Todo mezclado: el mestizaje cubano

Algo que está más allá de la piel y que define al cubano: el sincretismo.

Jorge Luis Baños-IPS/jlbimagenes@yahoo.es

¿Quiénes predominan en Cuba: los blancos, los negros o los mulatos? Esta interrogación, que no suelen hacérsela los propios cubanos, acostumbrados a una convivencia racial histórica y profunda, tuvo una categórica respuesta hace unos pocos años, cuando la población residente en la isla alcanzó la cifra redonda de 10 millones de habitantes. Entonces los censos arrojaron la siguiente composición racial del pueblo cubano: 66% de blancos, 12% de negros, 21,9% de mestizos y un 0,1% de asiáticos, o sea, que las dos terceras partes de los cubanos son blancos.

Estos datos, que oficialmente sólo tienen el valor de la estadística (pues en Cuba no existe, legalmente, ningún tipo de discriminación racial, sexual e, incluso, religiosa, según la última Constitución del país) fueron obtenidos por apreciación visual de los encuestadores, individuos que sin duda están permeados por lo más disímiles prejuicios y desprejuicios pues todo es tan simple y a la vez tan complejo como que, blanco, para un cubano, es aquel que no es mulato, y mulato el que no es negro ni blanco, sin que nadie se pregunte demasiado dónde están las fronteras que distinguen racialmente a cada una de esas personas, ni quiénes las establecen y de acuerdo a qué criterios.

Pero, más importante que la veracidad de estos números, es la certeza de que, ya sean blancos, negros, mulatos, achinados de cualquier color o incluso conservadores de ciertos rasgos aborígenes, los cubanos son el fruto de un largo proceso de mestizaje en cuyo organismo biológico y espiritual se vertieron los más disímiles componentes étnicos, raciales y culturales venidos de los cuatro puntos cardinales.

Recientes estudios etnoculturales proponen por tanto una visión más realista y ajustada del fenómeno etnográfico cubano. Ante todo, parten de lo endeble de cualquier calificación racial para un país donde la convivencia de al menos tres etnias diversas (blanca europea, india aborigen y negra africana) y una infinidad de grupos culturales englobados en ellas (andaluces, castellanos, canarios, gallegos; yorubas, congos, mandingas; taínos, siboneyes y un larguísimo etcétera de judíos, franceses, chinos, norteamericanos, haitianos, jamaicanos y yucatecos), comenzó en los albores mismos de la colonización de una isla, donde, desde entonces, las relaciones sexuales interraciales se practicaron sin nada del recato protestante-anglosajón. Por ello, consideran que el color de la piel es apenas uno de los varios elementos a tener en cuenta en la definición del cubano, pero que resulta más importante atender “a la amplia red de grupos genéticamente mixtos y transitorios que a hipotéticos ‘grupos raciales puros’, ya que la mayoría de la población posee distintos grados de mestizaje interracial”, como explica Jesús Guanche.

Es por ello que, “cuando se profundiza en los orígenes etnohistóricos de la población cubana, con independencia de la diversidad de procedencias, sale a la luz – de modo sobresaliente – la tendencia general y determinante del mestizaje biogenético, que llega a formar varios círculos endogámicos, que van desde lo particular a lo general; es decir, a nivel local, regional y nacional, que no están condicionados precisamente sólo por factores biológicos, sino de tipo socioculturales” (Jesús Guanche, Componentes étnicos de la nación cubana).

Por supuesto, lo que con tanto rigor tratan de demostrar los científicos ha sido explicado ya, hace muchos años, por la sabiduría popular con una frase categórica: “en Cuba, el que no tiene de congo, tiene de carabalí”, lo que equivale a decir que nadie se salva de tener en su cuerpo unas gotas de sangre negra. Y para demostrarlo apenas habría que ver a una rubia, de ojos azules y pelo de seda, casi una nórdica según patrones estrictos, bailando con la cintura dislocada y las nalgas sueltas el ritmo del “despelote” al conjuro de alguna orquesta de moda: algo así bastaría para comprender que, más que un color, el mestizaje cubano es un calor, que viene del espíritu.

También dice la tradición popular cubana que el mejor invento de los “gallegos” – gentilicio bajo el que se agrupan a todos los españoles – es la mulata. Y quien ha visto una mulata cubana sabe que esa es la verdad.

En un país plagado de aventureros, buscadores de fortuna y parias de paso como lo fue la colonia cubana hasta bien entrado el siglo XVIII, el disfrute del sexo tuvo pocas ataduras moralistas. La Habana, capital mundial de la lujuria en los días en que a ella arribaban los buques de la Flota Real, fue escenario por esos tiempos de una vida erótica desenfrenada en la que los hombres blancos y las mujeres negras solían disfrutar de los atributos que les había dado la naturaleza con el desenfado que impone el calor del trópico. En las incipientes plantaciones, mientras tanto, se sucedían lances de amor entre blancos y negras, asentado una costumbre que se haría casi institución: el amo blanco siempre tenía una amante negra, con la que engendraba varios vástagos. El mestizaje, fruto de aquellas coyunturas históricas, se convirtió entonces en una característica nacional que definiría incluso el modo de ser y de expresarse del futuro país.

La gran demanda de brazos para la industria azucarera fue siempre un factor determinante en la cada vez mayor presencia de negros en la isla. Si en 1763, apenas en el inicio de la llamada “expansión azucarera”, en la isla vivían 150 mil personas, y de ellas 60 mil eran negros, menos de un siglo después, en el cenit del boom azucarero, en el territorio cubano la población negra alcanzó el 58%. Y, apenas unos años después (1847), llegarían a la isla los primeros hijos del celeste imperio, aquellos chinos que, unidos a los franceses que a principios de siglo vinieron de Haití, complicarían aún más el mosaico étnico y espiritual cubano.

Parece evidente que tal amalgama racial no podía menos que engendrar una mezcla cultural tan profunda como la que corría ya por las venas de los habitantes de la isla, criollos que pronto devendrían cubanos. Y así, a partir del siglo XIX, cuando la cultura del país comienza a definir sus rasgos distintivos, se acelera un proceso de concreción del mestizaje cultural fraguado desde el lejano siglo XVI. Diversas manifestaciones artísticas, espirituales, religiosas, culinarias, deportivas y hasta económicas se muestran entonces como resultado de un contacto enriquecedor en el cual las raíces incluso tienden a perderse bajo el peso del nuevo follaje, variopinto y singular.

Blancos, mulatos y negros, con la carga de sus respectivos ancestros, pero con la certidumbre de ser ya distintos, se unen desde el siglo XIX en los empeños culturales que marcarían el carácter de un país mestizo. La lucha por la independencia de Cuba, entre 1868 y 1898 fue el acto cultural más importante de esa centuria y en ella participaron los diversos grupos étnicos bajo una misma bandera.
Mientras, otras evidencias se iban sucediendo. Quizá la más trascendente en el plano estrictamente artístico sea el surgimiento del son cubano, fruto de presencias hispánicas y negras e, incluso, de determinantes influjos árabes, llegados a través de Andalucía, como sin duda lo es el empleo de la cuerda pulsada en la interpretación de un instrumento típico del son y oriundo de Cuba: el tres. Por su lado, el danzón, baile nacional, es producto de una estilización y amulatamiento de la vieja contradanza francesa, tocada ya con acento rítmico cubano.

A lo largo del siglo XX, con el crecimiento de la cultura nacional, los signos del mestizaje esencial que nos define daría mil frutos invaluables. El “descubrimiento” de los valores rítmicos de lo negro, que en música y poesía se hace a partir de los años 20, cambiaría para siempre el sentido de estas dos artes en el país. De un lado músicos como Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla, de otro poetas y novelistas como Nicolás Guillén y Alejo Carpentier, revelan toda la potencia de un universo presente aunque relegado y discriminado, pero sin el cual la misma noción de cubano jamás sería la misma.

Indudablemente, todos esos signos de una identidad mulata o, como lo llaman los etnólogos, de un mestizaje biogenético, tienen una apoyatura indispensable en tanto que expresión de un pensamiento: el de la existencia clara y definida de un habla cubana, en la que, sobre el molde del idioma castellano dominante, se han vertido vocablos de procedencia africana, inglesa, francesa y, por supuesto, aborigen, para armar un léxico que alcanza todo su valor en la expresión popular capaz de otorgarle giros, significantes e intenciones nuevas, cubanas.

Como era de esperar, en la vida religiosa del país también se manifiestan obvios rasgos de mestizaje. Las creencias afrocubanas, tanto la santería de origen yoruba, como la regla de palo de ascendencia conga, sufrieron una redefinición de valores, representaciones y liturgias donde lo cubano se presenta como contaminación aportadora.

Ver un baile popular donde contonea su cintura la rubia casi nórdica o escuchar un concierto sinfónico donde un negro ejecuta el primer violín, participar en una misa católica o un toque de tambor de santería, asistir a un juego de beisbol en la esquina de un barrio o en el gran estadio de La Habana, comprar en un mercado o “resolver” algo en la bolsa negra, participar de un “guateque” campesino o de una cena de Nochebuena – en la que se deben comer frijoles negros y cerdo asado en lugar de pavo y nueces -, son pruebas irrebatibles de un ser mestizo: esencial, vital, histórica, cultural y sanguíneamente mestizo, con independencia del color más o menos definido o confuso que los cubanos lleven en la cara… (marzo / 1999)

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