Polémica enciende medios intelectuales

En el año 2007, intelectuales de Cuba protagonizaron intensa polémica conocida como “la guerrita de los emails” sobre el quinquenio gris.

Archivo IPS Cuba

Abel Prieto, ministro de cultura cubano

Una declaración de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) podría convertirse en el “desagravio público” exigido por un grupo de intelectuales cubanos que este mes protagonizaron una intensa polémica sobre el llamado “quinquenio gris” de la cultura nacional.

El debate había surgido a partir de la inconformidad de numerosos intelectuales que reaccionaron airadamente, a través del correo electrónico, ante la aparición en diferentes programas de la televisión cubana de funcionarios y dirigentes de las décadas del sesenta y setenta, relacionados directamente con aquel período de fuerte censura y “parametración” en la cultura cubana.

De acuerdo con el documento publicado por el diario oficial Granma,  el día 18, el secretariado de esa organización “comparte la justa indignación de un grupo de  nuestros más importantes escritores y artistas” y reitera que la actual política cultural cubana “antidogmática, creadora y participativa” es “irreversible”.

“No nos dividirán ni las torpezas ni los que quieren aprovecharse de ellas para dañar a la Revolución”, añadió el texto y aseguró que, desde los primeros momentos, la UNEAC contó con el respaldo de la dirección del gobernante Partido Comunista en el seguimiento de los hechos y la búsqueda de una respuesta.

Al mismo tiempo, aseguró, a la preocupación de los intelectuales se sumaron algunos que, desde fuera de la isla, “intervinieron con honestidad en la polémica” y otros que quisieron “manipularla y sacar provecho” actuando al “servicio del enemigo”, definición que en Cuba se identifica siempre con Estados Unidos.

El texto relata que en una reunión, realizada el 12 de enero, la presidencia del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT) explicó  que los programas criticados “no respondían a una política del organismo y que en su gestación y realización se habían cometido graves errores”.

Según el diario mexicano La Jornada, antes se habían efectuado dos encuentros más, en los cuales la directiva del ICRT habría justificado el hecho aludiendo a problemas burocráticos. De acuerdo con ese rotativo, el conflicto llegó hasta la intervención de Esteban Lazo, encargado de los medios de comunicación dentro del Buró Político del Partido Comunista, quien habría solicitado Ernesto López, actual presidente de la institución radiotelevisiva, disculparse frente a la comunidad intelectual.

“Estos programas de televisión muestran sólo la punta del iceberg y la reacción provocada responde a malestares más profundos que aún no tienen el respaldo necesario de nuestra sociedad, expresado en sus políticas”, aseguró una carta de Mariela Castro, directora del Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX).

Impulsora de una política que pretende la apertura social a la diversidad sexual, Castro (hija del actual presidente en funciones de Cuba, Raúl Castro), aseguró que lo más preocupante es que “las experiencias del pasado no fueron suficientemente esclarecidas, ni oportunamente normadas”.

“No soy artista ni escritora, pero como cubana identificada con un proyecto social revolucionario que pretende conquistar toda la justicia me siento conmovida con estos comentarios y el temor a que se diluyan momentos de la historia, que aunque nos duelan y avergüencen, deberían analizarse profundamente para evitar que se repitan”, afirmó la sexóloga.

El origen del conflicto

Todo comenzó el pasado 5 de enero, con la presentación en el programa televisivo Impronta de Luis Pavón Tamayo, presidente del Consejo Nacional de Cultura (CNC) entre 1971 y 1976, y principal ejecutor de una política cultural que, a inicios de la década del setenta del pasado siglo, estableció una serie de parámetros para los sectores de la educación y la cultura.

El llamado proceso de “parametración”, que rodeó al Congreso de Educación y Cultura de 1971,  partía del establecimiento de una serie de normas excluyentes en ambos sectores. El principal documento programático de la cultura en Cuba había sido el discurso del presidente Fidel Castro, titulado “Palabras a los intelectuales” que, en junio de 1961, había marcado los límites de la cultura revolucionaria.

La frase de Castro “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución nada” se convirtió desde entonces en la línea rectora de la política cultural cubana y, según se ha reconocido por las máximas autoridades del sector, fue asumida de una forma estrecha, dogmática y esquemática.

Además de establecer una afiliación generalizada del arte a un realismo crítico con el pasado y acrítico con el presente que vivía el país, anatemizar a las personas con orientaciones homosexuales y rechazar una parte importante de la creación artística internacional no socialista como “desviación ideológica”, se omitía cualquier obra realizada por la diáspora.

En su discurso en el Congreso de Educación y Cultura, Castro había advertido que, para recibir un premio en un concurso nacional o internacional, el intelectual tenía que ser “revolucionario de verdad, escritor de verdad, poeta de verdad, revolucionario de verdad.”

“Tendrán cabida ahora aquí, y sin contemplación de ninguna clase, ni vacilaciones, ni medias tintas, ni paños calientes, tendrán cabida únicamente los revolucionarios”, anunció el mandatario. El gobernante fustigó en varias ocasiones a “un grupito que ha monopolizado el título de intelectuales”, “un grupito de hechiceros”, a quienes calificó de “minorías privilegiadas escribiendo cuestiones de las cuales no se derivaba ninguna utilidad, expresiones de decadencia.”

Tres años antes, el poeta Heberto Padilla había sido catalogado de contrarrevolucionario por su libro Fuera de juego, galardonado con el Premio UNEAC de 1968 y publicado con la advertencia de que la obra servía “a nuestros enemigos”, pero también ayudaba a “plantear abiertamente la lucha ideológica”. Padilla fue encarcelado durante varias semanas, en 1971, y luego tuvo que retractarse de sus ideas en la propia Asociación de Escritores y Artistas. En 1980 salió hacia el exilio, después de un largo aislamiento.

Antón Arrufat, Premio Nacional de Literatura y uno de los escritores “parametrados”, que pasó años sin tener acceso a las editoriales del país, fue de los primeros en reaccionar ante la aparición pública de Pavón con su artículo “Preocupaciones compartidas”.

“Allí estaba, vestido de blanco, el gran parametrador de importantes artistas, ahora sí de verdad, el que los persiguió y expulsó de sus trabajos, el que los llevó ante los tribunales laborales, los despojó de sus salarios y de sus puestos, quien los condenó al ostracismo y al vilipendio social”, escribió Arrufat en referencia a Pavón, y recordó también cómo la actuación del ex funcionario había provocado la salida del país de artistas y había privilegiado obras “que hoy felizmente a nadie le interesa recordar”.

La aparición de Pavón sucedió a sendos espacios televisivos, dedicados también a dos dirigentes de la época, el ex presidente del ICRT, Jorge Serguera, y Armando Quesada, quien según Arrufat fue el encargado de “limpiar” el movimiento teatral cubano. El período pasó a la historia como “el quinquenio gris” y aunque tuvo sus peores momentos en la primera mitad de la década del setenta, se extendió por mucho más de cinco años y dejó huellas que la intelectualidad no desea olvidar.

Para el poeta César López, premio Nacional de Literatura y quien estuvo sin publicar entre 1968 y 1982, se trató de un decenio “largo, y muy negro”. Además de Arrufat y López, la polémica vía electrónica incluyó a escritores como Reynaldo González, Miguel Barnet, Jaime Sarusky, Desiderio Navarro, Arturo Arango y  Senel Paz.

No fue hasta 1992 que La Gaceta de Cuba, revista cultural mensual de la  UNEAC, dedicó una serie de entrevistas, artículos y ensayos al análisis de los peores momentos vividos por la cultura cubana y abrió espacios a la obra de importantes artistas del exilio, independientemente de su posición política hacia la Revolución.

Reacciones

Para González, la reaparición de los ex dirigentes culturales en la televisión estatal ha sido “un paso alevoso, despectivo hacia el padecimiento de los protagonistas de la cultura cubana que fueron sumergidos en el desprecio y condenados al ostracismo en un período cuyas torceduras todavía no se han curado”, señaló en mensaje al escritor Jorge Ángel Pérez.

En opinión de la escritora Ena Lucía Portela, sería ingenuo suponer que la televisión estatal es un ente aparte de la cultura nacional. Portela criticó duramente a ese medio de difusión masiva, “que exhibió versiones mutiladas de Philadelphia y de El beso de la mujer araña, y aquel glorioso spot para alertarnos sobre el peligro de las drogas como sustancias nocivas que hacen que los jóvenes se vuelvan homosexuales, esa misma que jamás ha transmitido una sola imagen de las manifestaciones de orgullo gay que tienen lugar en otras partes del mundo, esa misma que se complace a cada rato en chistes, o más bien pujos homofóbicos de la peor calaña, entre otras lindezas”.

En tanto, Desiderio Navarro, director de la revista Criterios, se cuestionó “¿por qué justamente en este singular momento de la historia de nuestro país en que todo nuestro pueblo está pendiente de la convalecencia del Comandante en Jefe se produce esa repentina gloriosa resurrección mediática de Luis Pavón con un generoso despliegue iconográfico de selectas viejas escenas con los más altos dirigentes políticos…?”

“Cuba vive un instante de particular cuidado, atraviesa un momento en el que las preguntas sobre el futuro inmediato deben hacerse con una dosis de respeto hacia el otro, hacia todos, que nos permitan creer que en ese futuro podremos respondernos mutuamente sin fanatismos ni miopías”, escribió el dramaturgo Norge Espinosa.

Desde fuera de Cuba llegaron mensajes de intelectuales como Amir Valle, Eliseo Alberto y Abilio Estévez, residentes en Alemania, México y España, respectivamente.

A juicio de Valle, lo ocurrido en el “quinquenio gris” agudizó la pérdida de protagonismo de la intelectualidad cubana “a nivel de generación de un pensamiento social independiente y plural.”

Ecos del debate

Pero, al parecer, la declaración de la UNEAC no fue respuesta suficiente para algunos de los implicados en la discusión.

Desiderio Navarro desestimó las explicaciones del presidente del ICRT sobre el presunto descontrol causante de las “torpezas”. “Control es lo que se sobra en el ICRT para todo lo que no sea racismo, homofobia, burla de los defectos físicos de las personas, culto yanquifílico (sic) de Oscares, Grammys, MTV, etc., como instancias supremas de valoración artística mundial; nostalgia del kitsch prerrevolucionario, culto del abolengo y los linajes artísticos, ideología New Age en sus diversas manifestaciones, culto de los millones ganados en contratos, taquillas o subastas, y de la fama mediática, como criterios de éxito artístico; defensa militante de la banalidad desde el relativismo y el consumismo neoliberales, y muchos etcéteras”, expresó el ensayista en mensaje a la realizadora de televisión Loly Estévez.

En otro mensaje de correo electrónico, la escritora Reina María Rodríguez manifestó el “gran malestar y sabor agrio” que le había dejado la nota de la UNEAC que, a su juicio, estaba “lejos de reflejar el espíritu y la tensión que todos hemos tenido por estos días, durante este debate abierto e inusual que podría beneficiar y resolver tantas oscuridades y dilemas no resueltos”.

“Esa nota de hoy es un tapón y tiene, a mi juicio, el mismo sabor que cualquiera escrita hace muchos años, de cualquier época que no quisiéramos volver a vivir”, afirmó Rodríguez, una de las integrantes de “Paideia”, un grupo de jóvenes intelectuales que generó un debate público en torno a la política cultural del país desde 1989 hasta mediados de 1990.

El debate dio pie a la organización de una serie de conferencias sobre la política cultural, que podrían ser publicadas en un libro. El ciclo comenzó el día 30, en Casa de las Américas, con la lectura de “El quinquenio gris: revisitando el término”, del escritor Ambrosio Fornet, como un intento de “ir llenado el vacío de información y de análisis que hasta ahora ha prevalecido sobre el tema de la política cultural -digo, anticultural- de la primera mitad de los años setenta.”

La asistencia, al inicio libre, fue limitada, según los organizadores, por falta de capacidad en la sala Che Guevara de la institución. La agencia británica Reuters reportó que un centenar de jóvenes se agolparon en las afueras del recinto para reclamar su entrada, pero no fueron atendidos.

Según Fornet, en 1971 se pasó de una etapa en la que todo se discutía y consultaba entre la intelectualidad y la burocracia estatal a una “política cultural imponiéndose por decreto y otra complementaria de exclusiones y marginaciones, convirtiendo el campo intelectual en un páramo (por lo menos para los portadores del virus del diversionismo ideológico y para los jóvenes proclives a la extravagancia, es decir, aficionados a las melenas, los Beatles y los pantalones ajustados, así como a los Evangelios y los escapularios).”

“Al evocar el Quinquenio Gris”, dijo Fornet, “siento que estamos metidos de cabeza en algo que no sólo atañe al presente sino que nos proyecta con fuerza al futuro, aunque sólo sea por aquello que dijo Santayana de que “`quienes no conocen la historia están condenados a repetirla`”. Ese peligro es, justamente, lo que estamos tratando de conjurar aquí.”

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