Religión, hegemonía y cambios sociales en Cuba

Ante la proximidad de la visita del Papa Benedicto XVI, IPS rescata este enfoque del año 2006 sobre el rol de la imagen de San Lázaro.

Jorge Luis Baños - IPS

El rol de la imagen de San Lázaro ha ido ampliando paulatinamente su espacio de acción

Cual fenómeno social complejo y plurideterminado, la religión tiene como rasgo esencial la creencia en lo sobrenatural, estructurada en un conjunto de ideas y sentimientos que, a su vez, se exteriorizan en actividades y elementos organizativos, lo que trae como resultado importante –aunque no imprescindible— las agrupaciones religiosas. Al igual que otros fenómenos, cumple además funciones concretas a nivel social y personal, que varían en dependencia de las cambiantes necesidades que le dan origen y lo reproducen en la sociedad, los grupos e individuos.

La esencia, estructura, funciones y características de la religión han sido estudiadas desde diferentes posiciones filosóficas y enfoques sociológicos, así como desde la óptica de múltiples disciplinas, o partiendo de variados ángulos y aspectos de la vida y la realidad.

El análisis del fenómeno religioso requiere partir de un presupuesto que proclame y exprese el condicionamiento sociohistórico del ser humano y la validez de analizarlo, teniendo en cuenta las múltiples interacciones e interinfluencias en que se encuentra inmerso.

Considerar como condicionantes de las peculiaridades del sujeto no sólo su inserción en la producción social (su lugar ante los medios de producción) sino también el medio social, en el conjunto de valores, normas, costumbres, tradiciones y peculiaridades de las estrategias de solución a diferentes situaciones grupales, obliga a no conformarse sólo en la investigación con las referencias generales de pertenencia socioclasista y condiciones materiales de vida. Se hace necesario un examen de las peculiaridades culturales en que se desarrolla el individuo, los mecanismos de aprobación-reprobación puestos en juego en su grupo social, las concepciones y actividades que se realizan y en qué medida se respeta o no la individualidad de la persona y se promueve su crecimiento.

El análisis de las distintas proyecciones en torno a la religión permite comprender la necesidad de conocer las peculiaridades del creyente, de penetrar en su mundo para desentrañar su forma de pensar, sentir, actuar y descifrar la incidencia de la idea de lo sobrenatural sobre él. Al respecto deben pronunciarse, en unidad, la sociología y la psicología. Ello permite una visión más totalizadora, al considerar no sólo al hecho social religioso y al creyente como actor social, sino también todo un mundo psíquico, subjetivo e importante en el establecimiento, afianzamiento, reproducción y transformación de creencias sobrenaturales.

Un enfoque sociopsicológico presupone tomar en consideración que la “religión forma parte de las idealidades, es decir, de las representaciones que los seres humanos se hacen de su mundo y de sí mismos”. Lo religioso no se encierra solamente en la subjetividad del ser humano, ni se crea como resultado exclusivo de la actividad de la psiquis, sino que condiciones objetivas particulares movilizan tal reflejo y lo hacen manifestarse de forma activa.

Así como el medio social es determinante en el reflejo, las representaciones que se hacen de él los seres humanos influyen en el desenvolvimiento de la vida en general, en la actuación de las personas, en cómo construyen, reproducen y cambian las estructuras de una sociedad. Conciencia individual y social se interrelacionan. Entre ambas se expresa la dialéctica entre lo universal y lo individual. La conciencia social constituye una síntesis de la individual, que contiene el desarrollo alcanzado por ésta en etapas anteriores e interviene en ella, modificándola al tiempo que la contiene. Esta intervención permite generalizaciones y caracterizar una sociedad determinada por sus componentes individuales, que implica tomar en cuenta las ideas del creyente, sus sentimientos, estados de ánimo, formas de representar lo que le rodea y de reflejar particularmente las relaciones sociales.

De acuerdo a su orientación, lo religioso puede resultar, en unos casos, elemento que abstrae al individuo del medio social que lo rodea y de la solución de sus problemas y, en otros, dinamizador, movilizador. En ciertas circunstancias puede legitimar regímenes injustos, pero también puede constituir oposición a estos o apoyo a objetivos sociales humanistas. A veces resulta integrador; otras lo impide. No siempre -ni en todos los sentidos- es enajenante y tampoco satisface las aspiraciones generales. Su acción no necesariamente incide en las condiciones sociales y la conducta de los individuos y, cuando lo hace, sus matices son diversos.

Contradictorio, dinámico y multideterminado, el fenómeno religioso puede convertirse en un parámetro valorativo del desarrollo y las tensiones al interior de la sociedad, de instituciones, grupos e individuos y, en ese sentido, debe ser comprendido.

Breve recuento

La magnitud de la devoción a San Lázaro, o de lo que se genera en torno a ella, es aún imprecisa. (Foto: Jorge Luis Baños)Cuba comparte con América Latina una historia común a partir del inicio de la conquista y colonización hispanolusitana. Durante la larga etapa colonial de la historia cubana se impuso una religión oficial, en correspondencia con la cultura dominante.

El poder colonial español trajo consigo su cultura, su lengua, su tipo de civilización, su forma de representar e interpretar la realidad y de reaccionar ante ella y su religión, el catolicismo. La iglesia jerárquica formó parte de las estructuras de dicha dominación.

Como consecuencia de la trata esclavista, presente por varios siglos de coloniaje, en Cuba se introdujo la cultura africana y sus diversas manifestaciones religiosas. De ahí, los dos troncos etnoculturales fundamentales de la nacionalidad cubana: lo hispano y lo africano que, además, incorporan otros elementos caribeños, europeos, estadounidenses y chinos, en un complejo proceso de transculturación y mestizaje.

Lo negro, desplazado por la religión oficial católica, no consiguió penetrar la sociedad, y lo católico, oficial, pero elitista, como representante per se de la metrópoli, se mantuvo alejado de las preocupaciones y necesidades principales de la mayoría del pueblo. Ninguno de los dos referenciales logró representar a gran parte de la población cubana, que se encargó de manifestar sus creencias a partir del sincretismo de unas y otras expresiones, con devociones práctico-utilitarias relativamente independientes de instituciones y referidas a la solución de sus problemas cotidianos.[1]

En Cuba, la Iglesia católica estuvo separada del Estado desde la primera constitución del período neocolonial, en 1901. No obstante, en su rol dominante, al igual que en la colonia, se mantuvo favoreciendo la intervención estadounidense junto a los gobiernos de turno en la isla.

En 1959, con el triunfo de la revolución liderada por Fidel Castro, esta relación cambió. Fuerzas contrarias al nuevo proceso que se desarrollaba pretendieron establecer una falsa dicotomía entre religión y revolución, como recurso para la división. Se trató de presentar un hecho político y sociológico de carácter clasista con una connotación religiosa. Al influjo de estas posiciones se produjo una larga cadena de actividades contra el proceso revolucionario cubano. La Iglesia católica, por primera vez, no decidió apoyar al gobierno que se iniciaba y, más que eso, optó por enfrentarlo y participar en actividades en su contra.

En una opción explícitamente contraria a un proceso que contó con un apoyo popular masivo, la institución continuó no sólo separada del Estado, sino debilitada en su membresía y limitada en sus posibilidades de acción social y religiosa.

En ese contexto de confrontaciones, la religiosidad popular reafirmó su espacio lejos de las elites y definió su rol en una opción -ahora sociopolítica- a favor de un proceso nuevo que le representaba.

Más de 40 años han transformado las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado cubano. El enfrentamiento abierto inicial dio paso a una etapa de silencio y posteriormente a una fase de diálogo que ha cruzado diferentes estadios, pero que, de alguna forma, ha estado reflejando relaciones de altas y bajas entre ambas partes.

En 1986, período en que Cuba inició un proceso denominado de “rectificación de errores y tendencias políticas negativas”[2], la Iglesia católica desarrolló su primer Encuentro Nacional Eclesial en la isla (ENEC). En este evento, la institución religiosa hizo un recuento de “luces y sombras” de su historia en el país y concluyó proponiendo una iglesia “misionera, apostólica, evangelizadora, dialogante, insertada y encarnada en la realidad social”, con lo que anunciaba formalmente su participación más dinámica en la vida de la nación.

Con la caída del Muro de Berlín y del campo socialista, en 1989, sobrevino la crisis económica y social para Cuba, que ya en 1990 se dio a conocer como “período especial” y que, hasta nuestros días, con un recrudecimiento del bloqueo estadounidense, marca una década de mayores insatisfacciones, preocupaciones y necesidades en el pueblo cubano.

Con esta crisis quedó abortado el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas iniciado en 1986 y se produjo un escenario propicio para la intensificación del cumplimiento de los objetivos propuestos por la Iglesia en el Encuentro Nacional Eclesial que asumió su rol con matices que recordaron nuevamente los discursos y actitudes jerárquicas de inicios de la revolución.

Los momentos más críticos de este período (años 1992, 1993 y 1994) fueron acompañados de discursos más o menos agresivos del clero -según la ocasión-, así como de cuestionamientos abiertamente polémicos sobre los acontecimientos que se producían en la nación y el rol en ellos de la dirección gubernamental. Se señaló una crisis de valores en la sociedad, y se propuso una nueva forma de estructurarla, lejos de organizaciones laicas, políticas o de masas hasta entonces funcionales y se evaluó la mayor aproximación a la familia o alternativas religiosas, aprovechando y estimulando un reavivamiento religioso en la isla.

Desde entonces sugirieron la posible visita del Papa a Cuba y la jerarquía eclesiástica insistió en su posible papel no sólo mediador, complementario y modulativo de la situación del país, sino alternativo a ella.

En 1993, los obispos de Cuba redactaron y publicaron una carta pastoral que evidentemente era un desafío al gobierno.  [3] En 1994, los templos católicos se convirtieron en el centro del tema de los “balseros”[4] y fue elaborada una segunda carta pastoral con propuestas similares a la primera. Tanto los documentos eclesiales oficiales como las homilías de sus ministros fueron vivos ejemplos de estas tensas y problemáticas relaciones.

En estas circunstancias fue elevado a cardenal el arzobispo de La Habana, Jaime Ortega Alamino en 1993 y la virgen patrona católica, la Caridad del Cobre, recorrió la isla en procesiones que estuvieron matizadas por los altercados con las fuerzas del orden, en algunos lugares.

A pesar del crecimiento de la membresía católica, durante estos años la Iglesia estuvo lejos de penetrar el tejido social a su favor, tal como pasó en algunos países socialistas del este, aunque esta vez no se quedó encerrada en los templos, vinculándose a múltiples actividades de carácter social.

Devoción a San Lázaro

La reproducción del discurso católico en los devotos de San Lázaro no es casual. (Foto: Jorge Luis Baños)Las características del discurso católico reinante en ese período se percibían en comportamientos sociales diversos y se constataron interesantes modificaciones simbólicas en las representaciones y las prácticas de la religiosidad más extendida en la población cubana, y específicamente en su devoción más popular a San Lázaro.

Indagaciones sobre la imagen que San Lázaro tenía para sus devotos, realizadas en 1989, demostraban que esta figura se asociaba a dos aspectos fundamentales: como fe, apoyo y soporte espiritual o como vía de acción e intervención en la solución de problemas de la práctica cotidiana. En la mayoría de los casos cumplía la doble función; y ello se evidenciaba tanto en el análisis de los motivos de peregrinación a El Rincón, como en los testimonios de los creyentes sobre el lugar que el santo ocupaba en sus vidas.

Se trataba de un fenómeno dinámico, capaz no sólo de diferenciar entre sí las motivaciones de los asistentes, sino también de ilustrar momentos diferentes de la vida de un sujeto en particular. Era apreciable que los motivos por los que inicialmente acudía el participante, condicionados por las características de la sociedad, el individuo y la festividad misma, podían modificarse en el tiempo, transitando de menor a mayor religiosidad, viceversa o cambiando el contenido que se asociaba a la idea religiosa.

En aquel momento se confirmó, como se sabía desde años anteriores, que San Lázaro “símbolo”, “paz”, “amor”, “alivio” se identificaba -independientemente del basamento religioso de sus devotos-   por su “gran fuerza y milagrosidad” y aunque de algún modo su acción se refería a todos los campos, sólo la salud y la cura de enfermedades centraban la atención de los creyentes y las “posibilidades” del santo.

Las transformaciones que en 1989 se produjeron en Cuba y en el exterior se evidenciaron en expresiones y conductas pero no se consideró por parte de los creyentes la posible incidencia del santo sobre esos cambios, o sus consecuencias. El área política, como la escolar, laboral, profesional, jurídica y social en general, en caso de ser tomadas en cuenta, eran valoradas puntualmente y no llegaban a incorporarse a la concepción general de esta figura.

A diferencia de 1989, en 1990 la festividad de San Lázaro reflejó más orgánicamente las incidencias nacionales e internacionales de aquel momento, las dificultades económicas que se estaban produciendo, los cambios políticos y los procesos de “democratización” que dinamizaban el panorama mundial.

Temáticas sociales que hasta el momento se enfatizaban sólo por unos pocos asistentes al culto se señalaron más frecuentemente. En el contenido de las entrevistas realizadas apareció el vínculo de San Lázaro, en su rol espiritual o práctico-utilitario, a aspectos concretos de la crisis que comenzaba a vivir el país y que afectaba a la población. Se le solicitaba al santo, entre otros aspectos, mejorar la situación económica, ayudar en la distribución de alimentos, mantener la salud del pueblo, “suavizar” las colas y dar fortaleza para poder resistir y aguantar lo que se avecinaba y que auguraba ser peor.

La imbricación social de la imagen de San Lázaro comenzaba entonces a trascender los planos de la salud y la inmediatez personal características de años anteriores y a reflejarse hacia propósitos más colectivos o también personales, pero de carácter diferente.

Entre las posiciones políticas de los participantes respecto al proceso cubano resaltaban criterios intermedios entre el socialismo y el capitalismo, y traslucían el escepticismo y el pesimismo, además de la agresividad. Todo ello matizaba, a su vez, el tipo de referencia o apoyo que se pedía al santo y la utilización que se hacía del escenario de celebración.

Sin embargo, preguntas que en ese contexto indagaron sobre la posible acción del santo en el curso de los acontecimientos que se presentaban obtuvieron como respuesta, en 50,7 por ciento de los entrevistados, la negación de tal relación. Los argumentos señalaban la celebración del 17 de diciembre como un fenómeno religioso per se, independiente de la asistencia ese día o las características de la situación del país, así como la imposibilidad de que San Lázaro actuara en lo social o en lo político. En las palabras de los entrevistados se reflejaba la devoción a San Lázaro como un proceso fragmentado, ahistórico, no condicionado socialmente. Como en 1989, salen a la luz las rupturas entre la representación general que sobre el santo expresaron los devotos y la acción práctica que le solicitaban y, de hecho, le atribuían.

En 1990 ya se vislumbraban los agudos cambios que podían producirse en la celebración, de acuerdo a los acontecimientos previstos. Un informe de los años 1989-1990 [5] con el análisis de las entrevistas y la observación participante del fenómeno, concluía que:

– A medida que se agudizara la situación se irá incrementando el papel de estas creencias como alternativas para enfrentar la Revolución.

– La abierta agresividad y resentimiento apreciado en el tratamiento de algunos temas políticos pudiera ser un indicador, entre otros elementos, de la fuerza que pueden alcanzar posiciones contrarias a la revolución, a medida que se vaya haciendo más difícil la situación.

En efecto, durante 1991 y l992, los problemas socioeconómicos del país, las carencias y las necesidades de los individuos aumentaron y, en correspondencia, se reflejaron con más fuerza en las peticiones que se le realizaron a San Lázaro, en los motivos de asistencia al Santuario, o en ambas circunstancias.

Sin embargo, el contenido socio-político que se le incorporaba al santo desde 1990 se quedó nuevamente sólo en la acción práctica individual que se le solicitaba y no trascendió a modificar la imagen tradicionalmente concientizada. La mayoría de los sujetos que acudieron a él –no sólo para situaciones particulares, sino también para cambios políticos y económicos más generales y que, además, utilizaron el espacio del Santuario para manifestar su inconformidad—argumentaron, como en 1990, la falta de relación entre dicho fenómeno religioso y la situación social del país.

Por su parte, 1993, considerado por los economistas como el año clímax del período especial, marcó un momento diferente en el análisis de esta temática.

El carácter sociopolítico no sólo estuvo en las peticiones y en los motivos de asistencia de los devotos, sino que predominó sobre otros criterios (ver tabla 1):

TABLA 1

MOTIVOS DE ASISTENCIA A EL RINCÓN Y PETICIONES REALIZADAS A SAN LÁZARO. AÑO 1993

Frecuencia absoluta

% (N = Total de motivos y peticiones)

Cambios Sociales[6]

117

42,39

Salud y cura de enfermedades

83

30,07

Paz, tranquilidad, vida

65

23,55

Se puede pedir por todo

11

3,99

Total

276

100,00

Áreas como la salud, que hasta entonces se habían priorizado hacia lo personal, adquirieron nuevos matices, con comentarios que incluyeron “la necesidad de pedirle a San Lázaro para que mantenga los logros de la medicina cubana”. Como alternativas de acción ante los problemas sociales, que con fuerza y agresividad plantearon los creyentes, llegó a obviarse la posible gestión gubernamental y, en algunos casos, señalaron que “sólo San Lázaro”, “sólo la religión” o “sólo los santos” eran capaces de solucionar la situación reinante.

A diferencia de lo analizado hasta entonces, 1993 marcó por primera vez la coherencia de los entrevistados respecto al rol que le estaban adjudicando al santo y la conceptualización teórica que, a manera de imagen, tenían de él. Fue explícita, por la mayoría de los consultados, la interacción existente entre la celebración y la situación del país. Se manejaron opiniones acerca de que la asistencia crecía por la cantidad de personas que iban a solicitarle mejorías al santo, como que decrecía por la falta de transporte y las dificultades para llegar a dicho lugar. Entre los criterios frecuentes, estaba que “…a San Lázaro se le pide para cambiar la situación del país”, “…a San Lázaro se le puede pedir de todo”, “…por el período especial ahora se le pide a San Lázaro fortaleza espiritual… imprescindible para poder resistir”, y otras frases de ese estilo.

En 1993 -como antes en 1991 y 1992- el Santuario de El Rincón fue utilizado como escenario para la manifestación heterogénea de criterios e inconformidades respecto al proceso. Pero, a diferencia de esos años, su énfasis resultó cuantitativa y cualitativamente superior.

Si hasta 1989 la figura de San Lázaro se representó vinculada casi exclusivamente a la salud u otros problemas personales, aparentemente independientes del contexto al que pertenecían, desde entonces la asociación del santo a la situación socioeconómica del país fue cada vez más evidente. En 1989 muchos se refirieron a San Lázaro como eje central de sus vidas y argumentaron su superioridad de acción sobre cualquier otra alternaltiva en los momentos de mayor dificultad. Y 1993, coherentemente con dichos criterios, demostró el significativo rol de la figura de Lázaro para sus creyentes.

Por supuesto, esas no fueron las únicas posiciones y opiniones expuestas. Se expresaron otros criterios más ambiguos por parte de creyentes que enfatizaron la relación de San Lázaro con lo social y no con lo político. En tanto, hubo quienes, aun cuando les pidieron por la solución a sus carencias e insatisfacciones de diversa índole, asumieron posturas de separación entre la celebración y la sociedad, similares a los que primaron hasta 1992.

Pero en general, como señalamos, 1993 borró el desfase que se estaba produciendo entre la imagen de San Lázaro que exponían los creyentes y el rol que se le estaba atribuyendo.

En 1994, en medio de la celebración, no se observaron manifestaciones abiertas de enfrentamiento y la población en general fue menos agresiva en sus expresiones. Permaneció la referencia a lo social en peticiones y motivos de asistencia, a la par que se mantuvo como mayoritaria la verbalización de la relación San Lázaro-situación del país, pero ello ocurrió con mucha menor frecuencia que en el año anterior.

Respecto a la relación resulta interesante que, aun cuando los datos de 1994 pueden recordar los de 1992, sus características fueron cualitativamente diferentes, aunque reiterándose en 1994 la coherencia de 1993. Los entrevistados que en 1994 negaron la vinculación de San Lázaro con la situación nacional (34,9 por ciento), o que dijeron no saber o lo pusieron en duda (15,1 por ciento), representan el 75,3 por ciento de los sujetos que no quisieron abordar la problemática de la sociedad y el 51,1 por ciento de los que excluyeron el contenido social de sus peticiones. Del mismo modo que, quienes consideraron lo sociopolítico en sus peticiones y motivaciones, relacionaron dicha esfera con la actividad del santo y se refirieron a los problemas de la sociedad.

En 1992 la negación verbal de la relación San Lázaro-período especial se contrapuso a la acción práctica que se le atribuía al santo y se produjo una ruptura en la concepción religiosa objeto de la devoción. Muchos podrán ser los motivos que expliquen, en 1994, la aceptación o la negación de lo social vinculado a San Lázaro y la celebración, pero de cualquier modo se evidenció la congruencia interna del fenómeno objeto de estudio: un San Lázaro que demostró ser, desde lo religioso y hacia lo sociopolítico, una entidad consonante en acción y conceptualización; por tanto, más sólida y en mejores condiciones no sólo para conservar y continuar reproduciendo dicho fenómeno religioso, sino para respaldar y propiciar manifestaciones sociales y políticas similares e inclusive superiores a las constatadas en dichos años.

Reflexiones finales

La creencia en lo sobrenatural, como fenómeno de la conciencia, vive y se reproduce siempre que logre responder a quienes la profesan, ya sea en su función legitimadora, integradora, compensatoria, protectora u otra, sufriendo modificaciones en la medida en que cambien las necesidades de sus seguidores. San Lázaro no es una excepción.

En medio de la crítica situación por la que comienza a transitar Cuba desde 1990, con la adopción de nuevas formas de enfrentamiento de la realidad, en la reestructuración de los esquemas y proyectos de accionar social e individual, resultaría altamente dañino para cualquiera de los creyentes –para quienes el santo representa un elemento fundamental en sus vidas– acudir a una imagen que, por inadecuada, no resultara válida a sus necesidades. Ante esta situación, el ser humano se activa de forma defensiva, consciente o inconscientemente, para sustituir el objeto inicial o modificarlo en un proceso, lo mismo acumulativo que de saltos y rupturas.

El rol de la imagen de San Lázaro ha ido ampliando paulatinamente su espacio de acción y se presenta no sólo como apoyo espiritual a la individualidad de los creyentes o como solución práctico-utilitaria ante los problemas personales de la vida cotidiana, sino también como valor referente ante los problemas y la situación de la sociedad.

En los años de estudio, San Lázaro, “el milagroso”, “el más fuerte”, “luz”, “guía”, o “hermano y amigo”, símbolo de las grandes masas y los humildes, ha sido proclamado lo mismo para bendecir y cuidar a los internacionalistas, ayudar a que perduren los logros de la revolución y del sistema, proteger y “dar luz” a Fidel, que para salir del país, sustituir al máximo líder y acabar con la revolución y el socialismo o para darle vitalidad. Lo mismo para propósitos sencillos que complejos, particulares o globales. Se ha utilizado con igual vehemencia desde unas y otras posiciones políticas y ha sido colofón no sólo para expresiones verbales, sino también corporales, de uno u otro tipo.

La religiosidad popular en Cuba no es sólo un híbrido afro-cristiano, como en el resto del Caribe y otros países de Latinoamérica, sino una realidad histórico concreta, influenciada por acontecimientos sociopolíticos diferentes y profundas huellas en las relaciones iglesia-Estado cubano, que le otorgan particularidades propias.

La devoción a San Lázaro se ha ido fortaleciendo por años, además de numéricamente [7], por la población juvenil. La caracteriza la importancia de esta figura religiosa para sus creyentes, la fe que despierta, las posibilidades que se le adjudican de intervenir en sus vidas, el apoyo y sostén espiritual que significa como símbolo de esperanza ante situaciones conflictivas, personales o sociales.

Antes de 1989 se reconocía en general la posible incidencia de San Lázaro en áreas que no correspondieran a la salud, pero de hecho su papel concreto se ubicaba con fuerza en lo referente a la evitación o cura de enfermedades y representaba, en relación con otras figuras similares, la preferida. En la medida en que se hizo más compleja la situación del país y como parte del condicionamiento histórico de la devoción, se amplió el espectro de acción que se le adjudicaba a esta figura y sus “poderes” ahora se revelan en una dimensión también social.

La complejidad del tema recuerda lo variado de posibles análisis y la imposibilidad de asumir patrones valorativos comunes para todos los creyentes. Sin embargo, de uno u otro modo, y con motivos y mecanismos diferentes para cada sujeto, ha ocurrido en este fenómeno un proceso de adaptación y modificación de la imagen de San Lázaro. Una dinámica que ha denotado fragmentaciones, incongruencias y desfases pero, como se refleja de 1989 a 1994, ha ido estableciendo también una correspondencia cada vez más estrecha con la realidad en que se inserta con necesaria estabilidad que permite al sujeto armonizar su conducta frente a constantes contradicciones. De no ocurrir así, llegaría a constituir agresiones a su identidad como individuo. Un símbolo que en respuesta a nuevas circunstancias cambia su contenido, sus valores y sus funciones para sus devotos, revitalizándose y fortaleciéndose.

El culto a San Lázaro no es un fenómeno particular y aislado del resto de la población. Parte de los asistentes a El Rincón participan, además, en celebraciones de otras deidades religiosas, en actividades de instituciones o expresiones religiosas determinadas, o en ambas, y tienen otras fuentes de contacto además de San Lázaro, de las que reciben o a las que aportan experiencias.

Las formas de pensar y actuar los creyentes estudiados constituyen manifestaciones comunes a una porción no despreciable de nuestra sociedad y las características observadas de 1989 a 1994 en su comportamiento, su criticismo hacia la realidad social, el desánimo, como las posiciones socio-políticas que se manifestaron, son compatibles en mucho con criterios de la población juvenil no circunscrita a estos lugares y constatada en otras investigaciones [8], que responden en primera instancia a las circunstancias de crisis del país, a la vez que a las manipulaciones de que pueden ser objeto.

En Cuba, la Iglesia católica no es ajena a estos elementos y la reproducción del discurso católico en los devotos de San Lázaro no es casual. Calar en la mayoría del pueblo cubano es una vieja aspiración del clero y la crisis actual, con la ruptura del ritmo de vida del cubano, la quiebra de sueños, incertidumbres y la desesperanza devienen terreno fértil para la búsqueda de alternativas diferentes y nuevos sentidos de vida, teniendo al frente una imagen que ha ganado consistencia propia.

La visita del Papa a Cuba, en enero de 1998, fue sin dudas un elemento significativo en las aspiraciones actuales de la institución católica. La creación de otro seminario sacerdotal, nuevas diócesis y arquidiócesis abre posibilidades reales a la legitimación de su lugar en la sociedad, del mismo modo que la consagración de la Patrona Católica, las misas públicas y la preferencial visita de Juan Pablo al santuario de San Lázaro corroboran los objetivos de la institución por reforzar sus lazos con lo popular, en la necesidad de su autolegitimación socio-religiosa en la isla.

La actividad religiosa hacia San Lázaro está vigente. La función reguladora de esta figura, como de otras entidades asociadas a lo sobrenatural, evidencia un notable incremento en los devotos. Continuarán las modificaciones de sentido necesarios para adecuar la imagen a requerimientos y circunstancias concretas.

En la medida en que se solucione la situación del país y, con ello, disminuyan las carencias económicas de la población, sus frustraciones e insatisfacciones, la imagen de San Lázaro -también en un proceso nada lineal- recobrará probablemente su significado tradicional, asociado fundamentalmente a la salud. De esta forma, esferas como la socio política y económica, que actualmente se priorizan en la relación con el santo, probablemente pierdan importancia para la devoción popular, del mismo modo que la agudización de la crisis puede reforzar los contenidos sociales atribuidos.

Si evaluamos los elementos que facilitan o inhiben posibles movimientos sociales, apreciamos que no estamos en absoluto ante una institución que, en torno a la celebración de San Lázaro, esté “suavizando o modulando” posibles explosiones sociales, sino que, por el contrario, destacan de una u otra forma aquellos elementos que más lastiman la vida de cubanas y cubanos. Por el contrario, pensar que un movimiento religioso sea resultado de esta manipulación sería una respuesta simplista y apresurada que entraría en contradicción con elementos de la propia historia e identidad del pueblo cubano.

Coincidiendo con Hurbon [9] en la relación que establece entre las crisis sociales y los movimientos socio-religiosos, consideramos que las primeras influyen, pero no determinan automáticamente a los segundos, No pueden desconocerse otros múltiples y complejos factores de la vida religiosa de individuos, grupos y sociedades, que mediatizan relaciones y respuestas de acción.

Considerar las devociones populares en Cuba como apéndices de la Iglesia católica o evaluarlas en total autonomía e independencia de ella, supone análisis extremos. Leer la relación de la Iglesia católica con lo popular, sólo a partir de relaciones de poder y manipulación ideológica y religiosa, mostraría una percepción limitadamente estrecha en el estudio de la religión. Pero ignorar su existencia hablaría de una gran ingenuidad.

Igualmente, pensar que las características de la celebración de San Lázaro representan a la mayoría de la población religiosa cubana sería hiperbolizar el fenómeno, pero creer que ello se reduce a una fecha y un lugar determinados sería subestimarlo y no valorar su posible expansión real o potencial a otras poblaciones religiosas, y aun no religiosas, pero con rasgos sociopolíticos y psicológicos afines.

La magnitud de la devoción a San Lázaro, o de lo que se genera en torno a ella, es aún imprecisa. Todo parece indicar que, para sus devotos, San Lázaro se proyecta cada vez con más fuerza. Esta devoción, su orientación y funciones dependerán en mucho de los nuevos acontecimientos que se presenten en nuestro contexto histórico-social.

Notas

[1] Al respecto coincide Laënnec Hurbon cuando plantea que las religiones dominantes en el Caribe son las afro-americanas, es decir, un híbrido entre el cristianismo y las religiones africanas. Ver J. Beckford: New religious movements and rapid social change, Unesco,1986.

[2] Se refiere a un proceso iniciado en diferentes instancias del país para hacer frente a manifestaciones de corrupción, descontrol económico y la aplicación de métodos erróneos en la economía. Este proceso fue interrumpido por el advenimiento de la crisis de los ‘90s.

[3] Nos referimos a la carta pastoral El amor todo lo espera, emitida por la conferencia de obispos católicos de Cuba el 8 de septiembre de 1993.

[4] Con este nombre fue denominado el fenómeno de salidas ilegales masivas de Cuba, en el segundo semestre de 1994, con destino a Estados Unidos. Se trata de personas que emigran, o intentan hacerlo, en balsas o pequeñas embarcaciones improvisadas. Las salidas de ese año tuvieron una amplia cobertura internacional.

[5] Ofelia Pérez y Ana Celia Perera: Caracterización sociopolítica y psicológica de los jóvenes asistentes a la festividad de San Lázaro, DESR-CIPS. Ciudad de La Habana, Cuba, 1990.

[6]Entre estos se incluyen cambios en el sistema, mejoras en la situación del país, fin del bloqueo, libertad, tranquilidad para la isla, salir del país, mejorar la alimentación y cambio de régimen.

[7] Durante los años del llamado período especial, con su carga de insatisfacciones y preocupaciones, la asistencia al Santuario de El Rincón, en Ciudad de La Habana se incrementó y en los primeros cinco años de los ‘90s se comportó de la siguiente forma: 1985: 50.488 asistentes, 1990: 86.777 asistentes, 1995: 94.109 asistentes.

[8]Se refiere a los resultados de las investigaciones: Impacto del período especial en jóvenes, de Ma. Isabel Domínguez y Ma. Elena Ferrer, del Departamento de Estructura Social y Política del Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas de Cuba, así como Los jóvenes y el período especial, de Martha Díaz, del Centro de Estudios de la Juventud , también en Cuba.

[9] Laënnec Hurbon: “New religious movements in the Caribbean”, en New religious movements and rapid social change. James Beckford, Unesco, 1986, p.168.

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