido la guerra “preventiva”, alimentando el círculo vicioso. La vida metropolitana tal como la hemos conocido pudiera llegar a desaparecer, con toda su maravillosa interacción de ingenio, brillo y miseria. O, quizás peor, convertirse en un sucedáneo virtual. El juego comenzó, pero es interactivo y no tiene un final prefijado, si aprendemos a jugar.

El Autor:

Mario Coyula Cowley (La Habana 1935), arquitecto, Profesor de Mérito en el Instituto Politécnico Superior José Antonio Echeverría (IPSJAE). Fue director de la Escuela de Arquitectura, de la dirección de Arquitectura y Urbanismo, y primer presidente de la Comisión de Monumentos, todos en la ciudad de La Habana . Consultante y ex-director del Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital. Co-autor de varios proyectos ganadores de concursos, y autor de más de 180 artículos y reseñas en 15 publicaciones cubanas y 23 extranjeras. Autor del libro Diseño Urbano y co-autor de otros cinco más, incluyendo Havana: Two Faces of the Antillean Metropolis, cuya segunda edición fue publicada por la UNC Press en septiembre de 2002. Premio Nacional de Arquitectura 2001. Profesor Visitante RFK en la GSD, Harvard, durante el semestre de primavera 2002.

*Profesor de Mérito y Premio Nacional de Arquitectura 2001.

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1. Conjunto de varios núcleos urbanos inicialmente independientes y contiguos que al crecer acaban formando una unidad funcional
2. Trazado vial regular urbano a modo de tablero de ajedrez.
3. Tendencia de la arquitectura surgida a medida de los años 50 con una fuerte expresión que descansaba en contrastes y texturas y en la exposición a la vista de materiales, instalaciones y componentes secundarios de las edificaciones.
4. Fredric Jameson, filósofo marxista contemporáneo estadounidense.
5. Tendencia en la arquitectura contemporánea cuya expresión descansa en la alta tecnología.
6. Kevin Lynch, urbanista profesor estadounidense que revolucionó la percepción urbana con su libro La Imagen de la Ciudad.
7. Franjas continuas de área verde entre la calle y la acera.
8. Jóvenes profesionales en ascenso.
9. Tendencia de vanguardia arquitectónica que en la última década del Siglo XX sucedió al postmodernismo y cultiva efectos suculentos de contraste, inestabilidad y provisionalidad.

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