Sociedad: Oficios colindantes

Propuestas sin respuestas vs. trabajadores por cuenta propia

Baldrich - IPS

Bicitaxis en La Habana

Se informó oficialmente –-por varios medios, pero sin convertirlo en campaña de prensa ni insistir en el asunto— que la actividad económica privada en la capital está siendo revisada, observada, muchas veces limitada y, en ciertas variantes, suprimida. Los habaneros recuerdan que en los años más duros del llamado período especial —localizable entre 1992 y 1997— se produjo un resurgimiento de la actividad por cuenta propia y se fomentaron, con fervor y de forma acelerada, un gran número de pequeños restaurantes (conocidos popularmente como «paladares» en imitación a una telenovela brasileña del momento); cafeterías y otros servicios que no se ejercían de forma particular desde la «ofensiva revolucionaria» de 1968. Para los que éramos niños en los ‘60s, resultan lejanos pero nítidos los recuerdos de aquel vendaval de nacionalizaciones que incluyó desde bares hasta sillones de limpiabotas; de salas teatrales mínimas y quijotescas a la bodega de barrio o de campo en la que se compraban los alimentos de la subsistencia diaria.

Cuando se produce el tímido regreso de la empresa privada, toda una generación no tiene experiencia en este tipo de actividad. En 1993 ó 1994 se hablaba mucho de competencia, atención al cliente, ganancia y otros términos que en la gran colectivización socialista o bien no existían o se asumían desde otras perspectivas. A su vez, el Estado nunca negó que el « cuentapropismo » —neologismo frecuente de entonces hacia acá— resultaba un mal necesario y, a su vez, se propuso competir con ofertas y servicios de calidad. Lo segundo se logró sólo en algunos casos y de forma intermitente. Lo primero —el carácter pasajero de la apertura— parecía olvidarse y muchos nuevos comerciantes acariciaban la idea de que no habría marcha atrás en una lenta pero continua capitalización del área de los servicios. Pero hace apenas dos años comenzó una visible contraofensiva estatal y se emitió un documento que limitaba licencias, prohibía determinadas actividades y ponía cotas de estrechez a la actividad de los « cuentapropistas ».

José Manuel, co -dueño de una pequeña pizzería, nunca se llamó a engaño. «Siempre estuve claro de que, cuando pasara un poco la crisis, esto lo cerraban. Ahora me salvé porque vendo desde la ventana de mi casa. A todos los que tenían cafeterías o vendían pizzas en la calle les han quitado la licencia. Mi primo quería que nos ampliáramos a un lugar más grande, más cómodo, pero no quise correr el riesgo. Cualquier día nos cierran también aquí. En Cuba la habilidad está en hacer la mayor cantidad de dinero posible con el negocio que está autorizado hoy. Mañana pueden prohibirlo, pero uno tiene bastante plata del lado de acá y puede invertir en otro».

Por las céntricas calles Zanja, Belascoaín y Carlos III han ido desapareciendo las pizzerías rústicas, algunas de las cuales trabajaban las 24 horas. Frente a la funeraria de Zanja y Belascoaín se habían levantado unas improvisadas cabinas metálicas que albergaban varios merenderos particulares. Desde hace unas semanas han sido cerradas. También subiendo por Reina —después de la concurrida tienda Ultra— han sido suprimidas las ofertas de comestibles. En ese sitio han construido un parque como para darle sentido de permanencia a la negativa. «Lo que hace falta es que ahí mismo pongan una buena cafetería higiénica y en pesos cubanos. Los que estaban aquí eran bastante chapuceros, daban el refresco aguado y otras cosas sin mucha higiene ni calidad. Pero era una opción cuando uno tenía hambre. Ahora, al menos, hicieron ese parquecito, porque en otros lugares ponen un establecimiento en moneda dura. Como si en La Habana todo el mundo cobrara en pesos convertibles.» María Elena, vecina de Reina y Rayo, amplía su alegato: «Al gobierno no le gusta casi nada que la gente se defienda, pero también los cubanos tenemos la mala maña de que si nos dan un dedo nos queremos coger la mano completa. Si yo llego a tener un puestecito de esos lo mantengo reluciente, para que no puedan sacarme nada por Salud Pública. Pero la gente se confía y, cuando vienes a ver, los lugares particulares están tan sucios como cualquiera del Estado. A los taxistas los han dejado hasta ahora, pero a veces a uno le entran ganas de que los quiten también. Aunque tenga que andar La Habana entera a pie. Ahora para ir a Marianao o a Playa hay que pagar veinte pesos, el doble que hace un tiempito atrás».

Entre los taxistas, los comúnmente llamados «boteros», rondó una profunda preocupación hace un par de meses, pues corrían insistentes comentarios de que el Estado adquiriría una amplia flotilla de automóviles o de pequeños autobuses para dar servicios menos caros. En la práctica, el último período de la «preocupación» ha significado un incremento de las ganancias, pues lejos de resurgir, el transporte de pasajeros ha empeorado en la capital. Por ejemplo, la noche del sábado 8 de octubre, en el clásico Parque de la Fraternidad , el ambiente no era nada agradable ni fraterno. Parejas, personas en solitario y grupos de siete u ocho desesperados abordaban los autos de alquiler con frenética vehemencia por llegar a su destino. Armando –editor de 43 años– comentaba: «La semana pasada tuve que pagar 3 CUC por ir hasta Santos Suárez, que está a unos quince minutos de aquí. Y eso con buena suerte que pasó un taxi de los amarillos. Cuando me monté con mi mujer, después de correr hasta la esquina, el taxista tuvo que bajar a varias personas que, en su ansiedad, se subían sin preguntar». Por su lado, la transportación hacia el interior del país asume como síntoma esperanzador la presencia de decenas de guaguas chinas de reciente facturación.

Los sudorosos hombres de los bicitaxi sí han sufrido limitaciones en los últimos tiempos. Los jóvenes –la mayoría procedentes de las provincias orientales– que trabajan cerca del mercado de Carlos III, viven en perenne zozobra. Muchos no tienen licencias y hasta los que obtuvieron en su momento el documento son detenidos por los inspectores de tránsito o la policía. «Yo soy de los más viejos en esto», asegura Alberto, residente en Lawton y de unos 50 años. «Ahora la ley dice que se puede trabajar nada más que en los municipios colindantes. Voy a tener que comprarme un mapa de la ciudad, porque hace poco me pararon y me dijeron que no podía trabajar en La Habana Vieja , que el colindante de Diez de Octubre era Centro Habana. El domingo pasado me vuelven a parar y me dicen que sólo puedo trabajar en Diez de Octubre y El Cerro. Por donde yo vivo no hay quien trabaje la bicicleta, son demasiadas las lomas. La clientela se concentra en Centro Habana y la parte del casco histórico. Ah, y si te sorprenden llevando un extranjero te ponen tremenda multa o te quitan la bicicleta.»

A muchos les preocupa la salud de estos transportistas y algunos conocedores afirman que es frecuente que sean susceptibles a padecer afecciones en la próstata, rodilla y hasta los testículos. Pero a ellos la víscera que más les preocupa sigue siendo el bolsillo. Francisco –procedente de Guantánamo y con 10 de sus 40 años en la capital– saca una cuenta rápida. «Por mal que uno salga en este trabajo, se busca unos 200 pesos diarios. Sácate la cuenta de que lo menos que cobramos por una carrera (un viaje) son 20 pesos y, a veces, en unas tres o cuatro horas, das 10 y hasta 12 vueltas. Entonces, es muy difícil que yo pueda acostumbrarme de nuevo a trabajar con el Estado. ¿Cuánto pueden pagarme al mes? ¿250 pesos cubanos? Eso estoy acostumbrado a ganarlo al día. Yo soy una persona decente y veré qué hago, sin volverme loco ni robar. Pero en esto hay muchos jóvenes que ya le cogieron el gusto a tomarse una botellita de ron casi todos los días y hasta a tener un par de noviecitas. Entonces, si los bajas de la bici, puede que les dé por hacer cosas mal hechas y aumente la delincuencia».

Las paladares hace rato que han disminuido notablemente y el alquiler de habitaciones autorizado se mantiene, pese a que los que se dedican a esta actividad –una de las más lucrativas en la última década– se quejan de medidas cada vez más drásticas y de impuestos elevados. Un negocio no declarado, pero del que uno oye hablar todos los días, es el de las posadas o casas de cita clandestinas. Los sitios destinados al amor por horas desaparecieron paulatinamente a finales del siglo pasado y en estos momentos no hay espacio disponible para parejas furtivas o estables sin vivienda. Es de esperar una ofensiva contra esta variante, pero la fugacidad del servicio y el hecho de que se brinde a cubanos, hace difícil probar «el delito».

El habanero de a pie no siente demasiada melancolía por unos servicios privados que, a la larga, vinieron a resultar –en muchos casos– la caricatura de la eficiencia capitalista, o –visto de otro modo– el desorden y la falta de confort de décadas anteriores, ahora sirviendo para enriquecer a una nueva clase. Pero lo que la gente necesita es que el Estado ofrezca alternativas viables o que se reanude el diálogo con los mini empresarios privados sobre más eficaces reglas de juego. Una solución u otra, pero que garantice a las personas transportarse, comer algo, amar.

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