Salvar el malecón

Avatares de una obra característica de la geografía habanera.

Jorge Luis Baños - IPS

Ese simple muro forma parte de la imagen de la ciudad y de la vida misma del habanero

Expuesto a las veleidades del mar Caribe, a la devastadora furia de los ciclones tropicales y a los fríos vientos del norte, El Malecón de La Habana parecía condenado a morir en este fin de siglo con más penas que glorias.

Al principio, la agresividad del salitre y el incansable golpetear de las olas fueron dejando huellas que sólo tenían la apariencia de pequeños cráteres abiertos en la dura piedra. Pero, con el paso del tiempo, las cavidades se hicieron más profundas, como si en otra época el muro hubiera servido de blanco perfecto de algún implacable cañoneo pirata. Por último las grietas, imperceptibles en su inicio, comenzaron a ensancharse, como si el mar estuviera decidido a horadar un camino para lanzar su definitivo asalto a la ciudad.

Para tranquilidad de los habaneros, por esta vez el peligro de muerte ha sido conjurado y el ya casi centenario muro de siete kilómetros de largo tendrá una nueva oportunidad.

El proyecto de reconstrucción del Malecón habanero lo asumió la empresa de Servicios de Construcciones Marítimas y Dragado (SERCOMAR), de la Asociación Argus, perteneciente al Ministerio de la Industria Pesquera, y debe quedar concluido en agosto de este año.

Para este importante trabajo SERCOMAR contó además con la colaboración de la empresa española DRIZORO S.A., que suministró materiales para el análisis de “patologías” en obras constructivas, y otros para el revestimiento del muro.

Antes de emprender la obra, se hizo necesario realizar estudios que permitieron determinar el grado de erosión que existía en las cavernas que se encuentran por debajo del muro. Se llevó a cabo una inspección submarina en un trecho de 500 metros y se determinó que en el tramo conocido como La Punta se debía realizar un bombeo de hormigón para cubrir las cavidades producidas por la constante erosión del mar.

La complejidad de la obra y la proximidad del Túnel de La Habana exigió la aplicación de una avanzada tecnología. Finalmente se colocaron en el fondo marino cajones prefabricados que sin romper con la uniformidad de la obra, le proporcionará una mayor resistencia a los embates de la naturaleza y el tiempo.

Una obra impresindible

La mayor importancia del Malecón habanero quizá no reside ni en su belleza ni en su antigüedad.

Visto fríamente sólo se trata de un muro de piedras grises que se extiende a lo largo de siete kilómetros del litoral habanero, con una función fundamentalmente utilitaria. Un simple muro de contención que a veces ni siquiera resulta suficiente para detener las penetraciones del mar en las zonas más bajas de la costa.

Los dominicanos por su parte aseguran que su Malecón es mucho más hermoso que el cubano porque lo han embellecido con un paseo sombreado de cocoteros bajo los cuales siempre corre la brisa, se bebe agua de coco y hasta se puede bailar un merengue en las tardes de domingo.

Pero esta diferencia se explica sobre todo porque el Malecón de Santo Domingo, la capital de República Dominicana, se encuentra en la costa sur y no sufre los embates de los fuertes vientos que llegan del norte, como preámbulo de los frentes fríos.

De cualquier forma, hay que reconocer que toda esta zona de La Habana, con excepción de algunos tramos revitalizados con fines turísticos, siempre ha estado subutilizada en cuanto a posibilidades de esparcimiento para la población.

Por otra parte, la construcción del Malecón data de fecha relativamente reciente. El primer tramo se edificó entre 1901 y 1902. Hacia 1919 recomienzan las obras que casi quedan concluidas en la década del 30. Es por esa época que se rellena la caleta de San Lázaro, por donde desembarcó el pirata Jacques de Sores, según refieren los historiadores.

Por su extensión, esta ensenada se internaba bastante en tierra y aún existe una increíble fotografía en la que se puede apreciar el aspecto original de la caleta, mientras un rebaño de caballos se daba allí un buen chapuzón. Esta zona corresponde aproximadamente al lugar donde hoy se levanta el torreón de San Lázaro, que cuando se construyó se utilizaba sobre todo como atalaya para vigilar el contrabando.

El Malecón adquiere su forma actual entre 1950 y 1958 y se extiende desde los muelles, en el interior de la bahía, hasta la desembocadura del río Almendares, en la Chorrera.

Sin embargo, a pesar de no ser tan hermoso, si se compara con el dominicano, ni tan antiguo como algunas de las obras cuya restauración se está llevando a cabo en la zona colonial de la ciudad, es imposible imaginarse La Habana sin su Malecón, como un inmenso ventanal abierto al fresco de la noche, al beso de los enamorados y a otros secretos placeres.

Ese simple muro forma parte de la imagen de la ciudad y de la vida misma del habanero. Ha sido fuente de inspiración de músicos y de poetas. Se ha representado en la pintura y se ha filmado para el cine. Es de todos y sin embargo le pertenece a cada cual muy íntimamente, tal vez como ningún otro rincón de La Habana. Está ligado a los paseos de la infancia y a los amores clandestinos de la adolescencia, a malos y a buenos momentos, por lo que salvar el Malecón es también preservar una parte de nuestra memoria.

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