Veinte años en la vida de la iglesia católica de Cuba

A propósito de la visita de Benedicto XVI, IPS Cuba rescata este recorrido histórico sobre la iglesia católica publicado en 2006.

Jorge Luis Baños - IPS

Antes de 1959 la Iglesia católica contó con las mejores condiciones para ejercer una hegemonía en el campo espiritual

El pasado mes de febrero, la Iglesia católica cubana conmemoró el XX Aniversario del Encuentro Nacional Eclesiástico Cubano (ENEC). En la celebración, entre los días 15 y 18, participaron obispos sacerdotes y laicos, al igual que ocurrió en la cita de una década atrás. También asistió el cardenal Renato Martino, presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, del Vaticano, quien, además de una conferencia magistral, hizo la presentación del libro Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, ambas comparecencias en la Casa Sacerdotal San Juan María Vianney, los días 16 y 17 de febrero, respectivamente.

Sin dudas, se trata de una significativa celebración para la Iglesia, tanto por sus objetivos de carácter conmemorativo como proyectivo, al presentarse el Tercer Plan Global de Pastoral (2006- 2010), el primero de los cuales fue justamente elaborado con motivo del ENEC. La cita tuvo una connotación especial, además, por lo que representó aquel encuentro de hace 20 años para la vida eclesial, sus relaciones con la sociedad y en su proyección bajo una nueva visión, en un período que -como refiere el cardenal Jaime Ortega en la invitación oficial al evento-, constituye “un Pentecostés”[1] para la Iglesia en Cuba.

Todo ello invita a repasar estas últimas dos décadas en la vida de la institución religiosa, pero también del catolicismo, a partir de la repercusión de aquel encuentro que, en opinión del cardenal Ortega -expresada igualmente en la invitación citada-, “marcó una etapa nueva en la vida de nuestra Iglesia en cuanto a afirmar su identidad y potenciar la misión evangelizadora, en medio de una sociedad que había experimentado cambios profundos y acelerados”.

Como parece obvio, un examen de los antecedentes -por muy breve que sea- ayuda a entender ese proceso y su significación. Sobre todo si se adentra en aquellos tiempos durante los cuales se generaron las condiciones para el accionar posterior de la Iglesia en la sociedad cubana y el real espacio que ella, y en general la religión, logra ocupar en el conjunto de las relaciones sociales.

Mirada a los antecedentes

Las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado cubano, particularmente en los primeros años de la década de los ‘60s, tras el establecimiento del gobierno revolucionario en enero de 1959, han sido abordados ampliamente. Pero no siempre se han tenido en cuenta los cambios ocurridos en diferentes momentos, bajo diversas circunstancias y con poca consideración del campo religioso cubano, complejo y heterogéneo. Por lo que la historia de la religión en Cuba no puede reducirse a la problemática en torno al catolicismo y la institución que lo sostiene, de relativa influencia en la religiosidad de cubanas y cubanos, si bien se mantiene presente en la población y su cultura, pero sin llegar a constituir la religión predominante, como también tener en cuenta las debilidades institucionales de la Iglesia oficial, aun cuando ha sido y es la de mayor estructuración, organización, recursos y respaldo internacional, incluso hasta diplomático.

En las etapas precedentes, la Iglesia católica contó con las mejores condiciones para ejercer una hegemonía en el campo espiritual. Si no alcanzó una mayor extensión en sectores populares, ni logró situar al catolicismo como religión tipificadora de la religiosidad en el país -lo que sí alcanzó en otras naciones-, se debió a razones histórico- culturales y a su propio proceder pastoral.

Durante la época colonial fue de jure la institución representativa del sistema y en la república neocolonial logró mantener de facto un sitial privilegiado. Pero la tolerancia que la esclavitud le imponía —por cuanto al erradicar las religiones africanas, valoradas de inferiores, se destruía el argumento de la imposición del sometimiento por la fuerza—, limitaba objetivamente la evangelización del esclavo y su descendencia, dejando amplios espacios a formas religiosas africanas y las posteriormente derivadas de ella (sin detenernos en su trascendencia sobre el aborigen, exterminado de hecho, en tanto etnia, por el rigor de la colonización).

La concentración del clero en las ciudades, la labor pastoral preferente sobre sectores acomodados, su comprometimiento con la esclavitud, la colonia y con dictaduras, así como otros factores, inciden en una relativa capacidad de influencia en la población.

En el pasado siglo, la Iglesia católica se vio obligada a remodelar tanto sus estructuras como su estrategia social. Entonces debía enfrentar la competencia de las iglesias protestantes instaladas desde finales del siglo XIX y a lo largo del XX, que se sumaba a la difusión del espiritismo y las tradicionales formas de origen africano que ya habían superado limitantes étnicas y raciales, al extenderse en la población criolla, mestiza y blanca.

Las complejidades sociales dentro de las cuales la Iglesia tuvo que desempeñarse se profundizaron aún más en la segunda mitad del siglo, e incluso desde poco antes, al comenzar el período de postguerra.

Los trece años inmediatos que siguen al fin de la segunda guerra mundial están marcados, para Cuba, por el máximo afloramiento de las contradicciones intrínsecas al modelo neocolonial establecido pocos años antes, al punto que lo fueron conduciendo a su fracaso definitivo, en medio de una represión que agravó la situación. En su primera parte, el curso nacional se movía en el esquema con que se fundó la república, mientras la vida religiosa se desempeñaba en la normalidad precedente. La segunda, sin embargo, es particularmente convulsa y, en lo religioso, hay un notable reavivamiento. Es entonces cuando, entre otros indicadores, se observa la más alta cifra de escuelas católicas y de matrícula en ellas, las vocaciones sacerdotales alcanzan la mayor cantidad, la Acción Católica adquiere sus mejores niveles organizativos.

La etapa que se inicia en Cuba a partir de 1959 presenta peculiaridades que la diferencian sustancialmente de otras anteriores en la historia del país. Esto se debe a tres factores fundamentales, en interrelación:

– Las fuerzas sociales que intervienen y donde se sitúa el papel protagónico fundamental.

– La orientación del curso social.

– Los cambios que se producen en el conjunto de la sociedad, como resultado de las medidas de transformación socioeconómica, política e ideológica.

Inicialmente hubo saludos jubilosos, no exentos de triunfalismos, al presuponer que la formación religiosa católica del sector triunfante favorecería a la Iglesia en campos como la educación. Muy temprano, sin embargo, el Episcopado alerta ante lo que consideraba una penetración comunista y que, finalmente, deriva en franca oposición a lo largo de 1960 y 1961. A finales de 1962 comienza un repliegue que se extenderá por la mayor parte de lo que resta de la década, en una actitud calificada por analistas, y por la propia institución religiosa, como “Iglesia del silencio”.

La Iglesia católica en Cuba mantenía de forma particularmente arraigada sus concepciones esquemáticamente antagónicas sobre el socialismo como sistema social. Las transformaciones surgidas a partir del Concilio Vaticano II (1962 1965) no se habían producido, y mucho menos los pronunciamientos de Medellín, Colombia (1968), que significaron una apertura de la Iglesia a las nuevas relaciones imperantes en el mundo. Estos factores intervinieron para que, en opinión de diferentes analistas y observadores, se considere que la Iglesia no estaba en condiciones para comprender los cambios que tenían lugar en el país.

La revolución cubana, por otra parte, interrumpió objetivamente el mencionado proceso de reactivación religiosa que se verificaba a finales de los ‘50s y privó a la Iglesia católica de su posición privilegiada y hegemónica al lado del poder político, al aplicar éste una posición consecuente con el laicismo y el librepensamiento por los cuales, desde la primera Constitución de la República, en 1901, se estableció la separación entre la Iglesia y el Estado, ratificada luego en la Constitución de 1940 y, ya en la etapa revolucionaria, la de 1976.

En 1965 se constituyó el Partido Comunista como fuerza política dominante, integrando a las agrupaciones que habían intervenido en la lucha insurreccional en una institución más estructurada y bajo la concepción ideológica del marxismo-leninismo, con la construcción del socialismo como objetivo político central. Entonces se concibió como deber de sus militantes, recogido en sus estatutos, “luchar contra el oscurantismo religioso”, por lo cual se aceptó de forma generalizada la no incorporación de creyentes. Gradualmente se fue asimilando el modelo soviético, con su concepción del ateísmo mal llamado científico, sobre la base de criterios estrechos, dogmáticos y antidialécticos que realmente negaban los principios filosóficos sobre los cuales debía sustentarse la práctica política. Todo ello generó un prejuicio social sobre la religión y los creyentes, así como prácticas discriminatorias cuyas consecuencias están por estudiarse con mayor profundidad. Esta situación se extendió hasta finales de los ‘80s, cuando se inició un proceso de rectificación de errores en el campo económico, que alcanzó otras esferas de la vida social. Ya en los ‘90s se hizo más evidente una concepción diferente con efectos prácticos distintos respecto a la religión.

El proceso iniciado en los ‘60s produjo en Cuba un marcado debilitamiento de la significación social de la religión. Actuaron, en tal sentido, diversos factores, entre ellos el mencionado enfrentamiento de las iglesias a las profundas transformaciones que beneficiaban al grueso de la población, lo que les restó aceptación popular; la salida definitiva del país de los sectores sociales más acomodados, que constituían el referente social principal de la mayoría de estas instituciones, así como de una parte considerable de dirigentes de culto (sacerdotes, pastores, monjas, etc.), en buena medida extranjeros, quienes abandonaron el campo pastoral, en unos casos, presumiendo persecuciones y, en otros, siguiendo también manipulaciones de sus ideólogos y estructuras, movidos por intereses que pronosticaban una duración efímera al proceso revolucionario. Por otra parte, la política de confiscación de medios de producción y de servicios por parte del Estado afectó a las iglesias, en especial al privarlas de sus principales vías de influencia, los colegios y los medios de comunicación, además de otras propiedades, pese a que desde el punto de vista económico, estos no tenían gran peso.

Muchos cristianos se alejaron ante la intransigencia de las jerarquías, que no aceptaban la posibilidad de un creyente revolucionario. Entonces era usual que se valorara la incorporación a las tareas sociales del momento como un gesto de colaboración con un Estado enemigo de la religión. No todas las personas abandonaron su fe religiosa, aunque se les presentaba una contradicción en verdad innecesaria. Otros mantuvieron un doble compromiso, con su grupo religioso y con el proceso social, debiendo vencer incomprensiones de un lado y de otro.

Pero, tal vez lo que más incidió en una reducción de la presencia social de la religión en los ‘60s, conjuntamente con la intensificación de una secularización comenzada ya desde etapas anteriores, fue la expectativa terrenal que se abría por la satisfacción de demandas populares largamente sostenidas y, consecuente con ello, el abandono temporal o parcial del recurso de lo sobrenatural ante problemas y dificultades, lo que es común en la religiosidad corriente. Las posiciones ateas posteriores intensificarían de algún modo estas tendencias en la población, a pesar de que, en los hechos, no fueron una tendencia significativa hacia la no creencia.

Estudios de finales de los ‘80s, sobre muestras estadísticamente representativas, revelaron que en la mayoría de la población existían creencias religiosas (85 por ciento), aunque con autonomía de las iglesias y otras formas sistematizadas, predominantemente [2]. La fe religiosa no desapareció de modo general, en la sociedad cubana ni realmente era requisito que así sucediera en los marcos de un proyecto social transformador.

Encuentro Nacional Eclesial Cubano (febrero de 1986)

Desde finales de los ‘60s, en la Iglesia católica aparecieron manifestaciones hacia posiciones de diálogo y hasta de aceptación de valores de la nueva sociedad. Ese proceso de cambios alcanzó un punto altamente significativo en los documentos del Encuentro Nacional Eclesial Cubano (ENEC), celebrado en 1986. Allí se produjo el pronunciamiento más definido de la Iglesia hacia una comprensión del proceso socialista cubano, llegando incluso a reconocer la capacidad de éste de influir a su interior [3].

Con anterioridad hubo otros pronunciamientos de la jerarquía católica que indicaban cambios en sus proyecciones sociales. El primero de ellos fue el resultado de la 46a. Asamblea Ordinaria de la Conferencia Episcopal de Cuba, la cual, al concluir sus sesiones, divulgó una nueva Declaración de los Obispos cubanos. En el documento, dirigido a “los sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles todos”, la jerarquía definía sus posiciones ante las nuevas amenazas bélicas del gobierno estadounidense hacia Cuba.

En dicha declaración, que fuera publicada en la prensa nacional el 9 de diciembre de 1981, se afirmaba:

“Como cubanos compartimos los sentimientos de nuestro pueblo que no quiere ver derramada la sangre de sus hijos y ansía vivir en paz…

En estos momentos no solamente es de temer una acción militar declarada; también se amenaza con la posibilidad de incrementar el bloqueo, lo que sería, de por sí, una nueva agresión…

…Rechazamos de antemano tanto un ataque armado como toda forma de bloqueo, e incluso, rechazamos, como contraria a la auténtica paz la guerra psicológica…” [4]

El ENEC, celebrado en La Habana del 17 al 21 de febrero de 1986, constituyó uno de los eventos de mayor importancia y significación que la Iglesia católica ha desarrollado durante el período revolucionario, y sus objetivos estuvieron dirigidos a valorar el papel de la institución en el decursar histórico del país, así como a trazar los lineamientos a seguir en el socialismo. En el evento, que contó con 121 delegados de todas las diócesis del país, fueron discutidos el Documento de Trabajo y varias ponencias, adoptándose un Documento Final que fue publicado en 1987. Este fue acompañado de una declaración de la jerarquía y de un plan pastoral.

El apoyo del Vaticano a este proceso se evidenció con la presencia en el encuentro del cardenal Eduardo Pironio, entonces prefecto de la Sagrada Congregación para los Religiosos e Institutos Seculares, quien fue enviado como representante personal del papa Juan Pablo II. A su vez, el Papa remitió un mensaje de saludo, además de que estuvieron presentes otras relevantes figuras de la jerarquía de América Latina, Estados Unidos y Europa.

La idea del ENEC fue surgiendo en un proceso iniciado años antes, cuando los sacerdotes reunidos en El Cobre, a iniciativas del obispo auxiliar de La Habana, el jesuita Fernando Azcárate (1912-1998), acuerdan desarrollar reflexiones y debates en torno a la situación de la Iglesia en Cuba y sus proyecciones, al calor de los acuerdos de la reunión del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM), en Puebla, en lo que llamaron un “pueblito cubano”. Desde entonces, y hasta el encuentro, tuvo lugar una Reflexión Eclesial Cubana (REC), en reuniones a nivel parroquial y diocesano, acompañadas de una recogida de datos censales sobre la institución eclesial. Todo ello sirvió de base al ENEC, en el cual se presentó un documento para guiar los debates.

De este modo se llega a consenso acerca de que la Iglesia estaba sumida en su vida interna, casi exclusivamente en funciones culturales, ajena a las problemáticas sociales. En consecuencia, los documentos elaborados por el ENEC, además de recoger un análisis de su trayectoria histórica, orientan una proyección sobre tres bases fundamentales: una Iglesia orante, solidaria y misionera.

Respecto al proceso social revolucionario, el ENEC constituyó el escenario donde más evidentemente la Iglesia católica se ha manifestado de forma favorable.

Por una parte, el Documento Final reconoce -aunque con prevenciones-, logros en los campos de la educación, la salud y la seguridad social. Incluso se llegó a afirmar que la revolución influyó al interior de la Iglesia, al ofrecer una nueva dimensión de la solidaridad y enseñar a dar por justicia lo que antes se daba por caridad. Pronunciamientos de este tipo no habían sido formulados nunca antes -ni tampoco después- por un cuerpo eclesial católico. Aunque, objetando el laicismo ateísta predominante en la sociedad, se llega a decir: “en principio desde la fe no se puede objetar un modelo de economía socialista, planificada nacionalmente, que parte de una concepción del destino común de bienes y de los recursos del país…” , buscando en consecuencia abrir caminos que conduzcan a “una situación de diálogo entre católicos y marxistas”.

La iglesia después del Enec

La notificación oficial cubana de la aceptación de la visita del Papa a Cuba se produjo en 1990Los resultados del Encuentro Nacional Eclesial Cubano marcaron el accionar general de la institución religiosa en la isla luego del evento, aunque con variaciones circunstanciales, en función de las líneas de acción allí sustentadas. Ello se aprecia en distintos pronunciamientos oficiales de la Iglesia y en acciones específicas, en las cuales se hace evidente un interés en que los católicos expusieran públicamente sus creencias, a la vez que se incorporaran a las actividades de la sociedad, sin hacer dejación de sus prácticas religiosas.

Una muestra de ello es la carta de monseñor Mariano Vivanco, obispo de Matanzas, con fecha del 7 de julio de 1987, en la que se afirma que “Cristo y la Iglesia nos invitan a todos en nuestra realidad y en el momento histórico que vivimos, siendo buenos trabajadores, serviciales compañeros de trabajo, buenos vecinos, agentes de unión con todos. Respetuosos de las opciones de los demás, no entrando nunca en chanchullos, ni bretes, ni mucho menos, comentarios. Ser siempre Luz de Cristo” [5].

Desde entonces, en su discurso oficial, incluyendo publicaciones de la institución, fue frecuente una prédica moralista sobre bases cristianas, con insistencia, sobre todo, en la amistad, la bondad, el amor al prójimo, los comentarios sobre la reunificación de las familias y la alusión a los que “están lejos o no están”, refiriéndose indistintamente tanto a los emigrados como a los combatientes y colaboradores que cumplían misiones internacionalistas. En sentido general se evitaba emitir ideas o conceptos que pudiesen ser interpretados como oposición directa a la política del Estado o el Partido, enfatizando, por el contrario, en la necesidad de que los católicos se integraran a la sociedad y participaran en las tareas sociales para que pudiesen ser considerados como ejemplos de ciudadanos.

De igual forma se abordaban problemas de la vida cotidiana, se criticaban determinadas deficiencias o insuficiencias de la sociedad y se ofrecían a cambio, como solución, la fe y la protección de los símbolos religiosos. Se defendía la idea de que el cristianismo es un modelo de conducta social “cualitativamente superior” y que la religión es necesaria a la sociedad, en cualquier circunstancia, por constituir la fe una cuestión ajena a la ideología.

Al analizar la hoja dominical Vida Cristiana, editada por los jesuitas, puede asegurarse que el énfasis se colocó en función de lograr que la actitud del “diálogo y reconciliación” fueran pasos necesarios para lograr “la reencarnación en la sociedad y en las relaciones con el Estado”. Igualmente se trató de resaltar el papel de la familia en la formación cristiana de la niñez y la juventud, así como la necesidad de trabajar con los creyentes de la llamada “religiosidad popular” para lograr nuevas bases sociales.

En octubre de 1986 se fundó la “Cátedra de Cultura Cubana Padre Félix Varela”, a cuyos cursos sobre cultura cubana podía asistir cualquier persona de nivel medio superior y cuyos objetivos, según la Iglesia, estaban enmarcados en:

– Ofrecer un espacio para el encuentro y el diálogo entre personas interesadas en la historia de Cuba.

– Favorecer el cumplimiento de la intención de “ser un taller donde se forjan hombres útiles al servicio de la Iglesia y de la Patria”.

Con esta actividad, la Iglesia, siguiendo la orientación del ENEC de influir en la cultura, inició la búsqueda de un espacio en el medio intelectual, utilizando para ello el prestigio que el Seminario San Carlos había acumulado durante años en la etapa colonial.

Sin embargo, es destacable que, en este período, la jerarquía no hiciese algún pronunciamiento público sobre las concepciones expuestas por el presidente Fidel Castro en el libro Fidel y la Religión. Conversaciones con Frei Betto, que por entonces contó con alta demanda y fue traducido a varias lenguas por distintas editoras.

En los ‘90s se suceden varios acontecimientos para la sociedad cubana, bajo una tónica de cambios que diferencian este período de las dos décadas anteriores. Para el campo religioso, en general, significó un crecimiento, particularmente para la Iglesia católica, además de abrirse nuevas oportunidades para transformarse tanto en sus proyecciones en el terreno social y político como en su estructura, espacio social y comportamientos. Dos sucesos de sustanciales diferencias —por su contenido y propósitos— dominan estos años: la carta pastoral El amor todo lo espera, en 1993, y la visita del Papa a Cuba, en 1998. En torno a ambos hechos, antes y después de cada uno, se desarrollan otros en el escenario específico eclesial, obviamente, con influencias del medio social y hacia éste también. [6]

La notificación oficial cubana de la aceptación de la visita del Papa a Cuba se produjo en 1990. Esta había sido propuesta, primeramente, diez años antes, en una invitación que hiciera el presidente Fidel Castro a Juan Pablo II para hacer escala en la isla durante su primer viaje a América, con motivo de la Conferencia de Puebla. Aquella invitación se la había entregado al Pontífice, personalmente, José F. Carneado, quien atendía los asuntos religiosos por el Partido Comunista de Cuba. En enero, en declaraciones a la agencia Prensa Latina, el mandatario cubano expresó la disposición del gobierno de recibir al Papa, gesto que en febrero le fue agradecido, en carta pública, por la Conferencia Episcopal.

Entre mediados de 1990 y principios de 1993 se emiten varios documentos y declaraciones de la jerarquía católica, con un lenguaje más bien moderado. El mensaje de Navidad de 1990 fue básicamente pastoral, si bien hizo referencia a las dificultades del período especial que ya se estaban sintiendo. En junio de 1991, un nuevo comunicado lanza un programa de preparación de la visita papal, que se consideraba inminente. Le siguen varias actividades con iguales objetivos, como el recorrido por varios templos de una réplica de la imagen de la Caridad del Cobre, la “Virgen Peregrina”, un acto que se repetiría luego con motivo de la visita, que se realizó años más tarde.

Durante la conmemoración del medio milenio de la llegada europea a América, en términos de “celebración” del “descubrimiento” y del inicio de la evangelización del “nuevo mundo” -cuya ceremonia central tuvo lugar en Santo Domingo, en 1992, con la presencia del Papa-, previamente también en Cuba se hicieron varios recorridos, en este caso de la primera cruz llegada al continente, que se conserva en Baracoa, en la zona más oriental del país.

En septiembre de 1991, un mensaje de los obispos a los sacerdotes comenta las dificultades del país y en él se asume que la tónica del momento es el paso a una vida supuestamente más democrática, de lo cual se infiere la idea de que Cuba seguiría el tránsito del ya desaparecido campo socialista (algo que los comentaristas pronosticaban por medio del “efecto dominó”) y también presumía el incremento de la religiosidad.

El IV Congreso del Partido, celebrado ese año, dio evidentes muestras de una concepción sobre la religión que dejaba atrás las estrechas posturas del ateísmo científico. Sin embargo, la reacción del Episcopado, con una declaración en noviembre, fue presentar objeciones al ingreso de católicos a la institución partidista. Un día después, hicieron un llamado a la cordura y rechazaron la violencia de los actos populares de repudio ante las salidas ilegales del país por vía marítima, algunas por medios precarios. Poco más tarde, en carta a José F. Carneado fechada el 13 de enero de 1992, condenaron “el desencadenamiento de la violencia” que costó la vida a tres jóvenes militares.

No hubo documento colectivo acerca de las reformas constitucionales de 1992, en las cuales se definía el carácter laico del Estado cubano y se explicitaba el derecho a no ser discriminado por razones de creencias religiosas. Con ello se perfeccionaba el texto y se daba más garantía al ejercicio de la libertad en este campo. Sí hubo una declaración individual del arzobispo de Santiago de Cuba, Pedro Meurice Estiú, reconociendo lo positivo de esos pasos.

Ese año ocurrieron algunos altercados durante las celebraciones populares más concurridas en los templos, motivados por gritos de contenido político oposicionista dentro de recintos religiosos, primero en Regla y después en la Merced. Por ello, en octubre, la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba (COCC)
–como comenzó a llamarse la hasta entonces conocida por Conferencia Episcopal de Cuba (CEC), cuyas siglas coincidían con las del Consejo Ecuménico de Cuba, del que los obispos católicos han querido distanciarse por sus posiciones políticas— publicó su declaración: “Brigadas de respuesta rápida en las celebraciones religiosas”. Hechos similares se dieron poco después en el Santuario de El Rincón, el Día de San Lázaro. En varias oportunidades, Radio Martí y otras emisoras de radio incitaron a la población cubana, desde el extranjero, a pronunciarse contra el gobierno durante las concentraciones religiosas. Al respecto, los obispos explicitaron que los incidentes no eran de conveniencia para la Iglesia.

Al siguiente día de publicarse el comunicado de la COCC, sale a la luz otro que condena el embargo económico de Estados Unidos sobre Cuba, por considerar que agrava la situación del país. Igual razonamiento se había seguido en la primera condena, en 1969, aunque en aquella se le llamó bloqueo y en este último se usa ese término en una segunda referencia y no en el título. El acostumbrado mensaje navideño de 1992 es más bien religioso, sobre el amor y la reconciliación, aunque con referencias a carencias, angustias y a una “violencia primitiva por la supervivencia”.

No hay más comunicados hasta septiembre de 1993, cuando sale a luz El amor todo lo espera, el documento público de contenido político más oposicionista desde las pastorales de los ‘60s. En esta ocasión se da a conocer prácticamente con un programa alternativo al proyecto cubano, sobre el cual se hacen pronunciamientos extremadamente críticos. Es, además, un documento extenso. El domingo 16 se leyó en templos del país la referida pastoral, firmada el 8 de septiembre por 11 obispos.

Es sabido que el Partido Comunista no se pronunció oficialmente, pero la prensa sí lo hizo duramente y publicó una respuesta mesurada, también crítica, del conocido intelectual católico Cintio Vitier. A medio mes de hecha pública la pastoral –reproducida por la Iglesia en sus medios en impresiones ligeras y por publicaciones extranjeras— el Comité Permanente de la COCC dio a conocer otro comunicado, en el cual se quejó de los ataques de la prensa y de lo que valoró de ausencia de interés de diálogo por parte de las autoridades civiles. Este fue el tema central del mensaje de Navidad de ese año, haciendo referencia a El amor todo lo espera y no al ENEC.

Del 4 al 7 de agosto de 1994 se efectuó una reunión en Miami de 35 cubanos residentes en Estados Unidos, Puerto Rico y Venezuela, entre ellos obispos, sacerdotes, monjas y laicos católicos, para reflexionar en torno al proceso seguido después de CRECED. Estas siglas denominan un evento efectuado del 30 de julio al 2 de agosto de 1992, en San Agustín de la Florida -donde falleciera Félix Varela-, que pretendía seguir similar proceso hacia la Reflexión Eclesial Cubana que culminó con el ENEC, pero con el exilio como protagonista. En el encuentro de Miami se elaboró un documento dirigido al pueblo cubano, en el cual se asegura “estar laborando en comunión con los obispos de Cuba y en solidaridad irrestricta con su mensaje El amor todo lo espera de septiembre de 1993”, que fuera renovado -según se afirma- en una reunión de Mérida entre obispos de Cuba y del exilio.

Según El Nuevo Herald del 18 de agosto de 1994, la esencia de esos acuerdos estaba dirigida al establecimiento de un compromiso para un reencuentro con la Iglesia en Cuba, y por una transición pacífica y popular hacia una sociedad democrática, con un Estado de Derecho y un régimen basado en la justicia, la libertad y la verdad. Se comprometieron a profundizar los vínculos materiales y espirituales con la Iglesia en Cuba, así como a difundir experiencias personales como forma de rescate y revalorización de la memoria histórica del país.

El arzobispo Jaime Ortega publica un trabajo en el boletín arquidiocesano Aquí la Iglesia conminando a los católicos a no abandonar el país y unir esfuerzos en la solución de los problemas, en marzo de 1994.

En junio fue la visita ad limina apostolorum que, cada cierto tiempo, los obispos deben hacer a Roma para encontrarse con el Papa. En esa ocasión, los dignatarios dieron a conocer un nuevo comunicado que reafirma la unidad con la iglesia universal y la decisión de trabajar por el país. En su discurso en nombre del Episcopado cubano ante el Papa, Jaime Ortega lanza por primera vez una idea, después reiterada, acerca de que la revolución cubana fue un sueño que ha devenido en un despertar triste y decepcionante. En esa ocasión se insiste en el interés de que se produzca, por fin, la visita papal a Cuba. En su discurso, el Sumo Pontífice respalda la autoridad episcopal cubana y la línea del comunicado de 1993.

Al mes siguiente, ya en Cuba, Ortega publicó un mensaje lamentando el hundimiento en la bahía habanera de un remolcador con el que se pretendía hacer una salida ilegal del país. El Arzobispo lo califica como un hecho no fortuito y exige se depuren responsabilidades, al tiempo que cuestiona las causas de fondo de procedimientos de ese tipo para abandonar la patria. Al producirse el fenómeno de los “balseros” y los sucesos de agosto, el tema es abordado con más fuerza por los obispos, en un comunicado del 8 de septiembre: pidieron una concertación entre los gobiernos de Estados Unidos y Cuba. En esos días se hizo común colocar en los templos, en tablillas, los nombres de las personas que se sabía habían llegado a territorio estadounidense o estaban en la Base de Guantánamo.

El Día de la Caridad, en el Santuario del Cobre, el arzobispo Meurice pronunció una homilía durante la cual enjuició duramente las condiciones del país, consideradas por él como las peores de toda su historia. Concluyó en que la solución sólo estaba en manos de los cubanos.

Del 12 al 24 de noviembre de 1994 se celebró en La Habana la Segunda Semana Social Cristiana, organizada igual que la primera por el movimiento laical, pero que tuvo menor destaque. A esta asistió el cardenal Etchegaray, presidente de la Comisión Justicia y Paz del Vaticano. En ese marco se creó la Comisión Justicia y Paz de Cuba.

El 22 de noviembre, la COCC emitió el comunicado La actualidad nacional, nuevamente sobre las salidas irregulares y riesgosas, e insiste en una concertación entre los gobiernos cubano y estadounidense.

En diciembre de 1994, el Arzobispo de La Habana es nombrado Cardenal por Juan Pablo II, para convertirse en el segundo con ese rango en la historia eclesiástica cubana. Analizando los criterios por los que usualmente el Vaticano hace estos nombramientos, en rigor no había razones para ambos, que no fuesen de tipo político, en función de fortalecer la Iglesia local en circunstancias que lo requería, según Roma. En el caso de Ortega es posible suponer la preparación para cambios sustanciales que entonces se preveían.

El 11 de diciembre, el nuevo Cardenal hace su presentación en una misa, en la Catedral habanera, para la cual la Iglesia hizo una movilización de su membresía. Se concentraron cerca de 5.000 personas, con mayoría de católicos, a diferencia de otras celebraciones de devociones populares masivas en las cuales la asistencia espontánea no responde a la convocatoria eclesial. Fue, por tanto, la mayor concentración católica lograda después de la misa en la Plaza José Martí, cuando tuvo lugar el Congreso Católico de 1959.

En su homilía, de contenido centralmente religioso, el Cardenal enfatizó de un modo un tanto triunfalista en la difusión de la fe religiosa en la población y en el crecimiento católico. Estos temas se destacan en su homilética cardenalicia. Paralelamente, la figura del nuevo Cardenal adquiere una dimensión internacional al ser elegido representante del CELAM y a otros cargos jerárquicos.

La prensa extranjera y los cables de noticias comenzaron muy pronto a especular sobre las posturas de Ortega frente al gobierno cubano, creando una expectativa similar a la de un Obando, opositor del sandinismo en Nicaragua. En Miami, esa parecía ser la idea en la extrema oposición a Cuba. Pero el religioso cubano optó por una postura más independiente. En mayo de 1995 ofició en Puerto Rico y en Miami y no se presentó como líder anticastrista, lo que decepcionó a una parte del exilio. En junio visitó Santiago de Cuba, Nueva York y Roma. En octubre predicó en la Basílica del Cobre. Su primer año cardenalicio fue movido, sin dudas, aunque conceptualmente más bien repetitivo.

En febrero de 1996, a diez años del ENEC, se celebró el encuentro nacional conocido por ECO o ENEC II. Los documentos sobre los debates, al parecer en una línea crítica en lo político, no han tenido igual divulgación que su predecesor. Hay una versión pública algo polémica. El diálogo y la reconciliación con la emigración ocuparon una parte importante de su atención y en la cita estuvo presente una representación de la ‘“diáspora”. El Papa envió un mensaje en el cual apuntaba que los efectos del ateísmo en Cuba no habían sido con el rigor del resto del campo socialista y reconoció cambios de apertura hacia la religión.

Más tarde, en mayo de 1996, la COCC lanzó su Llamamiento a la reconciliación y la paz, con un discurso mediatizador. En lo adelante, a medida que crece la expectativa de la visita del Papa, el contenido político se suaviza y las referencias a la pastoral de 1993 son más distantes.

En noviembre se produce el encuentro de Fidel y Wojtyla, en Roma, donde se concerta finalmente la visita a Cuba. A partir de ese momento, los preparativos y las expectativas fueron ocupando el centro del escenario religioso cubano y, gradualmente, el mundial.

Los obispos publicaron, en 1997, dos comunicados relacionados con la visita del Papa. El primero, en marzo, de contenido más bien religioso, agradecía el respaldo gubernamental a los preparativos. El segundo, en noviembre, poco religioso, sin agradecimientos y fijando las demandas sobre las que seguirían insistiendo. Lo cierto es que, los pronunciamientos previos a la visita están expresados en términos conciliatorios, con poca carga política.

El 29 de junio, festividad de San Pedro y San Pablo, el Cardenal ofició una misa en la plaza de la Catedral, la primera fuera de un templo en 38 años. Asistieron menos personas que a la primera misa de Ortega como Cardenal, a pesar de la movilización, que posiblemente fue mayor. En esta ocasión, la Iglesia inició oficialmente los preparativos de la visita. Se realizaron tareas a nivel de base, como la ejecución del Plan pastoral hacia el 2000, con una fuerte actividad casa por casa.

La Iglesia y el Estado crearon distintas comisiones, así como una conjunta que atendió los mínimos detalles. Varias personalidades del Vaticano visitaron el país en función de garantizar el viaje papal sin ningún contratiempo.

En mayo de 1997 se celebró la Tercera Semana Social Católica. En ella estuvo presente el irlandés Diadmund Martin. A fines de año, Juan Pablo II envió un mensaje al pueblo cubano.

Del 21 al 25 de enero de 1998, el Papa estuvo en Cuba. Fue un acontecimiento nacional de repercusión mundial. Durante su visita efectuó diferentes reuniones, con los obispos, con el clero, con jóvenes y con representantes de la cultura. Ofició misas públicas en varias provincias. En la Plaza de la Revolución, en la capital cubana, condenó por razones éticas el neoliberalismo capitalista –con esos términos- así como al bloqueo a Cuba, por considerarlo injusto. Convocó a que “Cuba se abra al mundo y el mundo se abra a Cuba”.

Posterior al suceso papal, se dieron muestras de intenciones de acercamiento entre la Iglesia y el Estado. Las dos declaraciones conjuntas de los obispos, terminada la visita, están expresadas en términos de agradecimiento, sin fuerte contenido político, buscando conciliación, aunque sin dejar de recoger lo que es evidentemente el centro de la atención jerárquica católica: sus demandas bien definidas desde antes de que Juan Pablo II pisara y besara suelo cubano, de cierto modo respaldadas por el visitante.

El Papa expresó satisfacción por la visita, pero también dijo, recién llegado a Roma, que esperaba ésta tuviera los mismos efectos en Cuba que su primera visita a Polonia. Una idea parecida la expuso al dirigirse a los obispos cubanos, durante otra visita ad limina. El Cardenal hizo declaraciones que coincidían con las posiciones cubanas respecto al rechazo a la pretensión estadounidense de autorizar que entrasen a Cuba medicamentos y alimentos, pero sin levantar el bloqueo.

También después de la estancia papal, el Estado cubano autorizó la celebración de procesiones durante la Semana Santa y el Día de la Caridad. Con cierto optimismo del lado católico, se esperaba un desborde de asistencia a ambos tipos de celebraciones, pero, en realidad, si bien fueron concurridas, no alcanzaron la presencia que esperaban.

El reavivamiento católico

En los ’90s, coincidiendo con el inicio de la crisis conocida como “período especial”, básicamente económica aunque con derivaciones en otros campos, se verificó un notable incremento religioso, que tuvo sus momentos de explosión en la primera mitad de la década, justamente en circunstancias de mayor rigor. El fenómeno ha incidido en la Iglesia católica y el catolicismo, así como en el resto del campo religioso, con algunas particularidades.

Las razones por las cuales se ha producido ese incremento son de distinto orden: las condiciones del período especial que estimulan el fervor religioso, la ampliación del espacio social de la religión y de la Iglesia, los cambios en la política oficial, en posiciones de la jerarquía –en la línea del ENEC- y en las concepciones acerca de la religión. Se trata de un proceso en el cual participan múltiples factores, en una interrelación de influencias mutuas.

Pasada la conflictiva década de los ‘60s y transitados los ‘70s, la Iglesia comienza a experimentar una gradual aunque lenta recuperación en los ’80s. Ello la situó en mejores condiciones para proyectarse públicamente, especialmente cuando quedaba atrás la época de confrontaciones políticas abiertas con el proceso revolucionario, con las que quedó debilitada. Así comenzó una serie de pronunciamientos que rompían con la etapa denominada de “silencio”, para algunos -más autocríticos- de autosilencio o de reacomodo y, para otros -más críticos de las relaciones con el Estado-, de silencio impuesto o de Iglesia silenciada.

Concluyendo la década de los ‘80s, la Iglesia católica contaba en Cuba con cerca de 600 templos, no todos en funcionamiento, algunos en muy mal estado y varios de ellos sin atención sacerdotal. Se organizaba en siete diócesis, con nueve obispos. La cifra de sacerdotes se mantenía, con cierta estabilidad, en alrededor de 225; los hermanos legos no llegaban a 30 y las monjas eran menos de 300. El clero, en su conjunto, era mayoritariamente extranjero, todavía con una notable composición española, si bien había crecido la proporción cubana. Pero en sus dos seminarios el número de estudiantes estaba distante del centenar. Apenas comenzaba a fomentarse el diaconado permanente. La feligresía regular se estimaba en un rango entre 50.000 y 80.000 personas, es decir, no alcanzaba el uno por ciento de la población. Sus publicaciones eran escasas, con regularidad se editaba la hoja dominical Vida Cristiana, pocos boletines parroquiales y, eventualmente, alguna revista diocesana. Entonces no tenía posibilidades reales de ejercer la función caritativa que, con obras asistenciales, había desarrollado en las etapas prerrevolucionarias, por lo que constituían entonces los colegios su principal vía de contacto con la sociedad.

En 1989 se disparan varios indicadores cuantitativos de religiosidad en general, entre ellos la asistencia a actividades de culto y los bautizos, que guardan relación con el catolicismo, si bien no son propiamente indicadores de catolicidad, por cuanto no se trata en ambos casos de una participación comprometida y estable con la institución, ni de la asimilación consciente de un sentido sacramental.

Los bautizos [7], hasta 1986, se mantenían por debajo de los 30.000 por año. Dos años después sobrepasaban los 34.000 y, en 1989, sumaban algo más de 50.000. La cifra mayor de toda la etapa revolucionaria se alcanza en 1994, para después dar indicios de decrecimiento, como ocurre con otros indicadores. Ello hace suponer que el reavivamiento religioso va cediendo a niveles estables.

En 1998, la institución contaba en Cuba con 602 templos, algunos de ellos restaurados (incluso, varios que estaban casi en ruinas comenzaron a funcionar), 11 diócesis, 13 obispos –uno de ellos Cardenal desde 1994—, 297 sacerdotes (55,3 por ciento de ellos cubanos), 29 hermanos legos, 518 monjas (60 por ciento dedicadas al trabajo pastoral y cubanas el 34,1 por ciento del total), 31 diáconos permanentes, más de 100 seminaristas (cifra similar a los momentos de auge católico de fines de los ‘50s, aunque la retención se comportaba baja). Dispone de la mayor cantidad de publicaciones de los últimos 30 años anteriores y algunas agrupan personas de diferentes medios, para convertirse en vehículo de contacto con artistas e intelectuales. Se tiende a crear nuevas revistas especializadas, promoviendo al laicado. En 1994, la diócesis de Pinar del Río constituyó el Centro Católico de Formación Cívica Religiosa, que publica desde sus inicios la revista Vitral, dirigida por un laico. Entre 1991 y 1997 se han creado doce revistas o boletines en las diócesis, entre las cuales se destacan las de La Habana: Vivarium, de corte cultural religioso y dirigida por monseñor Carlos Manuel de Céspedes, y Palabra Nueva, también dirigida por un laico. En 1998 reaparece Aquí la Iglesia, órgano de la Arquidiócesis de La Habana y comienza a editarse Espacios, ambas a cargo del Equipo Promotor para la Participación Social del Laico.

De más significación que el número de publicaciones resulta la incidencia católica en la sociedad, con una mayor influencia. A través de Cáritas interviene en actividades de desarrollo social y en la ayuda humanitaria, además de que hay mejores condiciones para el trabajo de captación directo, persona a persona. La donación y distribución de medicamentos proyecta una imagen beneficiosa de la Iglesia hacia la población. En los once años que transcurrieron entre 1980 y 1991, por ejemplo, Cáritas medió en una ayuda de 13 millones de dólares destinados principalmente al abastecimiento técnico material de escuelas especiales y hogares de ancianos. El incremento es evidente al comparar ese dato con los tres años transcurridos de 1992 a 1995, período durante el cual las donaciones por igual vía ascendieron a 16.970.529,80 de dólares. Por otra parte, en 1996 la organización estadounidense Catholic Relieve Service donó un cargamento de medicamentos por valor de tres millones de dólares. La Iglesia, que había perdido su participación asistencial desde una postura caritativa, recuperaba y continuaba haciendo esta misión que considera fundamental.

El movimiento laical ha dado signos de revitalización con la integración de distintas organizaciones como el Movimiento Estudiantil Católico Universitario (MECU), una asociación de periodistas católicos, los referidos Centro Católico de Pinar del Río y el Equipo Promotor de La Habana. Se ha creado en la capital la Casa Laical, que organiza diferentes actividades formativas.

Por su parte, la orden de los Padres Dominicos fundó, en marzo de 1995, el Aula Fray Bartolomé de Las Casas, que celebra una conferencia mensual (a veces un panel) en su convento de San Juan de Letrán, actividades a las cuales invita a disertar no sólo a católicos, y tampoco se reduce el debate a temas eclesiales. En su programa incluyen a personalidades de la cultura, lo que puede considerarse un elemento novedoso. Las tres Semanas Sociales Católicas efectuadas, de carácter nacional, son de gran significado. Tienen lugar otros eventos como las Jornadas de Historia de la Iglesia y Nacionalidad en Cuba, que cuenta ya con varias ediciones.

La Iglesia también se beneficia del reavivamiento general del sentimiento religioso que, si bien no es católico en su estricto sentido ortodoxo, tiene símbolos de devoción popular, con un cierto referente católico y formas de expresión no muy ajenas al estilo católico. Además, los templos católicos son depositarios de las imágenes de esos símbolos y la institución administra los rituales apreciados por la religiosidad más extendida (bendiciones de agua, guano e imágenes, ritos funerarios y bautizos). Ello es una condición favorable a la captación, con formas de mayor organización que le permitan encontrar métodos de aproximación y evitar el alejamiento de las creencias de origen africano.

Respecto a la feligresía regular, se hace realmente difícil hacer un cálculo cuantitativo de algún rigor. No sería muy ilógico estimar que el crecimiento puede haber producido que los católicos regulares, al finalizar los ‘90s, representaran cerca del 1,5 por ciento de la población cubana, o posiblemente más. Según lo observado, esa membresía se caracteriza por un predominio de adultos, mujeres y personas con rasgos de la raza blanca. Las comunidades católicas, en opinión expresada por el cardenal Ortega en la carta pastoral La Conversión, de marzo de 2006, “se han hecho más dinámicas y se ha multiplicado… el número de casas de oración y de misión, llegando a más de 1.200 en todo el país”. Sin embargo, se ha apuntado que “desde el año 2000 se observa un descenso en la asistencia de las personas a las comunidades católicas… ha disminuido el interés por vivir la fe con un compromiso comunitario”. Se añade que, según un censo eclesial de 2003, “la asistencia a la misa dominical es menor del uno por ciento de la población cubana”, y en la Iglesia el 67 por ciento tiene menos de 15 años, por lo que se trata de una feligresía principalmente neoconversa [8].

En resumen, por encima de dificultades, deficiencias y errores que se reconocen, las opiniones divulgadas en las publicaciones católicas sobre los resultados del ENEC en estos 20 años, superadas las coyunturas del primer lustro de los ‘90s, son altamente favorables, atendiendo al impulso a la vida eclesial y a la mayor presencia católica en la sociedad. Ello explica la atención puesta a la celebración del XX Aniversario y sus proyecciones, en el documento resultante del Plan Pastoral.

Notas

1 Se refiere al pasaje bíblico acerca de la posesión de los apóstoles, por el Espíritu Santo, reunidos cincuenta (penta en griego) días después de la resurrección de Cristo, conminándolos a recorrer el mundo para evangelizar.

2 “La conciencia religiosa, características y formas de manifestarse”, Departamento de Estudios Sociorreligiosos, La Habana 1989, inédito.

3 Ver “Documento final del ENEC”, Tipografía Don Bosco, Roma, 1987.

4 Periódico Granma, órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, 9 de diciembre de 1981, p. 3, col. 4.

5 La voz de la Iglesia. 100 documentos episcopales (1995), Obra Nacional de la Buena Prensa, A. C. México. (p.321)

6 Las fuentes utilizadas para el examen y análisis de estos años y los siguientes han sido los mismos del resto, especialmente publicaciones católicas, entrevistas y notas de prensa.

7 Según datos en los Anuarios Pontificios de esos años.

8 P. Antonio Rodríguez: “El ENEC, una llamada a la encarnación”, en Verdad y Esperanza, publicación de la Unión Católica de Prensa de Cuba, La Habana, 2005, p. 17.

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