Octava Bienal de La Habana: como la vida misma

Recorrido de IPS Cuba por los principales momentos de la Octava Bienal de La Habana.

Carlos Ribera - Flickr

Imagen de la obra Encuentro, presentada en la VIII Bienal de La Habana

Cuando, hace casi tres años, los organizadores de la reconocida internacionalmente Bienal de La Habana anunciaron como tema de la cita siguiente “Arte y vida”, no imaginaron siquiera en sus más altos momentos de elucubración artística que la reunión de los creadores plásticos del Tercer Mundo en la capital cubana, en noviembre de 2003, respondería tan cruda y certeramente al lema bajo el cual fuera inspirado.

Hacer arte con la vida, con los inconvenientes de la vida misma, parece haber sido en verdad el slogan que, como telón de fondo y respirado en cada espacio y minuto de “La Habana de los plásticos”, marcó la organización y celebración de la Octava Bienal de La Habana, del primero de noviembre al 15 de diciembre últimos.

A las normales tensiones y preocupaciones que ocasiona cualquier evento de su envergadura y trascendencia, se sumaron agravantes demasiado fuertes y aparecidas a última hora: las de dinero.

Esta vez el evento significó un momento aún más tenso y difícil para los curadores del Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, sus históricos organizadores; para el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, organismo rector de esa manifestación; y para el propio Ministerio de Cultura, como resultado del retiro de los fondos de patrocinio de varias organizaciones europeas, apenas tres meses antes de iniciarse el certamen.

En agosto, y cuando supuestamente ya las obras debían empezar a llegar a la capital cubana para iniciar el montaje en los espacios previstos, algunos de los patrocinadores fundamentales, entre ellos el Instituto Holandés de Cooperación Hivos, la Fundación Príncipe Claus, también de Holanda, y la francesa AFAA decidieron retirar los acostumbrados fondos, estimados en cerca de 200.000 dólares.

El debate sobre la libertad de expresión y el retiro del financiamiento tuvo su génesis en la renuncia de dos artistas invitados a participar en el certamen: el venezolano Alexander Apóstol y la costarricense Priscila Moge, quienes anunciaron su marcha de la bienal por desacuerdo con los organizadores en cuanto a los textos que acompañaban sus obras. En ambos casos los artistas consideraron que sus piezas habían sido “cuestionadas y censuradas”.

A raíz de los intercambios de correspondencia entre los curadores y estos artistas, circulados por Internet, se generó una fuerte polémica en torno a la libertad de expresión en la isla. En medio de ese contexto salieron a relucir dos hechos: el arresto y la condena en marzo de 2003 de 75 opositores cubanos, entre ellos varios periodistas independientes sentenciados a largas penas, y el fusilamiento, luego de un juicio sumarísimo, de tres ciudadanos que secuestraron una embarcación llena de pasajeros para marchar a Estados Unidos.

En su comunicado, el Instituto Hivos apuntó que “el programa de la Bienal, que fue siempre de los más importantes espacios de libertad para el arte no occidental, no es tan libre como en años precedentes. La censura es evidente”.

Mientras tanto, la Fundación Príncipe Claus señaló “un significativo deterioro de la situación de los intelectuales y artistas. Los organizadores de la Bienal, la cual es aclamada internacionalmente por los artistas del Tercer Mundo, está asociada con el gobierno y no se distancia de la política de persecución.“

La Príncipe Claus fue un patrocinador importante de la bienal anterior, en 2000, al aportar 90.000 euros (98.600 dólares), el 70 por ciento del dinero. Esa contribución se hizo entonces alegando la alta calidad del evento y “el énfasis en el intercambio cultural con artistas de América Latina, el Caribe, Asia y África”.

Para la Octava Bienal, la AFAA, fundación francesa dependiente de la cancillería de ese país, adujo razones burocráticas para no situar los capitales previstos.

Durante esos días de amplio debate internacional sobre el tema –que en Cuba apenas trascendió entre el público–, se habló también de otros artistas que se retiraron, algo que el gobierno definió como “campaña mediática”.

Funcionarios cubanos del Centro Lam, del Consejo de las Artes Plásticas y el presidente de esa institución negaron que las divergencias con los artistas se debieran a razones de censura, sino a desavenencias sobredimensionadas por la prensa internacional.

También el curador independiente cubano Eugenio Valdés, participante en el Proyecto 4D (cuatro dimensiones, cuatro décadas) del Grupo internacional Rain, comentó en ese momento que habían enfrentado “no pocos obstáculos burocráticos, pero nada que ver con la censura o limitación de la libertad artística.”

Al referirse a esos rumores, el diario oficial Granma, en su edición del 30 de agosto, citó a Rafael Acosta, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, quien desmintió categóricamente los argumentos en contra: “ninguna obra ha sido censurada”, subrayó el funcionario cubano.

Al profundizar en el asunto, Hilda María Rodríguez, Directora del Centro Lam, insistió en la seriedad y el rigor característicos en la curaduría del evento a partir de sus objetivos artísticos y el cuidadoso respeto con que se discuten los detalles con los participantes.

Para dejar constancia histórica, el catálogo de la bienal hace referencia a este asunto y en palabras de Rafael Acosta de Arriba, afirma: “Aquí había que mencionar, al menos para que conste en las memorias oficiales, que hubo dos moscas en el café con leche. Las Fundaciones Príncipe Claus e Hivos, de Holanda retiraron sus patrocinios comprometidos con el evento, como parte de la ola de acciones hostiles de la Unión Europea contra Cuba, desatada a inicios de junio. Sin comentario.”

Aún ahora, cuando la bienal culminó oficialmente, siguen circulando los rumores por Internet y desde algunos sitios web se continúa cuestionando el evento, según trascendió en conversaciones con curadores del Lam.

“Ha habido bastante crítica especializada y comentarios de prensa; algunos muy buenos artículos, pero muchos se concentran más en lo político, en la situación política y económica de Cuba, y aportan muy poco al análisis de la bienal. Algunos hablan sobre el arte cubano en general y su contexto, pero escasos son los referidas exactamente a la Bienal”, subrayó Hilda María Rodríguez.

La directora del Centro Wifredo Lam añadió que todas las críticas serias se respetan y son necesarias, pero no aquellas que hablan de la bienal sin haberla visitado. Hay errores de artistas y de obras, confunden datos, señaló. Esto parecería un detalle organizativo, pero confundir obras o artistas, hablar de ausencias que no fueron, es falta de seriedad, sentenció.

“En verdad se retiraron sólo cinco creadores, hubo uno o dos que no vinieron por razones de presupuesto, pero felizmente no pasó de allí”, apuntó una fuente especializa que prefirió no revelar su identidad.

Lo cierto es que, pese a todo este pequeño escándalo sobre libertad de expresión y del retiro del dinero de las instituciones europeas, en las calles de La Habana estuvieron 130 de los casi 150 artistas con obras en la muestra.

La Bienal va… y fue

Callejón de Hammel (Foto: Carlos Ribera - Flickr)Cuando Rafael Acosta de Arriba, presidente del Consejo Nacional de las Artes Plásticas, aseguró en conferencia de prensa el último día de agosto: “La bienal va” –con sólo dos meses por delante para trabajar–, artistas, curadores y especialistas de las instituciones culturales respiraron aliviados. Supieron que se había llegado a un acuerdo nacional en el cual el gobierno cubano aportaba 156.000 dólares. A la vez, estaban seguros de que “costaría sangre, sudor y lágrimas” trabajar con mucho menos dinero y contra reloj.

Especialistas de instituciones de las artes plásticas involucrados de alguna manera en el evento eran conscientes de que estarían “montando obras hasta el último minuto” y que incluso luego de inaugurada la cita “seguirían apareciendo problemas”, pero así y todo afirmaban que “definitivamente sería un éxito”, según sus propios comentarios.

Y así fue. Minutos antes de inaugurarse algunas muestras aún se montaban las piezas, en muchos casos fue necesario realizar sustituciones de última hora, variaciones en el concepto original de las obras y exposiciones. Pero esas son cosas que sólo se saben de puertas para dentro. Para el público, a quien llega el resultado y no conoce realmente la distancia entre pretensiones y realidades, la bienal fue, definitivamente, “buenísima”.

A esta cita asistieron la casi totalidad de los 150 artistas de 48 países previstos, la mayoría de ellos de América Latina, cifra ligeramente inferior a la de ediciones anteriores, pero aun así enorme para eventos de este tipo.

Al respecto, el crítico Israel Castellanos comentaba en el diario Juventud Rebelde: “A diferencia de otras, la nuestra se realizó esta vez con apenas 156.000 dólares, sin el patrocinio extranjero de otras ediciones que ha ayudado a cubrir gastos como la transportación de las obras y artistas de Asia y África. Y aunque no debería invitar a tantos artistas, lujo que no se dan otras, multimillonarias, lo que también redundaría en un mejor control organizativo así como en mayor concentración y ahorro de energías, el poder de convocatoria de nuestra Bienal no ha colapsado.”

Además de la muestra principal en la fortaleza San Carlos de la Cabaña, hubo varios proyectos especiales: Maneras de inventarse una sonrisa, en el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales; Isaroko, en el barrio La California, en el municipio de Centro Habana; un encuentro de performances; la intervención en casas particulares en el reparto Alamar, al este de la ciudad; y una intervención de 19 creadores en un agromercado del municipio Plaza de la Revolución.

Se presentó también el colectivo de artistas Rain, compuesto por arquitectos y curadores de varios países, con una propuesta en el céntrico Pabellón Cuba, lo que es considerado como un ejemplo de la pluralidad que caracterizó al evento.

Similar amplitud rodeó al encuentro teórico, en el cual expusieron sus ponencias críticos, investigadores, artistas y curadores de varios países, entre ellos de Estados Unidos, Brasil, Francia, Canadá, Australia, Austria y Cuba.

Todo esto acompañado por 100 muestras colaterales, 53 personales y 47 colectivas de artistas cubanos, distribuidas por una amplia red de galerías y espacios creados al efecto en la ciudad, además de las casas y estudios privados de los creadores convertidos en sitios alternativos y complementarios de la avalancha artística que duró mes y medio.

Al convocar a los creadores, hace ya tres años, el comité organizador adelantaba “…una bienal en la que expondrán sus obras aquellos artistas vinculados a las múltiples manifestaciones de la vida en nuestros pueblos, desde una perspectiva crítica y reflexiva acerca de nuestra realidad, hasta la apasionada exaltación de todas las formas de lo bello, transitando también por la ironía o el humor”.

Y así sucedió. Un espectro amplísimo de maneras de decir pudo admirarse en las muestras, pues respondiendo certeramente al lema de su convocatoria, las obras presentes en la bienal fueron tan diversas como la vida misma. La vida, desde la perspectiva del sur, desde donde llegan la mayoría de ellas, se trasluce en miseria, horror, intolerancia, imposición, hambre..

“Arte y vida resultan, pues, elementos componentes de un mismo sentido y significado a nivel comunitario, con sus diferencias lógicas en dependencia de la región en que estas se manifiestan. En unos casos se inclina más la balanza hacia lo político, hacia lo religioso o hacia la rica complejidad de rituales y festividades populares..” plantea el texto de convocatoria.

Añade además: “Obras que manifiesten descarnadamente, o mediante sutilezas, el amplio espectro de problemas que nos afectan día a día en el interior de nuestras naciones y en su conexión con el resto del mundo. Tales propuestas ideoestéticas pueden circunscribirse al ámbito nacional o internacional, en una dialéctica enriquecedora entre diferentes contextos …”

Teniendo en cuenta esta diversidad, y si hubiera que encerrar en frases la tónica general de las obras de la bienal, quizás habría que inclinarse por la inconformidad y la visión poco edulcorada de la realidad.

Baste señalar las obras Intolerancia, del brasileño Sirón Franco, una sala llena de muñecos de trapo de tamaño humano, sin cabezas, que se amontonan unos sobre otros, como si fueran escombros, o Remesa de niños adoptados, de José Arturo Martín y Javier Sicilia, de Islas Canarias, España, en la que, colgados de tendederas, se amontonan los niños de cartón. O también un Military Play set, todo un escenario militar del puertorriqueño Carlos A. Rivera.

Otras, sin embargo, deslumbraron por su belleza en el sentido tradicional, como obras “lindas”, llenas de paz, colorido, esperanza, en lo que pudiera ser, de alguna manera, el mundo deseado, como la de la singapureña Noni Kaur, una construcción de polvos de colores, hermosísima y olorosa, en una de las salas del Centro Wifredo Lam, exponente de una tradición bien enraizada en su país. O los rojos cangrejos de estambre de la chino-alemana Qiu Ping, que adornaban los árboles del patio de los laureles en La Cabaña, o La flor del tiempo, creación de la brasileña Sayonara Pinheiro, una escultura de varios metros coronada por una flor que, en una céntrica esquina de Alamar, sirve de molino de viento.

Por el lado humorístico de la historia andan otras, a través de historietas, video, video instalaciones o los simpáticos Ensamble de percusiones arácnidas, del mexicano Ariel Guzik, toda una banda de música hecha a partir de objetos similares a arañas y que obliga a sonreír, irremediablemente.

Los cubanos

“El arte cubano está a tono con el que se hace en el mundo y, como todos sabemos hace tiempo, es de muy alto nivel. Las razones se conocen: escuelas profesionales de altísima calidad, contacto exterior frecuente e in crescendo. Es por eso que lo cubano tiene que ver con el resto del mundo. El arte cubano es comprometido, recurrente en asuntos de interés, tanto locales como universales”.

“Todas las obras, incluidas las de nuestros artistas, abordan problemas de la memoria histórica, conflictos existenciales, las relaciones en los espacios urbanos, el medio ambiente. Son obras que reflexionan, analizan asuntos de la realidad. Por eso la Bienal no es complaciente, aunque sí hay obras que son estéticamente muy hermosas.”

Con estas palabras reflexionaba Hilda María Rodríguez, en la revista cultural digital La Jiribilla, sobre los temas de la bienal y la conexión del arte cubano contemporáneo con el universal.

En esta cuerda, bien podría decirse que las piezas de los participantes cubanos responden también al espíritu de la convocatoria. Obras que van desde la más pura crítica hasta la ironía, el humor, en una amplia gama de sutilezas de discurso que ha sido la característica principal del arte cubano en los últimos años.

La nómina de creadores nacionales presentes en la curaduría principal del evento incluyó a jóvenes que desde hace ya varios años representan lo más novedoso y emergente de la creación plástica nacional, muchos de ellos con una década de reconocimiento a sus espaldas y otros que, nacidos fundamentalmente en los salones de arte cubano contemporáneo, han logrado imponerse en el escenario nacional con propuestas de elevada calidad y visiones diversas que marcan un nuevo momento en el panorama plástico de la isla.

En opinión de los especialistas, la plástica cubana de los años 90s, heredera y en alguna medida deudora del boom de los 80s –el conocido “momento de oro” de las artes plásticas en la isla–, ha marcado una diferencia de discurso y de maneras de hacer con respecto al decenio anterior.

Aunque muchos de los nombres más sonados de aquellos años aún siguen en la primera línea creativa, otros han alcanzado su notoriedad desde acercamientos y estéticas completamente diferentes.

Sin embargo, hay que reconocer que, aun de modo diverso, la visión crítica de la realidad que marcara el arte cubano desde los años 80s no ha desaparecido; “sólo ha cambiado el lenguaje, como cambian también los tiempos”, comentó a IPS una historiadora del arte.

A la entrada de la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba la muestra principal, y visibles desde el lado opuesto de la bahía, decenas de banderas de igual número de países, todas realizadas en blanco, negro y gris, a tamaño natural, presentadas por primera vez en el Tercer Salón de Arte Cubano Contemporáneo en 2001 y ampliadas esta vez con nuevas incorporaciones, constituyeron la propuesta Apolítico, de Wilfredo Prieto.

Dentro de las bóvedas de La Cabaña, otra obra suya podría servir para marcar ese cambio y renovación que experimenta el arte en la isla permanentemente. Avalancha es el título de esa otra pieza que nace y crece, en avalancha, desde una minúscula, milimétrica bolita de collar, para ampliarse, agrandarse, multiplicarse y engordar sus dimensiones, vuelta lámpara, pelota, pecera, boya, tinaja, cocotaxi y juguera (con jugo de naranja incluido).

Los jóvenes Nelson Ramírez y Liudmila Velasco, por su parte, hacen una obsesión de la imagen del monumento a José Martí, en la Plaza de la Revolución, y la obligan a aparecer hasta el cansancio en cuanto espacio resulta imaginable (o inimaginable). El título: Revolución absoluta.

Otra propuesta, la de Joan Capote, reúne un grupo de idénticos televisores, hechos de cemento y con pantallas de fondo azul, enclaustrados en barrotes negros, bajo el título, en inglés, Intertainment. Armando Mariño, con su instalación La Patera –nombre que se da a los procesos migratorios de África a Europa—ha metamorfoseado el sentido de esa expresión y se presenta en un auto de los años 50, al cual se le han sustituido los neumáticos por tres decenas de piernas hechas de cera, cual parábola de la emigración.

Otros, como José Ángel Vincench, insisten en su filiación y compromiso con el discurso religioso de origen africano que marca sus creaciones. Desde el interior de la tierra o Iwori meyi es la instalación nacida del proyecto bidimensional del mismo nombre, una obra ya conocida en Cuba. También está Aymée García, con su conocido discurso de género, en su mesa bordada, con la que arma una obra de impresionante belleza y discurso.

La conocida artista Tania Bruguera, cuyas creaciones –especialmente performances–, están legitimados nacional e internacionalmente, apareció con su Autobiografía, expuesta en el Museo Nacional de Bellas Artes, junto a René Francisco Rodríguez y el grupo de creación Los carpinteros.

En Autobiografía, la Bruguera recurre al sonido para crear toda la atmósfera de manifestaciones multitudinarias que, según sus propias palabras “han marcado la existencia de nuestra generación”. Una tribuna con micrófono y el perenne sonido de las consignas cubanas de más de 40 años, repetidas incesantemente unas sobre otras, en un ambiente donde por momentos se logra distorsionar el mensaje, pero que en otros se reconocen fácilmente las históricas frases “Dentro de la revolución todo, contra la Revolución nada” o “Abajo la gusanera”, “Cuba sí, yanquis no”. Como catálogo, un tabloide negro y rojo con los textos de las consignas.

Artísticamente hablando

Imágenes de la Octava Bienal de La Habana (Foto: Carles Ribera - Flickr)Algunas personas del público insisten en la poca presencia en la cita de las tradicionales formas del arte; es decir, grabado, pintura, escultura. Mientras, consideran sobredimensionada la inclinación hacia las instalaciones, video instalaciones, obras hechas sobre la base de la tecnología.

“Se trata no sólo de una tendencia en Cuba, sino en todo el mundo: la proliferación de creaciones que trascienden las históricas bidimensionales formas de expresión del discurso artístico. No es que la pintura y el grabado estén fuera de moda, sino que cada momento histórico tiene nuevas formas de discursar y en las artes plásticas sucede lo mismo”, opinaron especialistas del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales, una institución que marca el ritmo de las creaciones más experimentales en el país.

“Eso no excluye que bajo formas tradicionales se realicen obras que simbolicen, describan y se pronuncien por una contemporaneidad, sin duda alguna; pero es cierta la tendencia esta a que algunos de los temas más actuales se aborden también desde modos de expresión diferentes”, reafirma Caridad Blanco, especialista de esa institución.

En el caso de la bienal, que responde a una curaduría bien definida de Arte-Vida, resulta hasta cierto punto lógico que las obras no sean precisamente hermosos lienzos, sino más bien esa amalgama de discursos, muchos de ellos trascendentales en su dureza y hasta en su fealdad, como sucede con la vida misma. “La vida no es únicamente bella, como lo puede ser un paisaje. Es mucho más compleja y convulsa”, apuntaba una recién graduada de historia del arte.

Sobre el tema, la directora de la bienal resume. “Yo diría que con la Bienal hay palo porque bogas y palo porque no bogas. Por suerte o desgracia, a la Bienal se le exige muchísimo. Nos critican porque las obras a veces son demasiado comprometidas, demasiado fuertes. Pero en momentos y casos precisos, cuando hay obras más ligeras o, mejor dicho, cuando no son tan críticas, también somos cuestionados. Lo importante es que al final aportamos algo.”

Y continúa en sus declaraciones a La Jiribilla: “Hemos tratado de ser consecuentes con la propuesta conceptual del evento. Hay obras de reflexión, de crítica, pero también otras que por sus valores estéticos son muy atractivas. También pensamos en el arte como goce, por eso en muchas se incorpora el sonido, los olores, los colores, componentes de la vida misma que provocan gozo.”

Reírse de las miserias propias

Bajo el título Maneras de inventarse una sonrisa y a partir de una propuesta de Caridad Blanco, el Centro de Desarrollo de las Artes Visuales mostró una exposición colectiva de más de cincuenta creadores cubanos y con un total de 69 obras que recogen una parte de la historia del arte cubano en los 90s, a la vez que se combinan con piezas creadas recientemente.

La muestra hace un recorrido por diversas formas de decir y por obras de artistas tan conocidos como Antonio Eligio (Tonel), Lázaro Saavedra, Sandra Ramos, Eduardo Ponjuán, para llegar a otros muy jóvenes, graduados recientemente del Instituto Superior de Arte. A la vez, incluye diversas manifestaciones desde el grabado y la fotografía hasta la instalación y el sonido.

El rescate del tema del humor en las artes plásticas responde a una teoría de la curadora, investigadora del tema desde hace tiempo y quien asegura que, en los años 80s, se produce un desplazamiento del espacio destinado al humor, desde los medios de prensa hasta las artes plásticas.

“En la década del 80 se produjo… un proceso de renovación de la plástica cubana. Los jóvenes creadores, sobre todo a finales del decenio, echaron mano al instrumental que aporta el humor y este irrumpió en la pintura, el instalacionismo y lo tridimensional, con una fuerza nunca antes vista. Ironía, absurdo, burla, parodia, caricatura, grotesco, erotismo y obscenidad estaban presentes en las obras polémicas de noveles artistas que fueron como especie de conciencia crítica de aquellos años, con un arte irreverente y problematizador, cuya voz reconsideraba y reconquistaba el espacio de la sátira, al tiempo en que esta ya había dado muestras de su pérdida de vigor en el habitual ejercicio del humor gráfico en las publicaciones periódicas”, apunta el texto sobre la exposición en el catálogo de la bienal.

Maneras… recibe en la entrada del espacio con varias decenas de múcuras amarillas, como las usadas para señalizaciones del tránsito y que obligan a sortear todos esos obstáculos, incluyendo los golpes y tropezones, como única forma de acceder al resto de la muestra (Rompiendo barreras, de Edgar Hechevarría y David Beltrán)

Así las cosas, en la exhibición aparecen desde bellísimos textos hechos a partir de moscas recogidas ( Adrián Soca y Fabián Peña)y trituradas, pasando por la clásica bicicleta como elemento de supervivencia (Guillermo Ramírez Malberti, en Prueba de resistencia), una boutique repleta de confecciones hechas de bolsas de nylon desechables (Beverly Mojena), una historieta de Lázaro Saavedra y dos enormes lienzos de Rocío García La fiera y El animal.

La simpática instalación Baño público, de René Francisco Rodríguez, contrasta con un enorme caballo que, desde un lienzo, en el techo de la galería, camina aplastando a sus ovejas, dóciles animalitos de patas para arriba, (Saidel Brito: Escultura ecuestre). Tres lienzos de José Ángel Toirac ( Historias de fin de siglo) juegan con el discurso de la publicidad de United Colors of Benetton, Ron Varadero y Habanos, a partir de cánones estéticos e históricos conocidos.

Lo más novedoso de esta muestra, en la que se repartieron al público cucuruchos de maní –un solo maní, pero a cambio un refrán, todo un homenaje a la tradición oral como génesis del espíritu humorístico de la isla– fueron los cuentos que acompañaban a cada una de las piezas. En ellos se hallaban desde una seria explicación de la obra hasta fantasías arrolladoras que sólo servían para confirmar y complementar todo el absurdo, ironía o cinismo de la pieza misma.

Según palabras de la curadora. “El humor que en cada obra se expresa nos acerca al rumor que viene de la calle y ha entrado definitivamente en los recintos que supuestamente el arte se había reservado, contaminándolos, aprovechando su sentido nivelador, irguiéndose como estrategia de supervivencia que permite afrontar con un poco de optimismo el vértigo de la realidad.”

Veinte años no es nada

En medio de lo que es considerado el período de las vacas gordas en Cuba, quinquenio 80-85, se realizó la primera bienal de La Habana, desde un inicio ideada por el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam. En 1984 esta cita logró traer por vez primera a la capital cubana el arte de 800 creadores de 22 países, fundamentalmente del Tercer Mundo.

Convocada en esa ocasión para Latinoamérica y el Caribe, y con la ayuda de numerosos historiadores y críticos de casi todo el continente, tuvo carácter de concurso en los géneros de pintura, grabado, dibujo y fotografía.

Las dos primeras ediciones, que reunieron a 1.500 artistas y en las que se entregaron premios, fueron posiblemente las “más fáciles”, teniendo en cuenta las condiciones y el presupuesto con que fueron realizadas en medio de una situación más favorable para la económica de la isla y la permanencia en el panorama mundial del largo lapso de la guerra fría.

El sitio web del evento resume esta etapa de la siguiente manera:

“Estas dos primeras ediciones ofrecieron una visión panorámica de las orientaciones temáticas, tendencias, modos de expresión y estrategias presentes en la producción visual de las mencionadas regiones. Así, devinieron una suerte de diagnóstico que junto con las opiniones emitidas por críticos, investigadores, profesores y publicaciones prestigiosas de diferentes países, posibilitaron a los organizadores reformular la concepción general del evento y modificar su diseño a fin de profundizar en el conocimiento de las particularidades de nuestra visualidad contemporánea”.

En 1989, con la tercera convocatoria y la aparición de un lema –“Tradición y contemporaneidad”– comenzaba un camino diferente para esta reunión del arte del Tercer Mundo, que no excluye a invitados occidentales que “estén creando obras y tengan maneras de expresión que respondan a los presupuestos conceptuales y estéticos de la convocatoria”. Esa vez participaron 400 artistas de 50 países.

La cuarta, en el histórico 1991, reunió a 200 artistas de 45 países bajo el tema “Desafío a la colonización”; la quinta, en 1994, contó con similar participación y esa vez estuvo dedicada a “Arte, sociedad y reflexión”.

Dada la amplitud del tema, el equipo de curadores “jerarquizó cinco de los aspectos abordados críticamente por los artistas para articular en torno a ellos las exposiciones del evento: el entorno físico y social; las diferentes expresiones de la marginación y las relaciones de poder en la esfera del arte; el fenómeno de las migraciones y los procesos interculturales; los conflictos del ser humano que habita en “la periferia de la posmodernidad” y, por último, las apropiaciones y entrecruzamientos culturales, los cuales constituyeron los argumentos puntuales que configuraron el discurso general.

El grado de madurez alcanzado a partir de ese presupuesto y método de trabajo ha hecho que esa quinta edición siga siendo considerada por algunos “la mejor de todas”.

En la sexta, en 1997, los artistas se reunieron respondiendo a “El individuo y su memoria” y en la séptima, en 2000, bajo el título “Más cerca uno del otro”, agrupó a 170 artistas y 9 grupos de creación. En esa edición los organizadores reflexionaron sobre el desarrollo y la incomunicación que van envolviendo a los hombres, desplazando sus valores de comunicación humana por un supuesto “avance tecnológico” que a la larga los aleja hasta de sus más cercanos amigos y familiares.

“En varios sitios del planeta se busca reconstruir formas tradicionales y modelos perdidos de comunicación que alcanzaron los hombres aun en medio de condiciones difíciles de vida, en un intento finisecular para conocer y comprender mejor al otro y convivir en una atmósfera de respeto y paz, tan necesaria para superar así, de una vez por todas, la persistente intolerancia que se ha ido consolidando como uno de los males principales de este siglo XX y que amenaza con extenderse por tiempo ilimitado al siglo XXI, con su secuela inevitable de conflictos étnicos, culturales y religiosos que en ocasiones desemboca en la guerra” reflexionaba el texto de convocatoria.

Pese a que actualmente abundan las bienales de arte en el mundo, la cubana es conocida en los círculos artísticos internacionales no sólo por la calidad de sus curadurías, sino esencialmente por la capacidad que ha tenido para hurgar, convocar y, de esa manera, dar a conocer expresiones artísticas del Tercer Mundo que de otra manera hubieran permanecido perdidas en las miserias de los países de Asia, África y América Latina.

En el continente americano, la Bienal de Sao Paulo es la otra más conocida. Surgida en 1951 como feria de arte contemporáneo por idea del presidente del Museo de Arte Moderno de São Paulo, Francisco Matarazzo, ha seguido el modelo de la Bienal de Venecia. Desde entonces ha contribuido a la internacionalización y difusión del arte brasileño, y ha conseguido la creación de dos importantes museos: el de Arte Moderno de São Paulo y el de Arte Moderno de Río de Janeiro.

Desde su primera edición, la Bienal de Sao Paulo exhibió arte contemporáneo brasileño e internacional en sus distintas manifestaciones (arquitectura, pintura, escultura, dibujo, grabado, fotografía y vídeo-instalaciones, entre otras), y ha crecido progresivamente el número de países participantes.

Su segunda edición (1953), se celebró en el pabellón del arquitecto Oscar Niemeyer, en el parque Ibirapuera, y se destacó por su calidad el conjunto de obras expuestas: retrospectiva del cubismo, exposición del Guernica y otras obras de Picasso, Klee, del grupo De Stijl y del futurismo, sala especial dedicada a Mondrian y presentación de diversos artistas abstractos europeos y americanos. En su cuarta edición (1957), ocupó definitivamente el pabellón Cecilio Matarazzo, diseñado por el equipo de Niemeyer.

A partir de 1969, entró en un periodo de crisis provocada por los problemas políticos del país. La recuperación de su prestigio llegó con las ediciones de la década de 1980, organizadas por Walter Zanini y Sheila Leirner. Desde 1981 las piezas se agrupan por analogías técnicas y no por países, método propuesto por Zanini. También se organizan exposiciones temáticas bajo lemas sugeridos por los críticos de arte y organizadores. En 1989 la Bienal de Sao Paulo recuperó el antiguo esquema de secciones nacionales e incorporó salas especiales dedicadas a determinados artistas.

Por su parte, la centenaria Bienal de Venecia, celebrada desde 1895 cada dos años en esa ciudad italiana, fue instituida en 1893 por iniciativa del entonces alcalde de la ciudad, Riccardo Selvatico, y de un grupo de intelectuales venecianos, con el fin de promocionar la actividad artística y el mercado de arte en Venecia. Ya en su primera edición congregó a 200.000 visitantes.

A partir de 1907, junto al conocido popularmente como “Pabellón Italia” surgieron los de otros países , hasta llegar a 27. Transformada en 1930 en ente autónomo, dependiente del Estado y no ya del ayuntamiento de Venecia, la muestra amplió sus secciones y se abrió progresivamente a la música contemporánea (1930), al cine (1932, año en que se inauguró el Festival Internacional de Cine de Venecia, celebrado con periodicidad anual desde 1934) y al teatro (1934).

Durante un largo período estuvo dedicada al arte académico, pero tras la II Guerra Mundial la Bienal cambió las directrices de sus programas. Así, la primera edición celebrada después de finalizar la contienda (1948) se caracterizó por la presencia de obras de artistas pertenecientes a las diversas vanguardias del siglo XX (impresionismo, expresionismo y pintura metafísica, entre otras).

La década de 1960 se abrió con el gran éxito del Pop Art y terminó bajo el signo de la protesta contra la bienal, a la que se consideraba cerrada a los fermentos políticos y artísticos externos. En 1968 fueron boicoteados el festival artístico (tras retirarse las obras de los artistas de muchos países y de 18 de los 22 italianos presentes) y el festival cinematográfico (por iniciativa de importantes directores como Cesare Zavattini, Citto Maselli, Gillo Pontecorvo, Marco Ferreri, Ugo Gregoretti y Pier Paolo Pasolini).

Reformada y reorganizada en 1973, tres años después se creó el Archivo Histórico de las Artes Contemporáneas (que integran una biblioteca, una cinemateca, un archivo fotográfico y sonoro, y una hemeroteca). En 1975 se inauguró una nueva sección, dedicada a la arquitectura, que organizó su primera muestra en 1980.

En la actualidad, la Bienal de Venecia constituye una de las más importantes citas culturales y artísticas del mundo. Celebrada entre los meses de junio y de septiembre, en años alternos, ha presentado con gran antelación a su éxito entre la crítica y el público, tendencias, movimientos y artistas que se encuentran entre los más significativos del siglo XX. Como un importante acontecimiento cultural y popular, a lo largo de los últimos 25 años descentralizó algunas exposiciones que pasaron a tener como sede edificios venecianos históricos, como el Arsenal y los Almacenes de la Sal, en los antiguos muelles de la ciudad.

Volviendo a La Habana

Según Hilda María Rodríguez, Directora de la Bienal y del Centro Wifredo Lam, uno de los propósitos de la cita cubana, al proclamar el llamado Arte-Vida, fue “involucrar a grupos sociales de un barrio o circuito específico de la ciudad. No se trata de ninguna misión civilizadora, ni una alfabetización estética. La vinculación con la población, con diferentes sectores, pretende establecer puentes posibles de conciliación, llamar la atención sobre aspectos físicos y sociales de nuestros escenarios urbanos y promover proyectos que tomen en cuenta la importancia de lo obvio.”

Bajo este precepto aparece el proyecto especial Isaroko, término que recoge el historiador cubano Fernando Ortiz como “escenario, patio o espacio libre donde se organizan ritos públicos de los ñáñigos o abakuas. En el Isaroko hay una Ceiba o en su defecto una mata que simboliza el árbol sagrado.

Los artistas Manuel Mendive, Eduardo Roca (Choco) y Roberto Diago se trasladaron hacia el conocido solar La California, en el municipio Centro Habana, para vincular sus propuestas con los habitantes de esa comunidad y lograr su participación en la creación, en un ambiente de contacto directo entre el hecho artístico y la vida diaria.

En el caso de Diago, no sólo amplió y expuso in situ las fotografías de los habitantes del lugar, convirtiéndolas en obras y a ellos en objeto de la creación, sino que también realizó talleres de plástica infantil con los niños del barrio. Mientras tanto, Choco trasladó un taller de grabado hacia el espacio común del solar y con el tórculo, la cartulina, la tinta, puso a grabar, mediante la técnica de la colografía, a los hombres y mujeres comunes sin previo conocimiento ni habilidades artísticas.

La obra de Mendive revitalizó la performance con acciones arraigadas al culto religioso y al cuerpo como soporte y medio de expresión, como es habitual en su obra. Así fue que la tarde del primero de noviembre, cuando se inauguraba la bienal, y justo en el momento en que apareció la “procesión” de los artistas del grupo de Mendive, un aguacero breve pero intenso invadió el lugar.

De esa manera llegaba La Fe, título de la performance, bajo copiosa lluvia, en un instante de euforia religiosa, a la vez que las flores blancas (mariposas) santiguaban a muchos de los presentes, extasiados e irremediablemente envueltos en un acto de magia que los dioses enviaban a través de estos emisarios terrestres.

“Yo estaba allí cuando apareció el grupo repitiendo ‘llegó la fe’ mientras arreciaba la lluvia. Para mí, ateo definitivo, se trataba apenas de una coincidencia meteorológica que inundó mis zapatos y mi ropa, pero debo reconocer que para mucha gente fue un acto de religiosidad que sirvió para reafirmar su fe en las creencias africanas. A pesar de no ser creyente, debo admitir que la fe les hace la vida más llevadera a esas personas” comentó un joven asistente al espectáculo en La California.

Otro contacto directo con la vida de la gente común que no suele asistir a galerías ni exposiciones fue Espacios, la intervención de 12 artistas en casas particulares del reparto Alamar, un barrio de más de 160.000 personas, ubicado al este de la ciudad y caracterizado por edificios en serie y con reconocidas y serias limitaciones funcionales y urbanísticas.

Para los curadores de la bienal, la participación directa del público cubano es lo fundamental, pues “al fin y al cabo está pensada para los cubanos”. Según sus criterios, los proyectos de participación reafirmaron la tesis de vinculación más natural entre el artista y el público, pues permitieron a la gente común ser parte de un proyecto que ni siquiera debían buscar, sino que iba hasta ellos.

Hilda María Rodríguez, quien además reside en Alamar, explica en el catálogo “Alamar, diáspora insular, está compuesto socialmente, por tanto, por habitantes de muy disímil origen geográfico y cultural. Una población notablemente joven que, en su mayoría, no ha traído tradiciones y arraigos y han modelado otra semblanza, con nuevas orientaciones y prácticas sociales.”

En este caso, cada artista rediseñó el espacio de la vivienda escogida de acuerdo con la voluntad de los dueños de participar, en la búsqueda de un reacomodo de espacios inutilizados, tratando de eliminar la inmutable dimensión de lo mantenido por años y renovarla por una nueva en la que el hombre y su vida fueran los protagonistas.

Arquitectos, diseñadores y pintores invadieron las viviendas, cambiaron colores, distribuyeron muebles y sugirieron reacomodos de objetos. Según la especialista Silvia Llanes, en este proyecto se pretendía “provocar la expansión del arte a los dominios de la vida cotidiana.”

De esa manera Esterio Segura enjauló todos los objetos de una casa, Carlos Guzmán llenó de seres alucinantes las paredes de la habitación de una niña, Rancaño volvió elegante la sala de una casa con objetos hechos de espejo, mientras Guillermo Ramírez Malberti jugaba con la gran ironía de que una trabajadora de ETECSA no tuviera teléfono en casa. A ella le llenó la pared de la sala con teléfonos antiguos y otros más modernos, en una locura telefónica no sólo hermosa, sino cínica.

Se baja el telón

Aunque ya todo terminó para el público, una buena nueva llega desde el centro Wifredo Lam: la Octava Bienal de La Habana se va de paseo por Europa.

Se trata de la iniciativa de la institución cultural Henie Onstand Kunstsenter, de Noruega, de trasladar hacia Oslo, la capital de ese país, una selección de 27 obras participantes en la bienal, para mostrarlas en suelo europeo.

La institución, que anteriormente ha trabajado el arte latinoamericano y caribeño y en la que han expuesto creadores cubanos, escogió, junto al equipo del Lam, las piezas que del 6 de febrero al 2 de mayo se exhibirán en Noruega.

Ya en 1994 la Fundación Ludwig tuvo una iniciativa similar a través de la cual una parte representativa de los participantes en el evento cubano viajó a Alemania.

Por todas estas razones, aunque el telón se baja, la bienal sigue. No sólo lo bueno sigue sucediendo. Aún aparecen referencias negativas a la Octava Bienal en sitios de Internet y se hacen otras acciones contra el evento, según comentan los curadores del Lam. Sin embargo, los rastros de la cita artística seguirán en La Habana por un largo período.

Por las casas de Alamar, donde los artistas metieron su mano, andan los vecinos buscando soluciones espaciales y estéticas para sus viviendas, varios artistas cubanos preparan proyectos para otros países a partir de visitas de coleccionistas y curadores extranjeros que conocieron en la bienal, mientras en el solar de La California el espíritu de Isaroko seguirá por largo rato.

Sobre una próxima bienal de artes plásticas es muy pronto para especular. Eso habrá que dejárselo al tiempo, a la vida. En todo caso, y hasta entonces, quizás la mejor de las filosofías sea la sentencia de una obra presentada en la cita recién finalizada. El cubano Iván Capote rotulaba permanentemente en su imprenta personal lo que bien podría servir de ánimo y consuelo cada mañana: la vida es un texto que aprendemos a leer demasiado tarde.

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